sábado, 21 de septiembre de 2024

fOLaVriL - autómata

 


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autómata
 
quiero que las cosas sean lo mismo
quiero que las cosas sean lo mismo
una y otra vez
una y otra vez
 
que no sean esencialmente lo mismo
que no sean esencialmente lo mismo
que sean exactamente
lo mismo exactamente
 
ser
una máquina
de mi propio
ser
ser
una repetición
infinita de mi
ser
 
un producto
de mi mismo
un producto
 
la idea no es vivir para siempre
sino que algo lo haga por vos
tan pronto como dejes de quererlo
lo conseguirás
 
alguien dijo que mi vida me ha dominado
alguien dijo que mi vida me ha dominado
esa idea me gustó
esa idea me encantó
 
 
ser
una máquina
de mi propio
ser
ser
una repetición
infinita de mi
ser
 
un producto
de mi mismo
un producto
 
la idea no es vivir para siempre
sino que algo lo haga por vos
tan pronto como dejes de quererlo
lo conseguirás

fOLaVriL - dámaris


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dámaris


dámaris
dámaris
dame tu piel (tu piel)
dámaris
dámaris
dame tu piel (tu piel)
para hacerme un disfraz
de vos (de vos)
para hacerme un disfraz
de vos (de vos)
 
 
dámaris
dámaris
me voy a llevar (llevar)
dámaris
dámaris
me voy a robar
pensamientos que tendrías
que pensar
sentimientos que deberías
olvidar
 
tu mirada mira algo que no se puede mirar
lejos del planeta, lo real
lo real

La teoría de los estribillos

 

audiolibro de la teoría de los estribillos


La teoría de los estribillos

 

Cuando Diana le contó su proyecto, Ariel se entusiasmó inmediatamente; armar una discoteca tanguera en el geriátrico era algo que nunca se le hubiese ocurrido. Le pareció brillante, ya que le permitiría compartir los domingos junto a ella y alegrar un poco a los abuelos del asilo. No siempre se pueden unir el placer con las buenas acciones. Pero lo que jamás imaginó fue el desenlace, lo que Diana denominó desde el primer momento: la fuga. A partir de allí, Ariel comprendió que Diana nunca bromeaba. Y tal vez para no asustarlo, cuando emprendía con vehemencia alguna de sus historias estrambóticas y él se quedaba mirándola horrorizado por su relato —quizás apiadándose—, ella se detenía abruptamente, lo miraba con cariño y le decía: es mentira tonto, vos te crees todo. Y después se reía un instante y reinstalaba la dureza en el rictus de su boca.

   De alguna manera, el hecho de que los tres abuelos no tuvieran familiares que hayan puesto demasiadas ganas de ahondar en la verdad de los sucesos hizo que las cosas no sigan complicándose para Diana. La policía y los jueces, cuando no tienen presión, solo investigan de oficio, utilizando métodos que deben encajar en cualquier situación más o menos análoga. Por eso, aún cuando las declaraciones de Diana no terminan de convencer, y tal vez no pueda eludir tan fácilmente las consecuencias del proceso, la única verdad es que no hay pruebas flagrantes y que a nadie le importa demasiado la suerte de tres abuelos muertos.

   El domingo en que Ariel llegó con los discos, Diana lo presentó en el living principal del geriátrico. Los abuelos lo recibieron con cierto desinterés, pero al cabo de unos minutos los Lp’s empezaron a circular de mano en mano y encendieron un creciente entusiasmo. Pero Diana, fastidiada con el barullo que había provocado la presencia de Ariel, seleccionó a Marcelo, a Gabino y a Cuco, dejando de lado a los demás abuelos y abuelas. El rincón musical lo instaló en un pequeño hall en el fondo de las habitaciones. Ariel, contrariado, la apartó y le manifestó su disgusto por su decisión unilateral de excluir a los otros abuelos, pero ella con firmeza le explicó que solo ellos tres tenían condiciones emocionales para la fuga. Que una vez conseguido el objetivo, se haría extensivo a los demás. Sus ojos se iluminaban cuando hablaba de su proyecto: la fuga de la tristeza, la fuga de la vejez. Ariel la escuchaba con atención, disfrutaba de sus palabras con cierta culpa pero no podía entenderla. Sin embargo, estaba convencido de que era un propósito inofensivo. Que Diana tenía una forma atípica de querer ayudar a lo demás, así como tenía una manera extraña de amar y de manifestar sus sentimientos.

   La discoteca continuó funcionando todos los domingos solo para esos tres abuelos.

   Los domingos eran los días en los que Diana se quedaba sola en el geriátrico. Ariel llegaba después del mediodía y se instalaba en el rincón musical acompañado de los tres abuelos seleccionados. Con entusiasmo desgranaban tango a tango, tirando sobre la vieja mesa jardinera de metal, un millón de anécdotas sobre el cantante, sobre algún violinista que era del barrio o refiriendo las distintas cadencias según la orquesta.

   Ariel progresivamente comenzó a percibir que ciertos tangos provocaban en cada uno de los abuelos una sensación de abstracción profunda, como si en los escasos dos minutos de su duración, se alejaran ese presente del asilo. Diana le preguntaba con avidez sobre esas reacciones, y tomaba notas exhaustivas en un cuadernito verde: Ariel le hablaba sobre un instante mágico, en el que de alguna manera extraña, los abuelos parecían abstraerse profundamente con los compases de algún tango en particular. Es la teoría de los estribillos, repetía Diana con entusiasmo. Ella empezó a asociar ese momento de cada tango con algún suceso extraordinario del pasado, algún acontecimiento que hubiera hecho ancla emocional, o que haya significado una bisagra en sus vidas. Diana repetía una y otra vez que los médicos eran unos farsantes y que sus métodos algún día serían revolucionarios. Muchas veces, poseída por esa certeza, recitaba unos versos que ella decía que eran de Artaud: Si no hubiera habido médicos, jamás habría habido enfermos, ni esqueletos de muertos, ni enfermos para desollar y despellejar, porque es con los médicos y no con los enfermos que la sociedad comenzó.

   Si Ariel se enamoró perdidamente de Diana, fue más que por su aspecto físico, fue por este tipo de cosas; porque Diana se mostraba mágica y misteriosa, porque desde sus labios siempre brotaban las respuestas o por lo menos las palabras que esperaba escuchar. Frases que la mayoría de las veces no comprendía, pero que desde su boca emergían como una música irresistible. Diana poseía la capacidad de convertir una asistencia de geriatría, en una profesión que cualquiera desearía ejercer. De transformar cualquier cosa en algo único. Todo en ella parecía la consecuencia de un cálculo exacto, su cabello rubio y corto, pegado a la cabeza, dejaba a la intemperie la dureza de unos rasgos seguros y a la vez tranquilizadores. Solo en ocasiones remotas el mecanismo parecía fallar y desembocaba esa expresión en gestos que encendían chispazos de dulzura.

   Ariel se sentía afortunado de tenerla, no sólo porque físicamente le resultaba agradable, sino porque a su lado se sentía seguro, y esa sensación recortaba cualquier pico de angustia en su corazón. Era un joven tímido y sensible. Y a pesar de que entre ellos casi no había diferencia de edad, Ariel era aún bastante adolescente, Diana ya era una mujer.

   Progresivamente, y sin apartarse de las instrucciones precisas de Diana, Ariel fue identificando los tangos que a cada uno de los viejos emocionaba de sobremanera. A Marcelo, Cuando tallan los recuerdos, por Troilo y Marino; a Cuco, Por qué la quise tanto, en la versión de Mariano Mores y el Miguel Montero; y a Gabino, Cascabelito por Pugliese y Maciel.

   Cada vez que ponía alguno de estos tangos, las instrucciones de Diana, eran que el abuelo conmovido hablara, presión sobre el individuo en situación de fuga, según la terminología que surgía de sus cuadernitos verdes.

   Así fue que Gabino relató aquel amor que lo marcó para toda la vida. Zulma se llamaba aquella mujer que emergía desde el pasado al ritmo cadencioso de Cascabelito. Como una víbora emergiendo de una canasta y penetrando el aire con un sensual y cruel zigzagueo. Gabino, confesó que la había perdido por estúpido, por no ponerle un límite a su compulsión de conquistas, y aquella tarde en la que Zulma lo descubrió con una chica en un bar de Canning y Córdoba, comprendió que ya nunca más volvería a ser feliz. Ella nunca lo perdonó. El destino había sido un ladrón instigado por él mismo. Ariel se compadeció de Gabino, ya que para él el horror significaría perder a Diana. Gabino, cincuenta años después, parecía arrepentirse con un ardor insoportable que le derretía el alma. Zulma había marcado con fuego su corazón, con el fuego incontrolable que aviva el recuerdo. Y ese tango, en la voz de Jorge Maciel, había acompañado ese amor, porque según su relato era el tango favorito de Zulma, y lo único que le había quedado de ella.

   Al sereno ritmo troileano de cuando tallan los recuerdos, Marcelo removió en su memoria la noche que su mente eternizó y que derramó sus sombras impenetrables sobre todas las noches que vinieron después. Los conos de sombras del fracaso. Aquella noche en que tuvo la posibilidad de cantar en la orquesta de Aníbal Troilo, un millón de acontecimientos se habían encadenado para que el destino le brindara esa chance fabulosa. Pero todo le falló, la garganta, la memoria y el Gordo que era más bueno que el pan, tuvo que probar a otro. Fue ese tango el que se atoró en su garganta y el filo de sus versos lo que terminó tallándole el alma. Cuando escuchaba la maravillosa orquesta de Troilo y la voz de Marino, se imaginaba que era él el que cantaba, que era su voz la que se abría paso entre quejumbrosos bandoneones y angelicales violines.

   Pero no era su voz.

   Cuco nunca quiso hablar, pero el tango Por qué la quise tanto, que Ariel ponía de un disco de Mariano Mores y con la voz de Miguel Montero, lo conmovía hasta algún rincón enlutado de su corazón. Porque los ojos se le vidriaban, astillando sus rasgos. Su caso fue motivo de un profundo análisis para Diana; ella, luego de estudiar varios días sus silenciosas reacciones, le indicó a Ariel que no lo fuerce. La estrategia era hundirlo cada vez más en el abismo de su silencio, desde donde encontraría una salida para su fuga.

   Durante varios domingos Diana fue identificando los estribillos que ejercían sobre los tres abuelos una conmoción que los abstraía del rincón musical, del geriátrico, del mundo mismo. Tomaba obsesivas anotaciones.

   Ariel se mostraba desanimado, los motivos que lo habían impulsado a armar la discoteca, se habían desvirtuado absolutamente. Diana estaba obsesionada con sus hallazgos y solo  hablaba de liberación, de retorno, de que los viejos debían retornar al pasado, de su plan. Su plan. Ella sostenía que la abstracción absoluta los llevaría hasta el instante previo en que el destino se ensañara cruelmente con ellos y así poder modificarlo. Que la muerte era solo eso, un resorte para volver hacia atrás, hacia un punto definitorio de la vida y tener la posibilidad de alterar un hecho y modificar los acontecimientos subsiguientes. Una probabilística de ensayo y error, una reencarnación desde el presente hacia el pasado. Un perfeccionamiento permanente de la existencia. Su idea sobre la muerte era absolutamente positiva, luminosa, decía. Para ella, los cementerios eran depósitos de disfraces terrenales. Toda su teoría emanaba de sus misteriosos cuadernitos verdes, en los que escribía hasta en los márgenes, y tras el episodio de los abuelos del geriátrico, los transcribió prolijamente a otro cuaderno más grande, que guardó en secreto —Ariel la acompañó) en un sótano en casa de una amiga (tan extraña como ella— que vivía en Gonnet, en las afueras de La Plata.

   Un domingo helado en que Ariel se dirigía hacia el geriátrico, desde la vereda de enfrente observó un humo negro emergiendo desde la chimenea y sintió miedo de entrar, como si ese humo trepando el cielo fuera el símbolo de los proyectos funestos de Diana. Sintió que cruzar el empedrado de la calle Olaya, la calle en del geriátrico, e internarse en él, era entrar en un camino sin retorno. Sin embargo, siguió adelante.

   Porque Ariel la quería con su amor inexperto. Y a pesar del cargo de conciencia que todavía hoy le provoca haber sido cómplice de las muertes, la ama profundamente.

   Una vez en la puerta del geriátrico, ella le dijo que la curación de las enfermedades sólo servía para prolongar las sombras, y que contrariamente a la opinión general, los suicidas son los que realmente no tienen temor de enfrentar el mundo, los que van abriendo las puertas que dejan ver otras puertas y otras puertas, y así infinitamente.

   Ariel la escuchaba con admiración e inquietud, mientras sus ojos se perdían en el túnel que formaban los arboles lúgubres de la calle Olaya e inesperadamente ella le dio un beso, como agradeciéndole la fidelidad a su proyecto. Su compañía. Esa tarde comprendió que nunca podría dejarla.

    Con las pocas armas que siempre tuvo frente a ella, se limitaba en tratar de demostrar lo obvio, que emocionar demasiado a los abuelos podría resultar peligroso. Pero Diana lo atiborraba con el vértigo de su teoría de los estribillos y fue así que él consiguió los tres walkman y grabó los tres casetes, cada uno con la repetición del “estribillo” de cada tango que ella había detectado que conmovía a los abuelos, una grabación que repetía ese fragmento infinidad de veces. El punto de fuga que según Diana, habían identificado

 

Mi viejo fueye malevo,
hoy como vos estoy listo,
porque pa’ siempre dejé en tu registro,
enterrao’ mi corazón

 

era el fragmento de “Cuando tallan los recuerdos” que Ariel grabó una y otra vez en el casete de Marcelo.

   En el de Cuco:


Yo sólo sé, que fue el remanso de mi vida gris
Que en el calvario de mis días, fue una tibia luz,
Que bendigo esta negra cruz...
Que está aquí... y está ausente...
Y sangra en mis labios, desesperadamente...!

de “Por qué la quise tanto” de Mariano Mores en la voz de Miguel Montero y para el casete de Gabino cortó y repitió en una cinta al infinito el fragmento de “Cascabelito”:

 

Cascabel, cascabelito
Ríe, no tengas cuidado
Que aunque no estoy a tu lado
Te llevo en mi corazón

 

Ella misma coordinó todo, hasta el último detalle. Los tres abuelos con los auriculares en los oídos, comenzaron a abstraerse de una manera incontrolable por el efecto de la música constantemente repitiéndose en sus oídos y en su mente. Se movían como si estuvieran sufriendo un ataque, se contorsionaban como poseídos por una fuerza que los envolvía. El primero que quedó inmóvil fue Cuco y progresivamente los otros dos. Con sus ojos abiertos y quietos, pero lejos de allí. Diana desbordada por la emoción, abrazó a Ariel y se puso a llorar. Gritaba, lo logré, lo logré, mientras Ariel desesperado intentaba reanimarlos.

   Los tres abuelos muertos fueron retirados en dos ambulancias, que se alejaron silenciosas por el empedrado de la calle Olaya y la policía desde ese momento se ensañó con Diana. —Ariel, a pedido de Diana, huyó con los walkman y la policía jamás supo que estuvo allí—.

 

   Nadie al día de hoy todavía pudo explicar las muertes conjuntas y todas las sospechas terminaron cayendo concéntricamente sobre ella. Pero aún acorralada, a los policías les hablaba con asco y desprecio. Diana no aparenta jamás sentir miedo. La despidieron del geriátrico, pero a ella no pareció importarle, desde aquel día vive repitiéndole a Ariel que es feliz, que logró rescatar a esos viejos de la agonía con su teoría de los estribillos y reencadenar sus existencias, que ellos deben estar ahora mismo en aquellos días del pasado, ante una nueva posibilidad y no en la realidad deprimente del geriátrico.

   Ariel la escucha extasiado hablar de la alteración de ciclos, de que deben continuar con estos experimentos, con las fugas, que así como la teoría de los estribillos, tiene miles de teorías por comprobar.

   Ariel siempre la escucha con admiración, pese a que no termina de convencerse de que realmente les hayan hecho un bien a los abuelos. Muchas veces desea que ella abandone esas ideas. Saturado de tanta teoría y en la angustia de solo recibir de ella palabras que son parte de alguna especulación que viene a reafirmar sus suposiciones, la interrumpe, y casi con miedo le pregunta si lo quiere, y ella, se detiene, lo mira con extrañeza y fríamente le contesta:

  -Por supuesto.

 

 

maracho, 1999