audiolibro de la teoría de los estribillos
La teoría de los estribillos
Cuando
Diana le contó su proyecto, Ariel se entusiasmó inmediatamente; armar una
discoteca tanguera en el geriátrico era algo que nunca se le hubiese ocurrido.
Le pareció brillante, ya que le permitiría compartir los domingos junto a ella
y alegrar un poco a los abuelos del asilo. No siempre se pueden unir el placer
con las buenas acciones. Pero lo que jamás imaginó fue el desenlace, lo que
Diana denominó desde el primer momento: la fuga. A partir de allí, Ariel
comprendió que Diana nunca bromeaba. Y tal vez para no asustarlo, cuando
emprendía con vehemencia alguna de sus historias estrambóticas y él se quedaba
mirándola horrorizado por su relato —quizás apiadándose—, ella se detenía
abruptamente, lo miraba con cariño y le decía: es mentira tonto, vos te crees
todo. Y después se reía un instante y reinstalaba la dureza en el rictus de su
boca.
De alguna manera, el hecho de que los tres
abuelos no tuvieran familiares que hayan puesto demasiadas ganas de ahondar en
la verdad de los sucesos hizo que las cosas no sigan complicándose para Diana.
La policía y los jueces, cuando no tienen presión, solo investigan de oficio,
utilizando métodos que deben encajar en cualquier situación más o menos
análoga. Por eso, aún cuando las declaraciones de Diana no terminan de
convencer, y tal vez no pueda eludir tan fácilmente las consecuencias del
proceso, la única verdad es que no hay pruebas flagrantes y que a nadie le
importa demasiado la suerte de tres abuelos muertos.
El domingo en que Ariel llegó con los
discos, Diana lo presentó en el living principal del geriátrico. Los abuelos lo
recibieron con cierto desinterés, pero al cabo de unos minutos los Lp’s
empezaron a circular de mano en mano y encendieron un creciente entusiasmo. Pero
Diana, fastidiada con el barullo que había provocado la presencia de Ariel,
seleccionó a Marcelo, a Gabino y a Cuco, dejando de lado a los demás abuelos y
abuelas. El rincón musical lo instaló en un pequeño hall en el fondo de las
habitaciones. Ariel, contrariado, la apartó y le manifestó su disgusto por su
decisión unilateral de excluir a los otros abuelos, pero ella con firmeza le
explicó que solo ellos tres tenían condiciones emocionales para la fuga. Que
una vez conseguido el objetivo, se haría extensivo a los demás. Sus ojos se
iluminaban cuando hablaba de su proyecto: la fuga de la tristeza, la fuga de la
vejez. Ariel la escuchaba con atención, disfrutaba de sus palabras con cierta
culpa pero no podía entenderla. Sin embargo, estaba convencido de que era un
propósito inofensivo. Que Diana tenía una forma atípica de querer ayudar a lo
demás, así como tenía una manera extraña de amar y de manifestar sus
sentimientos.
La discoteca continuó funcionando todos los
domingos solo para esos tres abuelos.
Los domingos eran los días en los que Diana
se quedaba sola en el geriátrico. Ariel llegaba después del mediodía y se
instalaba en el rincón musical acompañado de los tres abuelos seleccionados.
Con entusiasmo desgranaban tango a tango, tirando sobre la vieja mesa jardinera
de metal, un millón de anécdotas sobre el cantante, sobre algún violinista que
era del barrio o refiriendo las distintas cadencias según la orquesta.
Ariel progresivamente comenzó a percibir que
ciertos tangos provocaban en cada uno de los abuelos una sensación de
abstracción profunda, como si en los escasos dos minutos de su duración, se
alejaran ese presente del asilo. Diana le preguntaba con avidez sobre esas reacciones,
y tomaba notas exhaustivas en un cuadernito verde: Ariel le hablaba sobre un
instante mágico, en el que de alguna manera extraña, los abuelos parecían
abstraerse profundamente con los compases de algún tango en particular. Es la
teoría de los estribillos, repetía Diana con entusiasmo. Ella empezó a asociar
ese momento de cada tango con algún suceso extraordinario del pasado, algún
acontecimiento que hubiera hecho ancla emocional, o que haya significado una bisagra
en sus vidas. Diana repetía una y otra vez que los médicos eran unos farsantes
y que sus métodos algún día serían revolucionarios. Muchas veces, poseída por
esa certeza, recitaba unos versos que ella decía que eran de Artaud: Si no hubiera habido médicos, jamás habría
habido enfermos, ni esqueletos de muertos, ni enfermos para desollar y
despellejar, porque es con los médicos y no con los enfermos que la sociedad
comenzó.
Si Ariel se enamoró perdidamente de Diana,
fue más que por su aspecto físico, fue por este tipo de cosas; porque Diana se
mostraba mágica y misteriosa, porque desde sus labios siempre brotaban las
respuestas o por lo menos las palabras que esperaba escuchar. Frases que la
mayoría de las veces no comprendía, pero que desde su boca emergían como una
música irresistible. Diana poseía la capacidad de convertir una asistencia de
geriatría, en una profesión que cualquiera desearía ejercer. De transformar
cualquier cosa en algo único. Todo en ella parecía la consecuencia de un
cálculo exacto, su cabello rubio y corto, pegado a la cabeza, dejaba a la
intemperie la dureza de unos rasgos seguros y a la vez tranquilizadores. Solo
en ocasiones remotas el mecanismo parecía fallar y desembocaba esa expresión en
gestos que encendían chispazos de dulzura.
Ariel se sentía afortunado de tenerla, no
sólo porque físicamente le resultaba agradable, sino porque a su lado se sentía
seguro, y esa sensación recortaba cualquier pico de angustia en su corazón. Era
un joven tímido y sensible. Y a pesar de que entre ellos casi no había
diferencia de edad, Ariel era aún bastante adolescente, Diana ya era una mujer.
Progresivamente, y sin apartarse de las instrucciones
precisas de Diana, Ariel fue identificando los tangos que a cada uno de los
viejos emocionaba de sobremanera. A Marcelo, Cuando tallan los recuerdos, por Troilo y Marino; a Cuco, Por qué la quise tanto, en la versión de
Mariano Mores y el Miguel Montero; y a Gabino, Cascabelito por Pugliese y Maciel.
Cada vez que ponía alguno de estos tangos,
las instrucciones de Diana, eran que el abuelo conmovido hablara, presión sobre
el individuo en situación de fuga, según la terminología que surgía de sus
cuadernitos verdes.
Así fue que Gabino relató aquel amor que lo
marcó para toda la vida. Zulma se llamaba aquella mujer que emergía desde el
pasado al ritmo cadencioso de Cascabelito. Como una víbora emergiendo de una
canasta y penetrando el aire con un sensual y cruel zigzagueo. Gabino, confesó
que la había perdido por estúpido, por no ponerle un límite a su compulsión de
conquistas, y aquella tarde en la que Zulma lo descubrió con una chica en un
bar de Canning y Córdoba, comprendió que ya nunca más volvería a ser feliz.
Ella nunca lo perdonó. El destino había sido un ladrón instigado por él mismo. Ariel
se compadeció de Gabino, ya que para él el horror significaría perder a Diana.
Gabino, cincuenta años después, parecía arrepentirse con un ardor insoportable
que le derretía el alma. Zulma había marcado con fuego su corazón, con el fuego
incontrolable que aviva el recuerdo. Y ese tango, en la voz de Jorge Maciel, había
acompañado ese amor, porque según su relato era el tango favorito de Zulma, y
lo único que le había quedado de ella.
Al sereno ritmo troileano de cuando tallan los recuerdos, Marcelo removió en su memoria la noche que su
mente eternizó y que derramó sus sombras impenetrables sobre todas las noches
que vinieron después. Los conos de sombras del fracaso. Aquella noche en que
tuvo la posibilidad de cantar en la orquesta de Aníbal Troilo, un millón de
acontecimientos se habían encadenado para que el destino le brindara esa chance
fabulosa. Pero todo le falló, la garganta, la memoria y el Gordo que era más
bueno que el pan, tuvo que probar a otro. Fue ese tango el que se atoró en su
garganta y el filo de sus versos lo que terminó tallándole el alma. Cuando
escuchaba la maravillosa orquesta de Troilo y la voz de Marino, se imaginaba
que era él el que cantaba, que era su voz la que se abría paso entre
quejumbrosos bandoneones y angelicales violines.
Pero no era su voz.
Cuco nunca quiso hablar, pero el tango Por qué la quise tanto, que Ariel ponía de un disco de Mariano Mores y con la
voz de Miguel Montero, lo conmovía
hasta algún rincón enlutado de su corazón. Porque los ojos se le vidriaban,
astillando sus rasgos. Su caso fue motivo de un profundo análisis para Diana;
ella, luego de estudiar varios días sus silenciosas reacciones, le indicó a Ariel
que no lo fuerce. La estrategia era hundirlo cada vez más en el abismo de su
silencio, desde donde encontraría una salida para su fuga.
Durante varios domingos Diana fue
identificando los estribillos que ejercían sobre los tres abuelos una conmoción
que los abstraía del rincón musical, del geriátrico,
del mundo mismo. Tomaba obsesivas anotaciones.
Ariel se mostraba desanimado, los motivos que
lo habían impulsado a armar la discoteca, se habían desvirtuado absolutamente.
Diana estaba obsesionada con sus hallazgos y solo hablaba de liberación, de retorno, de que los
viejos debían retornar al pasado, de su plan. Su plan. Ella sostenía que la
abstracción absoluta los llevaría hasta el instante previo en que el destino se
ensañara cruelmente con ellos y así poder modificarlo. Que la muerte era solo
eso, un resorte para volver hacia atrás, hacia un punto definitorio de la vida
y tener la posibilidad de alterar un hecho y modificar los acontecimientos
subsiguientes. Una probabilística de ensayo y error, una reencarnación desde el
presente hacia el pasado. Un perfeccionamiento permanente de la existencia. Su
idea sobre la muerte era absolutamente positiva, luminosa, decía. Para ella,
los cementerios eran depósitos de disfraces terrenales. Toda su teoría emanaba
de sus misteriosos cuadernitos verdes, en los que escribía hasta en los
márgenes, y tras el episodio de los abuelos del geriátrico, los transcribió prolijamente
a otro cuaderno más grande, que guardó en secreto —Ariel la acompañó) en un
sótano en casa de una amiga (tan extraña como ella— que vivía en Gonnet, en las
afueras de La Plata.
Un domingo helado en que Ariel se dirigía
hacia el geriátrico, desde la vereda de enfrente observó un humo negro
emergiendo desde la chimenea y sintió miedo de entrar, como si ese humo
trepando el cielo fuera el símbolo de los proyectos funestos de Diana. Sintió que
cruzar el empedrado de la calle Olaya, la calle en del geriátrico, e internarse
en él, era entrar en un camino sin retorno. Sin embargo, siguió adelante.
Porque Ariel la quería con su amor inexperto.
Y a pesar del cargo de conciencia que todavía hoy le provoca haber sido
cómplice de las muertes, la ama profundamente.
Una vez en la puerta del geriátrico, ella le
dijo que la curación de las enfermedades sólo servía para prolongar las
sombras, y que contrariamente a la opinión general, los
suicidas son los que realmente no tienen temor de enfrentar el mundo, los que
van abriendo las puertas que dejan ver otras puertas y otras puertas, y así
infinitamente.
Ariel la escuchaba con admiración e
inquietud, mientras sus ojos se perdían en el túnel que formaban los arboles lúgubres
de la calle Olaya e inesperadamente ella le dio un beso, como agradeciéndole la
fidelidad a su proyecto. Su compañía. Esa tarde comprendió que nunca podría
dejarla.
Con las pocas armas que siempre tuvo frente
a ella, se limitaba en tratar de demostrar lo obvio, que emocionar demasiado a
los abuelos podría resultar peligroso. Pero Diana lo atiborraba con el vértigo
de su teoría de los estribillos y fue así que él consiguió los tres walkman y
grabó los tres casetes, cada uno con la repetición del “estribillo” de cada
tango que ella había detectado que conmovía a los abuelos, una grabación que
repetía ese fragmento infinidad de veces. El punto de fuga que según Diana, habían
identificado
Mi viejo fueye malevo,
hoy como vos estoy listo,
porque pa’ siempre dejé en tu registro,
enterrao’ mi corazón
era
el fragmento de “Cuando tallan los recuerdos” que Ariel grabó una y otra vez en
el casete de Marcelo.
En el de Cuco:
Yo sólo sé, que fue el remanso de mi vida
gris
Que en el calvario de mis días, fue una
tibia luz,
Que bendigo esta negra cruz...
Que está aquí... y está ausente...
Y sangra en mis labios,
desesperadamente...!
de
“Por qué la quise tanto” de Mariano Mores en la voz de Miguel Montero y para el
casete de Gabino cortó y repitió en una cinta al infinito el fragmento de “Cascabelito”:
Cascabel, cascabelito
Ríe, no tengas cuidado
Que aunque no estoy a tu lado
Te llevo en mi corazón
Ella
misma coordinó todo, hasta el último detalle. Los tres abuelos con los
auriculares en los oídos, comenzaron a abstraerse de una manera incontrolable
por el efecto de la música constantemente repitiéndose en sus oídos y en su
mente. Se movían como si estuvieran sufriendo un ataque, se contorsionaban como
poseídos por una fuerza que los envolvía. El primero que quedó inmóvil fue Cuco
y progresivamente los otros dos. Con sus ojos abiertos y quietos, pero lejos de
allí. Diana desbordada por la emoción, abrazó a Ariel y se puso a llorar.
Gritaba, lo logré, lo logré, mientras
Ariel desesperado intentaba reanimarlos.
Los tres abuelos muertos fueron retirados en
dos ambulancias, que se alejaron silenciosas por el empedrado de la calle Olaya
y la policía desde ese momento se ensañó con Diana. —Ariel, a pedido de Diana,
huyó con los walkman y la policía jamás supo que estuvo allí—.
Nadie al día de hoy todavía pudo explicar
las muertes conjuntas y todas las sospechas terminaron cayendo concéntricamente
sobre ella. Pero aún acorralada, a los policías les hablaba con asco y
desprecio. Diana no aparenta jamás sentir miedo. La despidieron del geriátrico,
pero a ella no pareció importarle, desde aquel día vive repitiéndole a Ariel
que es feliz, que logró rescatar a esos viejos de la agonía con su teoría de
los estribillos y reencadenar sus existencias, que ellos deben estar ahora
mismo en aquellos días del pasado, ante una nueva posibilidad y no en la realidad
deprimente del geriátrico.
Ariel la escucha extasiado hablar de la
alteración de ciclos, de que deben continuar con estos experimentos, con las
fugas, que así como la teoría de los estribillos, tiene miles de teorías por
comprobar.
Ariel siempre la escucha con admiración,
pese a que no termina de convencerse de que realmente les hayan hecho un bien a
los abuelos. Muchas veces desea que ella abandone esas ideas. Saturado de tanta
teoría y en la angustia de solo recibir de ella palabras que son parte de alguna
especulación que viene a reafirmar sus suposiciones, la interrumpe, y casi con
miedo le pregunta si lo quiere, y ella, se detiene, lo mira con extrañeza y
fríamente le contesta:
-Por supuesto.
maracho,
1999