sábado, 24 de diciembre de 2011

Papá Noel es un monstruo




-200 pesos para cada uno, para los que no tienen deuda con el sindicato –alardea Mandinga a la delegada gremial que anota los nombres del personal del corralón para los préstamos.- Con 200 pasan la fiesta como Dios manda y todo el mundo contento.
-Pero Mandinga, sólo los que no tengan deuda.
-Yo tengo palabra, Susana, yo soy derecho; el que debe en el sindicato no cobra un mango -hace una sonrisa que más parece una mueca.
-Mirá Mandinga que igual nos salta por el sistema, eh.
-Vos dormí tranquila Susana, que en el corralón yo soy Gardel y las peras.
Los muchachos del corralón esperan afuera, ansiosos y expectantes. Confían en su líder natural y el que no confía no cobra. En el corralón no hay mariconeos ni debates. Sin embargo, respetan a Mandinga es una mezcla de “pesado” y buen tipo. Tiene códigos.
            Astudillo no tiene deuda con el sindicato. Pero por el monto de su sueldo no le pueden dar más de 150 pesos. Astudillo es amigo de Mandinga, comparten la barra brava de Morón, pero Mandinga tiene más luces. Cuando salen de la cancha y se van de joda por ahí, Mandinga le dice: negro no seá boludo, no te mamé tanto, vó no sabé chupá, te mamá y te poné muy loco. Mandinga la hace bien: chupi, negritas para culear, pero la familia es sagrada. Hasta su prefabricada es digna. En cambio, Astudillo se emborracha y la faja a su mujer. Vó só un boludo Astudillo, pa qué la fajá a la Nancy, un día te va a corta la poronga, un día te va agarrá en pedo y te va hacé la de la Bobi’, la Lorena Bobi’ te va a hacé.
Es 24 y la calle vomita Navidad. La gente entusiasmada sale de los negocios con paquetes y bolsas. Y charlan, charlan y se besan como si después de la Navidad hubieran anunciado el fin del mundo. Astudillo viaja en el colectivo. Como le dieron los 150, dejó la bicicleta en el corralón, y se tomó el colectivo. Son las cinco y media de la tarde. Piensa en bajarse en Morón para tomar unos traguitos en la estación y después comprar los regalos para los pibes. Especialmente para el Fabián, que le pidió un autito con luces. El Fabiancito ya entiende. Se toma un par tragos en la estación. El alcohol reanima su sangre y siente crujir en su cuerpo un renovado ímpetu. Detiene sus ojos en el vaso de vino blanco y gomoso, piensa que cuando llegó del Chaco debió haberse metido a jugar en un club. Jugaba bien. Pero le había gustado mucho la joda. Las minas..., las minas lo vuelven loco. Cuando tiene una nueva en la mira se enceguece. Hasta no tenerla en la cama jadeando no para. Y como sabe que a ellas les gusta la pierna, más se ceba. Para Astudillo, las minas son con el chupi, lo pueden. Pero el fútbol es su frustración. Porque las negritas lo buscan, pero el fútbol se le había negado. Cuando asocian su nombre con el del Astudillo legendario de Talleres de Córdoba, siente que hasta su apellido lo hubiera ayudado.
            Y sin embargo, el corralón.
            El cuarto vaso de vino. Paga con 50 y al club. De vuelto vuelven 10. El Rolo se cobra la deuda como regalo navideño. Rolo so un rocho, la puta que te parió. En el club están preparando joda. El albirojo del Gallo se adueña de las paredes. Astudillo medio chispeado lo chucea a uno de la comisión: a quién van a traé ustede, a Rodrigo, si acá no hay una moneda, al muerto de Rodrigo sólo pueden traé ustede y con el jonca y la vieja a cuesta, ja ja ja. En el buffet pone desafiante los 100 pesos sobre el mostrador y recién al verlos el Gallego saca la botella. Te voy a garpá gaita botón, te voy a garpá y dejá la botella ahí paradita. A las nueve está absolutamente borracho y no compró nada para la noche. La putea a la Nancy: la yegua ésa ya debe estar cacareando como una gallina. Hasta el Gallego le dice que se vaya para la casa, pese a que tiene plata para pagar el chupi. La familia del Gallego empieza a festejar la Navidad y Astudillo se siente incómodo y encara para lo de su vieja. La vieja y la Nancy no se pueden ni oler, por eso es que no la pasan todos juntos. A Astudillo eso le molesta, pero la Nancy, pese a que recibe los piñazos sagrados de cada día, se la banca y tiene personalidad. Y la vieja le da con un caño oxidado, y le mete ficha que la Nancy anda con el primo, el Sergio, la que me faltaba: un hijo cornudo grita cómo queriéndo abortarlo tardíamente con la lengua. Astudillo no la escucha y se queda en la casa de su vieja, pero no por la vieja; está caliente con una pendeja que es hija de no sabe quién. La pendeja, que tiene como 18, está encendida y lo busca y Astudillo está más mamado que nunca. La vieja lo fleta para la casa, que queda a dos cuadras, porque está muy tomado. Qué te banque la negra pata sucia ésa... Astudillo manotea una botella de sidra y sale a la calle. En la primera esquina la descorcha y se la toma de un saque. Un frío sangriento le brota en la cara, mientras las luces silenciosas se le deshacen en los ojos. Las luces parecen sangrar el barrio. Tropieza y cae al piso. Son las doce. Unos vecinos que festejan con la mesa en la puerta, se acercan e intentan ayudarlo a levantarse; pero él los putea, empieza a putear a todo el mundo. Aterrorizados, los vecinos se alejan. Arrastrándose llega hasta su casa y empuja el portón de alambre y casi cayéndose atraviesa el sendero del jardín de barro hasta la puerta de la casa. Parece que todos duermen, parece que nadie festeja Navidad allí.
Los chicos escuchan ruidos y se levantan desesperados, para ver a Papá Noel. Cuando lo ven, con esa sonrisa estúpida y babeante en la boca, los destroza la desilusión: es papá.

sábado, 16 de octubre de 2010

Problema


Todos mis amigos están a punto de suicidarse
¿Se trata realmente de un caso serio?
Bordean la cornisa y eyaculan silencio desde sus bocas
¿Se trata realmente de un problema?

Todos los que quiero están saltando la soga prohibida
envían postales inconclusas
porque sus dedos se agusanan.
¿Realmente me importa lo que suceda con ellos?
Es tan raro, tan teñido de confusas complicaciones.

Cuando era un niño asesino
adoraba matar hormigas que caminaban juntas.
¿Realmente los conozco tanto cómo
para darles el empujón salvador hacia el vacío?

Es tan fácil ser un asesino
y alegrarse de pagar impuestos
en tiempo y forma

Voces negras me susurran al oído
“la soledad es una colección de adioses inconclusos”
¿Realmente debiera darles el empujón sideral
y correr hacia mi analista para que me reimplante
en el centro del universo?

Denuevootravez

¿Realmente debería todo esto interesarme?

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Olas y estrellas











Van y vienen. Siempre distintas. Vienen y se van. Siempre olas. Siempre distintas. Siempre agua. Vienen desde el más profundo misterio, desde lo más vulnerable y poderoso de la existencia, desde lo más tenebroso y bello, desde lo invisible. Quizá sean millones de aquellas gotas que iluminaban tu piel de almendra; las pequeñas lucecitas hechas espuma furiosa de tu belleza conmovedora. Ya no tengo dudas, estás ahí, buceando las entrañas de tu misterio, aquél que te rondaba como bellos anillos de un planeta luminoso, que te merodeaba como el suicidio a los días soleados.
Sí, ahí estás, vas y venís, como cuando salías del agua y aguardaba ansioso el milagro de observar tu rostro emergente, descubrir tus rasgos desdibujados por la gorra, tu cuerpo sideral dentro de tu traje de baño color lila.
Y vas a volver con las manos desbordantes de estrellas de mar, de ese cielo profundo e inquieto, las brillantes estrellas que fuiste a buscar para regalarle a nuestros hijos imposibles.

jueves, 3 de junio de 2010

Niña del frío

El sábado parecía congelarse para siempre dentro de la gélida tarde. Una impiadosa ola de frío había llegado para reivindicar al invierno de la benevolencia de años anteriores, con temperaturas que día tras día competían en un descenso feroz por debajo del cero. Caminaba por Corrientes y el aire helado me astillaba la piel. Debía retirar un libro que había encargado sobre Historia de los Ferrocarriles en la Argentina, de Scalabrini Ortiz, y ni bien lo tuve en mi poder me metí en la pizzería Marín de Corrientes y Paraná.
Nunca había intentado seriamente escribir fuera de casa, pero siempre tuve deseos de hacerlo. Predispuesto, elegí una mesa con un inmejorable panorama de la metálica Corrientes.
Llevaba ya largos días en los que no se me ocurría nada (escribo cuentos), y la angustia de esa falta de inspiración intentaba eludirla corrigiendo hasta el cansancio los que tenía prácticamente terminados. (A veces creo que un cuento no se termina nunca de escribir, tan sólo se le da un cierre por aburrimiento e impotencia).
Coloqué una hoja en blanco en la mesa y sobre ella apoyé la lapicera. Me puse a mirar hacia la calle. El frío contraía los músculos en los rostros de los transeúntes, que aceleraban su caminata tratando de achicar la distancia con sus destinos. Pedí un café. Odio el café, pero cuando me siento en la mesa de un bar automáticamente pido café y sólo si hace mucho calor Fanta Tónica. Volví mis ojos al papel y el blanco de la hoja me agobió. Tenía la certeza de que entre tanta gente no se me iba a ocurrir nada. El murmullo me desconcentraba y empecé a extrañar la música que escucho cuando escribo en casa. Retorné a la idea de corregir los otros cuentos, pero de inmediato abandoné ese proyecto. Mis ojos prefirieron el urbano encanto de la entumecida Corrientes.
Mientras tomaba a sorbos el café, una jovencita depositó una lapicera sobre mi mesa. Cuando quise observar su rostro, ya se había alejado.
La lapicera se me presentó como una provocación, un símbolo; pero no lograba animarme. La jovencita regresó. Mirándola a los ojos, le dije que no, que no la quería; pero sus pupilas me detuvieron. Eran de un azul tan profundo y helado que desarticularon mis palabras. Y como si activara una agresiva maniobra de marketing, el brillo de ese cielo invernal de sus ojos se potenció de una forma irreal, de una nitidez insoportable. Aún hundiéndome en el encanto de su mirada, intenté rearmarme; le dije que ya tenía una, que no necesitaba... Pero ella, como si no me oyera, desprendió una servilleta del servilletero y se puso a dibujar. Sus movimientos derramaban una sensual gracia. Me entregó su dibujo: una flor con ojos que según como se la viera se convertía en una persona. Me conmovió profundamente y, vencida mi voluntad, le pregunté por el precio de la lapicera. Me contestó; al menos vi sus labios moverse, pero su voz era imperceptible. Le di una moneda de un peso y me la entregó. Intenté otra vez hablarle, pero nuevamente me fue imposible entender una sola palabra de lo que me dijo antes de alejarse con una sonrisa.
Me quedé hundido en una sensación extraña. La luminosidad de sus pupilas inolvidablemente azules retumbaba destellos en mis ojos, en la luz amarillenta que me envolvía. No tendría más de quince años, pero era hermosa, enigmáticamente hermosa. Su belleza no era convencional, no generaba en mí desequilibrios libidinosos, sino que me provocaba una reconfortante sensación de plenitud. Como si su imagen hubiera sido graduada en el punto exacto en el que mi corazón se conmovía sin remedio. Tomé su lapicera, una desesperada ansiedad me arrastraba a atraparla dentro de una historia. Su aparición, por algún inexplicable motivo, me había resultado milagrosa. Rememoré su última imagen: el óvalo armónico de su cara y su boca levemente impregnada de una tenue sonrisa vacilante, pronunciando aquellas palabras ininteligibles.
Viviría en el barrio de Once, en una vieja casa tomada con mucha gente y con muchos hermanos. Un lugar húmedo y promiscuo. De paredes descascarándose y ropa colgada. Ropa de todos colores. Y mientras fijaba la imagen del lugar, me llegó inesperadamente la figura de ese oscuro hombre que la observaba. Que la codiciaba con sórdido deseo. Y ella era amable con él; no sé por qué, pero yo tenía la desesperante certeza de que ella era amable con él. Su actitud provocaba el crecimiento desmedido de sus miserables instintos. Como el agua de lluvia que desproporciona la maleza. Abruptamente comencé a sentir envidia de que alguien con tan burdas intenciones pudiera verla todos los días y recibir la fulgurante respuesta de sus ojos. La sola idea de no volverla a ver nunca más me sumergió en una pantanosa angustia. Me maldije por no haberla retenido más tiempo, por no haberla invitado a tomar algo caliente. Hubiera podido conocer su fabuloso mundo de niña y de mujer a la vez. La fugacidad de su presencia no me alcanzaba para escribir una historia sobre ella. Sólo podía imaginarla en el interior de esa lúgubre casa de Once y a ese hombre agazapado, deseándola, y ella dejándose desear. Niña y mujer a la vez, haciéndose la tonta, pero sabiendo que es un hombre quien la observa. Sus perversos ojos negros casi rozándole el cuerpo. Debí haberla invitado a tomar un café, comprarle todas las lapiceras. Pero no tuve valor y ese inédito brillo se me diluía para siempre. Ese pobre infeliz, ese instintivo animal, la tenía todos los días y seguramente no podría contenerse y terminaría violándola, pero sin violencia, porque ella disfrutaría junto con él. Sus ojos resplandecientes de un nuevo brillo, el del placer. Mujer, se convertiría para siempre en mujer de esa manera sucia y marginal.
Con todo el resentimiento busqué torcer el destino de la historia. Esa bestia merecía un funesto destino y estaba en mis manos provocárselo; pero que ella no lo odiara abortaba mi impulso de empujarlo hacia la tragedia. Ella permitiría que sus garras desordenen su piel tibia y esa certeza me exasperaba. Ellos disfrutando y yo como un imbécil escribiendo cuentos de porquería, que ni a mí terminaban de conformarme. Una cumbia monocorde prostituyendo el silencio, mientras sus cuerpos se fundían en arrebatos de placer, en sensaciones verdaderas y yo sentado robándole la vida a los demás, perdiendo el sagrado tiempo de estar afuera viviéndola.
Una helado chorro de voces se desplomó sobre mí, las voces de los que me subestiman, las voces de los que me ignoran y hasta las de aquellos a los que por algún extraño motivo les molesta que escriba.
Con violencia, con envidia, con lo más retorcido de mi corazón, me superpuse e intenté revertir el rumbo de esa historia que nunca hubiese querido escribir, pero que avanzaba en el papel. Aún contra la voluntad de ella (me daba cuenta que frenaba mi instinto criminal), lo maté sin piedad. En un emboscado enfrentamiento con la policía, lo dejé caer abatido hasta morirse lentamente en un charco de su propia sangre. Sin saber cómo, sin mediar motivo, lo metí en medio de aquel fatal tiroteo. Y como un eco insoportable, sentía el bullir de su tristeza, su delicado llanto de niña. Lo desoí, no me importó. No quise escribir más sobre ella, como quien se aleja de la escena del crimen sabiéndose impune, con la certeza de no haber sido visto por nadie, por nadie en absoluto, casi ni por sí mismo. Tiré la birome con furia contra la mesa y rompí la hoja en cuatro pedazos.
En los televisores, un insoportable partido entre Velez y Central provocaba aislados comentarios. Me sentía abatido. Todo lo que había escrito era una reverenda idiotez que me frustraba profundamente. Que me hacía sentir un estúpido que juega a ser escritor. Pagué y me levanté de la mesa. Un puñado de camisetas auriazules festejaban un gol en el frío cemento de Liniers.
Abrí la puerta y salí.
Afuera estaba ella, inesperada, esperándome. Yo llevaba la lapicera en la mano y me la quitó con violencia. En sus gestos el enojo se superponía con el fastidio. Hurgó en su bolsillito y me devolvió la moneda de un peso. Traté de hablarle, pero su vértigo ahogó mi reacción. En realidad me detuvo ver que la incandescencia que había sacudido mi corazón, ya no avivaba sus ojos azules.
Cruzó Corrientes y se alejó por Paraná hacia el sur.
Me quedé inmóvil, apretando la moneda de un peso dentro de mi mano, el metal frío me perforaba la piel. Una erupción de angustia me inmunizó del viento helado.
Se había hecho de noche.

domingo, 21 de marzo de 2010

lunes, 26 de octubre de 2009

domingo, 23 de agosto de 2009

Cambio de Luces

A la mágica hora del cambio de luces, cuando el sol emprende su demorada retirada, clavándose los contornos del mundo, ensangrentándose, derrumbándose en el horizonte, las pequeñas luces del alumbrado comienzan a hacerse fuertes, a cada segundo, un poco más de su encanto nocturno embriaga los ojos de los que ven....
A esa hora a mí se me ocurren las cosas. En medio la confusión de luminosidades, mis ojos ven lo profundo, y aun más todavía: lo invisible.
Hubiera preferido que lo escribiese Ray Bradbury, ya que me remota a ese fabuloso cuento que es “Remedio para melancólicos” o por lo menos tener su celular para charlar con él antes de escribirlo, pero el viejo Ray me queda lejos y el cuento se tiene que escribir, y bue..., intento. “Pastillas para curar la tristeza”, de eso quiero escribir, de unas mágicas pastillas que curen definitivamente la tristeza y las recete una psiquiatra infinitamente bella y complaciente.
Pastillas sin formula ni receta, pastillas inocuas, pastillas que nos convenzan de que el miedo es una creación de nuestra mente y los demás, la misma sustancia confusa que nos da vida a cada uno de todos nosotros.
Pero la noche comienza a oscurecer sus rumbos y las luces penetran cada vez con mas pasión las sombras.
Miro el cielo, arrebolado, un coágulo desparramándose por esa llanura inaccesible y pienso en el infinito. Siempre navegue en los ojos del astronauta de 2001 Odisea del Espacio, cuando desactiva a Hal 9000 y se lanza al infinito, la nave a la deriva y un despliegue de inverosímiles colores estallando en sus ojos.
Los ojos.
Es la hora que lo muertos se vuelven a quedar solos en los cementerios, en los hoteles alojamiento tienden las sábanas bien tirantes y los melancólicos buscan fantasmas detrás del cristal de las ventanas.
Los autos parecen multiplicarse. Parecen ser conducidos por seres extraños.
El universo tal vez sólo se componga de miles y miles de ojos viendo cosas que no existen.
El universo tal vez sea todo lo que vos imaginás, incluido yo mismo escribiendo ahora.
Tolstoi dijo que el fin del mundo va a ser un gran bostezo.
El infinito quizá sea tu aburrimiento.
Mientras dioses y demonios libran el combate eterno de las almas.
Ahora mismo, bajo el cambio de luces, una joven sin sonrisa, se queda mirando las luces agónicas. Otra, pletórica de ilusión y vanaglorias contempla el fulgor de la noche naciente.
Es la hora mágica del cambio de luces.
El nacimiento y la agonía.
Madrugadas, atardeceres, una sola palabra: Crepúsculo.

La Muerte es un Gamulán

Lo que más bronca me da, es cuando me preguntan con esa cara de boludos por qué lo hice. Y como yo les respondo nada, como los miro como si nada, después ponen en los diarios que soy un cumbiero genocida. ¿me entendé? Te das cuenta que son unos mal paridos estos quías. Son poronga, eso son. Antes, como yo siempre dije lo que se me cantaba, me invitaban a todos esos programas de giladas, esos programas de poronga donde lo único que dicen son giladas. Pero me invitaban, como si invitaran a un animal extraño que además habla, ¿me entendé? Los negros cabeza como yo somos una atracción. En las fiestas llenas de conchetos bailan nuestros temas y se ríen y se divierten con la música de los bufones. Se divierten hasta que se aburren. Por eso cuando me preguntan por qué lo hice, yo no digo nada, porque yo soy cabeza pero no boludo ¿me entendé? Estos puntos en la puta vida van a saber lo que es ser tropa, de segunda, nunca lo van a entender, ¿me entendé? Yo tuve suerte, yo pude triunfar, gané mucha guita, pasta de la grosa y anduve con ellos. Vos sabé lo que son las minas finas, son suaves como flores. No son como las nuestras. Esas minas no cagan, padre. Y si cagan nunca te vas a enterar. Siempre están perfumadas y hablan tan bien que te calientan. A mí me daban bola cuando estuve ahí arriba, pero yo no soy boludo, yo no como vidrio. Ellas sólo querían estar con el grone de moda, con el cantante de cumbia. Porque a ellas también les gusta que le den maza como Dios manda, ¿me entendé? Ellas creen que nosotros la temenos más larga y gruesa. Muchos cuando llegan ahí arriba y se voltean a las pibas finas, piensan que les dan bola por ellos mismos. Son pelotudos, no se dan cuenta que son un capricho y que al otro día se aburren y quieren otro. Pero yo siempre la tuve así de clara, a mí sí me funciona la zabiola, ¿entendé? Nosotros nunca vamos a ser como ellos por más que tengamos toda la pasta del mundo. Esto no cambia más. Dios a ellos los hizo con ganas, a nosotros nos vomitó, fiera. Yo la entendí, ¿entendé?, yo siempre la entendí, esto nunca va a cambiar. Además hay un perfume que tenemos los gronchos, yo desde el escenario lo siento, es el perfume de los negros. Y te digo negros en sentido de cabeza ¿me entendé?, no por la piel ¿me entendé?, los de las provincias, los que ves en los hospitales, en las villas. Los que están hecho mierda, ¿me entendé? Ese perfume yo lo sentía cuando iba con mi vieja a ver a Los Mirlos a la costa de Quilmes. Es inconfundible ese perfume. Esas eran cumbias loco, no la mierda que hacemos nosotros, las cumbias colombianas, las de el Cuarteto Imperial, pero el perfume ése yo ya lo olía, es parecido al de la espuma del carnaval, la del Rey Momo.

Este mundo es una cagada, fiera, una reverenda cagada para los que estamos cagados pa’ siempre. Esto debe pasar en la Argentina, en Africa en todo lado. Vo por qué creé que muchos se la juegan por dos mangos. Porque saben que la vida no vale nada y mejor afanar y comprarse las birras que haiga que comprá para no quedarse con sed. Ellos la junan sin darse cuenta, saben que la muerte es el final de su infierno. Espichás y listo, se detiene la película de terror. ¿Qué es lo que hay que perdé?, me queré decir que e’ lo que hay que perdé. Yo tuve suerte, si no tengo moneda hago una cumbia de la poronga y me lleno de moneda. Ellos no, máquina, ellos no. Por toda esta historia es que llevé la ametralladora. Yo esa noche los veía desde el escenario y me dieron lástima. Una sensación de mierda, ¿entendé? Estaban saltando, contentos de estar condenados a ser bofe toda la vida. Y por eso casé la metralla y entré a disparar. Porque me harté de ver que nada va a cambiar nunca. Porque ellos son yo mismo. Cuando los giles estos dicen que los maté, deberían decir que los salvé, ¿entendé? Pero eso no conviene, eso no vende. No le conviene a nadie que un negro cabeza piense. Mejor decir cumbiero genocida y listo. Pero yo la tengo clara, yo no la pifié, yo no traicioné a nadie. La muerte es como un gamulán ¿ me entendé? Te cubre del frío, del frío horrible del desprecio, es muy fiero el desprecio ¿me entendé?

domingo, 16 de agosto de 2009

Bautista


Bautista se volvió loco. Bautista quedó tocado después de la muerte de su mujer. Bautista es un hijo de puta. Bautista es un pobre infeliz. Bautista es un enfermito. Bautista y la puta que los parió. Bautista los cagó a todos. Bautista se tiene que oxidar en el Borda.
Cada vez que en el depósito sus compañeros recuerdan a Bautista, desde sus bocas se disparan éstas y otras muchas frases que acompañan su nombre. Hay quien no lo perdona, hay quien le tiene lástima, pero la mayoría, cuando lo recuerda, siente incontenibles ganas de vomitar.
Lo cierto es que nunca nadie se va a olvidar de Bautista. Por su locura y también porque antes del absurdo, fue un entrañable compañero. Porque Bautista no fue únicamente sus últimos dos años, después de la muerte de la Tati, su mujer. Bautista había sido el inimitable protagonista de un montón de aventuras memorables, en el depósito y en las miles de comisiones que hicieron juntos por todo el país. Bautista era también el loco lindo que abrió la compuerta del dique en San Juan, inundando el camping donde se preparaban a comer un asado. Una gancho de chorizos fue lo único que pudieron rescatar de su humorada. Bautista, antes de ser mueca absurda y misterio, había sido también el delirante que le fue a dar la serenata a la vieja de Wheelwright, mientras todos agonizaban de la risa, escondidos detrás de la camioneta del servicio. Pepo, el Trutrulo, el Portugués, Curuzú, Papita, Curriculi, Bailatti, Andrés y Fumanchú, sus amigos de toda la vida de laburo, después de escupir la bronca, en secreto, exhuman aquellas anécdotas.
Pero cuando murió la Tati, ese Bautista se murió también. Y el mismo día en que se reincorporó a trabajar, empezó con las cosas raras, con su enigmático comportamiento. Primero con lo del portero de su edificio. Bautista afirmaba que era el nieto de un policía que había asesinado a su abuelo anarquista en 1917. Durante largos meses estuvo pendiente de sus movimientos. Después, con que un Peugeot 504 celeste lo perseguía por las calles, obsesión que lo llevó a la paranoia absoluta. Y finalmente lo del gato, su delirio final.
Los muchachos del depósito también tuvieron la culpa.
Bautista llegaba al depósito y se ponía a contar hazañas de su gato, como un padre primerizo que relata embobado los avances de su pequeño hijo. Sus compañeros se le burlaban, pero con bronca, con un dejo de tristeza, porque les fastidiaba ese Bautista. Querían al otro. Al Bautista que era parte de ellos mismos. Aquél que seguramente se hubiera mofado de ese ser en el que se había convertido.
Pero a él lo único que parecía importarle era hablar de su bendito gato. Aburría con su gato. Los muchachos, sólo empezaron a prestarle atención cuando con hondo dramatismo les contó que su gato había intentado suicidarse. Las carcajadas trepaban los altísimos techos del depósito y varias veces el capataz Romaglio tuvo que llamarles la atención. Ese ocurrente delirio preanunciaba el regreso triunfal del viejo y añorado Bautista. La espesa bruma de su dolor empezaba a agrietarse.
Sin embargo, cubierto por las risas, relataba algunas cosas que los muchachos no escuchaban. Decía que su gato lo entendía, que mantenían diálogos sin palabras, que se comunicaban con la mirada, con el corazón. Un día dijo que su gato era él mismo con piel felina. Que se habían compenetrado de tal manera, que cada vez le costaba más volver a sentirse un ser humano.
Por supuesto, a esas estupideces nadie les prestaba atención.
Bautista estaba absolutamente convencido de que su gato en dos oportunidades se había querido suicidar. Lo había descubierto parado sobre la reja del balcón de su departamento, erizado por la angustia, como dejándose caer en el abismo de esos siete pisos que lo separaban de la calle. Como tantas veces se había quedado él en ese mismo balcón, volcado temerariamente sobre la baranda, buscando a la Tati en el vacío, en el fondo de la noche infinita.
Pero los muchachos seguían sosteniendo que Bautista mejoraba, a pesar de su obsesión con el gato. Simplemente se había vuelto algo solitario y esquivo. Pero su depresión, la que alejaba sus ojos, parecía empezar a descomprimirse en su corazón. Estaban convencidos de que el tiempo les devolvería sus bromas. A su amigo.
Bautista tenía que volver a ser Bautista.
Tal vez por eso, cuando desayunaban y descubrían su mirada furtiva desde algún rincón alejado, le ofrecían un mate y él huía sin razón y para ellos era broma.
Bromas tristes. Bromas raras. Bromas que se atoraban en la garganta de sus risas. Bromas absurdas como cuando el Trutrulo empezó a apuntarlo con el matagato.
Una mañana llegó desesperado al depósito, afirmando que su gato finalmente se había suicidado. No tenía consuelo. Entrecortado por los sollozos, con la mirada extraviada en algún punto invisible, y mientras todos contenían la risotada en sus bocas, contaba que al regresar a su departamento el gato lo miró con ojos de adiós desde el balcón, dejándose caer al vacío, hasta quedar hecho una bolsa de huesos sobre el duro pavimento de la calle Venezuela.
Todos creyeron que allí había terminado con la obsesión del gato. Por eso días después aceptaron gustosos su regreso a la cocina; sus guisos siempre habían sido memorables, hasta lo ingenieros se acercaban a probarlo. Y más cuando entraron y lo vieron comer con tantas ganas. Todos querían comer nuevamente de su guiso, porque en esa cacerola estaban seguros de que no sólo humeaba su legendario manjar, sino el regreso del Bautista de siempre.
Y festejaron metiéndole con hambre, y cuando Fumanchú preguntó que carne le había puesto al guiso y Bautista le dijo que era rata, volvieron a reír de la nueva ocurrencia de su amigo que volvía en todo su esplendor y cuando siguieron preguntando y él siguió diciendo rata, más risas y más risas. Risas de alegría, como las de antes.
Hasta que fastidiado de responder siempre lo mismo, y tal vez de las molestas risotadas, sacó de la bolsa de basura las cabezas y los cueros ensangrentados de las ratas y huyó como un felino, mientras todos vomitaban sobre la mesa.

Ford


Manejo
en la radio dicen:
chocaron un Ford y un Volkwagen.
El conductor del Ford murió
en el acto.

Manejo un Ford
me zambullo
en las constelaciones del parabrisas.

El líquido de tus ojos me frena,
me salpica frío áspero.
Hay espíritus negros
asesinando moribundos
en tus pupilas.

Suena el celular
no voy a abrirte la puerta del túnel,
el acto inconcluso
y el Ford se detiene.

viernes, 17 de julio de 2009

La Cometa del Gordito


El frío de agosto se adormecía bajo los rayos tibios que bañaban el extenso verde del parque, en el borde de la General Paz. Los picados salpicaban los mil colores de sus camisetas corriendo en pugna de balones escurridizos. Los números en las espaldas planteaban ecuaciones caprichosas. Los barriletes le inventaban ojales al cielo azul. Los sándwiches daban su último adiós e ingresaban en los túneles rojos de las bocas ansiosas. El domingo se aceleraba en el relato vertiginoso de una radio futbolera.
El gordito movía dificultosamente sus brazos, aprisionados en la voluminosa campera, tratando de que su barrilete no pierda altura en el cielo. Apenas si se distinguía el escudo de Chacarita Juniors metido en el altísimo azul. El de Chacarita le había pedido al vendedor de barriletes, aún cuando su padre pretendía, sin fortuna, que eligiera el que tenía el escudo de River Plate. Pero el gordito sólo quería el de Chacarita, el cuadro de Judith. Su papá, vencido, debió aceptar la voluntad firme de su hijo y tras elevarlo en el cielo, le entregó el palito en el que se anudaba el hilo y se sentó en el banco para seguir discutiendo con su ex-mujer los pormenores de la separación.
Todo era motivo de discusión. Para Noelia, la mamá del gordito, a los barriletes se los “debía” llamar cometas. En contraposición, para Gustavo, su ex-marido y papá del gordito, a los cometas se los “debía” llamar barriletes. El gordito, que escuchaba el diálogo, no entendía el motivo de la discusión; para él se llamaban cometas, como los llamaba Judith.
Yo tengo que llevarlo al jardín, irlo a buscar, todo eso me significa guita, decía la mamá, mientras el papá resoplaba con fastidio. Escuchame Noelia, yo no puedo hacer magia; para qué te peleaste con Judith, ella te lo cuidaba por dos mangos, contraatacaba Gustavo. Mirá Judith estaba muy confundida, la madre del gordito soy yo, aparte esa pendeja es una insolente, Noelia se enfurecía. Lo que pasa es que vos no te bancás que el gordito la quiera a ella más que a vos, eso es lo que no te bancás, Gustavo sabía perfectamente que esa daga era dolorosa para Noelia. Que diseminaba esquirlas mortales en la sangre de su orgullo. Sabés qué pasa, yo laburo todo el día, que querés que me mantenga con la miseria que vos me pasás, magia todavía no sé hacer, mi vida.
El viento sostenía firme el barrilete en el cielo. El gordito le soltaba más cuerda y el hilo describía un arco, un puente cóncavo entre él y su cometa lejano. Giró su cabeza para ver si sus padres lo observaban, pero desilusionado comprobó que seguían discutiendo enfurecidos.
Y ahora te lo tiene que cuidar tu vieja, ya me la imagino, a las puteadas limpias, si hay algo que le agradezco a Dios es no verle más la trucha a esa arpía, Gustavo prendió un cigarrillo y escupió el humo inmediatamente, como si fuera su suegra. Vos me hablás de Judith, pero la dulce Judith no es todo lo santita que vos te imaginás, el novio la visita cuando ella lo cuida, ¿te parece bien eso?, el gordito me lo contó, Noelia buscaba, agrandado sus ojos, la aprobación de su ex-marido. ¿Y qué tiene de malo eso?, Gustavo no adhería a la presunta mala conducta de Judith. ¿Qué tiene de malo?, ¿Me preguntás que tiene de malo?, ¿A vos te parece que el gordito tiene que ver ese puterío?, Noelia vomitaba las palabras. Vos sos una exagerada, vos ves fantasmas en todos lados.
El gordito recordó una canción que le había enseñado Judith, la de “mi hermanito toca el piano...”, y se la puso a cantar buscando neutralizar las voces de sus padres. No quería escucharlos. Sólo deseaba escuchar a Judith. Ella nunca hablaba en voz alta, su voz era dulce, armónica. Su voz encendía luces de colores en su pequeño corazón. Y desde que su mamá no lo llevaba más a su casa, vivía extrañándola.
Enrolló el hilo en el palito y su cometa se elevó aún más en el cielo. Después empezó a tironear con fuerza, con mucha fuerza, tanta, que sintió sus pies desprenderse del suelo y la fresca caricia del viento. El griterío de la gente abajo y las voces de su mamá y de su papá se volvían remotas. Miró hacia ellos y los observó moviendo los brazos ampulosamente, con desesperación. Los ignoró y colocó sus ojos en su cometa. Al ganar altura el viento frío le helaba la cara y levantó sus pies para esquivar el inmenso tanque. Progresaba en el aire y el mundo debajo era cada vez más pequeño.
Sin embargo, desde lo alto reconoció el patio en el que jugaba con Cascote, el perro de Judith. El patio con la mesa redonda de cemento donde ella le leía los cuentos que tanto le gustaban. Que no entendía del todo, pero que le permitían escuchar su voz por un largo rato.
Cuando lo tuvo exactamente debajo de sus pies, soltó su cometa.




El 7 de mayo de 2002,
en el borde de la General Paz.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Planetas

Aquel mediodía en que la vio por última vez, en aquella casa extraña, su mamá había hablado mucho de sus ojos, de que cada vez que la miraba, se daba cuenta de lo grandes y hermosos que eran sus ojos. ¿Qué tienen mis ojos? –preguntó Sofía. Tus ojos son como dos planetas luminosos llenos de gente –le contestó su mamá y la abrazó.
Desde ese día, siempre que alguien elogia sus ojos, Sofía se fastidia y los cierra y la gente ya no puede ver.

La Ciudad de Los Edificios Negros


Tengo mil almas
revoloteando mi cabeza
como pájaros confundidos
como noches sin estrellas.
Tengo mil besos
de gusto astringente en mi boca
aire tuyo en mi sangre
del abismo de tu alma.

La ciudad de los edificios flacos
abre sus muslos grises
y su laberinto
de espejos blancos.

Tengo mil almas
destiñendo el color de mis retinas
y una noche de candiles
reverberando tus ojos muertos.
Tengo mil voces
de los adioses para siempre
y un plano a escala
de tus caminos sin retorno.

La ciudad de los edificios negros
enciende la penumbra de sus luces
y amplifica, en silencio
la melancolía de sus perros locos.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

60 del Bajo nocturno



El viejo amagó a abrir la ventanilla, pero antes de hacerlo, se dirigió a la jovencita que se había sentado a su lado después de subir en Pueyrredón y Las Heras.
-¿Te molesta si abro un poquito?
-No, para nada -dijo la joven sonriéndole.
-Es que ando con calor, viste.
-Abrala, no me molesta para nada.
El breve diálogo y los aparatosos movimientos del viejo, provocaron alguna curiosidad en los otros pasajeros, que habían observado, atentamente y con admiración, a la agraciada jovencita obtener su boleto y tomar asiento.
-Es que me agarra como un incendio en la cara -dijo de forma risueña.
-Sería lindo sacar la cabeza como los chicos -le respondió la joven prolongando su humorada.
El viejo era flaco, de cara rojiza. Llevaba la barba semicrecida al ras de los agudos ángulos de su rostro. Era casi tan blanca como su pelo. Sus ropas gastadas y descoloridas le brindaban un aspecto desprolijo. Su cara era de otro tiempo. Sus ojos celestes y profundos parecían de otra persona.
-Seguro que sos de Géminis -dijo con contundencia.
-No, nada que ver. Soy de Aries –le replicó la joven entre risas.
-Parecías de Géminis, por lo dada, por lo espontánea –el viejo pronunció con énfasis la palabra espontánea, como si fuera una extravagancia de su vocabulario.
-No, pero soy de Aries.
El viejo carraspeó y su pecho estalló en una tos rota. Afuera, la ferocidad del tránsito rugía en ruidosos bocinazos.
-¿Estás estudiando?
-Sí, ingeniería de sistemas.
El viejo hizo un gesto de no entender.
-Todo con computadoras, todo lo que se hace con la computadora –amplió la joven tratando de hacerse entender.
-En mi época la ingeniería era para hacer puentes.
Los otros pasajeros del colectivo continuaban esforzándose por escuchar, disimuladamente, el diálogo entre el viejo de aspecto descuidado y la jovencita, que pese a sus delicados modales, demostraba una soltura que hacía que la conversación no decaiga. La abulia del viaje y el tono alto en que hablaban hacían irresistible la tentación de oírlos. Eran de dos mundos distintos. Como si una de las invisibles cuerdas con las que la noche tensaba su rutina cotidiana, imprevistamente hubiera comenzado a desafinar.
-Yo un día me voy a poner con la computadora. ¿El abecedario es el mismo que el de la máquina de escribir, no?
-Sí -dijo la joven comprendiendo rápidamente que se refería al teclado.
-Sí, un día de estos me voy a poner. Pero ahora se disparó todo, ahora ya no es como antes.
-¿Por qué?
-El modernismo -dijo el viejo pesadamente.
-Ah sí, ahora las computadoras reemplazan a los que trabajan. Eso es lo malo. La gente es reemplazada por las máquinas.
-Mirá nena, es este país no trabaja el que no quiere.
La joven lo miró con un gesto inconcluso, disintiendo.
-Yo la tuve toda y la perdí toda. Ahora me arrepiento. La joda está bien hasta cierto punto pero..., hay que joder hasta cierta edad.
-Sí porque sino después uno se acostumbra y ...
-¿Vos que edad tenés?
-19, cumplí el 23 de marzo, hace poco.
-Todavía tenés hilo en el carretel. Yo a tu edad estaba en la Marina, dos años y ocho meses estuve metido en un barco.
-¿Estuvo en las Malvinas?
-No en la Marina, en la Ma-ri-na, haciendo la conscripción, casi tres años metido en un barco.
-¡Qué barbaridad!
El viejo se tomó la barbilla con preocupación.
-Yo iba a tomarme el tren en Barrancas del Belgrano, pero llego a Córdoba y Ayacucho y ¡zas!, me encuentro con uno del bajo. No pude resistir la tentación. Este me deja a tres cuadras, el tren a doce. Yo voy a Punta Chica, soy cuidador de una propiedad, pero ahí no hay nada, te falta yerba te falta azúcar y no tenés donde comprar, no hay almacenes, hay que ir al Coto, pero está lejos, a quince cuadras está. Aparte estoy con los paquetes, compré mercadería. Compré yerba, azúcar, arroz, fideos y un montón de estupideces y me olvidé el detergente y la lavandina. Es para limpiar, porque yo soy solo, para limpiar la ropa. Es jodido estar solo, vos dejás todo pata pa’ arriba y así lo encontrás cuando volvés.
-Dígamelo a mí.
-¿Vivís sola?
La furtiva audiencia, ante la pregunta, no pudo dejar de agudizar ansiosamente su audición, convencidos de que el viejo se lanzaba irracionalmente en un ataque kamikaze.
-Con mi papá, pero él trabaja todo el día.
-Antes no hacía falta laburar tanto. Vos no tenías para ir a milonguear y alguien siempre te daba. Era todo distinto antes. Los cafés, los bares, la milonga estaban así (haciendo un gesto con sus dedos juntos) de llenos. Era todo distinto. Pero ahora están todos medio piantados.
-Y la droga, muchos chicos de mi edad se drogan y no saben lo que hacen. Tienen problemas que resuelven de esa manera.
-Mirá querida, problemas hubo siempre. Yo estuve en todas las jodas. No me casé por estar con mi viejo. Era un fenómeno el gallego. Nosotros nos íbamos de joda juntos y eso que mi hermano era el favorito, pero yo andaba siempre con él. ¿Vos no te aburrís con el jovato?
-No, mi papá es un genio, nos llevamos re-bien. Somos re-compinches. Dicen que los hijos varones son más pegados a la madre y las mujeres al padre.
-Puede que sí. ¿Y con tu mamá como te llevás?
-Mi mamá murió, hace como dos años -dijo la joven sin conmoverse, como quien relata un hecho natural.
-¿Por dónde vivís?
-Por Saavedra.
-Yo tengo una prima que vive en Deheza entre San Isidro y Cabildo.
-Ah... Yo de calles no conozco nada.
-Yo sí, yo las calles me las conozco todas. ¿Estás de novia?
-Sí, hace un año y siete meses. Hace un montón.
-Eh no tanto. Para conocer a la gente hace falta más tiempo. Aunque lo que vale es el primer golpe de vista.
-Y para la edad que tengo es un montón.
El colectivo arribaba a las Barrancas de Belgrano. Muchos pasajeros se bajaron con la frustración de no poder seguir escuchándolos.
-Ves, acá tendría que haberme bajado yo, pero el 60 del bajo es una tentación. Tardás más, pero son nueve cuadras menos. Y estoy con la mercadería. Este (por el colectivo), si anda a esta hora es por los curas de San Isidro, por los clubes de los ricachones, sino no viene ni a palos. Yo siempre vuelvo más tarde, pero hoy estoy con la mercadería.
-Y peor ahora que las cosas aumentan a cada rato.
-Es que la gente se había acostumbrado a comprar muchas porquerías. Sino, de qué viven los supermercados, del pan y de la leche, ¡vamos! La gente quiere chupar y vivir bien. El otro día, por acá el colectivo se llenó de pibes tomando cerveza, iban a bailar cerca del puente.
-Sí, se llena ahí.
-Vienen los negros del Fantástico. ¿Vos vas a bailar con tu novio?
-Sí, pero por el centro. El vive en San Cristóbal.
-Y me imagino que te acompaña.
-No, yo no lo dejo. Tiene que gastar el doble y ¿a qué hora llega a su casa?
-Yo cuando tenía una novia la acompañaba hasta la casa, en Ituzaingo vivía y me volvía a Almagro donde yo vivía, nena. Y antes no había tantos colectivos como ahora, no te das una idea de las cuadras que me caminaba.
-Los tiempos cambiaron –concluyó la joven.
El viejo miró por la ventanilla. La noche desparramaba generosa su guirnalda de luces. La avenida administraba la intensidad de sus brillos.
-Me bajaría en lo de mi prima, pero si le caigo a esta hora a la gallega, me mata. Además estoy con la mercadería. A todo esto, ¿qué hora es?
-Deben ser como las once.
Al cruzar el Puente Saavedra la joven se puso de pie.
-Bueno hasta luego, que le vaya bien.
-Chau querida.
Los que estaban detrás aprovecharon para observar nuevamente el rostro de la joven. En la esquina de Maipú y Agustín Álvarez se bajó. El viejo giró levemente el cuerpo en el asiento y se encontró con los ojos de un joven que lo escrutó con mirada cómplice.
-Se le escapó la palomita –dijo riendo.
El viejo lo miró con un leve desdén, ignorando la humorada y se puso serio. El celeste de sus ojos se tiznó de un maravilloso brillo, como si sus retinas fueran de la misma sustancia del cielo.
Finalmente, saliendo de un breve ensimismamiento, le dijo:
-No nene, esa piba es mi vieja. Mi vieja murió cuando yo nací, tenía 19 años la pobrecita, y siempre me busca para charlar un rato. Hace cuarenta años que me encuentra, así, en la calle, detrás de la cara de cualquier mocosa. La vieja es la única que nunca te abandona.
El pibe levantó las cejas y avergonzado le hizo una mueca agria, que una invisible escarcha le congeló en su boca. Después clavó sus ojos en la ventanilla, mirando sin ver la noche que afuera el colectivo iba dejando en el camino. Los otros, los que atentamente habían permanecido escuchando, también, como ocultándose a sí mismos su complicidad.
El viejo sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa y en voz alta le pidió permiso al chofer para fumar.

Un pájaro


El camionero gordo apuró el vaso de cerveza, hipnotizando su mirada en un camión que se deslizaba silencioso por la ruta 7. Cuando hablaban de sus apariciones y se extraviaba unos instantes en sus pensamientos, el mundo se le soltaba como un globo sin rumbo. Su aspereza natural se corrompía de una poesía sin letra y sin forma, que vertiginosamente le ganaba la sangre.
Y de repente, el camión lejano y silencioso alcanzaba el cruce y se volvía de juguete; una gran maqueta recreando un mundo extraño. Un gran juego, desproporcionado y absurdo. Ir y venir eternamente, ir y venir como la misma cosa; el final de un viaje, el principio de otro. Un camino circular uniendo el kilómetro 0 y el destino final.
Y alterando el monótono tapiz de pavimento y rayas blancas entrecortadas, los infinitos enigmas de su aparición. Caprichosa, fugaz; inexplicable y maravillosa. Un luminoso pájaro escurridizo. Y a pesar de que todo aquél que hablara de sus apariciones era acusado de fabulador, y que esa acusación también recaía sobre él, sus relatos eran escuchados con mucho respeto, porque eran distintos.
-La 38 es su ruta favorita, a mucho se les apareció como a mí, uno kilómetro pasando el control policial. Ahí fue donde aquella guelta clavé las guampas y me bajé del camión. Se quedó uno minuto delante mío, como si me hubiera estado esperando...
El otro camionero, que en su antebrazo lucía un colorido tatuaje de la Virgen de Luján, también desparramaba su teoría.
-Sin embargo en Tucumán, en muchos pueblos, le dicen El Pájaro de la 157. Yo la última vé que vi su aparición, fue cerca de La Cocha.
-Es que en mucho lugare dicen que les pertenece. Nadie sabe bien que e.’ En La Rioja le dicen El Pájaro de la 38, en Jujuy La Luciernaga de la 1. Fue el loco Cosentino, que ahora está manejando un Bedford cañero, el que le encajó ese nombre. A él se le apareció en la 1, cerca del Ingenio La Mendieta, se le apareció de noche se le apareció. El loco quedó loco del todo, lo ojo le quedaron como dos pelotas –el gordo terminó de hablar y estiró su voluminoso brazo para llenar nuevamente los vasos.
-Y entonces es de todas las rutas del norte.
-Sí, debe ser así nomá, porque por el sur no lo juna nadie. Mirá vó que yo do por tré ando por Bahía Blanca, por Viedma y nada, nadie sabe nada. Ni noticias de sus apariciones.
El sol azotaba sin piedad el interminable playón de tierra de la estación de servicio. Los dos camioneros reposaban despreocupados bajo un toldito del parador abandonado, punto de encuentro obligado cuando coincidían en el laberinto de sus destinos. Allí permanecían largas horas, lejos de los surtidores, contemplando la rutina del cruce de rutas. Desde los baños, el sonido latoso de una radio les llegaba a oleadas. Una voz indefinida que desbordaba los silencios. La tarde primeriza, empantanada en el tiempo, se aquietaba en el calor, como si las agujas del reloj se hubieran detenido al sentarse en la pequeña y oxidada mesa redonda.
-Che ¿Y qué será?, ¿Será colifa?, ¿Qué será...? ¿Será un fantasma? ¿A vó que te pareció gordo?, vó que decí que estuviste ahícito nomá.
-No creo que sea algo humano como nosotro. Yo conozco muy bien a los humano, yo anduve por todos lados y nunca vi a nadie con esa luminosida. Es un pájaro, un hermoso pájaro mágico. Nunca me voy a olvidar de aquella guelta, aquella tarde en la 38. Se quedó junto al camión, sin moverse, y me miró con sus ojos brillante. Habrán sido uno segundo, uno minuto yo qué sé. Pero me miró fijo, ¡eran ojos de pájaro!, pero te cegaba de mirar y luego se desapareció como por arte de magia, como pechao por un fantasma. Todas la jotra veces, se piantaba al detener el camión, pero esa vé no, esa vé no. Esa vé fue como si me hubiera estado esperando.
El gordo hizo silencio y encendió con ansiedad un cigarrillo. Cada vez que relataba aquel suceso del cual lo separaban tres años, su corazón se estremecía profundamente. Era su íntimo orgullo que lo haya elegido, que le haya dedicado unos instantes más que a los demás. El del tatuaje lo escuchaba con atención, mas allá de las suspicacias, siempre disfrutaba escuchar la historia tantas veces narrada por el gordo Norberto. Al rato llegó Darío, un camionero de Ramallo con el que muchas veces coincidían en esa estación de servicio en las afueras de Laboulaye. Traía un reporte de una nueva aparición. Cuando alguien llegaba, lo primero era actualizar el mapa de sus apariciones. En esta oportunidad había sido avistada por la ruta 19, cerca de una localidad llamada El Tío. El camionero gordo puso en duda la versión, ésa no es de sus rutas, dijo con autoridad. Al cabo de un rato, abrieron otra cerveza y derivaron sobre otros temas.
Mientras observaban pachorrientos el cruce, divisaron una extraña camioneta negra que ensayó una maniobra caprichosa y bajó de la ruta 7. Sin titubear se encaminó hacia ellos. Era una lúgubre ambulancia fúnebre, que se detuvo casi en la entrada de los baños. Inmediatamente descendieron dos hombres de traje negro, desaliñados, uno era petiso y morochito y el otro rubio, muy alto y espigado.
-Señor Norberto Menéndez –el más alto se dirigió directamente al camionero gordo como si lo conociera. Hablaba con un marcado acento extranjero.
Sorprendido de ser llamado por su nombre, el camionero gordo se puso de pie y lo escrutó con desconfianza.
-Sí, soy yo.
El larguirucho le extendió la mano y se la estrechó con fuerza.
-Andrew Vancouver.
Luego se presentó el petisito.
-Víctor Bobadilla.
Ambos saludaron con un gesto amigable a los otros dos camioneros.
-Mire amigo Menéndez, nosotros tenemos que cumplimentar un trámite para abandonar estas rutas para siempre y necesitamos de usted.
El acento del larguirucho dificultaba bastante la comprensión de sus palabras.
-¿A mí?, ¿por qué? –nerviosamente miró a sus dos amigos con la intención de que compartieran el absurdo.
-Mire amigo voy a explicarle. Nosotros somos integrantes de Los Custodios de La Ilusión, y desde hace un tiempo estamos cuidando su influjo en estas rutas de Norte Argentino. Eso, je, que ustedes acostumbran llamar El Pájaro. Oh sí, un hermoso nombre. Nuestra organización es milenaria y tan sólo debe vela por las ilusiones creadas por las personas y todo lo que su mágica esencia genera en sus corazones. Mucho más en gente de trabajo solitario, como el de ustedes. La ilusión es algo real amigos y nosotros la custodiamos. Nuestra organización está en todo mundo. Yo soy de Escocia, mi abuelo fue primero en mi familia que integró esta organización, él custodió la ilusión de monstruo de lago Ness. Mi compañero Víctor es de Paraguay.
-De Luque –aclaró con orgullo el petiso.
-Pero hemos fallado, lamentablemente no pudimos controlar todo y un loco le disparó con una carabina en la ruta 157, cerca de Leales.
Los tres camioneros lo miraron incrédulos, pero el larguirucho continuó rápidamente con su relato.
-En esta ambulancia viajan sus despojos. A nosotros nos espera castigo, el que recibiremos con alegría, como una prueba de fortaleza para nuestros espíritus. Nos espera la Siberia Nororiental, allí custodiaremos su ánima, que se convertirá en el alma helada de frío más frío de mundo. Se amalgamará con la nieve, para sembrar la ilusión de solitarios habitantes de polo de frío. De Ojmiakón, de Jakutsk, de Verkoyansk. Remotos lugares, gélidas llanuras. Ojmiakón es el verdadero polo de frío. Allí yacen intactos monstruos extinguidos hace milenios. Seremos los custodios de lago Labankür, que encierra un terror sin rostro, un terror absoluto. Allí velaremos por la ilusión de pastores de Ártico, pastores de renos que transitan colinas rosadas y nieves celestes, bajo un sol anaranjado y tímido. Nos habíamos encariñado con estas cálidas rutas de norte argentino, con su gente, pero...
El camionero gordo, aturdido de semejante delirio, escupió su reacción largamente contenida.
-Disculpen muchachos, están chupados o les pegó el sol del mediodía de lleno en la zabiola.
-Menéndez, Menéndez, no oculte su luz, usted y nosotros sabemos perfectamente que usted fue el elegido. El elegido, Menéndez. (El extranjero estiraba obsesivamente el apellido Menéndez). Sólo le pedimos que reconozca cadáver. Así lo pidió. Fue su última voluntad.
-¿Lo pidió?, pero...
El camionero gordo sintió que era reivindicado por los dos locos. Y eso le provocó un reconfortante orgullo, que sobre lo absurdo de la situación, atenuó su burla hacia los extraños visitantes. En el último de los casos, tres locos diciendo lo mismo resultaban más convincentes que uno. Los otros camioneros, también consternados, lo animaron con los ojos para que accediera al pedido. En sus miradas se licuaban sin control el absurdo, la curiosidad y la tristeza.
La tristeza, sobre todo la tristeza.
-Venga Menéndez, es sólo un segundo.
Tímidamente los acompañó hasta la ambulancia fúnebre. El paraguayo abrió la puerta trasera del vehículo y ante sus ojos apareció su armónica figura; ya sin vida, pero aún irradiando su enigmática belleza.
Una sensación confusa paralizó su cuerpo, recreando en su mente aquel instante maravilloso de su aparición.
El larguirucho, con extrema delicadeza, quitó de su rostro una especie de máscara y se retiró con los otros. Norberto se quedó solo ante su imagen durante algunos segundos. Al cabo de estos, el larguirucho regresó, cubrió el cadáver con una sábana y le entregó la máscara. El camionero gordo la aferró entre sus manos. Entre los tres hombres se interpuso un silencio infinito.
Se despidieron. La ambulancia fúnebre se alejó velozmente por el playón, levantando polvo y escondiéndola de sus ojos ávidos de verla marcharse. Luego trepó la cinta asfáltica y se alejó por la ruta 7 hacia el sur.
Los dos camioneros lo rodearon con ansiedad. El camionero gordo colocó la máscara sobre sus manos regordetas y la exhibió como si fuera un pájaro muerto. Los tres la observaron fijamente, con los ojos descoloridos.
-¿Cómo era, Gordo?, ¿Cómo era?
El camionero gordo pestañeó, espantando la niebla que confundía su mirada y un repentino brillo coloreó nuevamente sus ojos.
Desde su boca, las palabras emergieron como ángeles:
-Era como una mujer, igual a una mujer.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Círculo


Es una verdadera pena
que nos internemos en la noche
para esquivarnos los ojos
y desangrarnos.
Recuerdo las uñas de tus pies
pintadas de distintos colores.
Algunas veces no me salen las palabras
y otras en que me quedo en silencio.

Mirá cómo son las cosas:
vos sin dirección
y yo con mi corazón
desconectado.
Fue tan frío este mundo
durante todas estas noches de verano.
Las cosas que nunca supe
son las que nunca quise decirte.

¿Crees que algún día comprenderemos
que hay caminos secretos
uniendo las estrellas solitarias en el cielo
ó terminaremos pensando
que los corazones desolados y fríos
se disuelven en el universo tenebroso
de los te quiero muertos?

Pudriéndose en los labios.

Recuerdo los colores de tus pies
pintados de distintas uñas
y tu mano ajena desordenando
mi barba semicrecida
Vos sin dirección
y yo con mi corazón
desconectado.

Todos deberíamos conocer
un atajo para volver a casa.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Remota Amancay


Tres princesas urbanas

De casualidad, mientras seguía atentamente las instancias del partido en el walkman, Patricio levantó sus ojos y se percató de que una de las tres chicas, que estaban a unos metros, le había tomado una fotografía. Las miró sorprendido y ellas le sonrieron. Se quitó los auriculares de los oídos y también entre sonrisas les preguntó:
-¿Para qué quieren la foto? -mientras hablaba se iba acercando a ellas.
-¿Qué, nunca te sacaron una foto? –le replicó desafiante la que tenía la cámara en sus manos.
-Sí, pero... –intentó una respuesta, pero un cruce eléctrico de miradas con la que aparentaba ser la más jovencita lo detuvo.
-Te vamos a llamar “el amigo ofendido” –sentenció la fotógrafa.
-Pero si yo no me ofendí, sólo pregunté para qué la quieren, nada más.
Eran tres adolescentes menudas, vestidas con jeans y remeras multicolores. Parecían despreocupadas del mundo. La más altanera era la que llevaba la voz cantante; pero a la vez tenía aplomo, un aval que respaldaba cada palabra que alejaba desde su boca. Se llamaba Wendy. Su pelo castaño oscuro contrastaba con sus ojos cristalinos y azules. Fue ella quien presentó a sus dos amigas: Mariel, una rubiecita sin características fuertes y la que a Patricio más le había gustado, Amancay. El brillo de sus ojos parecía inextinguible y sus renegridos cabellos le caían tímidamente sobre los hombros.
-Yo me llamo Patricio.
-¿Y qué estás haciendo tan solito en esta plaza? -Amancay habló por primera vez. El débil tono de su voz era casi imperceptible.
-Escuchando el partido (mostró el walkman en su bolsillo). Vivo acá a media cuadra, en un hotel, en el pasaje Antequera y Solís, acá nomás.
-¿Me lo prestás? –Amancay le pidió el walkman. Del bolsillo trasero de su jean extrajo un cassette.
-¡Ella no puede estar sin escuchar a Madonna y su Isla bonita! –se mofó Wendy-. Vamos a los flippers de Brasil. ¡Dale te invitamos!
Se largaron a caminar por Garay hacia la Plaza Constitución. Wendy tenía dieciocho años, Mariel dieciséis y Amancay diecisiete. Las tres rieron cuando él en broma dijo que si tuviera diecinueve, harían una escalera. Pero tenía veinte.
En los flippers Wendy compró fichas para todos. Cuando se aburrieron de los juegos electrónicos, se fueron a un bar, también sobre Brasil, un salón angosto y profundo, penumbroso, impregnado de frituras eternas.
-Che chicas, esta vez déjenme invitar a mí.
-Qué chechi ni ocho cuartos, nosotras te invitamos -ordenó Wendy. Amancay le guiñó un ojo para que desistiera en su propósito. Comieron pizza, y cuando llegó la hora de pagar, Wendy extrajo de su bolsillo un flamante billete de 100 pesos.
-¿Se robaron un banco? –bromeó Patricio.
Las tres ignoraron su pregunta. No sería la primera vez que Patricio percibiría que ante ciertas preguntas, ninguna de las tres respondía, como si frente a lo que les molestaba, activaran un pre-acordado pacto de silencio. Realmente eran extrañas. Su comportamiento parecía regularse automáticamente por algún programado patrón de identidades, que amalgamaba sus reacciones más allá de la subjetividad de sus distintas personalidades. Lo que resultaba evidente era que Wendy las lideraba.
Tomaron un taxi hasta Lavalle y Carlos Pellegrini. Al bajar del vehículo, entusiasmados por la peatonal, se internaron en la marea humana.
La ciudad se volvía agradable. Sus domingos eran tan grises: escuchar los partidos de Boca en la Plaza Garay y de vuelta al hotel del pasaje Antequera. Un círculo sombrío. Se sentía demasiado solo en Buenos Aires. Tunuyán, su añorado pueblo, se le ocurría más lejano que cualquier remoto planeta en el cielo. Distancias que sólo puede medir el corazón. Sus padres habían muerto, sólo le quedaba su abuelo Lautaro. Él fue quien juntó el dinero para que viniese a estudiar a la Capital. Todos los meses le mandaba un giro. Pero, al ciclo básico iba por ir. Tampoco le interesaba hacerse de amigos, porque sentía que no encajaba entre los porteños, no los entendía ni quería entenderlos. Soñaba con retornar a Tunuyán. Allí todo era distinto, en sus pequeñas calles al menos los fantasmas eran recuerdos. Esa ciudad infernal lo había tornado un ser taciturno. Muchas veces practicaba un juego enfermizo: pasar todo el día sin hablar con nadie. Pudo comprobar que no había cosa más simple que sentirse absolutamente solo en medio de la gente.
Pero no podía defraudar a su abuelo. Si no fuera por él y por su ilusión de que estudie en Buenos Aires, hubiera mandado todo al demonio.
Sin embargo, ese domingo era distinto, esas tres jovencitas que transitaban la ciudad junto a él parecían entusiasmadas de su compañía, rescatándolo de sus tortuosos autocoloquios.
Abandonaron Lavalle y continuaron por Florida. En Diagonal Norte y Esmeralda, como tres niñas traviesas, se pusieron a jugar con la estatua de Lisandro de la Torre. Se trepaban y reían sin importarles los demás.
A las siete de la tarde Wendy anunció que debían emprender el regreso. Y lo dijo con énfasis impostergable. Todo lo que decía Wendy parecía no aceptar discusión. Mariel y Amancay jamás objetaban sus decisiones. Por Piedras llegaron hasta Independencia. La 9 de Julio los dejó en Constitución.
-Es una canción hermosa, ¿no te parece una canción hermosa? -Amancay le acercó el pequeño auricular a Patricio. Una Madonna lejana cantaba la isla bonita.
-Sí, es muy linda -le dijo con ternura, como si bastara que a ella le gustase para que la canción fuera hermosa. Después se dirigió a Wendy, ya que Mariel prácticamente no hablaba y Amancay había vuelto a sumergirse en sus auriculares.
-¿Nos vamos a volver a ver? -preguntó Patricio deseando una respuesta positiva.
-Mañana –pareció ordenar Wendy.
-Yo vuelvo de la facultad a las tres.
En la Plaza Constitución Wendy anunció que debían despedirse.
-¿Y ustedes dónde viven?
-Más allá, -Wendy señaló con un gesto vago la estación del ferrocarril- no muy lejos.
Se despidieron con la promesa de encontrarse al otro día a las tres de la tarde en Solís y Antequera, la esquina de su hotel.
Patricio se largó a caminar por Garay. Sintió una repentina sensación de pánico ante la posibilidad de no volver a verlas. Al llegar al hotel se recostó en su cama. Estaba sobreexcitado, no podía dejar de pensar ni un solo segundo en esas tres extrañas muchachas con las que había compartido la tarde. Se había encontrado tan cómodo con ellas, tal vez porque eran extrañas, raras, como él se sentía dentro de esa ciudad fría y adversa. Se durmió lentamente, reconstruyendo en su mente la imagen de Amancay, la incandescencia de sus ojos.
Al otro día se despertó pensando en la foto que le habían tomado. ¿Para qué la querrían? ¿Por qué durante toda la tarde no habían hecho comentarios sobre los muchachos que veían por la calle?, algo tan común en chicas de su edad. Esas cosas parecían no interesarles. No fue a la facultad. El ansia de verlas lo llevó a esperarlas en la esquina de Solís.
A las tres y media llegaron caminando desde el sur, desde la calle Brasil, y nuevamente se largaron sin rumbo por la ciudad. Fueron en taxi hasta la Avenida Corrientes y después caminaron. En Banchero comieron pizza. Wendy continuaba ejerciendo un dominio natural sobre las otras. Siempre sacaba desde su jean billetes de 100 pesos y pagaba todo. En los descuidos de Wendy, Patricio buscaba con desesperación los ojos de Amancay, y en varias oportunidades sus miradas se encontraron intensamente. Salieron de la pizzería. Caminaron hasta la Plaza Congreso. Wendy volvió a sacar la máquina de fotos y de forma sobreactuada anunció:
-Dale Amancay, ponete que te saco una foto con Patricio.
El tono de su voz, burlón y afectado, denunció que sus furtivas miradas con Amancay habían sido detectadas por el radar de sus ojos azules, y pensó que tampoco tendría que ser algo malo; pero Wendy era tan autoritaria, que saberse descubierto por ella no podía dejar de intimidarlo.
Cuando Wendy se dio cuenta que eran las seis, arengó a sus amigas a partir con prisa.
-Pero, ¿qué es lo que pasa con ustedes tres? ¿Quién las espera?.
-No, lo que pasa es que tenemos que ir a buscar una cosa antes de las seis y media -Wendy le contestó con desgano, mientras intentaba detener un taxi.- Vos esperanos, mañana o pasado te pasamos a buscar por el hotel, dale.
En el interior del auto, Mariel pronunció un nombre: Urbano, e inmediatamente recibió una amenazante mirada de Wendy, que suavizó al percatarse de que Patricio la observaba. Las mejillas de Mariel enrojecieron súbitamente. El taxi se detuvo en el hotel del pasaje Antequera.
-Adiós reinas del misterio -dijo riéndose y buscando ya sin pudor los ojos de Amancay.
En sus retinas encontró una inocultable desesperación.
El taxi arrancó enfurecido. Lo observó alejarse. Evitó ir directamente hacia el hotel. Entre esas cuatro paredes, la opresión se le preanunciaba asfixiante. Rumbeó mecánicamente hacia la Plaza Garay. Otra vez se hundía pesadamente en el desagradable pantano de sus pensamientos. Se sentó en un borde de la plaza. Algo oscuro y perverso presentía detrás de sus amigas, algo que no podía determinar y que lo perturbaba. Sin embargo, desde esos sombríos vislumbres, emergió el rostro de Amancay. Deseó acariciar su piel trigueña, reflejarse en sus ojos redondos y brillantes.
Al cabo de un par de horas se fue al hotel.
Constitución es un barrio del color de la tristeza.

Amancay y el brillo de la noche

Unos golpecitos en la ventana lo despertaron. Como si alguien arrojara pequeñas piedras en la persiana. Se levantó y la abrió con sigilo. Asomado al balcón miró hacia abajo. Su corazón se sacudió. Entre las sombras, los ojos de Amancay relampagueaban como luciérnagas. Le hizo un ademán con su mano para que esperara. Atravesó rápidamente los oscuros pasillos del hotel, le abrió la puerta y la condujo hasta su habitación. Amancay lo abrazó, su cuerpo temblaba. Sin mediar palabra rompió a llorar.
-Me escapé, Patricio, me escapé..., tengo miedo, nos van a matar... Tenemos que irnos de este lugar, cuando se den cuenta de que me fui, me van a venir a buscar, ayudame Patricio, por favor. Él me va a destruir.
-¿Pero por qué? ¿Quién te va a destruir?.
-Urbano, y Wendy.
-Pero, ¿quién es Urbano?
-Es nuestro Guía, el que nos manda a buscar a muchachos como vos, pero vayámonos de acá antes de que nos encuentren. Por favor vayámonos
Amancay continuaba convulsionada, sus ojos bailoteaban sin detenerse sobre ningún punto fijo. Patricio tomó su mochila y metió tres o cuatro cosas.
-Lo que no tengo es mucho dinero.
-Yo tengo, le robé a Wendy.
Salieron sigilosamente del hotel. El lúgubre paisaje de Constitución se desdibujaba en las tinieblas. Las tenues luces del alumbrado caían muertas sobre el asfalto. En Garay abordaron un taxi solitario. Patricio no comprendía de qué huían. Pero que Amancay estuviera a su lado, desarticulaba cualquier cavilación apocalíptica.
Se bajaron en un hotel alojamiento de Alberdi y Medina, a metros de la autopista. En la habitación, Amancay volvió a abrazarlo, sollozando en su hombro.
-Tranquila linda. Nadie sabe que estamos aquí, nadie te va a hacer daño.
Sus bocas se encontraron en un beso sin preámbulo, sin erotismo, como si sólo comprendiera una unión desesperada ante el horror.
-Te iban a matar Patricio. Habían estudiado muy bien tu caso, nadie iba a reclamarte demasiado en Buenos Aires.
-Pero, ¿por qué a mí? ¿Qué les hice yo?
-Nada, no les hiciste nada. Pero Urbano nos pide pibes de tu edad para el Sacrificio Divino. Él odia a los hombres, a los hombres que lo despreciaron; su espíritu es una mujer infinitamente bella. Él amó a los hombres y ellos lo despreciaron. Por eso tiene que asesinar muchachos. Son ritos sagrados, ritos que van a darle en el futuro el amor de los hombres, eso es lo que más quiere en el mundo. Hasta ahora lo hizo con uno sólo, por lo menos desde que nosotras estamos con él, y está enterrado en el sótano de su casa. Un pibe como vos, que nosotras le entregamos. Wendy y él lo mataron. Se llamaba Silvio.
-¡Qué horrible, Amancay! No te das cuenta que es un homosexual, un psicópata, un...
-Pero te aseguro que todo lo hice como si fuera mi obligación, es mi obliga... (se llevó una mano a la boca, avergonzada). Perdoname, pero estoy muy confundida, era como que no me daba cuenta de lo que hacía. Sólo empecé a sentir algo distinto cuando te vi, una sensación extraña en mi corazón, algo que hasta ese momento yo nunca había sentido y que me asusta, y que me hace acordar cuando era chica. Pero de sólo pensar que te iban a matar, comencé a desesperarme y como ayer me di cuenta de que Wendy empezó a sospechar de mí, anoche les puse un somnífero en la comida y decidí escaparme. Porque ya no me iban a dejar venir más, ya me tenían recelo y seguro que Wendy ya se lo había contado a Urbano. Wendy le cuenta todo a Urbano. Lo hice por vos. Pero tengo miedo, Patricio, tengo mucho miedo. Y aunque no lo creas, a cada momento siento ganas de volver con ellos. Siento que él me está llamando y su voz es irresistible para mí. Urbano dice que sólo debemos escuchar su voz, la única voz de Dios es la suya, las otras voces son las voces del demonio.
Amancay contaba su propia historia como si fuera ajena.
Había nacido en Purmamarca, en la provincia de Jujuy. (Un lugar donde hay árboles plateados, le decía ella, donde hay árboles plateados que brillan cuando los acaricia el sol). Una organización de prostitución infantil se la había arrebatado a sus padres a los diez años. Fue víctima de innumerables abusos, execrables seres se excitarían observando sus fotos, tal vez en ese mismo momento. Urbano la había rescatado de ese infierno.
Se durmieron abrazados y sin quitarse la ropa.
A la mañana siguiente se instalaron en un hotel familiar del barrio de Flores; permanecerían allí hasta decidir los pasos a seguir. Amancay tenía mucho dinero, más de 1000 pesos; esa abultada suma le permitiría sobrevivir algún tiempo.
Los primeros días hicieron una vida normal. Por las mañanas iban a comprar comida, almorzaban y por las tardes salían a caminar por las mansas calles de Flores Norte. Amancay, de forma obsesiva, escuchaba el tema La Isla bonita de Madonna, una canción en inglés con algunas palabras en castellano. Era como una adicción.
Su comportamiento era inestable. Reía, a veces sin motivo, y abruptamente parecía hundirse en recuerdos angustiantes, en abismos sombríos de su alma, de los cuales emergía desorientada e indefensa.
Patricio buscaba desesperadamente rescatarla de esas profundidades. Inventaba chistes, le contaba historias de Tunuyán, no se detenía hasta arrancarle una tenue sonrisa.
Una de esas noches se largaron la deriva. Las calles se extraviaban en misteriosas brumas. Amancay parecía brillar. Miraba a Patricio a los ojos, y en sus pupilas de niña resplandecían incandescentes centellas.
La Avenida Juan B. Justo los condujo viboreante hacia el este.
-¡Qué noche tan hermosa! ¡Qué feliz me siento a tu lado! -Amancay lo miró fascinada, como por primera vez.
Patricio recordó una frase que había leído alguna vez, una frase que siempre llevaba en su mente:
de pronto la ciudad se volvió tan hermosa, que daba ganas de llorar de reír y de llorar otra vez.
Finalmente experimentaba esa dulce congoja. Esa melancolía inexplicable que provoca la felicidad más intensa.
En una esquina encontraron una parrillita, había mesas afuera. Se sentaron bajo el amparo de las ambaradas luces de la avenida.
-Comamos chorizo, sándwich de chorizo –Amancay parecía aún más niña.
-Y tomemos vino tinto.
Los autos se deslizaban por la avenida como cometas bulliciosos, en el interior de la parrillita la gente reía y hablaba. Por momentos los sonidos se acallaban y podía oírse el zumbido de las luces reptando el asfalto. Maravillados escucharon el relato del mozo acerca del arroyo que circulaba bajo la avenida. Brindaron. Cuando Patricio llevó la copa hacia su boca, en el reflejo espejado del vino encontró el resplandor de la noche, las doradas luces de la avenida. Se las bebió de un trago.
Después de cenar, emprendieron el regreso. El alcohol, burbujeándoles la sangre, agudizaba la alegría, la incontenible belleza de ese mundo nocturno y enigmático.
En el hotel durmieron juntos. La joven se acurrucó en sus brazos. Patricio la deseaba con desesperación, pero no quiso forzar su piel tibia, dejando fluir cada instante. Amancay era como una niña.
Amancay era un milagro.
Al otro día improvisaron un picnic en una apacible plaza cercana al hotel. Una iglesia se erigía solitaria en uno de sus vértices. La muchacha fijó sus ojos en las puertas enormes del templo.
-Urbano siempre nos atemoriza con las tres puertas del destino.
-¿Las tres puertas del destino?
-Sí, están a una cuadra de donde nosotras vivimos, en la casa del pasaje Vieyra, sobre la calle 15 de noviembre, viste dónde está el paredón del tren, bueno ahicito nomás. Hay un túnel que va desde la casa hasta allí. Él dice que cuando una de nosotras atraviese el umbral de alguna de esas tres puertas, nuestros destinos cambiarán para siempre. Nosotras le tenemos terror a las puertas del destino.
-Pero Amancay, eso es mentira.
-No, no es mentira -afirmó seria. Rápidamente volvió a sonreírle.- Vos sabés que yo tengo un librito de historias de amor guardado, en secreto. Yo las leía y no podía imaginar esas escenas, pero ahora que estoy con vos, es como si las estuviera viviendo.
Patricio la abrazó. Esa dulce muchacha era más de lo que hubiese soñado tener aun en sus sueños más desenfrenados. Se quedaron en silencio. Una nube atenuó los rayos del sol, opacando los colores vivos de la plaza. Ella lo miró y en sus ojos negros el amor se manifestó en una vertiginosa centella atravesando el firmamento de sus pupilas.
-Te quiero Patricio, yo no soy buena, no soy... Vos tenés que ayudarme..., pero no te asustes, no te asustes de ...

Azulejos blancos

Amancay palideció. Sus ojos se blanquearon y pesadamente se desplomó hacia atrás. Patricio, aterrorizado, buscó reanimarla, pero no reaccionaba. Parecía muerta. La cargó en brazos y buscó un taxi con desesperación. En pocos minutos arribaron a la guardia del Hospital Álvarez. Entre gritos dos médicos la llevaron a una sala para intentar reanimarla. Patricio estaba fuera de sí. El pánico paralizaba su sangre. Nadie le comunicaba nada, la gente en la guardia no tenía rostro, el blanco de las paredes agobiaba sus ojos. Finalmente, tras de una larga y angustiosa espera, un médico salió en su búsqueda.
-¿Vos acompañabas a la chica? ¿a la morochita?
-Sí –dijo Patricio presintiendo lo peor. Lo que de ninguna manera podría soportar.
-Mirá, tu amiga está muy delicada. Después de muchos esfuerzos logramos reanimarla. Prácticamente estuvo muerta. Es muy extraño. Si bien ahora está estable, no recupera el conocimiento. La vamos a pasar a terapia, por precaución. Tendríamos que avisar a los familiares. ¿Vos tenés forma?.
-No, ella es de Jujuy, vive sola en Buenos Aires.
-Bueno..., ya vamos a ver.
El médico se alejó. Las horas pasaban y nada se sabía sobre Amancay. Sus ojos se nublaban, y a pesar de sus denodados esfuerzos por no caer en las garras del sueño, finalmente se quedó dormido en uno de los largos asientos bancos del pasillo.
Sintió voces lejanas. Abrió los ojos y encontró el rostro del médico con el que había hablado por la tarde.
-Hey muchacho, no viste a tu amiga, no la viste salir.
-No, no la vi. ¿Pero qué pasó?
-Se escapó. Hasta hace una hora estaba inconsciente, pero se escapó y nadie vio nada. Todo esto es un gran misterio.
Patricio experimentó un fulminante escozor. El médico le indicó a una enfermera que llamara a la policía. Allí fue cuando él también decidió huir. En un momento de distracción se escapó. Corriendo llegó hasta el hotel. Pero Amancay no estaba, y tampoco había indicios de que hubiese pasado por allí. Echó mano al dinero del cajón de la mesa de luz y retornó a la calle.

El rumbo

Caminó como si fuera lo único que supiera hacer. El vértigo de sus pensamientos le impedía detenerse. Se desplomó sobre el fantasma de Amancay pasando delante de él mientras dormía. Era un pensamiento tortuoso. ¿Qué hubo de pensar al abandonarlo allí? ¿Qué goce perverso le debió haber provocado observarlo tan indefenso en aquel sórdido hospital? Se consolaba, y era como el horror dentro del horror, imaginando que Urbano y las otras chicas hubieran ejercido sobre ella un tenebroso llamado mental, doblegando absolutamente su débil voluntad.
Las desoladas calles de Flores lo extraviaban en un laberinto de espejos en el que las sombras parecían multiplicarse infinitamente. Al cabo de unas cuadras se topó con una avenida solitaria, en un letrero leyó su nombre: Directorio. Como si fuera un sendero luminoso, se dejó guiar por el destino incierto de sus luces.
Avanzaba. La noche le invadía los ojos, la ciudad era una realidad indefinida. Detrás de cada una de esas ventanas, imaginaba almas neblinosas recorriendo habitaciones profundas. Almas en vigilia, televisores tiñendo sombras en el espacio.
Las luces parecían reunirse a lo lejos, un punto donde el resplandor calcinaba el cielo.
Un destino de la noche.
Amancay y su ausencia se convertían en el temido infierno, que reavivaba sus brasas en el continuo recuerdo, ese mecanismo simple y perverso de la evocación, invisible punzón que talla sobre las heridas en carne viva. Ese lugar cercano e inalcanzable.
Las luces engañosas nunca se juntaban, y siempre había más ciudad por delante.
Una ciudad tal vez sea sólo eso: una interminable sucesión de espejismos.

Las puertas del destino

La Avenida Entre Ríos detuvo sus cavilaciones. Eran lugares conocidos. Mecánicamente desvió su rumbo hacia el sur. Su vehemente marcha lo empujó hasta la esquina de 15 de noviembre de 1889 y el pasaje Vieyra.
Entre las sombras tomaron forma los contornos de la casa del cartel con la leyenda Pajarito, tal cual Amancay se la había descrito. Allí se detuvo. La proximidad la volvió aún más lúgubre y abandonada. Buscó la entrada sobre la calle 15 de noviembre. Con decisión empujó una maciza y oxidada puerta de metal, la cual cedió fácilmente. Avanzó como un ciego en la profunda oscuridad. Presentía la presencia de Amancay.
Repentinamente se encendieron las luces y ante sus ojos dilatados por la fuerte claridad apareció la espectral imagen de Wendy. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Wendy se echó a reír aparatosamente. Una voz caricaturesca se sobrepuso a la risotada de la joven y se afirmó en su abrupto silencio.
-Solito te metiste en la boca del lobo, ratoncito.
Era un hombre vestido con ropas de mujer, en su mano portaba un revólver. Lo apuntaba.
-Así que el galancito quería robarme a la dulce Amancay.
Patricio observó la aparición de Amancay y de Mariel. Los ojos de Amancay parecían muertos. El brillo evaporado de sus retinas, era aún más aterrador que el revólver que lo apuntaba. No pudo contener sus palabras.
-¿Por qué Amancay? ¿Por qué?
-Porque ella es mía. Ella es sólo de Urbano.
El hombre la abrazó con fuerza y ella le sonrió con un empalagoso rictus de agradecimiento.
Esa imagen absurda lo inmunizó del miedo, un cuchillazo feroz que atravesaba su corazón. Ya nada tenía sentido. Empujó al hombre, que cayó aparatosamente en el piso, lanzando histéricos quejidos. Tomó a Amancay del brazo y salió corriendo hacia un cuarto contiguo. Se dio cuenta de que se estaba encerrando. Cerró la puerta, y echó el pasador.
-Por favor Amancay, ayudame, tenemos que escapar de este lugar.
Al otro lado, inmediatamente dio comienzo un brutal y tenebroso golpetear. La desesperación le llevó a buscar con vehemencia una salida. Milagrosamente la encontró: una pequeñísima puerta, como para un enano. La abrió, pese a los gritos de resistencia de Amancay, y se internaron en un oscuro pasillo que descendía abruptamente hacia las entrañas de la tierra.
-No Patricio, este pasillo va hacia las tres puertas del destino, no por favor, dejame acá, no quiero ir, no me lleves.
-Pero Amancay, tenemos que escaparnos, me van a matar, no te das cuenta que ese hijo de mil putas me va a matar. ¡No te importa que me maten!
Inesperadamente, la mano de Amancay se aferró a la de él. En ese pequeño roce de su piel toda esa pesadilla encontraba un sentido, activando en su sangre un motor potentísimo, que lo volvía inmune al temor.
Debía encontrar la salida. Estrechó con fuerza la mano de Amancay y avanzó abriéndose paso en las tinieblas.
El túnel describió una pronunciada subida y se abortó en una pequeña puertecita, idéntica a la de ingreso. Al transponerla ingresaron en una extraña y resplandeciente sala. Las paredes eran de un purísimo color blanco, en las que se engarzaban tres puertas de disímiles tamaños. A la derecha una color ocre, angosta y no muy alta; en el medio una de la misma altura, pero más ancha de color gris-verdoso y sobre la izquierda una puerta verde, altísima y delgada, de dos hojas. Al costado derecho de cada una pendía una llave dorada y reluciente. Deben ser las tres puertas del destino, pensó Patricio. Amancay se había desmayado; la cargó en sus brazos. Desde el túnel emergían murmullos.
Salió de su indecisión y tomó la llave de la puerta del medio, por la que le resultaría más fácil salir con Amancay en brazos. La insertó en la cerradura y manoteó desesperado el picaporte de metal. Éste emitió un crujido y la puerta se abrió.
Un colectivo se cruzó ante sus ojos como un rayo. Cerró la puerta. Habían salido a sólo una cuadra de la entrada de la casa del pasaje.
Amancay abrió los ojos y se incorporó. Patricio detuvo un taxi y lo abordaron rápidamente. El auto arrancó. A través del vidrio pudo comprobar que las tres puertas continuaban cerradas. En apariencia se habían dado por vencidos.
Le indicó al taxista que los lleve hasta la terminal de ómnibus de Retiro.

Remota Amancay

El incoloro sol de la mañana le dañaba los ojos. Amancay seguía semiinconsciente, pero tenerla a su lado era todo lo que le importaba. Al cabo de unos minutos, la radiante luminosidad solar la despertó.
-¿Adónde estamos?
El taxista observó por el espejo retrovisor con curiosidad, pero permaneció en silencio.
-Vamos para Retiro, (y al oído le susurró), nos escapamos de todo ese infierno.
La joven se acurrucó bajo su brazo. Patricio sintió que la felicidad era la esencia maravillosa que animaba esa mañana.
En la terminal Amancay continuaba ausente. Si bien caminaba junto a Patricio, permanecía aún inmersa en un profundo estado de inconciencia. Sacó dos pasajes a Tunuyán. El micro de Expreso Uspallata partía en una hora. Se sentaron afuera, en el sector de plataformas.
La Ciudad de Buenos Aires recortaba el cielo como una maqueta absurda y desproporcionada. Como si fuera el juguete de un ser gigantesco y travieso, que se divertía observando a sus pequeñas criaturas caminar por ella, esperando aburrirse para aplastarlas.
Buscaba entre la gente a Urbano y a las otras chicas. Pero no aparecían. Amancay volvió a adormecerse. Trabajosamente la subió al micro ante las miradas curiosas de los otros pasajeros.
Durante el viaje, los dolores de cabeza la agobiaron. Su frente se empapaba de sudor, se quejaba de una insoportable puntada en su sien. Hasta que abruptamente abrió sus ojos, una fulminante descarga ardió sus retinas. Sus facciones se suavizaron, como si la insoportable jaqueca hubiera desaparecido.
Desde ese instante, comenzó lo que los médicos nunca pudieron explicar, pero que llamaron daño cerebral irreversible. Desde ese instante, Patricio nunca volvió a separarse de Amancay. De su remota y amada Amancay.
Para siempre, jamás.

Friday Night

1

Las luces son más ámbar que mercurio: la
noche es una sucesión desorientada de sensaciones
que se abortan en la charla, en la sonrisa; en el gran
rostro de todos en la mesa redonda,
en el vaho del bar sucio y moderno.

2

Pienso en la película y en Verónica, ella tiene
la sonrisa de las que dicen no y embellecen.
La primavera en las voces que se destiñen
en las charlas de teléfono celular; que se consumen
bajo el ojo voyeur de las estrellas.
Arranco el auto y me detengo, sus piernas habitando
pantalones en algún lugar remoto. Su piel.

3

Las púas de los alambres. En el cine Verónica sigue intermitente,
y la película la ausenta, por momentos.

4

Las librerías cerradas. Botella. Cinco pesos con 50 centavos.

5

Escribir con letra alcohólica.
Vomitar tinta.

6
Morir un puñado de horas

Verde


Yo sé cómo funciona la dínamo del crepúsculo.
El mágico imán ámbar de las luces nocturnas
los rumbos inesperados de tu pelo
la geometría diabólica
de los diamantes de tus ojos.


Infinitos y profundos campos verdes
se forman sobre las luces débiles de tu ausencia.
En lo siniestro
de cada objeto cotidiano.

Verde,
mi color favorito.
Verde.

Hija de Mil Madres



Pocha observó un Renault 12 verde pasar por segunda vez y con ansiedad buscó los ojos del conductor; pero las libidinosas pupilas del hombre apuntaban directamente hacia Vanesa. Pendeja de mierda, se dijo, pero le pasó el dato.
-Che, dejá de hablar boludeces y carpeteá a un chabón de un 12 verde que está meta marcarte.
-¿A mí?
-Sí a vos, parece que es de los que les gusta que todavía tengan talco entre las patas.
-Andate a la mierda.
-Cheee, qué boquita –Perla le arrojó un sobre de azúcar.
Vanesa estrenaba sus dieciocho años. Llevaba su largo pelo negro brillando al vaivén del viento, y su cuerpo era una sucesión de formas armónicas y apetecibles. Perla, indefinida en su edad, era exuberante y fuerte, tanto como para darle pelea al desgaste que aflojaba los elásticos que todavía sostenían la firmeza de su cuerpo. A Pocha, en cambio, sus músculos se le habían vencido con el paso de cada uno de sus cuarenta y tres años. En su boca, la ausencia de varios dientes le daban un aspecto de irreversible abandono. Casi no quedaba nada de aquella jovencita de diecisiete años que llena de ilusiones había llegado desde Montevideo. A ellas tres se le sumaban: Yésica, de caderones veintiséis años, dos hijos y un marido que la esperaba todas las noches y Érika, veintitrés años, morocha, delgada y fácilmente olvidable.
Allí, tras la vidriera del bar de Artigas y Bacacay, se juntaban todas las tardes a la espera de sus clientes fijos y para tentar a automovilistas y transeúntes que se obnubilaran con la posibilidad de acceder al paraíso de sus profesionales encantos.
Sólo ellas cinco, las otras eran repelidas. Ellas cinco se tenían confianza. Eran un círculo cerrado. Una familia.
-Si no vas vos, voy yo –Yésica necesitaba dinero pero los clientes no la necesitaban a ella.
-Che Yesi, explicale a tu fiolo que la calle está dura –Perla, la más veterana en la zona, ejercía un liderazgo casi maternal sobre las demás. Le enervaba que mantuviera a ese gusano.
-No es mi fiolo, es mi marido –le retrucó Yésica enojada.
Todas se echaron a reír.
-¿Entonces por qué no va a trabajar y te saca de la calle? ¿No es celoso tu maridito? –Preguntó Perla irónicamente.
Vanesa fue al encuentro del tipo del Renault 12. Rápidamente acordaron y se fueron al hotel.
-¡Cómo labura la pendeja! –Pocha escupía envidia.
-Dejala que labure o ¿vos a la edad de ella no te apilabas a todos los tipos en fila? -Érika salió a defender a Vanesa.
-Yo, queridita, a su edad, estaba casada como Dios manda. Yo soy puta por necesidad, no como ustedes, por vocación.
-De polvo somos y al polvo vamos -Perla buscó abortar la discusión con una humorada.
El barrio de Flores ejecutaba su sinfonía cotidiana e infernal. Cada vez que se abría la barrera de Artigas, reventaba una disonante melodía de bocinazos, de frenadas bruscas, de acelerada desesperación por pasar primero, como si los que circulaban por Artigas fueran acérrimos enemigos de los que venían por Bacacay. Como si atravesar primero ese cruce trastocara sus destinos para siempre en venturosos.
Vanesa volvió al rato. El tipo era un pesado y la había puesto de mal humor.
-Estos pelotudos creen que por 20 pesos, tenés que hacerle lo que ni la jermu le hizo la noche de bodas.
Mientras Vanesa mascullaba su bronca, ingresó al bar sigilosamente una niña de no más de doce años. Sus pies se deslizaban por el piso. Se detuvo en el borde de la mesa. Las cinco mujeres concentraron sus ojos sobre ella. Tenía el encantado aspecto de una princesita; su pelo rubio resplandecía un brillo que se amalgamaba con sus ojos de inocencia. Les sonrió levemente y soltó la dulce melodía de su voz:
-Yo soy hija de todas ustedes.
Pocha estalló en una aparatosa carcajada.
-Y yo soy la madre de San Martín y Belgrano –replicó aún entre risotadas burlonas.
La carcajada fue general. Pero la niña, imponiéndose a la mofa, continuó adelante.
-Vanesa fue la última en darme un poco más de vida. Recién –dijo gravemente.
-Qué boludés estás diciendo pibita, por qué no pirás de acá, a ver si viene la yuta y nos levanta a todas por corrupción de menores –le replicó Yésica fastidiada. Todo parecía confabularse para que no pudiera trabajar.
-Mirá flaquita, yo vengo del telo, pero de ahí a alargarte la vida... –Vanesa a su manera buscó tratarla con ternura.
La niña, inmutable, retomó la palabra.
-Por eso mismo, cada vez que están con un hombre, me dan más vida. Yo soy hija de ustedes y de todos los hombres que hacen el amor con ustedes, yo soy hija de mil madres que son como ustedes.
-¿Putas? –dedujo Yésica, definitivamente fastidiada.
La niña rechazó esa palabra con un gesto agrio. Prosiguió.
-Ustedes sólo son cinco de mis mil madres. De a poquito las voy conociendo a todas.
-Pibita largá el pegamento –Yésica volvía al ataque.
-Pará un poquito chiquita, ¿quién te dijo eso? –Perla buscó asumir la conducción del absurdo.
-Nadie, nadie me lo dijo. Yo lo siento aquí, en mi corazón (se llevó las manos hacia el pecho), nadie me lo dijo. Pero yo sé que es así, yo sé todo de ustedes porque soy parte de ustedes. Yo conozco lo bueno y lo malo de sus corazones, los secretos que a nadie contaron nunca y que les duelen.
-Bueno, se terminó la clase de jardín –anunció Yésica desbordada.
La niña descargó sobre ella la fulminante potencia de sus ojos y con ternura le dijo:
-Vos vendiste a tu hija, no te la robaron.
Yésica palideció. Todas voltearon hacia ella con la curiosidad de observar su reacción.
-¿Quién te contó esa locura? –replicó Yésica con inocultable nerviosismo.
-Nadie, yo lo sé. Yo sé todo de vos, porque soy parte de vos. La señora se llamaba Nélida y te encontraste con ella en una casa de Budge. Hace siete años fue. La vendiste porque no era de tu novio, era de un cliente.
Yésica zozobró. Desesperada buscó esquivar las inquisidoras miradas de sus amigas. De ninguna manera podía disimular sus nervios. Amagó a desmentir a la niña, pero un rictus nervioso deformó su rostro.
Sus ojos se enturbiaron.
-No llores, yo te quiero igual –la niña se le acercó y tímidamente le acarició el brazo.
-Escuchame dulce, ¿quién te mandó acá? –Perla retomó la conducción mientras Yésica intentaba ocultar sus lágrimas.
-Nadie.
-Yesi, ¿es verdad lo que dice?
Yésica se sonrojó; de haberlo querido negar, sus pómulos súbitamente enrojecidos la hubieran delatado.
-Sí Perla..., es la verdad (entre sollozos). Yo no sé quién se lo dijo, pero es la verdad. No entiendo, nadie lo sabía. Yo en esa época laburaba en el puerto de Bahía Blanca y salía con un pibe que no sabía que yo laburaba. Pero cuando quedé embarazada, me fui de Bahía y la tuve aquí en Buenos Aires y después...
Su voz se rompió en un llanto desgarrado.
-Decime nena, ¿cómo te llamás? –Perla comenzó el interrogatorio.
-Aymará.
-¿Y donde vivís?
-En ustedes.
Perla pareció perder control sobre sí misma, pero se detuvo un instante sobre los ojos de la niña.
-Está bien, está bien. Pero ¿en qué lugar vivís?, vivir, dormir, ¿me entendés?
-En las plazas -dijo vacilante.
-¿Y tu mamá?.
-Son todas ustedes.
Perla bufó abatida. La niña retomó la palabra con decisión.
-Si ustedes no hiciesen más lo que hacen, yo moriría. De las mil madres que tengo, sólo me quedan novecientas doce. Muchas murieron y otras se casaron y dejaron de trabajar. Mi vida no es como la de todos. Mi vida se sostiene en la pulsión sexual que ustedes generan en mis padres astrales. Yo soy hija de ustedes, pero soy una hija astral, hija de las relaciones sexuales ocasionales, del deseo efímero. Eso es lo que me anima. Yo soy fruto del desamor, del placer, de la compulsión. Soy el producto de todo eso.
Perla la miró vencida. Aymará le devolvió la mirada con ojos iluminados.
-Cacho nunca te quiso. Debiste denunciarlo cuando la manoseó a la Daniela.
Perla se quedó en silencio. Su frialdad ante el secreto revelado no le impedía comprender que la niña era algo irreal. Que la animaban sustancias mágicas. Y ese vislumbre se impuso sobre el sentimiento de vergüenza ante sus amigas. Lo de su hija Daniela era su secreto más guardado. Le dolía y avergonzaba. Sólo lo sabían ella y Cacho, a quien echó de su casa inmediatamente. Cacho había sido la posibilidad de otra vida, pero la Daniela era lo único que nunca permitiría que le dañasen.
Aymará, continuó con sus mágicas revelaciones, echando luz en los rincones más penumbrosos del pasado de las otras mujeres.
-Yo sólo quiero estar con ustedes, ayudarlas. Sólo quiéranme.
Perla, instintivamente, la abrazó con cariño. Todas juntas salieron del bar. Por Artigas fueron hasta la Plaza Flores. Compraron panchos y latas de Coca Cola. Sobre el césped improvisaron un picnic.
Un policía, al divisarlas, presuroso se encaminó hacia ellas. Aymará alejó el pancho de su boca y le dirigió una fulminante mirada. El uniformado se detuvo abruptamente y salió corriendo.
-¿Qué le hiciste? –Perla le preguntó asombrada.
-Ganas de ir al baño, incontenibles ganas de ir al baño –le contestó con ojos pícaros e hizo estallar a todas en una espontánea carcajada.
Así lo tuvo cada vez que intentó acercárseles.
Desde esa tarde, Aymará se convirtió en la niña mimada de ese puñado de prostitutas. Sus poderes sobrenaturales, los que activaba de forma natural, no terminaban nunca de asombrarlas. Sus arteras intuiciones hicieron que comenzaran a ganar más dinero. Con infalible certeza les indicaba los días favorables de cada una, los lugares donde más hombres las solicitarían. Su maravillosa influencia hizo que no descuidaran a sus hijos, que Yésica se reencontrara con la niña que había abandonado (Aymará la guió hacia el lugar exacto donde encontrarla).
La incandescente luz que avivaba su pequeña figura, entibiaba sus corazones a la intemperie. Al cabo de un mes les resultaba inadmisible imaginar sus vidas sin el maravilloso influjo de esa niña mágica.
Pero una tarde, bruscamente, la desgracia se derramó sobre sus destinos. Ese segundo fatal que genera una abrupta transmutación de la realidad, violentas amputaciones que el absurdo desfile de los años hubiera arrancado imperceptiblemente, en el pasmoso silencio de la resignación.
Aquella tarde, mientras el sol moribundo comenzaba a opacar la ciudad, Aymará, ansiosa detrás de la ventana del bar, descubría a Vanesa descendiendo de un auto. La joven había prometido comprarle un hermoso vestido en los negocios de Avellaneda. El impulso de esa ilusión la empujó a salir corriendo a su encuentro.
Una vieja camioneta, que venía acelerando por Bacacay, aturdió la tarde con el chirrido horroroso de sus frenos desesperados, sin poder evitar el impacto feroz.
La niña se elevó en el aire como una muñeca de trapo hasta derrumbarse pesadamente en el suelo.
El mundo ancló en ese instante infinito.
Las otras mujeres, tras la vidriera del bar, se largaron a la calle atropelladas por el espanto de esa escena horrorosa.
Aymará yacía sobre el asfalto, inconsciente. Su cuerpo inerte se derramaba sobre el cemento gris y frío. Una hilito de sangre huía de su boca, recorriendo sus pómulos como una viborita maliciosa.
Perla, atravesando las miradas absortas de la gente, se arrodilló ante ella tratando de reanimarla, pero una oscura certeza paralizó su desesperado intento: alguien se le había adelantado en los primeros auxilios.
Una ambulancia de sirenas mudas la trasladó hasta el Hospital Álvarez.
Pocha, Érika, Perla, Yésica y Vanesa lloraban sin consuelo. Se abrazaban tratando de amortiguar el duro puntazo que les acertaba el dolor.
Una hora después llegó una mujer de unos veintipico de años, que se presentó ante el médico como la madre de Aymará Hernández. Fumaba con violencia, un inocultable gesto de fastidio torcía el rumbo de sus rasgos. La acompañaba un hombre bastante mayor, que permanentemente hablaba por un celular. Se acercaron a ella. Perla se arrancó las lágrimas de los ojos y la interrogó sin preámbulos.
-¿Vos sos la madre de Aymará?
La mujer la miró con desgano.
-Sí, ¿por qué? -sus ojos se tornaron desafiantes.
-Mirá, nosotras la queríamos mucho a la Aymará...
La mujer la interrumpió con violencia.
-Sí, sí está bien, pero yo me voy a ocupar de todo, ok.
-Hubiera sido mejor que te hubieras ocupado antes –Perla, de reflejos rápidos, devolvió sarcasmo por desdén.
La mujer la escrutó con dureza.
-¿Y vos quién carajo sos? No me vas a venir también con el cuentito ése de que sos una de sus mil madres. ¡Estoy harta de pajarracos como vos que dicen ser madres de Aymará!
-Sí, yo soy una de sus mil madres, ¿y qué? –le retrucó Perla con desenfado.
El hombre del celular intervino alejando a la madre de Aymará, que gritaba como una gallina a punto de ser degollada. Vanesa contuvo a Perla, que, brotada en cólera, pretendía ir tras ella.
-Dejala Perla, no ves que es una forra -le decía, mientras trataba de calmarla.
Salieron del hospital unidas por una invisible cadena de dolor. Una sensación de orfandad les apretaba el corazón, bombeando los fríos borbotones de la cruda realidad de no ver nunca más a Aymará. La muerte les enrostraba su caprichoso poderío. Su imponente patrimonio de injusticia y desolación.
Su regocijo de adiós.
Afuera observaron mucha gente, muchísimo más de lo habitual. Un patrullero con sus sirenas enardecidas se detuvo frente a ellas. Por precaución se ocultaron detrás del quiosco de diarios de la entrada.
-Qué hija de puta, es una rata, una rata inmunda –Perla seguía escupiendo su rabia.
-Ya veo porque Aymará andaba como paria por la calle –vomitó Pocha enfurecida.
-Nunca sentí una tristeza así, así tan fuerte en mi corazón –susurró Vanesa, ausente y desencajada.
-Es como si hubiéramos quedado huérfanas –agregó Perla con ojos vacíos.
-Ni siquiera sabemos donde la van a enterrar –protestó Érika.
-No te preocupes, yo averiguo después en el hospital –Perla se colocó anteojos ahumados.
-Y si laburamos mucho, ¿no la podremos revivir? –exclamó Vanesa, repentinamente ilusionada -. Ella era mágica, ella todo lo podía.
-Y quién no te dice petisa, quién no te dice –Perla la acarició con la mirada.
-Yo me voltearía a los tipos gratis si eso la resucitara a la Aymará.
Mientras Yésica ofrecía su corazón en una frase, Perla, atenta a la extraña aglomeración de gente frente a la puerta del hospital, organizaba su bronca.
-Ellas también son putas. Las que son como esta roñosa, también son putas. También transan por guita. Ellas también la hacen valer a la que te dije. O por qué te crees que anda con ese viejo verde. Pero a ellas nadie les dice nada. A nosotras todos el mundo nos desprecia.
-Sí, pero Aymará nos eligió a nosotras. Ella no nos despreció –dijo Vanesa orgullosa.
-Sí, nos eligió a nosotras. Pobrecita. Ella vino y nos dijo que tenía mil madres, pero en realidad tenía una sola: esa hija de mil putas –sentenció Perla y le pegó una violenta pitada a su cigarrillo. El humo, despedido con bronca desde su boca, permaneció un segundo suspendido en el aire y rápidamente se hizo noche de Flores Norte.
-Che chicas, miren a esos tipos, son clientes nuestros – gritó Érika al ver los rostros que se iban acercando hasta la puerta del hospital.
-Pero, ¿qué está pasando? -Yésica se incorporó para poder observar mejor la escena.
A unos cincuenta metros, por la calle Condarco, que desemboca en la puerta del hospital, una muchedumbre se acercaba lentamente. Eran en su mayoría hombres. Marchaban en silencio, como un batallón de almas vencidas. Al llegar, se detenían naturalmente.
Acorraladas por la multitud, continuaron reconociendo a muchos de sus clientes entre sus filas. Pero los ojos de esos hombres, que tantas veces las habían salpicado con el vivaz brillo del deseo urgente, lucían ahora enturbiados de tristeza. Algunas mujeres, en menor cantidad, también se acercaban con esa bruma en sus retinas. Eran colegas del barrio. Perla emergió bruscamente de su pesadumbre, conmovida.
-¡Vienen por la Aymará, no se dan cuenta, vienen por la Aymará!
La policía intentó dispersarlos, pero sus esfuerzos rápidamente fueron aplastados por la turba. Desde todos los rumbos se acercaba gente. Avanzaban hacia el hospital, impulsados por una misteriosa inercia. Finalmente, como si obedecieran una orden de sus espíritus, ingresaron en el nosocomio. Perla y sus compañeras se les unieron.
Como una manga de langostas arrasaron con todo lo que se les interpuso, y al llegar a la morgue, tomaron el cuerpo de Aymará, al que sacaron del hospital sosteniéndolo con sus manos, asemejando una carroza humana.
En la calle, los que no habían logrado entrar, observaron con tristeza a la niña muerta exhibida en lo alto. El patético silencio amplificó el zumbido de la tristeza.
Inesperadamente, el cielo altísimo de Flores Norte se sacudió con un potentísimo estruendo. Un rayo atravesó el cuerpo de la niña, iluminando la penumbra de esos corazones fatalmente a la deriva.
La radiación avivó en sus entrañas una cegadora incandescencia y estalló en intensísimas luces de colores.
En el aire, esas graciosas lentejuelas, repentinamente se transformaron en miles y miles de mariposas, tantas, como los que aún con sus ojos nublados de lágrimas, pudieron observarlas aletear en círculos, unirse y echarse a volar hasta perderse en el infinito.