Fairlane
Fairlane
Son las nueve
de la mañana en punto. Daniel escucha el ruido de un motor que viene desde
afuera y se asoma por la ventana: un Fairlane acaba de estacionar en la puerta.
Cuatro cabezas dentro del auto giran a la vez hacia la puerta de su casa.
Parecen astronautas dentro de una nave.
Saluda con un gesto amigable, con la
seguridad de que son ellos y automáticamente se abre la puerta trasera del lado
izquierdo. Sale a la vereda. Va a ser un día caluroso. Sube al auto y saluda.
Son cuatro hombres contándolo a él y una mujer, tres atrás y dos adelante, por
lo que supone que el grupo está completo.
Uno a uno van presentándose. Héctor,
taxista sesentón, rápidamente se revela como un optimista buscaladobuenodetodo. La única
mujer del grupo se llama Nadia, de unos cincuenta y pico, elegante y seria, al
subir Daniel, ella queda en el medio entre él y el taxista, pero el asiento
trasero es anchísimo, los tres viajan con comodidad. Santiago, desde el asiento
de adelante, dice ser relator de la campaña de Chacarita Juniors en una FM de
barrio. De unos cuarenta años largos, barba descuidada, ropa deportiva y cultor
del chiste fácil con las palabras, de esos que le fuerzan sufijos como mamadera
o frescolari. Le hace acordar a un tío que de chico lo llamaba Danielingui.
Finalmente se presenta Ángel, bastante más de sesenta, de esos tipos que a
cierta edad su aspecto se estabiliza hasta que les llega la muerte. Es quien
conduce el Fairlane y el organizador del tour
Julio Iglesias con quien había hablado en la semana.
Daniel ve su barrio alejarse por la
ventanilla. Todo el último mes, desde la muerte trágica de Evangelina, había
pensado muchas cosas, hasta tuvo la idea loca de acercarse a sus padres.
Después pensó que no deberían estar vivos y que tampoco correspondía. Y de
estar vivos, ni se acordarían de él. Unas semanas más tarde, al convencerse de
que nadie de la policía vendría a verlo, le contó a Marcela, una profesora
amiga del colegio, sobre la muerte de Evangelina. Necesitaba hablar de ella.
Fue mi primera novia, le dijo. En la charla salió la figura de Julio Iglesias,
del fanatismo que compartían por él con Evangelina cuando eran jóvenes.
—¿Y por qué escuchaban eso? —le preguntó
Marcela con inocultable desencanto—. Vos que te la das de culto y de
asquerosito, escuchar esa grasada…
Daniel la miró desentendido, como pensando
en otra cosa.
—Ahora que me hablás de Julio Iglesias
—recordó Marcela—, una amiga me contó que hizo una salida con un grupo que
escuchan sus canciones. Una cosa muy kitsch. Es como un paseo, algo así.
Unos días después le consiguió el número
del organizador del tour. Hablar de Julio Iglesias era hablar de Evangelina. Y
si de algo quería hablar Daniel era de Evangelina. Lo llamó unos días después.
Ángel fue muy amable en el teléfono aunque parecía repetir una fórmula:
—El tour consiste en pasar un día entero a
bordo de mi Fairlane escuchando en orden cronológico la discografía oficial de
Julio Iglesias, pero además rarezas y grabaciones de las
que soy uno de los pocos poseedores. Le va a gustar mucho y no tiene fines de
lucro, el único fin es difundir la obra de este gran artista.
Solo le cobrarían la parte proporcional
del GNC, de la comida y de los peajes. El recorrido establecido era General
Paz, Richieri, Autopista Ezeiza-Cañuelas, ruta 6, Las Heras, San Andrés de
Giles, ruta 7, otra vez ruta 6 y regreso por Panamericana.
Podría ser una estupidez, pero arregló
para el sábado siguiente.
Tras las presentaciones, Ángel anuncia con
tono ceremonial que con Yo canto de 1969 comienza oficialmente la
discografía de Julio José Iglesias de la Cueva. Nunca supo que se llamaba así.
Con los primeros acordes del tema, Daniel se acuerda de que ese disco lo tenía
Evangelina. El que se compraba uno no lo compraba el otro y los intercambiaban.
La acústica en el interior es envolvente y acolchonada. El volumen de la música
no es excesivamente alto, pero rápidamente comprende que nadie habla encima de
las canciones. Apenas un comentario breve y siempre aprobatorio en las pausas
entre tema y tema.
Los primeros longplay propios que tuvo
Daniel fueron los de Julio Iglesias, se los compraba su papá en una disquería
frente a la plaza del barrio. Después empezó a escucharlos con Evangelina, que
era mucho más fanática que él. En fiestas y cumpleaños, su mamá lo vestía con
un saquito de pana azul y una camisa blanca con cuello grande igual a la que luce
Julio en la tapa de su disco A mis 33 años.
En la autopista Ezeiza-Cañuelas hacen la
primera parada. Ángel elige un agradable paraje entre unos álamos que el calor
del fin de la primavera mantiene inmóviles. Del baúl saca sillas plegables, una
mesa, mate, termo con café y otro con té. Cremona y medias lunas de grasa y
manteca. Para todos los gustos.
La segunda parada es en el pueblo de Las
Heras. Bajan en una plaza sombría detrás de la estación del tren, los árboles
tupidos no permiten que pasen los rayos del sol. Van a almorzar unos sándwiches
de vacío y pollo que Ángel retiró al pasar por una rotisería del pueblo. Arma
una mesa más alta que la del desayuno y se sientan en unas sillas plegables de
madera sobre la tierra reseca. En el baúl del Fairlane parece entrar el mundo
entero.
Ángel cuenta la historia de sus tours
Iglesias. Los hace desde 1976. Dice que representan para él una especie de
promesa/homenaje a su fallecida esposa Graciela, quien como él había sido
fanática del cantante madrileño.
La palabra fallecida le trae la
imagen de Evangelina con su vestido blanco de primera comunión, con guantes y
un rosario entre las manos. Una foto en el living oscuro de la casa de ella.
Una imagen que siempre se le ocurrió fuera de la realidad.
Todos cuentan anécdotas de recitales de
Julio. Las de siempre, las que deben contar los fanáticos de cualquier
cantante. El taxista había
pasado noches enteras haciendo cola por una entrada. Me morí de frío una noche
helada en Mar del Plata, dice, por verlo en una actuación exclusiva en el Hotel
Hermitage, en vacaciones de invierno, con las Trillizas de Oro y la mar en
coche. El relator había llegado a escucharlo cantar en un recital en
Miami con cena show de más de mil dólares que le había pagado una amante de
Villa del Parque cuando él era joven. Nadia dice que nunca va a haber otro cantante
romántico como Julio Iglesias, que no puede ni quiere escuchar a otro y que
nunca entendió a los que lo comparan con Roberto Carlos. Daniel cuenta que lo
escuchaba de chico con una amiga y lo de la tapa de A mis 33 años. Ángel
alardea una y otra vez sobre su colección. La discografía oficial firmada de
puño y letra por el mismo Julio —aclara y agrega–, que tiene miles de long
play, de los de antes, los discos de pasta.
—De vinilo —le dice Daniel y Ángel lo mira
como si no entendiera la corrección.
Nadia le lanza una mirada severa a Ángel y
con una sonrisa forzada aclara:
—Sí, de vinilo —y rápidamente agrega—: de
vinilo, de vinilo, los de pasta eran los de Gardel.
Todos se ríen. Daniel observa con disimulo
a Nadia —su sonrisa
parece controlada por hilos invisibles— y piensa que un coleccionista de discos no podría confundir los
discos de pasta con los de vinilo. Tal vez solo fuera fanático de Julio, de la
figura, pero le parece muy rara esa confusión y la inmediata corrección de
Nadia. Sospecha que podrían conocerse previamente con Ángel.
Pero en realidad, sigue pensando en
Evangelina, en cuando la dejó por Verónica, en el personaje que se construyó
para Verónica, un personaje que había representado durante veinte años y del
que estaba hastiado, cansado, aburrido. Un personaje que había crecido
escuchando a Yes, a Pink Floyd, a Spinetta y después cuando fue avanzando en la
facultad, ya lejos de Verónica, había crecido escuchando a Miles Davis, a
Thelonious Monk y hasta algunas veces contaba que su padre escuchaba los
cuartetos de cuerdas de Bela Bartok los domingos por la mañana.
Porque no tenés espíritu crítico, le había
dicho Verónica en el bar de la esquina de la facultad cuando lo dejó.
El calor emite un zumbido en el silencio.
Ángel, recompuesto de la mirada de Nadia, declara que siempre fue fan y que
Graciela se hizo fan por él.
—Creo que fue mi culpa —afirma
compungido—. Ella era muy joven, en el año 75 tenía dieciséis años y yo ya era
grande. El día que cumplió los dieciocho nos casamos. Juntos fuimos a los
primeros recitales que Julio dio en Argentina.
Ángel no toca su sándwich. El
relator trata de fingir buenos modales cuando Nadia lo observa. El taxista
escucha con atención.
—Julio por
esos tiempos quería hacerse amigo de Palito Ortega para salpicarse de su fama.
Graciela conocía a un plomo que trabajaba en los recitales de Palito y que
había sido también contratado por Julio.
—No sabía ésa de Palito
—comenta sorprendido el taxista.
—Ése era un desafineitor —agrega el relator con mofa.
Ángel parece no escucharlos y
continúa:
—Un día él la llevó a conocer
a Julio en el Sheraton y así, así nomás, se terminó acostando con él esa misma
tarde. Y cuando llegó a casa me lo contó, sin ningún rodeo. Me lo contó con
emoción.
Los ojos de Ángel escarban la tierra. Un
viento leve despeja el calor y hace murmurar las hojas de los árboles.
—Le había puesto un reproductor de
magazines al Fairlane. Esa noche salimos a la ruta a probarlo. Ella no paraba
de hablar de Julio, de lo caballero que era, de lo bien que la había tratado.
La voz de Julio se confundía con la voz de Graciela. Pero yo solo escuchaba la
voz de Julio.
Ángel hace un silencio abrupto, como si se
le hubiera atravesado algo en la garganta, como si quisiera llorar. Nadia gira
la cabeza levemente y mira hacia el Fairlane.
A unos metros de la plaza, en un pequeño
hospital, Daniel y el relator van a hacer pis. En los mingitorios se miran como
para decirse algo pero no se dicen nada.
La tarde que se reencontró con Evangelina,
mientras ella hablaba de sus hijos y de la escuela, de su marido Rubén, un tipo
simple como ella, repartidor de un mayorista de golosinas, Daniel sabía que no
era Evangelina ni esos hijos lo que había perdido, era algo más, y que no era
tampoco la emoción de cuando se emborrachaba y volvía a escuchar los temas de
Julio Iglesias a todo volumen con los auriculares.
Era algo que no era nada.
Vuelven al Fairlane y Ángel maneja
vacilante. La sonrisa que le iluminaba la boca ante cada tema de Julio Iglesias
ahora está apagada. Daniel siente el agobio de la mirada de Nadia y cuando
decide voltear la cabeza hacia ella, en el movimiento también colisiona con los
ojos de Ángel que lo observan por el retrovisor. Suena ésa de quiero enseñarte un camino en el mar.
Frente a un bosque de álamos, Ángel
detiene abruptamente el Fairlane a un costado de la ruta. Baja y el ruido
pesado de la puerta al cerrarse retumba en el interior del auto. Lo observan
caminar hacia los álamos. El taxista dice con gracia irónica: éste se fue a
mear. Nadia tose, parece nerviosa, como si de repente se hubiera dado cuenta de
la situación absurda, del tour, de los misterios de Ángel.
—Éste está actuando —agrega el relator con
un tono al límite entre la risa y el fastidio—. Está haciendo una… ¿cómo se
llama…?
Perfomance, piensa Daniel. ¿De dónde habría
sacado la amiga de Marcela el contacto de Ángel?
Nadie habla. Ángel ya no se ve entre los
álamos. El primero en bajar del auto es el relator, lo siguen Daniel y el
taxista. Nadia se queda en el Fairlane. Caminan unos treinta metros hasta los
álamos, pero Ángel no está. El relator hace un chiste, ya sin gracia, con
fastidio. El taxista camina hacia el alambrado de un campo donde el bosque
finaliza. Pega un grito:
—Allá está, allá ¿no lo ven?
Por el campo distinguen a Ángel corriendo
a toda velocidad hacia las entrañas del paisaje. Su espalda se desplaza por un
andarivel entre dos surcos abiertos. La inmensidad vuelve la figura cada vez
más diminuta, más graciosa la forma de correr. Como un dibujito animado. En
pocos instantes es un punto que se borronea en el horizonte. El relator salta
el alambrado e intenta ir tras él, pero desiste a los pocos metros.
—La culpa es nuestra —dice antes de saltar
nuevamente el alambrado.
—¿La culpa de qué? —reacciona el taxista.
A lo lejos escuchan el motor del Fairlane. Lo observan avanzar unos
metros corcoveando hasta detenerse, como si se hubiera apagado el motor. Corren
hacia el auto. Escuchan el reintento de arranque, pero el motor tose y se
apaga. Nadia, sentada en el asiento del conductor, permanece con la mirada clavada
en el parabrisas.
—La
reconciencia de la lora —la voz del relator rompe el silencio, pero Daniel lo
contiene. Abre la puerta y trata de decirle algo, pero no le sale nada.
Ella aparatosamente se corre hacia el
asiento del acompañante. Daniel se sienta en el lugar del conductor para
reintentar el arranque, pero se percata de que la llave se partió y una parte
quedó atascada en el tambor.
—Santísima
madre de Dios que me pariste de ternero —la puteada del relator es lírica, como
si la situación confundiera su humor.
—Tranquilos, no pasa nada, le hago un
puente y lo arranco. Yo nunca me quedo en la vía. Hay que rajar de una vez por
todas de este lugar de mierda —el optimismo del taxista se sostiene a pesar de
todo.
Vuelve la vista hacia los álamos y el
alambrado, concluye:
—El loco éste no vuelve más.
Le ordena a Daniel que le abra el capot.
Pasalo a nafta, es la perillita debajo del tablero, le grita. Daniel baja la
palanquita, la respiración de Nadia entrecorta el silencio. Por una hendija del
capot abierto puede observar las manos seguras del taxista moviéndose con
destreza. La carrocería vibra y el motor ruge como un león. Cierra el capot, al
ver a Nadia y Daniel en el asiento de adelante le dice al relator: se ha
formaaadoo una pareja, y ambos, disimulando la risa, se suben al asiento de
atrás.
El taxista le indica el rumbo con tono
autoritario. Ya no es ni optimista ni simpático. Daniel obedece sin mirarlo. En
un acto de rebeldía prende el estéreo y Julio Iglesias vuelve a cantar. Nadie
habla ni se queja, como si al volver a la ruta hubieran vuelto a ser lo que
fueron desde el principio: un grupo de desconocidos.
Los temas que suenan no los conoce. La voz
perdió frescura, arrastra las sílabas. Nunca había escuchado esas canciones.
Ese Julio Iglesias que canta ya debería haberse acostado con Graciela; ni
siquiera la recordaría, a pesar de que una vez había leído que un fiel
asistente llevaba todas sus amantes anotadas y que eran varios miles. Muchas de
ellas estarían muertas como Graciela.
Como Evangelina.
En Liniers, el relator y el taxista se
bajan sin saludar en las paradas de colectivos de la General Paz. Arranca ni
bien siente el ruido de la puerta cerrarse. Nadia le dice que siga hasta Beiró.
Acelera y retoma el carril central. La
presencia de Nadia es agobiante. Sube a Beiró, el semáforo los detiene. Ella le
dice que se baja ahí mismo, que está bien. La voz ahora es firme, los ojos
marrones se suavizan.
—Te mando un mail por el Fairlane. Cuidalo
—sentencia y se baja.
¿A qué mail?, piensa Daniel mientras la
observa perderse entre los autos.
Las luces de la General Paz se encienden
en el cielo todavía azul. Aferrado al volante de ese auto inmenso piensa en
cuando la llamó a Evangelina, en su voz sorprendida en el teléfono, algo
distante al principio. Después se sintió alagada y no le costó mucho llevarla
al hotel y sacarla un rato de su mundito. Y verla otra vez en el desayuno, en
el diario; su marido la había asesinado para después pegarse un tiro.
Una novela mexicana... hubiera
dicho Verónica con cinismo.
El indicador de nafta marca un poco más de
medio tanque. Sabe que no va a poder detener el motor, que ya no hay una
Evangelina para ir a buscar y tratar de ser alguna otra cosa.
Acelera el Fairlane. En algún momento la
nafta tiene que acabarse.