Las esferas es una nouvelle de Daniel Delfino que cuenta una
historia en forma lineal, un huída sin rumbo, pero a la vez es un relato atravesado por otros
relatos que entran en la historia de forma lateral y fragmentaria y que exhiben con crudeza lo más oscuro de la existencia, la crueldad de un mundo que
exige sin ninguna piedad lo que de ninguna manera brinda.
las esferas (audiolibro)
las esferas
ahora nunca voy a conocerte
pero te amaré de todos modos
Elliott Smith / Waltz #2
El sonido cortante del timbre es cada vez más
potente. Recorre los espacios como un escalofrío. Andy parpadea; en la luz
filtrada por la persiana miles de partículas blancas flotan por la habitación
en haces oblicuos.
Vacila
unos segundos y se incorpora. Alguien grita afuera. Nunca contesta el portero,
se asoma por la ventana de la cocina; un ángulo entre las rejas del balcón le
permite observar la entrada del edificio.
Es Mateo.
Se
aparta de la ventana como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Vuelve a
asomarse con mayor precaución. Mateo camina fuera de sí desde la puerta hasta
el árbol de la vereda.
Andy
dirige una mirada rápida hacia la puerta como si planeara salir del
departamento. Mateo podría entrar detrás de cualquier persona que abra la
puerta del edificio.
Sube
al quinto piso y entra en el cuartito de las bauleras. Si Mateo lograra entrar
al edificio no llegaría hasta ahí. Podría tirar abajo la puerta de su departamento
pero no subiría hasta las bauleras. ¿Quién sabe dónde están las bauleras en los
edificios? No, no se le puede ocurrir buscar en las bauleras. Andy cierra la
puerta desde adentro y se asoma a la ventanita. Lo vuelve a ver a Mateo, a
ratos se apoya un segundo en el árbol y parte eyectado para volver a clavar su
dedo en el timbre del 2 f.
Andy guarda algunas cosas en la mochila. Camina
unas cuadras y se sube a un colectivo. Hay
asiento para elegir, solo viajan dos personas y elige el primero de los
individuales pasando la puerta del medio. El vidrio de la ventanilla tiñe la
ciudad de un color verdoso e irreal. Viajar en colectivo enciende máquinas de
pensar. Las tiras de casas se interrumpen abruptamente en cada bocacalle como
en los dibujitos animados. Huecos en los que la ciudad parece prolongarse hasta
el infinito. Baja del colectivo, camina algunas cuadras y vuelve a subirse a
otro colectivo. Cualquier color, cualquier número, cualquier línea. Un acción
que parece aleatoria o regida por algún patrón misterioso. La vida en la ciudad
hasta ahora se había circunscripto a su barrio. Del departamento al trabajo,
unas pocas cuadras hacia el oeste. Afuera nada se detiene, casas, gente, nenes
jugando, plazas, viejos al sol; fragmentos y escenas del mundo que pueden
espiarse desde la impunidad de la ventanilla. Imágenes visibles, miles de imágenes
invisibles. En ese tramo del viaje todos los colectivos parecen concluir su
recorrido. Los pasajeros se amontonan en las puertas para bajar. Es un centro
urbano grande y muy transitado. Baja y camina unas cuadras a la deriva. Mucho
más tarde, en otro colectivo, unos pibes exaltados cantan con camisetas verdes
y blancas. Se comportan con violencia pero parecen tontos. Andy continúa no
quita sus ojos de la ventana, como si fueran invisibles o como si fuera
invisible. Se baja y toma otro colectivo. El primero que llega. Todos los
colectivos tienen un rumbo, los pasajeros también. Los colectivos parecen ser
un lugar seguro, como si mantuvieran un orden en el caos de la ciudad. Se hace de
noche. La gente se encierra en sus casas a esperar que sea mañana; las
intensidades desparejas de las luces del alumbrado irradian una soledad
envolvente. La mayoría de un color blanco y crudo. En algunas calles sobreviven
focos amarillentos, casi anaranjados. Penden como piedras preciosas en postes
alineados hasta volverse una sola luz incendiándose hacia el fondo de los
barrios. En la madrugada, un colectivero anuncia: terminal. Se queda observando
como el colectivo cansado se mete en su cueva bajo la luz solitaria de una
avenida. Andy entra en un local de comidas rápidas. Va al baño y se lava la
cara. Continúa viaje hasta entrada la mañana. Se baja y camina unos metros
hasta un pequeño barcito en una esquina. Pide un café doble y un pebete de
salame y queso. En la mochila, donde había metido algunas cosas, saca dos
billetes. Camina un par de cuadras por la calle principal y observa un letrero:
Familiar Gertrudis.
Un
lugar limpio y ordenado. El interior del hotel es agradable.
—No hay lugar, tenemos pocas piezas y están
ocupadas, todas ocupadas y algunas tienen problemas de humedad y esas cosas —dice
el encargado del hotel.
Andy lo
mira como si no lo escuchara. Es un hombre maduro, canoso pero con algunos
cabellos aun rubios. Alto y atlético. Su piel pálida reverbera el celeste
perturbador de los ojos. Usa ropa deportiva que parece de marca, original. ¿Sesenta
años? Brazos peludos como los de un animal.
—¿Vos
sos de por acá? ¿Qué andas haciendo por acá? –suelta las preguntas como si no
quisiera cerrar la charla.
—Quería
descansar.
El
hombre gesticula cierta desorientación ante las palabras de Andy.
—¿Tenés
documento?
Andy
se lo entrega. Él lo observa con atención.
—Ah
pensé que eras…, perdón.
—No
pasa nada.
Se
sumergen en un silencio incómodo.
—¿Sos
de afuera?
—Sí.
El
hombre manipula el documento como si cambiara de opinión.
—Si me
pagás el primer mes por adelantado de la pieza, también te puedo dar trabajo.
Disculpa por la desconfianza, pero ya me fallaron varias veces. La señora que
limpiaba no vino más. Hace una semana ya que desapareció. Después si todo va
bien, ya no te cobro el alojamiento.
—Sí,
me gustaría trabajar acá.
—Tenés
que ocuparte de la limpieza, de las habitaciones, de los lugares comunes y la
planta baja. Y de hacerles las compras a las chicas, las que están embarazadas,
ahora hay cinco. Ellas no salen. Mi nombre es Osvaldo.
—Yo
soy Andy.
Suben
dos pisos por escalera y le muestra su habitación.
Se despierta después de dormir varias horas.
Dormir es un ensayo de la muerte. A lo lejos braman motores, parecen camiones.
O podrían ser generadores de fábricas viejas integradas a esas calles opacas.
El viento contorsiona una cortina anaranjada. Por la ventana entreabierta se
filtran borbotones de luz incolora de madrugada.
A las
seis y media, Osvaldo golpea la puerta y le da la lista de las compras. Desayuna rápidamente en la
cocina y se pone a limpiar. Más tarde hace las compras.
Después de la seis de la tarde queda libre.
Una de las chicas embarazadas del hotel se
llama Eve.
¿Eve?,
pregunta Andy.
Sí,
pero con h, aclara enseguida.
No
sabía que había eves con h.
Está
embarazada de seis meses. Es su segundo embarazo. Se muestra feliz con su
embarazo. Habla mucho pero Andy no le presta la más mínima atención para sostener
la charla, como si se hubiera quedado pensando en otra cosa.
Las seis. Vuelve a su cuarto y se tira en la
cama. Mira el techo. Eve es un nombre más pequeño sin h, impar. Un nombre que
parece evaporarse al pronunciarlo. Los nombres hacen aparecer a las cosas en
ausencia. Más cuando son nombres propios. Nadie debería llevar el nombre propio
de otro. Un nombre es una piel, un olor inconfundible en la oscuridad.
Andy
extrae una pequeña libreta de su mochila. Busca un papelito: Te amo, te lo pido
porque te amo Andy. Eve. Lo lee una y otra vez, recorre el nombre Eve como
pensando en la h que falta. Lo guarda.
Todas las habitaciones son iguales en la
oscuridad. Se pueden hacer mil esfuerzos por fijar imágenes, pero los cuerpos
en la oscuridad no son más que sombras que se mueven, que abrazan, que se
sueltan. Nombres músicas que reviven momentos que se han vivido o que se cree haber
vivido. ¿Son menos intensos por no haber sucedido o por no recordar si
sucedieron realmente? o ¿por haberlos soñado? Imágenes en descomposición, como
lo trazos de un dibujo que van y vuelven sin afirmarse en una figura.
Andy entra a un locutorio de la calle principal.
En su cara se refleja el cansancio de una semana de trabajo intenso. Dos
personas de espaldas, concentradas en sus computadoras, en otro mundo. Se
acerca a la chica de la caja y le pide una línea.
Cabina
2.
El
clac de la puerta al cerrarse apaga los ruidos. Levanta el tubo del teléfono y
se queda observando unos instantes los números del teclado. Disca y se detiene.
Rebusca en su billetera y encuentra un papelito con un nombre: Luján y un largo
número. El tuutuu de la línea le hace cortar con el dedo. Parece dudar algunos segundos.
Sale
de la cabina y le dice a la chica que no pudo comunicarse.
En los puntos centrales la vida es igual en
todos lados. En los pueblos, en las ciudades, en los lugares que se conocen por
primera vez. Las cosas van quedando atrás y se olvidan con las cosas nuevas. Todo
es tan simple como dejar las cosas atrás. De un día para otro Andy había dejado
de hablarle a Constanza, sin que ella le hubiera hecho algo, sin un motivo. Un
motivo que Constanza pudiera entender. ¿Tiene que haber un motivo? A veces no
es necesario hablar y no se habla. Constanza volvió varias veces pero Andy se
hacía negar. Constanza era su amiga, su única amiga. Algunos en la niñez tienen
amigos invisibles, pero Constanza era tan real como el sol del pueblo, como la
plaza del pueblo. Ni siquiera tras el suicidio del papá de Andy volvieron a
hablar. Todo el pueblo se mató el aburrimiento durante meses hablando y
hablando del suicidio de Ignacio Villegas. Un suicidio morboso, cinematográfico.
En los pueblos esperan esos sucesos como el pan de cada día. Se levantan en la
madrugada y piensan: hoy puede pasar algo. Su papá había estafado a la empresa de
los Böhnhardt, los buenos de los Böhnhardt. Había falsificado recibos, se había
quedado con mucha plata que se le escurrió como agua en las mesas de póker del
casino de un pueblo vecino. Nunca se había escuchado algo tan grotesco como el
suicidio de su papá. Tan teatral, tan premeditado. Una vez que lo descubrieron,
acorralado, sin que en todo el pueblo hubiera un lugar donde esconderse, entra
en el cementerio del pueblo, abre la bóveda de la familia Böhnhardt, seguramente
fuma un cigarrillo, le arranca al tabaco la vida misma, aspira el olor de los
muertos, piensa un segundo en todo y en nada y se pega un escopetazo en la
boca.
Los Böhnhardt
se portaron muy bien con su mamá. Los Böhnhardt se portaron más que bien con su
mamá. No le reclamaron nada. Vinieron al velorio, se mostraron solidarios. Es
tan fácil imaginar las voces, las palabras: ¡Qué gente tan humana! Da gusto que
gente así tenga tanta plata. Cómo no imaginar la humillación que deforma la
cara de su mamá agradeciendo. Gracias don Lautaro, gracias doña Paulina,
gracias, gracias, gracias. Un reloj invisible comienza a correr desde ese día;
un reloj en sentido inverso. Gracias, gracias, gracias. No les quedaba mucho
tiempo en el pueblo. Ese día, su mamá inició la recta final hacia la muerte.
Una depresión profunda la hundía en la
cama. Un fantasma en camisón saliendo y entrando del baño. Un destello que se
apagaba en silencio. Luján, su hermana mayor, trabajaba de maestra y se
encargaba de su mamá. Andy volvía del colegio y se encerraba en su cuarto.
Constanza
un día no volvió más.
La mayoría de las veces es mejor no decir nada.
En las buenas historias lo importante nunca se dice. Tal vez no exista lo
importante. Es mejor dejar que hable el paisaje, el ambiente, los sonidos
desarticulados. Sin embargo, el don de la oratoria cautiva a la gente. No
importa que digan las palabras sino como suenan, aun cuando no digan nada.
El sábado al mediodía Osvaldo le paga algo de
plata. Habla de unos descuentos pero a Andy no le presta atención. Toda la
tarde se la pasa en el hotel. El frío recrudece. Su campera es de una tela muy
fina. Antes de salir les pregunta a las chicas si necesitan algo de afuera. Sale
del hotel y camina por la calle principal. Compra un pan lactal, salame, queso
y una tónica para ella y yogurt para Hebe, un shampoo para Brenda y espirales
para Osvaldo.
De los
verdes, los violetas son para maricones, le dijo Osvaldo con una risa filosa.
¿Espirales
con este frío?
Casi
todos los locales que no son almacenes o negocios de comida elaborada están
cerrando o cerrados. Concluye de hacer las compras de los encargos y de vuelta
al hotel encuentra un negocio de ropa usada abierto.
Sus
ojos se imantan a un tapado gris claro y corto. Lo observa una y otra vez y
cuando parece que va a continuar caminando, entra al negocio y lo compra. Mete
su campera en la bolsa y se lo lleva puesto. En la esquina tira la bolsa en un
cesto.
Lo
cuelga en una percha, del lado de afuera del ropero y se lo queda mirando. Le
descubre unas pintitas lilas parpadeantes que aparecen y desaparecen.
La gente es hipócrita. Muy hipócrita. Tiene dos
caras. Dicen que todos los niños son lindos pero lo primero que cuentan es si
es blanquito, si es rubiecito y de qué color tiene los ojos. Algunas veces me
pongo a pensar que la gente con ojos celestes, ojos claros quiero decir, no
importa si son justamente celestes, vemos el mundo de otra manera. Mejor.
Distinto. Otra luz, vemos otra luz. ¿No te parece? Todos ven su luz. Yo no sé
qué luz ves vos con tus ojos marrones, si es igual a la que veo yo. ¿No es que
dicen que los colores no existen, que son engaños de la luz? ¿Vos no crees que
la gente linda la pasa mejor? Una vez leí que un tipo que mataba gente
coleccionaba los ojos verdes y celestes y grises también, creo.
Osvaldo dice que los que tenemos ojos azules vemos el mundo más puro y
que eso puede mejorar la humanidad. Cuánto más puro sea el ser humano es mejor,
dice, pero a mí eso no me importa, solo me importa la plata que gano y gano
mucha.
Deberías
arreglarte más Andy, todo entra por los ojos. En la vida hay que saber elegir
el camino correcto. En mi país no teníamos ni para comer y yo me busqué la manera
de salir de eso. Hay que unir los deseos con la inteligencia. Eso hay qué
hacer. Eso hice yo.
—¿Abandonaste tu trabajo? ¿Qué va a decir don
Lautaro? Siempre lo mismo con vos Andy, siempre te vas de todos lados. Lo que
pasó fue un accidente, ya hablé con la policía. Ella tropezó y te empujó. No
fue tu culpa. No te van a molestar más.
—Tengo
otro trabajo, estoy bien.
—Pero...
—Solo
quería cambiar.
—¿Y el
departamento?
—Cerré
todo.
—Me
hacés sentir mal, Andy. Lo que pasó es terrible, pero fue un accidente. Algo
horrible, pero un accidente. Son cosas que pasan. Todos los días pasan cosas.
Don Lautaro habló con gente importante de la Capital y le dijeron que no te va
a pasar nada. Saben que vos... perdoná. Mamá me pidió que te cuide…, este mundo
no es para vos. ¿Por qué no te venís acá con nosotros? Un tiempo al menos.
La rutina hace que se pierda la noción del
tiempo, pero ya lleva más de un mes en el Gertrudis. Es domingo, día libre. La
habitación es muy fría. Se viste, se coloca el tapado y baja. Osvaldo habla con
un chico rubiecito que no debe tener más de quince años, se ríen y cuando ven a
Andy hacen silencio.
Andy
saluda con un gesto y sale.
Camina
una cuadra hasta la panadería.
A
través del vidrio, en un auto, por una transversal que cruza la calle
principal, ve pasar las cabezas de Eve y Mateo. La de Mateo mira obsesivamente hacia
todos lados, la de Eve con la mirada perdida. Como si estuviera obligada a salir
de cacería. Como si no deseara estar en el mundo.
Andy
se retrae y sale de la panadería sin comprar nada.
Un colectivo luminoso emerge en la oscuridad de
la avenida. Se acomoda en un asiento y hurga en la mochila el fajo de billetes
que había tomado del mueble de Osvaldo. Los introduce en el mismo sobre en el
que guarda su plata. No cuenta los billetes, pero por el volumen calcula que
debe ser bastante dinero. Esconde las llaves del hotel en el pequeño espacio
entre el asiento y la carrocería del colectivo. Afuera, otra vez las calles
desconocidas. Las tres y media de la madrugada y el colectivo se desplaza
parsimonioso por barrios oscuros. El mismo sistema, baja en cualquier lugar y
se toma otro colectivo. Había pasado más de dos meses en el familiar Gertrudis
sin que Mateo tuviera éxito en su cacería. Unos segundos apenas le dieron una
nueva oportunidad de huir. ¿Seguiría su rastro o su búsqueda junto a Eve sería
una búsqueda al azar? Cada nuevo colectivo multiplica exponencialmente las
posibilidades de volver a confundirlo.
El
amanecer desnuda la monotonía de los barrios. Un color que torna todo
indefinible. La gente es igual en todos lados. Las caras se repiten. Las rejas
sobrepasan la altura de las construcciones, los perros le ladran al colectivo, a
los que pasan caminando, a nada. Una ciudad hecha sin plan. Todo agregado,
encajado a la fuerza. ¿Nadie pudo ordenarla de otra forma? Una razón rutinaria
solo se manifiesta en la traza cuadrada de las manzanas, en algunos árboles podados
con ángulos rectos. Mirar la escena desde afuera, como quien sabe también la
letra de la obra, pero la obra representa a la vez un misterio en el cuerpo de
los otros, en las voces de los otros. Todos conocemos la suspensión espacial
del escondite, el juego distinto detrás de las paredes, en un puñado de metros
cuadrados. Los otros mundos.
Un
hombre peinado a la gomina sube al colectivo y se pone a hablar en voz alta
frente a los pasajeros.
Hola
mi nombre es David Loukaitis y durante gran parte de mi vida toqué la guitarra
en Cabezas Parlantes.
Y se
larga a cantar, canta como una gallina. Andy se baja en la primer parada. Una
estación de tren. El tren parece no ser una opción. El colectivo arranca y un
gran espacio verde se abre ante sus ojos. Un parque que se prolonga hasta a la
salida de un túnel vehicular. A un lado, una guirnalda de luces abraza una
calesita.
Camina
en esa dirección y se detiene en el umbral de la puerta de la calesita. La
figura de un hombrecito le llama la atención. Parece un malabarista girando la
muñeca para que los brazos estirados de los nenes no puedan alcanzar la
sortija.
El
hombrecito finalmente le deja atrapar la sortija a una nena que llora
desconsolada y se acerca a Andy. Andy parece tener la capacidad de generar
confianza automática en las personas. Su carácter dócil, su aspecto andrógino y
sus frases cortas se imponen a la impresión ausente de su rostro y logra que
rápidamente se muestre como una persona confiable.
El
hombrecito se llama Willy y tiene la concesión de la calesita del parque frente
a la estación. Pero otros negocios no le permiten atenderla y necesita alguien
que se haga cargo, que esté todo el día.
Esa
misma tarde se hace del trabajo y de un lugar en dónde vivir. La calesita se
abre a las diez de la mañana y a las ocho de la noche se cierra. Willy dice que
en el invierno se cierra más temprano. Los días de lluvia no se abre. El
trabajo fuerte: sábados, domingos y feriados.
Willy
aparenta tener un nivel de vida bastante bueno. Todo el tiempo habla de nuevos
negocios. Se mueve en una camioneta rinoceronte y se viste con ropa deportiva
de marca que le queda muy elegante a pesar de no llegar al metro sesenta. Tiene
rasgos avejentados, arrugas prematuras seguramente causadas por el sol.
El
cuartito que va a ocupar Andy y que es parte de la paga, está sobre un taller
mecánico, pero bastante arriba, lo que atenúa los ruidos. Se accede a él por
una larga escalera. Podría decirse que no es gran cosa. Tiene una cama y una
ventana que da a terrazas grises, cables anárquicos provienen desde todas las
direcciones, se enredan y se pierden en el infinito. Alambres oxidados de colgar
la ropa. Desde esa vista se puede tener un rápido mosaico de la estructura del
barrio, armado como un rompecabezas en el que cada uno hubiera colocado sus
piezas con la intención perversa de que nunca pudieran encajar. Junto a la
cama, una mesita cuadrada en la que con mucho entusiasmo podrían sentarse dos
personas, un póster despegado a medias de un corredor de autos, un bañito
minúsculo con un inodoro amarillento y un calefón eléctrico.
Willy le explica con paciencia el mecanismo de
encendido y apagado de la calesita y una serie de recomendaciones para no
forzar el motor de 1hp. Después van hasta el cuarto sobre el taller en la
rinoceronte. A las nueve nos encontramos ahí para repasar todo el proceso.
Acomoda sus cosas en un rincón y se tira en la cama.
A las doce del mediodía Willy se va. Andy ya
maneja la calesita como si la hubiera manejado siempre. Pocos chicos llegan
pero los que llegan salen llorando porque sus mamás no tienen plata para otra
vuelta. El llanto se impone como una constante. Según Willy el caos empieza los
sábados.
Pero
recién es jueves.
Mira una y otra vez la foto en el visor de la
cámara: es la imagen de una casa vieja; por una ventana altísima asoma un
vestidito de nena colgado. La blancura de la tela contrasta con el fondo negro
de la habitación. De todas las fotos que sacó pareciera ser la que más le
gusta. El vestidito genera una sensación de abandono, de inquietud. En la
memoria de la cámara queda poco espacio. Se pasa horas con la cámara tratando
de aprender todas las funciones. Sus manos pequeñas son muy hábiles. Después de
las primeras salidas por el barrio a sacar fotos, la programa directamente en
blanco y negro. Se levanta temprano y hasta la hora de abrir la calesita camina
por calles periféricas. Construcciones deformes, sin mantenimiento, enanos en
los jardines, plantas creciendo a su antojo, verdes oscuros casi negros pero que
sobreviven a las sombras.
Había encontrado
de casualidad la cámara y hasta el momento nadie había venido a reclamarla. Un
tramo de zócalo se despegó al correr la mesa y dejó a la vista una correa con
vivos amarillos. Introdujo la mano dentro de la pared y trajo de vuelta una
pesada cámara de fotos. Es una cámara buena, parece profesional, marca
Anthipas. Willy le había contado que antes de que el dueño del taller alquilara
el cuarto, habían parado en ese lugar algunos drogones del barrio. Tal vez la
hayan escondido y se la hayan olvidado.
Busca
un cargador por la calle principal. Consigue uno usado en una casa de
fotografía. También compra dos tarjetas de memoria.
En la
mesita de luz hay un papelito con la dirección y el celular de Julián. Lo había
conocido un par de tardes atrás en la calesita. Julián había llevado a su hija.
Se acercó a charlar mientras la nena daba vueltas y vueltas en la calesita. Es bajista
y hacía un año había vuelto a integrar Popkov, una banda que según le contó
había alcanzado diez años atrás bastante notoriedad en el ambiente underground
de los barrios que rodean a la ciudad. Estaba entusiasmado porque iban saliendo
muchas fechas para tocar. Esta vez estamos maduros, esta vez Popkov puede
llegar más lejos.
Se
pone las zapatillas, el tapado y sale a la calle.
Mientras baja la escalera los del taller le
cuentan que ayer un hombre había estado golpeando en la puertita de su cuarto.
No preguntó por el nombre sino por la persona que vive acá. Andy no les pregunta
nada. Le dicen que le dijeron que fuera a la calesita. Nadie había venido a
buscar a nadie a la calesita.
Las imágenes bajan en la pc. Julián se muestra
eufórico y abre una cerveza.
—Una
mejor que otra che —dice Julián sorprendido—. ¿Siempre sacaste fotos?
Las
imágenes se van abriendo de a una en el monitor.
—No,
es la primera vez.
—Se
las vamos a mostrar a Alejo. Es el cantante y el guitarrista del grupo. A lo
mejor le guste alguna para tapa del disco. Nos ofrecieron grabar. Son todas
fotos de acá, del barrio y nosotros tenemos mucha pertenencia al barrio.
Andy lo
escucha con desinterés.
—Alejo
tiene mucho carisma. Tiene una personalidad difícil, pero sin él nunca
hubiéramos sido nada. Las canciones las hicimos siempre entre todos, pero él
les da un toque mágico. Él hace las letras y la letra llega más que cualquier
otra cosa. Desde que volvimos como grupo, me cambió la vida.
Julián
toma la botella para volver a llenar los vasos, pero el de Andy sigue lleno.
—Le
mando un mensaje y si está en su casa, vamos y te lo presento. Vive acá a dos
cuadras. Podrías hacernos fotos en los recitales y en los ensayos. A Alejo le va
a encantar tener alguien que nos saque fotos. Tiene un ego gigante, jaja. Mucha
plata no hay por ahora, pero la vas a pasar bien.
—La foto es ésta, grita Alejo mirando la
pantalla de su notebook—. Es la tapa del disco.
Julián
llevó a Andy a la casa de Alejo, donde la banda tiene armada una pequeña sala
de ensayo.
—La
bautizamos la foto del autorrana, es maravillosa, la ¿sacaste por acá?, Alan,
el baterista, también festeja la foto de Andy.
—Sí,
acá a unas cuadras.
La
foto muestra un autorrana estacionado en el final de un garage angosto y
larguísimo. El resplandor de la luz de un patio descubierto detrás hace que el
auto reverbere en la imagen, como si tuviera relieve.
—Lo
que me gusta es que el auto esté ladeado porque la imagen se descentra y genera
tensión —Alejo sigue obsesionado con la foto.
—Vas a
sacar las fotos oficiales de la banda, dice Alan exaltado.
Andy
no dice nada.
Tocan
una canción muy suave durante más de una hora. Andy se distrae y de vez en
cuando se despabila y toma algunas fotos, sin flash, con el diafragma en el
punto más abierto.
Caminando por el parque Julián le cuenta que esa canción es un blues, y
que se llama Ella perdió el ultimo colectivo rojo.
Juan y Paco tratan de contenerlo. Son compañeros
de Andy también. Mateo parece gritarles que se vayan. Todo el barrio espiando
la dantesca escena por las hendijas de sus persianas. Es un domingo soleado de
fines de marzo; la siesta interrumpida para ponerle un rostro a los gritos. A
Juan le lleva varios minutos tranquilizarlo. De a poco lo va llevando hacia la
esquina. Lo abraza tratando de calmar su furia. Arreándolo con la paciencia de
un resero experimentado ante el toro más salvaje. Hablan un largo rato. Paco se
mantiene un poco más lejos.
Mateo
ahora llora. Llora como un chico sobre el hombro de Juan que lo vuelve a abrazar.
Con afecto trata de contenerlo.
Una
pareja de viejitos los observa con curiosidad y cruza la calle.
Un
rato después los tres suben al auto y se van.
El alboroto de gente en una clínica. Todo de
color blanco, los asientos pegados en hilera, los cuadros pastel en las
paredes.
Andy
se hunde en el blanco.
Todas
las clínicas del mundo deben tener el mismo inconfundible olor, el mismo blanco
inconfundible.
Con Willy las cosas no podrían andar mejor.
Desde que se hizo cargo de la calesita, la recaudación aumenta día a día. Abre
a las diez en punto y cierra a la hora que se extinguen los niños llorando por
una vuelta más. La hora de las lágrimas, la hora de los gritos. No dejan de
sorprender las técnicas de los niños para extorsionar a sus padres. No tiene sueldo
fijo y cobra un porcentaje de los boletos vendidos más la vivienda gratis.
Hace
un tiempo venían de la villa, de la villa, hasta acá se venían a traer los
nenes porque en la de la otra estación los habían echado. Son gitanos, viste
que son de lo peor de lo peor. No tienen patria. Por suerte ya no vienen más,
los denuncié y hasta ahora no volvieron. Me veían con la rinoceronte y habrán
pensado: este petiso tiene plata. Un día un tipo hizo un escándalo, me quiso
pelear. Me dijo: yo estuve en la cárcel. Y yo le dije: mirá yo no te tengo
miedo. Los policías me dijeron que lo denuncie sino no podían hacer nada y fui
y los denuncié. Si les tenés miedo te vuelven loco.
En un negocio de cosas usadas observa una radio
en la vidriera. Es de las de formato viejo, cuadrada y forrada de cuero reseco,
con sintonizador manual.
Al
abrir la puerta del local suenan campanitas. Un hombre emerge detrás del marco
de una puerta que da a otro ambiente. Habla maravillas de la radio y de que en
su antigüedad radica el secreto de su buen funcionamiento. Hace una comparación
con su persona, el hombre es bastante viejo.
Mete
la radio en una bolsa de nylon desteñida y se la entrega a cambio de tres
billetes rosados.
Popkov toca el viernes a la noche en el Once
Corazones, un club al oeste de la ciudad. Alejo, Julián y Alan le ruegan a Andy
que venga a hacerle fotos. Alan le regala un flash. Los sábados tiene jornada
full en la calesita, pero accede ante la promesa de ir y volver con ellos.
El
viernes a las ocho en punto pasan por el taller en el auto de Alejo. Un auto
viejo y enorme como un trasatlántico, pero impecable. En el interior del auto
el mundo tiene otra frecuencia. Una música ambiental de guitarras saturadas, a
un volumen tan bajo, que se percibe como el delicado zumbido de un insecto. Una
melodía monocorde y circular. Envolvente. Los Popkov, una chica que se presenta
como Dámaris y como novia de Alejo, toman whisky y fuman un cigarrillo largo
que pasa de mano en mano. Alan le pasa la botella pero Andy no la acepta.
Dámaris
tiene una luz especial que se potencia con los reflejos del alumbrado de la
calle.
La entrada del Once Corazones está atestada de
gente. Apenas asoma la trompa del auto en la calle del club, los que hacen fila
para entrar los reconocen y comienzan a gritar enfervorizados. Batt, el plomo
de la banda, los aleja con gestos violentos.
Al principio
saca muchas fotos hasta que se aburre. La exposición en el escenario le molesta
y se baja para seguir haciendo tomas desde el público. El ruido es infernal y
la gente empuja tratando de acercarse más al escenario.
Dámaris
le habla, pero con el barullo de la música no puede escucharla. Ella vocaliza
las palabras con gestos exagerados y se le acerca al punto de rozarle la cara.
Su aliento no huele a nada. A veces, la descubre pensando, ausente y le saca
fotos sin que ella se percate.
A las
seis de la mañana baja del auto de Alejo en la puerta del taller. Alan,
alcoholizado, le pregunta si se puede quedar. Andy no le responde y baja. Antes
de que se cierre la puerta escucha a Dámaris que lo reta. El metal de la escalera
interminable que sube a su cuarto se vuelve plateado con el reflejo gris del
cielo. Un gato sale de abajo de su cama y huye velozmente por la ventana
abierta. Salta de terraza en terraza con una agilidad sorprendente.
Prende la radio. Sintoniza un programa en el
que pasan temas viejos, esos temas melódicos que pasan en las radios de los
pueblos. Después de la medianoche en esa estación de radio empiezan los
programas de los pastores y más tarde los que gritan desaforadamente.
Esos
programas son un misterio. Al dormirse con la radio prendida esas voces
penetran en los sueños. Esos pastores o lo que fueran son los que más gritan a
la madrugada. ¿Desde dónde deben hablar? ¿En templos nocturnos? ¿En lugares tan
oscuros y sórdidos en los que los espíritus puedan manifestarse libremente? Tal
vez simplemente estén en un estudio de radio haciendo una gran pantomima.
Resulta imposible no imaginarlos en lugares sórdidos y tenebrosos.
Julián tiene razón, Alejo genera una atracción
muy potente en los demás. Sin embargo, a Andy su presencia parece provocarle
rechazo. Es demandante, la violencia late en los gestos, en la mirada, en cada
una de las palabras que pronuncia. Una persona en permanente tensión interna.
Los ojos inquietos como radares atentos al momento exacto del ataque. Como si
conociera el botón indicado para amedrentar e instalarse en un lugar de superioridad.
Julián y Alan se someten mansamente a su liderazgo que no se limita a la banda.
Dámaris
también se somete sin rebeldía. Una de las pocas cosas que pudo escucharle
entre el barullo del recital es que estudia psicología y que tiene veintitrés
años. Igual que Andy.
Dámaris es un nombre que se corresponde con su cara. Dámaris es un
nombre que rara vez se escucha.
El gato ya no le rehúye. En el almacén compra
pan, queso y salame en fetas, un mix de cereales y una leche en caja. Corta la
base de una botella de agua mineral, la llena con leche y la coloca junto a la
puerta del baño.
El
gato sale de su escondite, debajo de la cama, y se pone a tomar la leche. Tiene
un pelaje brillante y tricolor, con manchas blancas, naranjas y negras.
El
animal adopta el cuartito como su hogar fijo. Tal vez fuera al revés, y la
usurpación fuese de Andy, que había llegado de la mano de Willy a un lugar que
ya tenía dueño.
Fuera quien
fuera el primero, parecen a gusto en compartir el mismo hogar.
—Ésa, ésa, esa foto la quiero para el interior
del álbum, grita Alejo ante una imagen en la que detrás de un halo de luz roja
salía él con la guitarra como emergiendo de una boca de fuego.
Todos
fueron encontrando sus fotos favoritas. Había tomado la precaución de no bajar
al pendrive las de Dámaris, pero una foto se filtró entre las del escenario. La
imagen de Dámaris en la pantalla gigante del televisor enmudece a todos. La
toma con un leve contrapicado potencia su belleza; la boca en foco diluye el
mundo detrás y la nitidez confluye en su rostro.
Alejo
dirige sus ojos filosos hacia Andy, pero Andy no lo mira. Parece aguantar la
radiación de su mirada. Otras fotos de la banda que se van sucediendo descomprimen
la tensión.
El
ensayo es muy intenso, seguramente se prolongará hasta la madrugada. En un
momento en que están muy compenetrados tocando, Andy sale de la casa de Alejo.
Detrás
también sale Dámaris y le grita desde la puerta.
—Esperá,
voy con vos hasta el quiosco a comprar cigarrillos.
Lleva
un vestido celeste que contornea a la perfección las formas de su cuerpo. Del
cuello le pende un colgante con una piedra en forma de dona, como de jade, gris
con tonos violáceos.
—Qué
linda foto me sacaste, me encantó.
Andy
no responde. Caminan por una vereda oscura, hacia una calle más iluminada.
—Alejo no es malo, pero no está bien. Tiene
una personalidad distorsiva. La distorsión de la realidad es un mecanismo de
defensa. Es una persona con una visión desajustada de sí misma y de lo qué
pasa, entendés. Es un mecanismo de la personalidad narcisista, no puede
soportar que se fisure su auto-imagen. Por eso reacciona así.
Andy
parece no entender ni una palabra de lo que le dice, pero se da cuenta de que trata
de suavizar el momento vivido un rato antes.
—Nunca
hablás nada. Como si estuvieras triste.
—No, soy
así —responde Andy.
En el
quiosco Dámaris compra los cigarrillos, el quiosquero la piropea y ella se ríe.
Enciende un cigarrillo, la noche se llena de humo. Se despiden.
Es verdad que esa secta adelanta ritos
especiales durante las fiestas religiosas y la noche de brujas, que es el
primer escenario, es en realidad la preparación para el segundo, el que importa.
Básicamente es atentar contra todas las cosas que tienen que ver con la
religión. Pese a tener mi rito de iniciación, también tuve un rito de
pacto para el cual robé un gato en de la verdulería de la esquina de mi casa.
El gato se llamaba Firulais y lo llevé a un monte para el sacrificio. Allí bebí
su sangre para que el diablo se convierta en el amo y señor de mi vida. ¿Para
qué lo hice? Ese pacto me significaba tres tipos de beneficios: poder,
prestigio y dinero. Luego de eso empecé a tener dinero, comencé a practicar
ritos o trabajos como ataduras, a través de los cuales personas buscan
hacer daño a otro, o simplemente conseguir cosas indebidas. Ese dinero se usa
para cosas del mal. De ese dinero no me queda nada. Muchos de los
elementos usados para los ritos satánicos provienen de la ciudad de Allitt, capital
mundial del satanismo. Mi declive en el satanismo comenzó un treinta y uno de
octubre, día de noche de brujas, al ver como se sacrificaba a un bebé. Me
impactó mucho, pero tenía mucha sed, sed de seguir allí. Una sed verdadera.
Para esa época llegué a ser el segundo al mando y recibí el nombre de “la ñaña”
y comencé a sentir las ganas y la presión del grupo para llegar a ser sacerdote
negro. Sin embargo, para ello debía ser yo quien practicara el sacrificio de un
niño por mis propias manos. Los mitos en torno al día de noche de brujas y el
actuar satánico no son un mito, en el sentido de que no son reales, que son
leyendas. No, no es un chiste, se roban hostias consagradas, desaparecen niños,
para el treinta y uno de octubre se hacen todo tipo de aberraciones.
Al gato parece gustarle que Andy lo sigua
atentamente con la mirada saltar de terraza en terraza. Después de cada salto
voltea para comprobar que esté observándolo. La primera terraza que visita es la
de un hombre que casi todas las noches cuelga una especie de bolas o esferas desde
el marco superior de la abertura de un balcón muy angosto. Es una imagen bastante
lejana que debe emplazarse dos manzanas más allá del taller; el caos de construcciones
ensambladas impide determinar la distancia real que la separa del cuartito. La
abertura está en un cuarto piso, bastante más elevada de la que Andy observa. Es
el último piso y desde la terraza parte una escalera caracol que conduce a
ninguna parte. Como si hubieran querido seguir construyendo y el proyecto se
hubiera truncado de un día para el otro. La escalera se recorta en el cielo y
algunas noches oscuras o con niebla los últimos escalones se pierden en la
oscuridad. El gato muchas veces la sube, pero nunca hasta la cima.
El
hombre cuelga las esferas a poca distancia entre ellas, en una hilera de cuatro
o cinco; una luz anaranjada detrás, proveniente del interior de la sala o
directamente del pequeño balcón, las enmarca y dibuja fuertemente los contornos
redondeados. Desde la parte superior les salen como flecos con los que se
sujetan desde el marco superior de la ventana. Es indudablemente un acto
nocturno. A la madrugada, antes de que salga el sol, las bolas luminosas desaparecen.
Toma la
cámara y hace varios disparos. El lente 50 no le permite hacer zoom, la luz es escasa
y en la pantalla de la cámara las imágenes se pixelan demasiado. Lo que alcanza
a ver en visor es todavía más confuso. Abre nuevas presunciones. ¿Qué son
realmente esas esferas? ¿Qué significan?
Cuando
la luz anaranjada se apaga, el gato salta a la terraza de otro departamento, ubicado
por debajo al de las esferas y que tiene un vidrio esmerilado de un verde muy
cristalino, por el que se transparentan siluetas que se mueven en el interior.
Andy
dispara otra ráfaga sobre el departamento verde.
El
gato parece establecer alguna vinculación afectiva con el hombre de las esferas
y con las siluetas del vidrio verde. Nunca visita otras terrazas. Quizás en el
lapso de tiempo en que no está en el cuartito, ellos también deben darle leche
y alimento.
Nunca se desvían del camino, nunca cambian de
opinión, es más cada vez están más convencidos. Creen seriamente que Rais está
en las tierras del hielo esperando a que la sabiduría desborde el mundo, lo
desborde todo, y él pueda ser finalmente entendido. También dicen que va a
venir en un caballo de ocho patas a poner orden, pero el caballo de ocho patas
podría llegar a ser un vehículo primitivo de la humanidad, un vehículo de
piedra, aunque también se dice que el Hombre vendría fragmentado en varios
platos voladores. Todo eso nos contó el tipo rico, escribió varios libros sobre
Rais y millones en el mundo los han leído.
Una chica una vez amenazó en denunciar a
Osvaldo con la estupidez de que la había violado. Una infeliz. Le dije: nena
esto es un negocio y vos estás dentro de él.
Cuando me iba a matar, llegué a la casa de un
amigo que es líder espiritual y que había estado orando por mí. Me pasa a
buscar y me lleva a la iglesia de los tanques, donde me está esperando un exorcista
autorizado por la Aurora Saturnal, quien comienza mi proceso de liberación.
Hice terapia, después de separarme de Popkov
hice terapia. Un par de años. Por suerte, a pesar de los días más reventados de
Popkov, no perdí mi trabajo en el corralón de la municipalidad. Varias veces
estuve a punto de que me echen, pero me salvé. Gracias a mis compañeros que me
aprecian. Mi vida es tocar el bajo, ser músico, no es ser municipal. Te das
cuenta de lo triste que es ser municipal. Por eso me banqué tantas cosas de
Alejo. Si mi psicóloga supiera que estoy de nuevo con Popkov... Mejor que no
sepa. Ella quería que formara otra
banda, con gente más sana, pero qué sé yo: ésta es mi banda, es parte de mi
historia. La gente sana me aburre. Además, ¿dónde hay gente sana? ¿Gente normal?
Los que me reconocen, a veces, en un colectivo o en el barrio, me reconocen por
tocar en Popkov, porque toqué con Alejo. Él tiene aura, un halo luminoso; la
gente lo escucha, él habla con todo el mundo. Pero es una persona muy oscura.
Es otra persona con los íntimos. Si yo te contara... Antes, cuando empezamos a
tocar y éramos pendejos, Alejo tenía otra novia. Ella no era como Dámaris,
tenía una personalidad muy fuerte y las peleas con Alejo eran casi más
importantes que los problemas de la banda. Con ella se fue un tiempo a vivir
afuera y al volver, volvió muy cambiado. Empezaron a tomar cosas raras.
Nosotros, con Alan y las chicas que siempre estaban con el grupo, no pasábamos
de las drogas comunes, las que toma cualquiera. Pero ellos se sumergían en esas
sustancias que ella traía de afuera. Se fue todo al demonio. Yo ya había conocido
a mi mujer y ella quería que siga en la municipalidad y que deje la banda. Ella
odiaba a Alejo y eso que no supo muchas cosas que pasaron. Hay cosas que no me
animo a contar, te juro por mi hija que no me animo a contar, que me dan tanta
vergüenza, tanto desprecio por mí mismo. ¿Sabés las veces que Alan y yo quisimos
dejar todo e irnos al demonio? Miles, miles de veces. Pero Alan es distinto, a
él nada le importa, todo le da lo mismo. Hasta que mi mujer quedó embarazada y
decidí irme y la banda se desarmó. Pero tampoco fui feliz. Amo a mi hija, pero
necesito ser un Popkov, ese es mi lugar en el mundo. Yo qué sé..., todos
elegimos nuestro infierno.
Estas madrecitas son un infierno, grita Willy
fastidiado.
Una nena se había caído desde uno de los
caballitos de la calesita. Andy detuvo el motor lo más rápido que pudo y se
aferró a un parante para detener la calesita por la fuerza. La nena rodó y se golpeó
contra una nave espacial que la contuvo; hubiera sido peor que rodara y cayera
al piso con la calesita en movimiento. La madre de la nena no paraba de gritar.
Otra madre llamó a la ambulancia.
La
nena no tenía más que un raspón y un gran susto. La madre no paraba de insultar
y de gritar que esa calesita era un desastre y que no tenía ninguna
responsabilidad con los niños. Una chica de no más de veinte años.
—No te
lo dije... —Willy le recuerda lo que le había contado el día que empezó a
trabajar en la calesita—. No te dije que son insoportables las madres.
—Fue
un segundo. Cuando dio la vuelta ya estaba en el piso.
—Un
día de estos vamos a tener un dolor de cabeza.
La
nena ya está bien. Al rato llega el patrullero. Willy parece conocerlos y los
saluda con sonrisas cómplices y recibe sonrisas cómplices.
Un oficial toma declaración. Algunas preguntas
Juan las responde por Andy, pero el oficial lo hace callar, sin violencia, pero
le dice que la pregunta se la había formulado a Andy. Andy, contesta pero a
veces, de los nervios, la voz le sale como el inicio de una risa o de una tos.
En algunos momentos nos sentimos más vivos que en otros, más vivos y sin ningún
control. Deben ser los momentos en los que se mata, en los que se deja caer el
cuerpo a la nada. El oficial dice que por ahora con esa declaración está bien,
pero que pueden requerir una ampliación de lo declarado, que el cualquier
momento la fiscal puede volver a citarlos a todos otra vez.
—Eh… qué pasó, tanto miedo te da la policía, ¿te
estás escapando de alguien? —Willy suaviza la frase con una sonrisa—. A mí
tampoco me gustan, pero qué le vamos a hacer, son un mal necesario. Yo les doy
plata, por eso ni mu me dicen, más cuando son pavadas como la de hoy. Lara,
vení —le grita Willy a una nena que jugaba en los toboganes.
Una
nena gordita de piel muy blanca corre hacia ellos.
—Ella
es mi hija, Lara.
Es una
nena down y tiene los ojos azules como una tarde de infancia.
Tras el incidente de la nena con el caballito
de la calesita, Willy le dejó un celular. Busca el papelito que le había dado
Julián y agenda su número. Le manda un mensaje.
*Hola
Julián, éste es mi número.
Se da
cuenta que no le puso su nombre y le envía otro:
*Soy Andy.
.
Popkov tiene una gira por varios pueblos de la
provincia. Ruta, polvo, gente rara, lugares raros. Julián le cuenta que van a
estar de gira durante quince días. Le dice que Alejo quiere que los acompañe.
Quieren que hable con Willy y busque un reemplazante para la calesita.
No le
habla.
Toda mi vida trabajé en los colectivos rojos,
iba y venía dos veces por día, hacía dos vueltas enteras. Un día, cuando
aparecieron los azules, ya no nos quisieron más a los rojos, muy pocos de los
choferes rojos llegaron a manejar los azules. No cualquiera podía manejar los
colectivos azules. Yo tuve miedo, fui un cobarde, tuve temor, pero los
colectivos rojos no desparecieron así como así, eso es lo que creé la gente del
barrio, porque cuando pasa algo que no se puede explicar siempre culpan a
alguien, a los de transporte, al gobierno, a las mafias. Algunos aparecieron
desarmados en un terreno baldío, pero unos pocos. Pero muchos, la mayoría,
desparecieron. Los choferes que no se rindieron entraron en el recorrido con
los colectivos rojos y nunca más volvieron, esos colectivos están siempre dando
vueltas, aunque no los podamos ver. Todos los colectiveros saben eso, como
todos sabemos que vamos a morir. Yo no puedo explicarlo, no se puede explicar
eso, pero todos los colectiveros sabemos que las órbitas tienen esos agujeros
por los que se puede salir pero no volver. Algún día si tenés ganas estudiá,
lee sobre la repetición, sobre la repetición de cualquier cosa que se te
ocurra, sobre la teoría de las órbitas de Dyer, podrías aplicarla a esta
calesita, si querés, sí, a esta calesita, por qué no. Todos los colectiveros lo
saben, pero yo tuve miedo. Nunca creí en Dios ni en nada. A lo único que le
tengo terror es a lo eterno.
Me escribes Milena y me preguntas, dices en tu
carta que vives atemorizada en tu propio hogar. Es una pena que no hayas podido
llamarnos, Milena, que no podamos escuchar tu voz, Milena. Me preguntas ¿qué
puedes hacer ante los signos típicos de la presencia de un fantasma? Tu sabes
Milena que muchos escuchan en la noche ruidos inexplicables, puertas y armarios
que se abren y se cierran, luces que se apagan y se encienden solas, objetos que
desaparecen y reaparecen, sombras inexplicables, comportamiento extraño de los
animales. ¿Tienes tú animales Milena? Los animales tienen sentidos más agudos
que los humanos. ¿Tienes la extraña sensación de sentirte observada, tocada,
puntos fríos o calientes en lugares de tu hogar, olores inexplicables, objetos
que levitan, asalto físico? Si has experimentado alguno de estos fenómenos,
Milena, podrías estar conviviendo con fantasmas en tu casa. Pero tú no me
especificas cuáles son tus temores, tus percepciones. Es una pena que no puedas
llamarnos, Milena. Te preguntarás que puedes hacer al respecto. Pues en un
mundo esotérico y paranormal como el que habitamos, Milena, no aprendas a
convivir con espíritus y entidades no deseadas en tu hogar. Puedes proteger tu
casa de entidades negativas. Nosotros sabemos cómo ayudarte Milena. Puedes
volver a escribirnos y contarnos más detalladamente tu caso. Contarnos tu
experiencia paranormal, nosotros te podemos ayudar Milena. Podrías ayudar a
otros oyentes, a otras personas en sus hogares que están pasando por lo mismo
que tú.
En un rincón junto a la mesa observa un cable
bífido. Uno rojo y uno verde, son de metal duro, de cobre, como de teléfono. Se
pone el tapado y sale a la calle. En el negocio de cosas usadas de la calle
principal pregunta por un teléfono viejo, uno no muy caro. El viejo del local
le ofrece uno con teclas, de color gris, bastante sucio y maltratado; pero le
asegura que funciona a la perfección.
Con la
radio no le había mentido.
Vuelve a su cuarto del taller. Los mecánicos saludan,
las miradas siempre penetrantes hasta que sube al cuartito. Después continúan
levantando un motor con un guinche. Se ríen y hacen chistes entre ellos.
Con
ansiedad conecta los cables sueltos del teléfono a los de la pared. El teléfono
tiene uno azul y otro rojo. Hace coincidir los rojos y el verde lo anuda al
azul.
Hay línea.
El sol sale de color verde. Durante todo el día
la luz lo confunde todo. En el parque, las hojas de los árboles se vuelven de
un color amarillo pálido, todo el paisaje se destiñe como si cayera una lluvia
invisible de lavandina. En las calles solo se habla del color verde. Al
atardecer, el cielo se tiñe de un color violeta hasta volverse negro.
Los admiro, a pesar de que no comparto sus
ideas para nada, porque viven esa realidad como si fuera real. Para ellos Rais
es eterno.
Cierra la calesita y camina hasta la casa de
Alejo. Por la tarde, Julián le había dicho que pasara a la noche por la casa de
Alejo. La gira había terminado y quieren hacer una reunión con todo el grupo.
No
tiene ganas de ir.
Alejo
está con Dámaris. El tiempo pasa, Alan y Julián no llegan.
Ella
enciende el equipo de música y pone un tema a todo volumen. Grita: alegría el
silencio. El golpe alienante de la batería abre paso a una voz fría y mecánica.
Alejo se mete en la cocina y vuelve con tres vasos llenos y lo que queda de
vodka en la botella. Por primera vez acepta el porro. Se lo pasa Dámaris. La
última saliva es la de ella.
Bailan
sensualmente, Andy los observa desde el sillón. Parece sentir incomodidad, tal
vez deseando que aparezca Julián. Dámaris luce un vestidito blanco y sensual
que se le pega a su cuerpo.
Tan
linda como ordinaria. Sin voluntad. Autómata. Obediente como una muñeca.
—¿Te
gusta Dámaris? —le grita Alejo
Andy
no le contesta y ahoga sus ojos en el vaso, como si ya se hubiera acostumbrado
a los comentarios agresivos de Alejo.
—Te
gusta.
Dámaris se ríe como tonta. La misma canción
se repite una y otra vez desde el comienzo y genera un ritmo anestésico, un
tiempo circular.
Alejo
introduce un pendrive en su notebook y enciende el enorme televisor colgado en
la pared del living.
—¡Ahora
te va a gustar más!
En las
imágenes Dámaris aparece desnuda; ahora es la piel la que se ajusta a su cuerpo
como un disfraz perfecto. Por la boca asoma una risita cómplice, el pubis rasurado
es un herida sana, los ojos ausentes miran obsesivamente a cámara. Como si
estuviera drogada o borracha. Como si fuera otra persona, otra mujer; pero es ella.
Con las manos intenta una coreografía a desgano que rápidamente deja
inconclusa. Alejo es quien filma y de a ratos se autoenfoca haciendo caras
burlonas, saca la lengua y vuelve el foco vacilante sobre ella. Un hombre de
espaldas entra en cuadro, un cuerpo cubierto de pelos blancos, el cuerpo de un
hombre viejo, que a pesar de la edad conserva buen estado físico. Está desnudo
y la cámara enfoca su miembro enorme y erecto. Se masturba con la mano, como si
fuera un deporte y la cámara acompaña el movimiento con gracia. La cámara
vuelve sobre Dámaris, sobre la cola de Dámaris, que ahora está en cuatro patas,
la mano del hombre maniobra un pomo rosa del que sale un líquido viscoso que
derrama en su dedo y le introduce en el ano a Dámaris. Varias veces repite la
operación metiendo y sacando el dedo del ano hasta que el agujero no presenta
más resistencia al movimiento del dedo. Se coloca detrás de Dámaris, la cámara
demora unos instantes en un plano detalle del agujero del ano que brilla como un
diamante. La imagen se mueve y el hombre ya introdujo el miembro en la boca de
ella mientras con su mano le aferra la nuca hacia su cuerpo para que todo el
miembro le entre en la boca. La cámara enfoca la cara del hombre: es Osvaldo, el
dueño del Gertrudis. Fija sus ojos en él como si intentara asegurarse de que no
fuera alguien parecido, pero es Osvaldo. No hay dudas, es Osvaldo. ¿Quién
podría dudar que es Osvaldo? Y la habitación en la que sucede todo es la habitación
de Andy del Gertrudis, o de lo contrario una idéntica. Las cortinas anaranjadas
están cerradas y el viento no las mueve. Osvaldo saca el miembro de la boca de
Dámaris y con violencia se lo introduce en el ano. Dámaris estalla en un grito
que se pierde en la música.
El
color saturado de las imágenes torna la atmósfera agresiva, fuera de control.
Osvaldo le tira del pelo y le pega en los cachetes de la cola con la mano
abierta. Andy aferra mecánicamente el vaso y se toma el vodka de un trago. Se
queda mirando el televisor por el fondo del vaso. Un manchón de color rojizo,
casi violáceo.
Ahora
solo Dámaris baila. La Dámaris real.
Alejo se deja caer en un sillón, como si le
hubiesen pegado un tiro.
Actúa.
—Es eso,
solo eso. Una imagen que todo el tiempo tratamos de recrear.
»¿Entendés
Beniszewski?
»¿Me
podés entender?
»Yo
soy el que dice las palabras, solo eso. El que dice las palabras. No soy otra
cosa que eso.
»¡Alguna
vez te pusiste a pensar un instante miserable en que todo lo que hacemos, todo
lo que vivimos se va a repetir eternamente! El infierno, ése es el único
infierno.
Alejo
agarra la botella de vodka y se toma hasta la última gota. Al arrancarla de sus
labios, su boca queda abierta como la de una animal arrogante y contradictorio.
—Ese
viejo es un coge-todo, lo único que le interesa es cogerse todo, todo lo que se
mueva se lo coge, es un animal. ¡Sabés qué fácil es la vida cuando lo único que
te interesa es cogerte todo!
»¡Te
cogés todo y listo!
La
Dámaris real, le insiste para que vuelva a bailar, pero él la rechaza,
haciéndole ver la molestia de su interrupción. Dámaris reintenta, pegajosa.
La voz
de Alejo se impone sobre la música, como un chorro de palabras. Una voz dura y
letal como un viento de deshielo.
—A mí
me aterroriza el sexo. ¿Y sabés por qué me aterroriza? Porque es una manera de
construir sobre lo destruido, de construir lo mismo que se va a destruir y
repetir hasta el hartazgo. Construir cuerpos que van a ser nada, que van a
entrar en un proceso eterno de degradación, promiscuidad y reconstrucción.
Promiscuidad y reconstrucción.
»¿Y
para qué? Beniszewski.
»¿Para
qué?
La Dámaris real no se rinde y elige a Andy
como nuevo objeto de sus caricias. Se acerca como un gatito buscando su
entrepierna. Amaga mordiscones absurdos a la nada. Andy la contiene con la
mano, sin violencia, con firmeza. En esa posición felina, el vestidito blanco
deja por momentos su bombacha diminuta al descubierto. Las imágenes de la
penetración anal continúan en la pantalla, más vertiginosas, más violentas, los
planos cada vez más cortos se introducen en el ano de Dámaris con el miembro de
Osvaldo.
Ella
de a ratos interrumpe sus embates, se mira en la pantalla, sonríe con un
orgullo triste. De su sonrisa se desprende una luz suave y tenebrosa. Más que
nunca parece una muñeca. Una muñeca animada por una pila defectuosa y enferma.
Trata
de observarla pero su imagen parece deshacerse en sus ojos. Su figura entre las
luces tiene la nitidez y la confusión de los pensamientos de un asesino. Los
contornos del cuerpo de Dámaris se vuelven una unidad con el todo, con la
música, con los colores que salpicaban las paredes.
Andy
se hunde en el sillón, trata de respirar, trata de no caer.
La Dámaris
de la pantalla se libera de Osvaldo mientras la real abraza a Andy. Ya no tiene
fuerzas para repelerla. Osvaldo desairado, se agarra el miembro como si fuera
una manguera y le lanza un chorro de esperma en la cara a la Dámaris de la
pantalla. Ella se limpia con desprecio y lo empuja. Vuelve a buscar a Andy y se
le sube encima. Ahora el olor de Dámaris es un perfume. Osvaldo reaparece en la
escena y le acierta una piña a Dámaris en la cara. Alejo reaparece desde las
sombras y le pega un patadón a Andy que le penetra las entrañas. En la pantalla
la mueca de Osvaldo es escalofriante. Dámaris abraza a Andy, desesperada quiere
que Alejo detenga sus golpes, quiere sacarle la ropa, pero Alejo le arroja
golpes arteros con la mano cerrada, uno tras otro, golpes que le parten la cara
de dolor, que mezclan su sangre con la de Dámaris, con la sangre chorreando de
la vagina de ella, de los pechos, de la boca, de las orejas.
Alejo
parece Osvaldo, parece otra persona. Dámaris parece otra mujer.
Andy se
despierta. La música continúa sonando. Cierra los ojos y los vuelve abrir como queriendo
provocar un golpe eléctrico que le saque el aturdimiento. El sol se filtra por
la ventana. Dámaris y Alejo yacen desnudos, desparramados en el piso. El
televisor continúa encendido y en la pantalla ahora está Julián, desnudo en
cuatro patas y Osvaldo detrás de él, penetrándolo. Aparta la mirada. La cabeza
de Dámaris está hundida en el charco viscoso de su propio vómito.
Tironea
del cable de la notebook. La pantalla queda en negro. Se viste como puede y
sale a la calle. Pasa un colectivo rojo.
Se
toma la cabeza como si se le partiera de dolor. Llueve.
El parque está desierto. Una garúa cae incesante,
los eucaliptos se mueven nerviosos, electrocutados. Un tren naranja se
desprende en cámara lenta de la estación y el túnel escupe autos con los
vidrios empañados. Camina por el pasto mojado hacia la calesita que bajo la
lluvia parece abandonada. En el bolsillo del tapado encuentra las llaves. Abre
el portoncito y en la cabina enciende el motor. La calesita comienza a girar
con las lonas cobertoras bajas. Levanta una lona desde abajo y se sube a la
carrera. Se acomoda en una de las naves espaciales. Apoya la cabeza sobre el
pequeño volante y se duerme inmediatamente. A los cinco minutos el timer
detiene la calesita.
No
tiene ni idea de cuántas horas estuvo inconsciente. Corre la lona y sale.
Llueve
a cántaros.
Un
reflujo le sube hasta la garganta. Se apoya en el gomero y vomita bajo la
lluvia helada.
El aviso del diario decía: ¿USTED ODIA AL
MUNDO? VENGA CON NOSOTROS Y APRENDERÁ A ODIAR MEJOR. Yo fui a la dirección que
decía el aviso y me citaron para un jueves a una reunión, solo se reunían los
jueves,. Fui y conocí la sabiduría hiperbórea. Las charlas las daba un tipo que
se presentó como Aldo Abel Garavito. El decía que ese conocimiento es muy
valioso porque está prohibido por las iglesias y el estado de todas las
naciones del mundo, los países. En cada uno de esos jueves, describían la
gnosis suprema de la Sabiduría Hiperbórea. Después compre los libros, ahí
mismo, y todo me pareció de una demencia inentendible, leerlos era entrar en un
delirio, pero Garavito nos dijo que los leyéramos igual, que los leyéramos como
si fueran poesía aunque no entendiéramos nada de nada.
Al llegar al cuartito se da cuenta que al
vestirse en la casa de Alejo se puso la remera de él.
El día después en el que se suicidó su papá,
fue a la municipalidad a trabajar. Saludó y con desgano recibió algunos
pésames. Teacompañoelsentimiento. La mayoría fueron gestos piadosos, algunos
inconclusos y tímidas palmadas en el hombro. Se refugió en su escritorio y sacó
todo el trabajo de corrido. Al otro día tuvo que ir con Luján a la morgue
judicial porque liberaron el cuerpo.
El
olor rancio de los muertos.
No lo
pudieron cremar porque faltaba un papel del juzgado.
Para mí la muerte es cuando ya nadie se acuerde
de Popkov. La muerte es mucho más compleja, es cuando todo lo que te dio vida
ya no existe. Eso es la muerte, Andy.
Hay gente que escucha la radio sin escucharla o
la escucha de a ratos y cuando no la escucha es como si no sonara. Como los
sonidos de la calle, las voces de los vecinos, los ladridos de los perros. Hay
otra gente que siente que la radio le habla.
Sigue lloviendo. Todos esos días se la pasa
vomitando. No come. No tiene nada en el estómago pero las arcadas continúan.
Algo muy potente debió ponerle Alejo en el vodka porque los días pasan y el
estómago rechaza todo.
Escucha que alguien sube por las escaleras. Se acerca a la puerta.
Golpea. Un hombre de unos sesenta años bajo un paraguas blanco.
—Perdón,
¿Stinney no vive más acá? —pregunta tratando de mirar hacia el interior del
cuartito.
—¿Stinney?
—Stinney,
con doble N. ¿Usted lo conoce? No le quise preguntar a los del taller por una
cuestión de discreción.
El
hombre se muestra ansioso. Ahora parece más alto, extranjero.
—Cuando
yo empecé a vivir acá este lugar estaba vacío.
—¿Eso
fue hace mucho?
Andy lo observa nuevamente, su mirada se
detiene en los ojos azules del hombre. Un azul cristalino.
—Tres
meses.
—¡Tres
meses! ¿Es seguro eso? —el hombre se muestra contrariado.
—Sí.
La
escena se congela en el silencio.
—Perdón
entonces, me confundí. Todo debe ser un error. Un incordio. Disculpe la
molestia entonces.
Pega
media vuelta y con cautela baja la escalera.
La
palabra incordio es una palabra en desuso.
El
malestar vuelve.
El celular que le dio Willy comienza a sonar.
Está guardado en el cajón de la mesa.
Número
desconocido.
Atiende.
—Hola,
Andy…
Parece
la voz de Hebe. Es la voz de Hebe. No su Eve. Hebe del Gertrudis. Hebe con H.
—¿Hebe?
Se
escucha ruido de fondo. Sonidos como de una máquina, gente hablando, mucha
gente hablando pero lejos. No cortan.
—Hola Andy…
Vuelven
los ruidos de fondo, siempre los mismos, como una secuencia que se repite una y
otra vez hasta el hola Andy.
A la
quinta repetición la llamada se corta.
No
puede ser Hebe. No tiene su número.
Extrae
la tapa trasera de la carcasa del celular y le saca la batería.
Se despierta en un sobresalto. De la mesita
toma la botella de tónica y le pega un largo trago. Busca su reloj, son las
cinco y treinta y cinco.
De su
billetera saca un papelito que dice Hebe y un número. Marca los números en el
teléfono.
—Hola.
La
inconfundible voz aguda de Hebe.
—Soy Andy.
—Andy,
¿qué Andy?
—Andy,
yo trabajaba en el Gertrudis, ¿no te acordás de mí?
—Ah...
qué feo lo que hiciste, no se hace eso.
—No...
—Te
robaste la plata de las chicas, te escapaste como una rata. Todos te dimos la
confianza, sin conocerte te dimos la confianza. Y yo que pensé que eras idiota,
mirá qué idiota resultaste. Pero si abrís la boca te aseguro que Osvaldo te
hace llenar de balas. En dos minutos Osvaldo puede encontrarte, no lo dudes,
pero no puede perder tiempo en vos.
—La
tengo la plata, la tengo acá. La voy a devolver.
—Guardátela,
pero no llames más. Desaparecé. Todas acá vivimos de esto, gracias a Osvaldo.
—Osvaldo...
—¿Qué
querés con Osvaldo? Gracias a Osvaldo nuestras familias están bien. Este es un
trabajo como cualquier otro.
—No...
Hebe
corta.
Enciende la radio y se asoma a la ventana. El gato
espera en el techo vecino, expectante a que lo observe para iniciar los saltos de
terraza en terraza. Lo sigue con la mirada hasta que alcanza la del hombre de
las esferas. La luz anaranjada está encendida. Esta noche, milimétricamente distanciadas
entre sí cuelgan tres esferas. En el monitor del locutorio tampoco pudo
determinar qué son en realidad ni agrandando la imagen hasta el máximo posible.
Más las agrandaba, más confusas resultaban las imágenes. Los píxeles en la
pantalla se rompían de tal manera que la ampliación volvía todo más confuso que
en el visor de la cámara, generando nuevos enigmas. La luz anaranjada detrás
las oscurecía todavía más en el contraste. Tal vez “el colgado de las esferas”
fuera parte de un proceso intermedio en el armado de alguna “otra cosa”. Un
ritual. O tal vez las esferas fueran un objeto en sí mismas. Un trabajo
artesanal que requeriría que se secaran durante toda la noche al amparo de la
luz anaranjada.
Podrían ser cabezas de animales, un proceso de embalsamamiento. Un
cazador que lleva a cabo su hobbie en un cuarto alto de la casa, tal vez ocultándole
a su familia esa actividad. ¿Pero por qué exhibirlo a la intemperie? ¿A las
miradas de todos? O tal vez simplemente disfrute de hacerlo en solitario.
El
gato se aburre de la terraza de las esferas, eriza el lomo y con las luces del
alumbrado detrás su contorno se recorta fantasmal. Parece un animal más grande,
feroz. Pega varios saltos hasta alcanzar la terraza del departamento del vidrio
verde. La luz está encendida.
Una de
las siluetas permanece inmóvil junto al vidrio, es la pose corporal de alguien pensando.
De
repente todas las luces se apagan. Un corte de energía general hunde el paisaje
en una oscuridad absoluta. Crujen ruiditos secos de lámparas que se prolongan
en el suspiro de aparatos eléctricos apagándose.
Paulatinamente
un puñado de luces tenues se encienden en algunas ventanas.
El
gato vuelve.
Desde que tengo ocho años empecé a escuchar
golpecitos en la pared de mi cuarto, esa pared topa directamente con la pared
de la casa de atrás. Un día mi madre se dio cuenta de estos golpes y desde ese
día comenzaron a ser demasiado fuertes... insoportables. Golpes de martillo.
Golpes pesados, golpes que parecían romper todo, romper cosas invisibles, no
tengo las palabras para explicarlo. Mi madre decía que era mi abuelita por
parte de mi padre que penaba porque a ella la velaron acá y casi no se llevó
con mi madre en vida. Después, mi padre se fue de la casa y solo vivíamos mi
madre y yo, pero ya no eran solo golpes fuertes que retumbaban en toda la casa
y ya no solo en mi cuarto (que es de cemento puro). También se escuchaba que
arrastraban un mueble y una bolita que rodaba por toda la terraza, una bolita
de metal, así como rueda una pelota. Entonces a mi madre se le ocurrió ir a
hablar con los vecinos de atrás y le dijeron que a ellos les pasaba lo mismo y
hasta algo peor, a su hija adolescente se le trepaban encima y que le sacaban
la ropa, pero para ellos era tan normal, porque el señor, el señor de la casa,
era odontólogo, y tenía ahí su consultorio y tenía huesos en toda la casa
debido a su trabajo. Mi madre hizo de todo, buscó un cura, bendijo la casa,
ponía incienso por todos lados, comenzamos a ir a la iglesia (a la que está a
una manzana de mi casa). Parecía que todo se había calmado, pero no terminó, de
hecho yo ya me había acostumbrado a vivir con eso de alguna manera. Hoy tengo
mis dieciocho y aunque nunca vi nada ni me tocaron, continúo escuchando golpes
en la pared de mi cuarto (ya no tan fuertes), golpes que me despiertan a la
mañana y cada vez que entro en mi cuarto suenan y estoy en el living y escucho
los golpes hasta acá (son cuatro, cinco golpes seguidos). Mi padre volvió hace
un año pero él dice que en la casa no hay nada. Solo mi madre me cree, pero ella
dice que ya casi ni escucha. Díganme ¿por qué solo me molesta a mí? ¿Por qué eso
está en mi casa si es de la casa de atrás? ¿Cómo lo saco de mi vida? Cambiarme
de casa no es una opción, y sobre todo quiero saber si es demonio o
espíritu. Leí que los fantasmas no existen, pero que los demonios sí. Les pido
una solución, por favor. La señora de al lado, la que tiene los huesos, se mudó
de la casa y al parecer se llevaron todo pero los golpes no se fueron.
Pasan los días y la lluvia no cesa. Maldito país
tropical es la frase de resignación de Willy ante las pérdidas que le provoca el
temporal.
Andy no sale del cuartito sobre el taller. Mira
la lluvia, le da de comer al gato. Detrás de la cama encuentra la remera de Alejo.
Es blanca, está sucia de vomito seco. Descentrada, en letras negras muy
chiquitas se lee:
La
mete en la pileta del baño y la lava. Las manchas de vómito van cediendo.
Después de enjuagarla la cuelga con una percha del calefón del baño.
A Rais le dieron un bastón oblongo cuando
nació, cuando lo deseé con ese bastón puede derretir los hielos y evaporar los
mares.
El quinto día de lluvia consecutivo. Decide
salir a comprar algunas cosas. La cámara está apoyada en la mesa. Un padre que
trae su nene a la calesita varias veces se le quiso comprar. Es un fanático de
ese modelo de Anthipas. Hay fanáticos de todo.
Una explicación científica y racional sería por
ejemplo decir que en tu casa existe una concentración de electro-magnetismo ambiental
e infrasonido. Eso explicaría el porqué le sacan la ropa a la chica de la otra
casa, esto ocurre porque el magnetismo ambiental tiende a imantar objetos
metálicos de hierro que poseen las prendas, como botones, cierres metálicos,
hebillas de los cinturones, y todas esas cosas que adquieren un movimiento
rápido e inusual. Los golpes pueden provenir de la electricidad ambiental que
se mete a las varillas metálicas de las paredes y el techo y cuando intenta
salir de allí provoca esos ruidos fuertes. Consulta a un experto en
electromagnetismo ambiental para que revise tu casa.
Eso me
dijo un hombre, pastor.
En el aire un avión hace un ruido raro, un
ruido en etapas que parecen amontonarse una sobre otra, como si hubiera logrado
partir el cielo.
Maliciosamente se puede afirmar que un duende
es un niño falso y otra vez caeríamos en la simplificación. Lo que sucede es que
las personas en esta época son muy ignorantes y todos los conceptos se les
deben simplificar. Pero tan simplificados los conceptos empiezan a significar
otra cosa. Ante todo, un duende no es un niño, son seres interrumpidos,
interrumpidos en el desarrollo espiritual, son variantes de la naturaleza que
se autocorrige todo el tiempo. A veces fallan esos dispositivos de eliminación
de la naturaleza, tal vez porque funciona un mecanismo que evalúa la falta de
peligrosidad real, y tampoco lo sabemos. Digamos que sería muy largo de
explicar aquí y lamentablemente debemos caer en una simplificación. El duende
quiere jugar con los niños, su espíritu es de niño, por eso se quedan imantados
a los programas de tv de los niños. Ellos no entienden ese mundo, no entienden
ningún mundo, solo se fascinan con los colores de esos dibujos en las
pantallas. En otras épocas se fascinarían con otra cosa, pero los programas
infantiles y los dibujos animados son un imán para ellos. Son amigos invisibles
de los niños, no existen. Por eso mataban a los enanos en otras épocas, era por
un razonamiento científico mal entendido. Por eso, por un malentendido.
Hace días que no va a la casa de Alejo. Cuando
va, va con Julián, porque le insiste. Alejo está cada vez más agresivo, más
intolerante. Andy nunca le contesta, como si le molestara que le diga Beniszewski
más allá de que entendiera o no el
motivo por qué le dice de esa manera. Como si las imágenes nebulosas de la
noche de los videos le impidieran separar lo que realmente había sucedido de lo
que fue producto del vodka y de la sustancia que Alejo seguramente introdujo en
su vaso. Un agujero en la consciencia que parece quitarle todavía más las ganas
de estar con los Popkov. Todo podría haber sido un sueño. Cuántas cosas podrían
haber sido un sueño. Los soñados dentro de un sueño jamás se enteran de que
fueron soñados. Ni Alejo ni Dámaris tampoco parecían recordar nada. Los soñados
dentro de un sueño muchas veces son fragmentos de las personas, son muchas
personas en una sola persona. ¿Podría haber soñado tan nítidamente el olor de
la piel de Dámaris? ¿Su piel? ¿Su vagina sangrando? ¿Se sueñan los olores? ¿Era
igual al olor de la piel de Eve el olor de la piel de Dámaris? Las imágenes tan
vívidas parecen imposibles de soñarse o alucinarse. Así sería el cuerpo desnudo
de Eve, así sería su olor.
Podría
preguntarle si ella recuerda algo de la noche del vodka, podría preguntarle en
algún momento que Alejo se distraiga. Pero Alejo siempre está atento.
Mi papá era bueno pero a mí nunca me quiso por
ser blanquita. Todos mis hermanos eran de piel oscura y él debería pensar que
yo no era hija de él. No me dejaba de lado por blanquita, sino por eso, por las
dudas. No éramos pobres, vivíamos bien pero yo me daba cuenta de que él no me
quería como a mis hermanos. Nunca dijo nada, ni mi mamá dijo nada, pero yo lo
sentía. ¿Viste como cuando alguien te causa rechazo y no sabés por qué? Siempre
me llamaba Brenda, nunca Bren ni ningún otro diminutivo. Siempre me decía
Brenda. Bueno yo creo que él sentía eso por mí. Al principio lo sentía y me
ponía mal, pero después dejó de importarme y cuando cumplí dieciocho me fui de
mi casa y por suerte acá estoy re bien. Tengo mis cosas y no le debo nada a
nadie. A veces la llamo a mi mamá, pero hace un mes que no llamo. Cuando nazca
mi bebé tal vez viaje a verla.
Es una cuestión cultural, la culpa es una
cuestión cultural Ángela, nosotros trabajamos mucho sobre eso, todo el tiempo
trabajamos sobre eso. Los animales, por ejemplo, nosotros lo somos, raramente
son caníbales. Pero hay casos excepcionales en que se comen a sus crías. No es
algo casual o por gusto, es si se permite decirlo, un comportamiento racional
entre comillas. Es una estrategia de supervivencia. Los hamsters se comen algunas
crías cuando las camadas superan los siete bebés. Siempre el número siete, en
todos lados el número siete. Es una manera de garantizar la supervivencia de la
mayoría. Los lagartos en cambio se comen sus huevos cuando se ven amenazados
por sus competidores. Hay gatas que se comen a sus crías por falta de instinto
maternal, o a veces porque no reconocen a sus cachorros. En muy raro, pero las
perras se comen el cadáver de su crías si mueren al nacer. Pero las ratas y los
monos son los que se los comen porque les encuentran defectos físicos. Por eso
al leer tu carta, Ángela, me puse a pensar en todo esto, a veces las cosas son
inviables, simplemente eso, inviables.
No se ve nada. Nadie puede ver nada. La niebla
es impenetrable. Las luces del auto rebotan contra la pared blanca que se
levanta en medio de la ruta. Una muralla que se va moviendo a medida que
avanzan. La enorme carrocería del auto es como el fuselaje de un avión atrapado
dentro de una nube eterna. La niebla también parece entrar dentro del auto.
Alejo apaga la música. Acelera lentamente, como si tuviera la sensación de
chocar contra algo a cada metro, contra algo misterioso, contra la misma
niebla.
Dike
es el nombre del club de remeros que organiza el festival en el que tocan
varias bandas, de distintos lugares. Popkov es la banda más importante.
Alejo
putea de a ratos, pero en un tono bajo. Los demás, en silencio, fuerzan sus
ojos intentando entrever la silueta de algún objeto en la nada.
Les
lleva más de una hora el tramo desde el centro poblado hasta el club, un
trayecto que en condiciones normales de visibilidad no llevaría más de quince
minutos. Emergen de la niebla las luces cálidas del club. Luces de colores. Una
horda de pibes se arroja sobre el auto. Alejo baja la ventanilla y los insulta.
Desde que salieron está irascible y fastidioso. Los pibes redoblan la apuesta y
golpean más fuerte la chapa del auto. Acelera para sacárselos de encima.
Batt,
el plomo de la banda, sale al encuentro. Ya tocaron varias bandas y sólo restan
otras dos antes que ellos suban al escenario.
No van
a poder probar sonido. Tienen que confiar en Batt.
El
humor de Alejo empeora.
Andy
prepara el flash mientras escucha en silencio a Alejo despotricar contra todo
lo que se le cruza. Dámaris trata de tranquilizarlo, y de a ratos lo logra. Un
chico le alcanza a Alejo un enorme vaso plástico que parece contener cerveza.
Alejo sorbe el líquido y escupe. Es intomable esta mierda. Saca una botella de
vodka de la mochila y le pega un larguísimo trago. Andy lo ignora. Cuando Alejo
ve a Andy con la cámara en la mano le grita: che Beniszewski, hoy no me jodas
con tus fotos de mierda. Andy no lo mira ni le responde y continúa preparando
la cámara.
Fantomas es la banda que toca antes que ellos. Es una banda de chiquilines.
El ruido de los instrumentos impide cualquier diálogo que no se valga de señas.
El cantante de Fantomas anuncia que van a tocar un cover de los Mörder Magdalena:
ein kind töten. Alejo al escuchar los primeros acordes estalla furioso contra Batt.
—¿Vos
sos pelotudo o te hacés? ¿No les dijiste a estos idiotas que con ese cover de
Tkach abrimos nosotros?
—¿Y yo
qué sabía que van a abrir con ésa? —protesta Batt, el único que nunca se le
calla.
—Qué
paren estos cornudos. Decile que paren. Además tocan como el orto —le ordena.
—Decile
vos. Yo soy plomo, no soy tu mucama.
Alejo
se incorpora y camina hasta el borde del escenario, bastante elevado del nivel
del piso. Le empieza a gritar al cantante, que lo ignora y después se burla.
Alejo furioso estira su brazo hasta alcanzar un manojo de cables. Tira con
fuerza. El sonido de la guitarra enmudece, varios pedales sobre un amplificador
ruedan por el piso. La banda se detiene y se lanzan sobre Alejo. La pelea
rápidamente se extiende a los fans de ambas bandas y deviene en una gresca
general e incontrolable.
Se
corta la luz o la cortan.
Andy
sale del salón para proteger la cámara. Se abrocha el tapado y se refugia detrás
de un árbol. Desde allí observa a Dámaris empujando a Alejo para alejarlo de la
pelea. Él atina a volver pero ella lo arrastra hasta el auto. El auto enorme se
aleja tratando de embocar el camino de tierra de la entrada al club.
La
niebla espesa se los traga.
Andy
camina por el mismo sendero de tierra por el que huyó el auto de Alejo. Sale a
la ruta. Con precaución camina por la banquina, a cada rato voltea su cabeza
hacia atrás como si temiera la aparición de un auto desde la niebla o de
cualquier otro peligro. Sigue la línea blanca de la ruta tratando de progresar
en el vacío.
Tras
media hora de caminata, a un costado del asfalto la niebla se tizna de un color
rojizo y luminoso. Desvía el rumbo, en apariencia son las luces traseras de un
auto. Se acerca más y tropieza con un bulto. Enciende el flash de la cámara y
dispara. El bulto es una cabeza desprendida de un cuerpo. Una bola de pelos y
sangre. Es la cabeza de Dámaris, apenas escindida del cuerpo. Tiene la misma
camperita rosa que llevaba puesta un rato antes. Las luces delanteras del auto
de Alejo permanecen encendidas y le dan un aspecto fantasmal a la escena. Con
el paso de los minutos todo se vuelve más visible. Tira varias ráfagas de fotos
al cuerpo de Dámaris. Se agacha y del cuello ensangrentado toma el colgante y
se lo guarda en el bolsillo.
Hace
unos pasos más y se topa con el cuerpo de Alejo. Le saca varias fotos.
Lentamente va caminando hacia la ruta, la niebla parece alivianarse. Dos
árboles enormes emergen por delante, uno pegado a otro, dos árboles enormes y
ennegrecidos como dos pulmones enfermos. Tras ellos aparecen las primeras luces
del pueblo.
En enero de ese año fui al campo de gitanos. Vi
una mesa de madera. Sobre ella, había muestras de ojos. Cada uno de ellos
llevaba un número y una letra. Los ojos eran desde amarillos pálidos hasta
azules claros, verdes y violeta.
¿Viste que Constanza se casa y se va a vivir al
norte? Ella también se va del pueblo. El chusmerío es insoportable, acá esas
cosas no son bien vistas. Ella era para vos… Está bien. Así nunca vas a sufrir
en la vida. No está mal. Vos tenés tu mundo. Vos sos así. Vos tenés tu mundo.
Nunca te entendimos del todo. Nos molestaba tu silencio, queríamos que fueras de
otra manera, mamá, papá, yo misma, siempre quisimos que fueras de otra manera y
no lo que sos. El error es que queremos que los demás sean como nosotros
queremos que sean. Vos siempre fuiste alguien especial, siempre sentiste la
incomodidad en el mundo. Y yo te admiro eso, yo trato de ser sociable, de
consolidar mi familia. Pero las personas sensibles, cualquier persona con
sensibilidad, no pueden sentirse cómodas en este mundo.
En el locutorio, le pide al pibe que atiende la
máquina del fondo. Introduce la memoria en la lectora y abre las fotos en jpg.
Las
primeras que abre son las de la cabeza de Dámaris. El flashazo enmarca en luz
la bola de pelos y carne enrojecida que es su cabeza desprendida de su cuerpo.
En una de las fotos descubre el colgante con la piedra en forma de dona. Mete
la mano en su remera y lo empuja contra su piel. La piedra es cálida. Después
abre varias fotos de Alejo. Se detiene en una en la que tiene ojo semiabierto,
brilla, refleja la luz del flash. Pero Alejo hace más de una semana que está
enterrado. Si estuviera vivo en el momento en que tomó la foto, estaría
agonizando; Julián le había dicho que al llegar la ambulancia estaban los dos
muertos, Dámaris decapitada y que Alejo también había perdido la cabeza.
Nos hicieron ver una película horrible,
obscena, horrible. A mí y a mi marido nos sentaron en un sillón para que
mirásemos esa película. Conectaron un videocasetera a nuestro televisor. Decían
que primero debíamos descender a los infiernos para poder ver la luz. Nos
engañaban, pero hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta. Unos de los
pastores era altísimo y Lola, nuestra perrita, no dejó de ladrarle ni un solo
segundo. Nosotros estábamos perdidos en ese momento, lejos del camino del
Señor, y en vez de acercarnos estos pastores nos alejaban más y más. Creo que
no debería contarlo, creo que no está bien que lo cuente, acá en la radio, creo
que es incorrecto, pero nunca voy a poder olvidarme de esas imágenes tan
horribles. Las más horribles que vi en toda mi vida. Eran un nene y una nena,
de diez u once años más o menos. Los hacían jugar en una sala, como si fuera un
living, había un televisor prendido. Jugaban con esos juegos que se arman, y se
escuchaba de fondo la voz de un hombre que les daba indicaciones, les pedía que
miren a cámara con insistencia una y otra vez. Después el hombre apareció en
cámara, era un hombre alto como el pastor, muy parecido pero no era él, era más
joven. De repente el hombre se baja el pantalón y les muestra su miembro a los
nenes, y la cámara enfoca la cara del nene, que primero parece que se ríe y
después hace una mueca que se queda congelada en su boca. Una mueca que lo deja
petrificado y se escuchan los gritos de la nena y el nene mira sin poder
entender, quiere llorar y parece que se ríe.
El invierno. Las temperaturas matinales debajo de
cero. Solo al mediodía y no mucho más allá de las cuatro de la tarde superan
los diez grados. A la calesita no se acercan ni los nenes gitanos que solo
piden subir gratis. Se abrocha el tapado hasta el último botón, cierra el
portoncito y se va a caminar. Entra en el locutorio y pide una computadora.
Instintivamente abre su mail.
Tiene más de 1000 mails nuevos en la bandeja
de entrada. Abre uno al azar, una tal Lucía Alonso López que solicita ayuda
para salvar a su hija Alyssa de cuatro años que padece leucemia. Necesita
reunir diez mil toters junge para un tratamiento en el extranjero. Se lo mandó
a miles de personas y las direcciones de mails están expuestas. Sin cerrar el
mail de Lucía Alonso López, selecciona la opción Redactar y lo deja minimizado.
Del mail de Lucía va sacando direcciones de mails que le resultan llamativas u
ocurrentes: pipofloy, loreloba, abigapéz, lauladiosadeloskilómetros, marufox,
giseeeeeeeelita, kikovocha, lunayluna. Selecciona unos diez y los pega en el
mail nuevo, como CCO. En el asunto escribe: POPKOV y adjunta dos fotos de las cabezas
de Alejo y de Dámaris, las elige al azar, todas las que tiene en el pendrive
son igualmente grotescas.
Aprieta
send y un segundo después recibe dos mails rebotados en la bandeja de entrada: marufox
y kikovocha.
La gente enciende velas pensando que no
significan nada. Y lo peor las apagan antes de que se consuman. La luz de vela
no es una luz como cualquiera, como la de un velador o de la calle. Es una luz
como la del sol.
En la calle principal compra tres empanadas de
carne. ¿Cortada al cuchillo? Se las lleva frías. Pide una tónica pero como no
hay se lleva una lima-limón.
Parte
una empanada en varios pedacitos, la desparrama en un plato y lo mete bajo la
cama. Escucha al gato devorar. Las otras dos las coloca en otro plato y se
sienta en la cama para comer. Por la ventana no se observan las esferas y el vidrio
verde está apagado.
Enciende la radio. Ya hay pastores. Escucha un largo rato a una mujer
que no quiere tener hijos porque había soñado con demonios en su vientre desde
los cinco años. El pastor la tranquiliza, él va a lograr que esos demonios no
se instalen en su vientre y que se larguen de sus sueños. Se aburre de la
historia y cambia estación. Encuentra una voz temblorosa al final de dial: una
noche nos despertaron unos gritos horrorosos. Y al día siguiente supimos por
los del Igbal que el día anterior se les había acabado el Hopp y arrojaron
a los niños vivos al fuego.
En tres horas prepararía el desayuno de las
chicas en el Familiar Gertrudis y Osvaldo tendría preparada la lista de las
compras. El gato limpia el plato con la lengua. Le corta otra empanada; solo se
había comido una de las dos. Julián le había dicho que a Dámaris la habían
cremado. Alejo en tierra y ella cremada. No quedaba nada de Dámaris.
¿Qué le espera? La lástima de toda esta
sociedad le espera. ¿Sabés lo que es ir en el auto y no poder hablarle porque
no te entiende? No-te-entiende. Es la muerte. Los hijos de los gitanos son tan
despiertos, viste, son como demonios y ella no entiende nada. Y mi mujer no
quiere tener más bebes, porque tiene miedo que todos los bebes que tengamos
sean iguales. Te imaginás, toda una familia de... Ella también debe sentir lo
mismo que yo. No es una enfermedad, no es como cualquier enfermedad que tomás
un remedio y se cura o te morís de un día para el otro. Es una piña del destino
que nos achata… la vida, sí la vida. Hasta el nombre de su enfermedad parece un
nombre de chiste. Un chiste que no tiene cura. Lara tiene seis recién. Mi mujer
ya bajó los brazos. Está cansada. Para los médicos es fácil, hay que
estimularla, hay que estimularla. Mirá si... Nada, sabés lo que es ir a comer
hamburguesas a cualquier lugar de esos de comidas rápidas y todos te miren con
cara de lástima. Lara se babea. Es terrible, terrible como se babea.
El
otro día un chico dijo: es mogolita.
Cuando salimos de GSSH, un tipo me dijo: estos
tipos tienen un alma, aunque te parezca retorcida en infame, tienen un alma. No
salen a apalear, creen en Rais. Si bien uno puede no estar de acuerdo, los
otros son una máquina de gente que no se satisface, no tienen alma, no tienen
nada.
Es mogolita, es mogolita…
Eve,
llora, repite enfermizamente una y otra vez esa palabra.
Los archivos guardan un macabro secreto:
cerebros cortados milimétricamente y perfectamente etiquetados; algunas pruebas
en plaquetas de vidrio, otras en formol. Son cerebros, o partes de ellos,
de humanos asesinados porque padecían alguna enfermedad mental o
discapacitados que fueron declarados como "no dignos de la vida".
El
llamado programa Dios de la Eutanasia fue el autor de la muerte de unas
trescientas mil personas, incluyendo niños. Sus cerebros fueron llevados a
laboratorios para investigar los trastornos neurológicos, me explicaba un
viejito que había sido muy importante en su tiempo.
Vuelve la lluvia. Entra en el locutorio de la
calle principal, compra un pendrive y pide una máquina. Va seleccionando todas
las fotos que le había sacado a la banda, incluida la del autorrana. Las guarda
en una carpeta. Vuelve a mirar las que sacaba por el barrio como si ya no le
parecieran interesantes. En una de las fotos, detrás de la imagen de un árbol
seco en primer plano, observa un hombre saliendo de una casa con tres bolas
blancas colgando de su mano. ¿Las esferas? Coloca el mouse en ese sector de la
foto y amplia la imagen lo más que se puede. Es muy parecido al hombre que
había venido a su casa. El hombre que buscaba a Stinney. Las esferas parecen
globos de telgopor o tal vez estén encubiertas con algo blanco para sacarlas a
la calle sin despertar sospechas.
¿Serían la misma persona el hombre de las esferas en la ventana y el que
había venido a su casa? En la foto, si bien tiene un parecido, no podría
asegurarse que fuese el mismo, la imagen de su cara está muy fuera de foco. ¿Qué
vinculación tendría Stinney con el hombre de las esferas? ¿A quién buscaba?
Todas las cosas no hacen más que agigantar
el misterio, un entramado complejo del que Andy parece no ser parte. Una
historia que sucede en otro plano. En uno de los programas de la noche habían
dicho que hay hechos que suceden en un plano esotérico que solo es perceptible
para iniciados. Las esferas tal vez jugarían un rol trascendente. Tal vez ese
ritual nocturno del colgado tuviera a Stinney como destinatario.
Mira
una y otra vez la foto como si quisiera recordar el lugar exacto en el cual la
había tomado.
Abre
su mail. Entre los mensajes nuevos hay una respuesta a POPKOV. Es de la
dirección de mail giseeeeeeeelita. Lo abre ansioso, solo dice hola. Un hola
chiquitito perdido en el blanco y en el residual de letras y símbolos del
reenvío. Pone responder y escribe hola. Selecciona otras fotos de Dámaris y
Alejo muertos y las adjunta al mail. Le da enviar. Después selecciona todas las
imágenes de la memoria y aprieta delete.
Las células del cuerpo humano tienen cuarenta y
seis cromosomas distribuidos en veintitrés pares. Las personas con síndrome de
Down tienen tres cromosomas en el par veintiuno.
Se viene una nueva etapa Andy. Mañana viajás a
la Capital con Claudio. En la inmobiliaria firmás todo lo del departamento. El
escribano allá tiene todo listo. Ya está todo listo. Mañana mismo ya lo podés
ocupar. Por suerte no le vas a deber nada a nadie y gracias a don Lautaro empezás
a trabajar en la Capital. No queda muy lejos. No sé por qué no quisiste venir
con nosotros. Soy tu hermana. Está bien que quieras hacer tu vida. Por suerte
vas a tener tu lugar. Como decía mamá, la casa propia es el lugar del que nunca
te pueden echar. Te vaya bien, te vaya mal siempre vas a volver a tu lugar. La
casa propia es como la cueva de un animal. Un lugar para estar a salvo de todos
los peligros de este mundo.
Los ojos verdes tienen menos melanina en el
iris. Hebe dice que la gente prefiere ojos claros, pero no es tan así. No es lo
mismo cualquier color claro. No, no pasa por lo claro o lo oscuro, pasa por si
son azules. Sino fíjate, Osvaldo tiene ojos celestes, azules si querés mejor.
Él sabe mucho de eso, él me contó eso, que lo ojos verdes tienen menos melanina
en el iris, que son muy diferentes a los ojos azules. ¿Y sabés por qué? Porque
todos los que tienen ojos azules están vinculados con el mismo ancestro, todos
han heredado el mismo interruptor, exactamente en el mismo lugar de su ADN. Y
parece que esa mutación genética provino de un ser humano singular que vivió en
la tierra hace miles de años. Osvaldo me contó que esos genes tienen nombre,
viste con letras y números, es un dilema para la humanidad. Imagínate, no solo
todos nuestros hijos son hijos de Osvaldo, sino que a la vez todos tienen el
mismo tatarabuelo… ¿no es divertido?
Si tú te mudaste hace poco tiempo al lugar,
quizá no conozcas bien el área. Investiga un poco para determinar si sucedieron
tragedias o accidentes recientes en ese lugar. Las áreas que tienen historias
oscuras son más propensas a los fantasmas.
La plata que le dieron por la cámara la guarda
en el mismo lugar en el que la había encontrado. Allí guarda todo el dinero que
había juntado en estos meses, incluidos los billetes que había tomado del
mueble de Osvaldo.
Vuelve el sol. Madres con niños colman la calesita.
El movimiento acelera los días.
Julián
viene, como lo hace muchas tardes, con su hija Lina y se ponen a charlar hasta que
Lina pide bajar de la calesita porque se harta de girar y girar. El infierno de
la diversión, dice un hombre en voz alta. Julián le sonríe pero está muy
deprimido. Su gran proyecto artístico se terminó para siempre. Sin Alejo, Popkov
no es más que un recuerdo. Con todas las fotos que había sacado Andy, las que
le cedió en el pendrive, había reavivado la página en la que los fanáticos no
paran de lamentar la muerte de Alejo.
Julián
le cuenta que está gestionando con el intendente un concierto en el parque para
homenajear a Alejo. Me imagino que nos vas a hacer las fotos, le dice
descontando una respuesta positiva de Andy.
y se llevó el nombre de todas las cosas
viéndola subir y subir y subir y subir y subir
Va al locutorio solo para ver si tiene
respuesta de giseeeeeeeelita. Entre los mails en negrita ve uno de ella.
Me encantaron
las fotos, soy gisel 2 38 70 47
Anota
el número y sale.
Hago la aclaración que esto que voy a contar no
lo puedo contar como quisiera contarlo, espero que entiendan igual. Durante
todo el mes de octubre lo seguí, era de un barrio de las afueras. Todos los
días iba solo, a las siete de la mañana salía caminando por una calle de tierra
y yo lo observaba desde la camioneta. Era una presa fácil, solo debía tratar de
que nadie me viera. Había decidido atraparlo en un campito que cruzaba en
diagonal para evitar hacer toda la manzana. Era un lugar equidistante entre….
Un lugar solitario y desolado. Toda mi suerte, mi futuro como sacerdote negro
estaba en ese pellejo debilucho, iba a ser muy simple reducirlo y tenerlo listo
y purificado para el 31 de octubre.
Julián tiene un autohormiga viejo. Andy se lo
pidió por una noche.
No
sabía que sabías manejar, sí, sí, te lo presto.
Gisel
es un misterio. La había llamado, pero no hablaron mucho. Tiene dieciocho años.
Nunca salía, no le gustaba salir. Pero le dijo que podía ir a buscarla el
sábado sin que se lo propusiera.
Gisel
vive bien al sur de la Capital. Anotá: Venales y Thompson 424, Villa Espósito.
Se
despidieron en la llamada telefónica, porque se quería ir a dormir.
¿Vos
qué querés qué sueñe?, le preguntó Gisel antes de cortar.
Hasta los cuatro años los niños no le
pertenecen a los padres, en el sentido de consciencia, en un sentido más
profundo. Porque hasta los cuatro años en la mente de los niños persisten los
recuerdos de sus otras vidas, de las otras vidas del espíritu. Recién cuando
superan esa edad comienzan a pertenecerle a los padres o a quien los críe. A partir
de esa edad se cierra una puerta y se abre otra. Por eso los juegos de los
niños hasta esa edad tienen otras configuraciones, son puertas abiertas, nada
que ver con los inventos positivistas, eso puede ser plausible para lo físico,
pero no es lo físico lo que nos interesa, por eso en esta sociedad no se
entiende, y peor aun, se condena la apropiación de estos niños para el
universo.
En el negocio de cosas usadas de la calle principal
pregunta por un GPS pero no tiene ninguno a la venta en ese momento. Esas son
cosas más sofisticadas, mucho no las trabajo. En el locutorio consigue uno
usado y un cable para enchufarlo al encendedor del auto.
Se
baña, ordena un poco el cuarto, y sale hacia el sur de la ciudad.
Es la primera vez que maneja desde que se mudó
a la Capital. Maneja hacia un lugar desconocido. La voz del GPS va guiando.
Tras
un largo viaje por una ciudad interminable llega a Venales y Thompson 424.
Alguien descorre una cortina y se asoma. Es una casa baja, parece
abandonada.
Una
chica delgadísima sale y se dirige hacia el auto. De baja estatura, no supera
el metro cincuenta. Sube y saluda.
—Soy
Gisel —dice.
Su
delgadez extrema le resulta impactante. Lleva el pelo muy corto y sus ojos
enormes son desproporcionados con el resto de su cara.
Andy le
regala el colgante con forma de dona de Dámaris. Ella sonríe y se lo cuelga del
cuello. Le gusta. Habla muy poco, casi nada. Pero el movimiento de su cuerpo
genera una sonoridad distinta en el interior del auto.
Gisel
quiere pasear por el centro de la ciudad. Andy acelera y siguen por un puente,
cruzan un río oscuro y continúan por una avenida ancha. Dan varias vueltas sin
sentido por el centro.
Andy
la observa, Gisel se muestra feliz. Dice que le encanta pasear en auto. Mira todo
con asombro como si fuera una nena.
Tras
muchas vueltas, encuentran un bar hundido en una esquina oscura. De los techos
cuelgan guirnaldas de luces amarillentas y muy suaves. Frente al bar se levanta
un enorme paredón.
Tomamos una cerveza —dice Gisel
casi como una orden.
Se
sientan en una mesa afuera y piden una cerveza. En las ventanas se lee el
nombre del bar: Javed. Alejo lo había nombrado muchas veces. En el pequeño
interior del salón toca una banda. A Gisel le encanta el lugar. Andy le dice
que a ese lugar venían sus amigos.
—¿Los
muertos?
—Sí,
algunos.
—¿Cómo
algunos?
—Algunos
que están muertos, otros no. Los que te mandé en las fotos son los únicos
muertos.
—¿Vos
los mataste?
—Tuvieron
un accidente.
—A mí
me gustó más la chica sin cabeza. Parece una pelota, jaja.
Andy
le hace un gesto de disgusto. Gisel ignora el gesto y se queda mirando hacia el
cementerio.
—Qué
paredón tan alto. ¿Cómo se llama este cementerio?
—No sé.
—Fuaa…
qué grande que es, ¿hasta dónde llega? —Gisel trata de seguir con sus ojos el
paredón que se extravía entre las sombras de la avenida silenciosa.
—Debe
ser de los más grandes.
—Ahí te
podrías cansar de sacarle fotos a los muertos, sos un aparato vos.
—Ya no
tengo más la máquina.
—¿Viste
ese gancho? Ese gancho en la pared.
—No es
un gancho, me parece que de ahí colgaba un farol.
—No, te
digo que es un gancho.
Una
moza trae la cerveza y un platito con maní. Gisel sorbe el vaso y pega un
grito.
Ni
prueban la cerveza porque ella comienza a quejarse de un repentino dolor de
muela. Le pide si pueden ir a una farmacia a comprar un calmante. Pero antes
quiere cruzar para observar el gancho.
—Viste
que es un gancho —concluye Gisel triunfal. Se estira para alcanzarlo pero el
gancho está a más de tres metros del piso.
Suben
al auto para buscar una farmacia y comprar un calmante para la muela de Gisel,
que se muestra cada vez más fastidiosa con el dolor. Andy baja en una farmacia
y le compra un calmante.
Se los
entrega. Ella abre el paquete con desesperación y se pone dos pastillas bajo la
lengua.
Andy
maneja hasta el cuartito del taller.
Bajan
del auto, el cielo está lleno de estrellas. Gisel se queda mirando la larga
escalera que sube a su cuarto.
—¿Acá
es tu casa?
—No,
pero acá vivo ahora.
Suben.
Ella no para de quejarse del dolor de muela. El gato al verla sale de su
escondite y se escapa por la ventana. Gisel lo observa un segundo y se lleva la
mano a la mejilla. Odio los gatos, dice y retoma el quejido de dolor.
Ante
la insistencia de Andy se recuesta en la cama. Por la ventana entra un haz de
luz débil. No hay esferas colgadas. Tampoco se ven las siluetas del vidrio
verde.
—¿Por
qué me mandaste el mail a mí?
—Saqué
tu dirección de otro mail que me habían mandado.
Gisel
cierra los ojos en un gesto gracioso de fastidio.
—Saqué
tu dirección de otro mail que me habían mandado —repite haciéndole burla—. No,
no, en serio aparato, me re gustaron esas fotos de personas muertas. A mí me
gustaría ser una chica sin cabeza. Una chica pelota, una pelotuda como tu amiga
ja ja.
—No
digas eso.
Gisel
soslaya el dramatismo de Andy.
—¿Vos
me sacarías una foto muerta?
—Esas
fotos son de un accidente.
—Y si
yo sufriera un accidente, ¿me sacarías una foto muerta?
—No
tengo más la cámara.
Gisel
se ilumina de una luz extraña, dulce. Andy se recuesta a su lado.
—¿Me
vas a coger? A mí nadie me cogió. ¿Viste que palabra rara es coger?
—¿Rara?
—Como
vos aparato.
Gisel
se le cuelga del cuello y se lo besa. Andy le baja el pantalón, le corre la
bombacha y le pasa la lengua por la entrepierna. Es tan frágil que tiene miedo
de dañarla.
Gisel
llorisquea.
—Me duele
otra vez. Llevame a mi casa.
Suben
al auto. Ella duerme durante todo el viaje. Al llegar se baja con un chau, y se
mete en la casa.
Con la que fue mi pareja nos conocimos en la
Aurora Saturnal. Ella llevaba muchos años ahí, en la Aurora Saturnal, era muy
importante ahí, todos la respetaban. Pero cuando yo le dije que nos
escapáramos, que se fuera conmigo para siempre, ella dudó al principio pero
después accedió y nos fuimos a vivir lejos, a un lugar lejos de la ciudad, casi
campo. Pero un día volví a nuestra casita después de trabajar y en la puerta
había estacionado un auto negro. Cuando entré los de la Aurora Saturnal estaban
sentados ahí con Emilia, mi pareja. Estaban sentados en la sala.
Ella
me preparó la comida como todas las noches como si no estuvieran allí. Ellos
miraban todo con suma atención. Yo no sabía qué decir y después de cenar Emilia
lavó los platos. No hubo violencia ni tristeza ni una palabra. Ella me sonrió,
me dio un beso y se fue con ellos el auto negro para siempre.
El raisismo resurgirá imparable y el futuro
será, más que un sistema político, una religión, se los aseguro como que me
llamo Aldo Abel Garavito.
Julián no para de hablarle del recital que van a
dar el veintidós de septiembre en el parque. Es un homenaje a Alejo Pomeroy. Es
la primera vez que escucha el apellido de Alejo. El intendente les dio autorización
para el recital y fue declarado de interés municipal para el partido. Varias
bandas van a venir para tocar los temas de Popkov. Julián está entusiasmado
porque la compañía va a editar el disco y con el autorrana en la tapa, tal cual
era el deseo de Alejo.
—Yo me
voy asegurar que te paguen por las fotos, no te hagas problema.
Andy
le hace un gesto como que le da lo mismo.
—Sí,
cómo que no, es tu foto.
Lina
baja sola de la calesita y le pide a su papá algo para tomar.
—Comprale
algo con esa plata, un gato o un conejo.
A veces les cortaba la cabeza; otras, solo
la garganta, y en otras ocasiones les rompía el cuello a golpes. Después de que
las venas estaban cortadas para que languidecieran mientras su sangre se
derramaba, a veces se sentaba en las barrigas y sentía placer. Inclinándose
sobre ellos, los veía morir.
La línea del teléfono que había conectado en su
cuarto es la misma que usan en el taller. Por eso solo la usa de noche, para no
despertar sospechas. En realidad solo lo había usado para llamar a Gisel. Ella
le había contado que su papá estuvo muy enfermo y lo tuvieron encerrado en un
cuarto del primer piso durante un año.
Ya
había pasado más de un mes y nunca más habían vuelto a hablar.
Levanta el teléfono y disca los números de la casa
de Luján.
Cuando
Luján atiende, corta.
Ella me dijo: una noche me tiré desde un
séptimo piso y una mano me atajó. No hay nada imposible para el Señor. Dios y
el demonio combaten en almas impuras como la mía. En esta pieza, hay noches que
siento respiraciones, ruidos extraños. Siento que me manosean. Por eso quiero
que te quedes conmigo Yan, ¿entendés? No tengo ninguna duda: sos la enviada, yo
misma. Tu belleza, tu luminosa belleza va ahuyentar los espíritus del mal que
han oscurecido mi existencia.
Beatriz
hablaba sin parar, como una loca, yo no sabía qué decirle. Realmente no sabía
qué decirle.
En
esta habitación se tuvo que haber cometido un crimen horrible (se refería a la
habitación del hotel en el que vivía, yo había llegado ahí porque ella escuchó
cuando el dueño me dijo que no tenía lugar). De eso estoy segura repetía. Hay un
alma que está penando, ¿entendés? Algo horrible debe haber sucedido en estas
cuatro paredes. Estas paredes lo vieron todo, todo. Por eso prendo la vela
roja, para que el espíritu vea luz. Yo durante un tiempo estuve muy confundida,
practicaba ayuno negro y esas cosas pesadas, muy pesadas. Varias veces lo hice
para maldecir a la que me envió a este sendero de espinas. A veces se me
aparece, con cara de cactus, horrible, es malvada, muy malvada. Esto es
demasiado para mí. Yo igual que vos, soy pibita. Pero ahora, con tu belleza –hizo
una pausa y sus ojos se iluminaron, como si tuvieran otro color y agregó– se va
aquietar, sí se va a aquietar.
Cuando
le decía de dónde había sacado esas locuras, ella me decía: Shh..., no digas
eso. No lo provoques. Yo oro mucho. Orando mucho lo detengo, pero jamás lo
provoco. Yo ya soy un ángel; he logrado la fortaleza espiritual de un ángel.
Aún cuando mi vida sea tormentosa. Aún cuando deba soportar el agobio de estos
espíritus. Todos nacemos con una misión en la vida.
Me
puse de pié, quería irme, era mejor estar en la calle que estar ahí en la pieza
de ese hotel, ella me asustaba más que cualquier cosa que pudiera pasarme
afuera.
Pero
Beatriz se puso pálida, como si hubiera dejado de respirar. Sus ojos se
pusieron blancos. La zamarreé con desesperación. Los colores retornaron a su
rostro.
No te
preocupes, me dijo, es un lapsus. Sólo te pido que salves mi alma. Sólo eso te
pido. Ayudame a terminar de una vez por todas con este calvario. Tu sexo es
redentor. Tu deseado sexo es el único redentor para mí. Sólo eso te pido. Yo
tengo que mutar y Él me va a recibir en su seno, como a un ángel obediente.
La
vela se apagó. Beatriz rápidamente volvió a encenderla.
Él
quiere estar con vos, y vos debés salvarme. Para eso estamos en el mundo, para
salvar al prójimo. Para recrear el Reino de Dios en esta tierra maldita de
demonios. Yo soy un ángel, no me tengas miedo. Tenés que continuar mi camino,
el camino que yo no puedo recorrer. Y no me tengas miedo, por favor no me
tengas miedo. Al único al que debemos temerle es al Espíritu Supremo. Yo hago
todo para liberarme de las fuerzas malignas que me avivaron, para ser blanca,
para que Él me reciba en sus brazos. Me lavé la cabeza con yuyo, con malva,
¿sabés lo qué es eso? Después hay tres días en los que tenés que esconderte del
sol. Eso te quita los espíritus de muerte, los repugnantes espíritus malignos
de la noche más profunda. Pero, Él me quiere a su lado y vos sos la enviada.
Apenas te vi lo supe. Él pone las certezas en mi alma.
Le
pedí que me dejara salir. Qué me diera la llave.
La
cara de Beatriz se puso blanca otra vez, parecía muerta. Con terror observé que
su imagen se agigantaba. Se volvía enorme. No sé de dónde salían manos, salían
manos que me manoseaban el cuerpo. No podía gritar, como si una de esas garras fantasmales
me cubriera la boca. La imagen de Beatriz se teñía de un color bordó. Su figura
continuaba agigantándose. Lanzó un grito: Él está poseyéndote. Ahora, cuando te
escapes de acá, puta de mierda, el mundo afuera no va ser el mundo, va a ser el
infierno. ¿Entendés puta de mierda? Él ya te poseyó.
Con
todas mis fuerzas, con las fuerzas que me quedaban empujé la figura deformada
de Beatriz. Desde su bolsillo cayó un manojo de llaves. Las agarré del piso con
desesperación, mientras el cuerpo agigantado de Beatriz continuaba elevándose
hasta golpearse contra el techo como un animal torpe y asustado. Abrí la puerta
y empecé a correr con desesperación. Los pasillos oscuros del hotel eran
terroríficos, solitarios, como si no viviera nadie en ese hotel. Rápidamente
encontré la puerta de salida.
En la
esquina más cercana vi las luces de una avenida por la que pasaban autos a toda
velocidad. Los autos eran luces a toda velocidad. Empecé a correr hacia esas
luces. Pero a los pocos metros tuve la necesidad de mirar hacia el hotel. Y lo
que vi fue impresionante. Desde la ventana de la habitación de Beatriz salió
una luz rojiza, parecía un vómito de sangre que salpicaba los árboles. Tuve
tanto miedo que no pude mirar más y empecé a correr otra vez hacia la avenida.
Al
llegar a las luces me detuve. No sabía hacia dónde seguir. Un auto pegó una
frenada. Desde adentro del auto unos tipos empezaron a gritarme… groserías me
gritaban, groserías horribles. Cosas muy feas, cosas horribles. Se bajaron del
auto y si bien traté de escapar, me encerraron, me corrían como si fuera una
animal y empezaron a manosearme. Sus cuerpos olían a vino, a transpiración. No
tenía más fuerzas, uno ya me estaba arrancando la bombacha cuando se escuchó un
grito que los detuvo. Era la voz de Beatriz emergiendo desde la oscuridad.
Dejenlá hijos de puta, sueltenlá, gritaba.
Su
grito los detuvo. La figura de Beatriz, que volvía a ser menuda, se volvió poderosa.
Sentí un gran alivio al verla otra vez. Otra vez, de su tamaño normal. Los
tipos dudaron unos segundos y se lanzaron sobre ella. Luego de varios forcejeos
la inmovilizaron y la metieron en el auto. Yo intenté escapar pero me agarraron
y también me metieron en el auto.
Arrancaron.
En el
interior de ese auto el olor a vino era insoportable. La música estaba muy fuerte,
aturdía. Uno de ellos, sobreponiéndose al barullo infernal, dijo a los gritos:
¿y con el monstruito éste que hacemos? La puta que los parió para qué mierda
trajeron a este monstruo. Nos volteábamos a la gatita y listo. Así hablaban,
así hablaban.
Beatriz, que no se rendía, intentó golpear al que estaba a su lado, pero
inmediatamente el que viajaba en el asiento del acompañante le pegó con un
revolver en la cabeza. Comenzó a sangrar hasta desvanecerse.
—¡La
mataste idiota, la mataste! —gritó el que estaba al lado mío mientras me
abrazaba con violencia.
—¡Qué
la voy a matar! —gritó el que me tenía agarrada. Los monstruos estos nunca
mueren, dijo y se mataron de la risa.
Con un
par de cachetadas intentaron reanimarla, pero la cabeza de Beatriz se derrumbó
sobre mi hombro.
Gritaban: hay que tirarla en algún lado, la puta
que los parió por este monstruo vamos a ir todos en cana.
Me di cuenta que nos estábamos alejando de la
ciudad; las luces que se veían en la ventanilla eran cada vez menos y todo era
oscuridad. El que manejaba hacia maniobras nerviosas y nos metimos por un
camino que salía de la ruta, o lo que fuera que íbamos.
—¿Y
con ésta qué hacemos? —dijo uno de ellos, era horrible escucharlos. Era un
infierno escucharlos.
—La co…—perdón
pastor— la violamos y la matamos también. Si la dejamos viva nos manda en cana.
Tiene cara de cantarina la pendeja.
El que
me tenía agarrada me dio un beso en los labios. Me arrancó la remera y me
apretó los pechos con brutalidad.
—Pará,
paremos en algún lado. No seas angurriento —le dijo el que manejaba.
Paramos
en un descampado. Abrieron la puerta y tiraron con desprecio el cuerpo de
Beatriz y después me hicieron bajar del auto. El que le había pegado con la
pistola a Beatriz, al bajar del auto tropezó y el arma cayó junto a mis pies y
la tomé con mi mano.
Juró
por Dios que no pensé hacerlo pero cuando se abalanzaron sobre mí, disparé. El
estruendo me hizo temblar todo el cuerpo, nunca voy a olvidarme de ese ruido
infernal. Uno de los tipos se derrumbó en el piso. Volví a disparar. Los otros
tres, al ver a su compañero caído, inmediatamente acudieron en su auxilio. Sin control
sobre mí misma, volví a apretar el gatillo. Le di a otro de los tipos. Los
otros dos salieron corriendo hacia el auto, me rogaban que no les dispare y se
escaparon.
Sentía
el frío en la cara y el ruido del motor alejándose. En el aire todavía se
escuchaba el eco del último tiro, al menos yo lo escuchaba. Un frío me corrió
por todo el cuerpo, me quedé congelada. La oscuridad no me dejaba ver los
cuerpos, no quería mirarlos, era todo horrible. Tenía todavía el revólver en mi
mano. Lo solté aterrorizada. A tientas encontré el cuerpo de Beatriz, que había
quedado de espaldas, con su boca mordiendo la tierra, como si intentara cavar
su propia tumba con los dientes. Como pude la di vuelta: tenía los ojos
abiertos, la mirada muerta y suplicante. La zamarreé varias veces, pero Beatriz
no reaccionaba. Con desesperación me puse a correr.
Corrí
y corrí a ciegas en medio de la nada. Hasta que no pude más y me caí. Esa noche
no tenía final, no me podía escapar de esa noche.
Cuando
abrí los ojos me encontré con la cara de una nena. Una nena que sonreía. Ya era
de día. La nena me ayudó a pararme. Sin dejar de sonreír me entregó un caramelo.
Sus ojos tenían un color brillante, brillante como el cielo. Me agarró la mano
y empezó a caminar. A lo lejos se veían algunas casas. Caminamos en esa
dirección.
—¿Te
gustan los caramelos de frutilla? Tengo más si querés —me dijo la nena mientras
escarbaba el bolsillo de su camperita.
Llegamos a una casa, en la que había una mujer. Era la mamá de la nena.
Al verme sus ojos brillaron aun más que los de la nena. Sentí que estaba a
salvo.
—Era hora qué llegaras, me dijo la mujer con
alegría. Estás de nuevo en casa, el infierno ya terminó.
Me
abrazó.
—Ya no
importa, mi hijita, ya todo pasó. Ya nadie te va a hacer daño. Ahora sos
hermosa.
La
mujer me sirvió un café con leche y me tomó de la mano y me llamó Beatriz.
Lleva casi tres meses en ese cuarto, en ese
barrio, parece estar a gusto. El trabajo en la calesita es mucho más llevadero
que la limpieza del hotel, con las chicas se cansaba, eran demandantes, no
había diferencia entre un día y otro. Ahora por las noches puede disfrutar de
la soledad, con los niños y las madres no es necesario hablar. El gato pasa
largos ratos del día en el cuarto en su compañía. Es un gato que no busca
caricias y Andy nunca se las ofrece. Es obvio que se siente más cómodo en su
cuarto, bajo su cama. Con el hombre de las esferas debe tener una relación más
funcional. Son más de las dos de la madrugada y los del departamento del vidrio
verde esa noche no apagan la luz. El vidrio esmerilado le impide conocer algo
más de las siluetas. Se acercan más que nunca hacia la ventana. Se acercan juntas.
La luz
anaranjada de la ventana de las esferas se enciende. Le parece extraño que el
gato no esté todavía erguido en la terraza monitoreando los movimientos del
hombre, y a la vez atento a que Andy estuviera observándolo.
Tampoco está debajo de la cama.
El
hombre cuelga una esfera y después otra. Su cabeza laboriosa en medio, y con la
luz desde atrás, se vuelve por momentos una esfera más. Finalmente cuelga la
tercera. Está inquieto, parece desconforme; las cuelga y las descuelga una y
otra vez.
En otras
ocasiones, las colgaba y desaparecía. Media hora después apagaba la luz
anaranjada y todo quedaba hundido en la oscuridad, en la noche.
Algo
parece no ir bien esta noche y busca una y otra vez la manera de solucionarlo.
Finalmente,
como si se hubiera rendido, las descuelga y apaga la luz.
La luz
debe tener alguna otra función. Tiene que tener otra función. Una luz tan
anaranjada y mortecina no sirve para iluminar. ¿Para qué podría servir? Hubiera
elegido otra lámpara, otra temperatura de color, más clara, más normal. Una luz
interior las volvería más atractivas.
Andy vuelve
la mirada sobre el departamento verde. A través del vidrio se trasparenta una
silueta más pequeña, como la de un animal.
¿El
gato entra en el departamento verde?
Las
luces de las otras casas y departamentos son luces vulgares, no llaman la
atención.
La luz
del departamento verde se apaga.
Andy se
recuesta.
Unos
minutos después escucha al gato debajo de su cama. Lo llama con el nombre
Stinney pero el gato no responde.
El sonido del tren llega desde la ventana. Un
animal corriendo a toda velocidad por la ciudad, saciado, pero mordiendo por
aburrimiento, matando por aburrimiento.
Andy parece
no aburrirse nunca. Se pasa horas en la cama sin hacer nada.
Alejo
una vez había dicho a los gritos que hay un solo infierno: el aburrimiento.
Ya entonces nosotros nos juntábamos a soñar con
los gigantes de la montaña que estaban dentro de la montaña, porque éste había
sido un país habitado por gigantes. La montaña es sagrada. Entonces la montaña
se veía a todas horas. Era una maravilla.
Las pocas veces que usa el telefóno lo hace por
la noche, es la misma línea del taller y no quiere que lo descubran. Busca el
número. Marca.
—Hola
– la voz de una mujer.
—Hola,
¿está Gisel?
Se
hace un silencio profundo.
—¿Quién
habla?
—...
—Gisel
falleció.
Corta.
Un día de mucho trabajo. Es el día de la primavera
y el parque se llena de jóvenes y la calesita de niños. Durante toda la tarde
los de la municipalidad arman el escenario para el homenaje a Popkov. Julián
coordina todo y en los descansos se acerca a tomar mate con Andy.
A ver, tal vez no me expreso bien, yo no digo
que los nuestros sean mejores que otros. Pero es lo que buscan, lo que buscan
todos, es lo primero que preguntan, qué posibilidades hay de ojos claros, de
piel clara. Después dicen azules. Pero lo primero qué dicen es claros. No dicen
ni celeste ni verde ni blanco, dicen claro como si fuera un color. Osvaldo los
convence del azul.
El temporal se desata el viernes por la noche y
la lluvia no para de caer ni un segundo. Llueve con globitos. El parque es
literalmente una pileta de natación.
El sábado al mediodía decide ir a revisar si
había ajustado bien las lonas de la calesita y se encuentra con Julián.
—Dicen
que lo suspenden, pero vas a ver que ya no lo van a hacer más. Muy pocas bandas
van a venir. No creo que lo reprogramen.
Andy
le hace un gesto inconcluso y Julián se encoge de hombros, en realidad deja
caer los hombros.
—Ya me
da lo mismo. Al principio me pareció una catástrofe la muerte de Alejo, pero ya
no. Tal vez te parezca que soy un mal nacido, pero desde que está muerto me
siento mejor. No tengo banda, no tengo nada. Pero me siento mucho mejor.
Se vuelve al cuarto del taller. Stinney no
está. Un rato después mira por la ventana y apenas garúa. Se pone el tapado y
vuelve a salir. Recorre algunas cuadras, a la deriva, como en los días que
salía a sacar fotos. Tal vez intentando reconstruir la cuadra en la que había sacado
la foto del árbol seco. Si el hombre que aparecía detrás en las imágenes fuera el
de las esferas, la entrada de su casa debería estar en la manzana siguiente al
lugar del cuartito del taller. Sería cuestión de trazar una línea imaginaria
desde su ventana hacia la otra ventana. Pero esa manzana no tiene construcciones
altas, por lo que debería ser la otra. Todo desorienta. ¿Lo de las esferas
sucede solo al mirar por la ventana del cuartito del taller? La entrada podría
estar en una perpendicular o en una paralela, encontrar el árbol resolvería esa
duda. En la foto se lo veía saliendo con las esferas en la mano.
De
encontrarlo, ¿qué le preguntaría? ¿Hablaría con él o simplemente lo espiaría?
Podría
hablarle de Stinney.
Podría
mentirle sobre Stinney.
Da
muchas vueltas por las mismas cuadras, las que le parecían posibles de ser las
del árbol, pero el árbol no aparece.
Los estaban sacando y los estaban llevando.
Llevando hacia donde tenían ya su mundo y sus mundos subterráneos. Y es eso lo
que están buscando en el hielo. ¿Por qué habrá un tiempo en que su nombre se
volverá impronunciable? Porque Rais, según la leyenda, resucita en una caverna.
Resucita para volver a salvar a su pueblo. La verdadera operación
"Silencio" era hacia las cavernas. Y es más, ya tenían el disco
volante. Ellos habían utilizado la tecnología de la implosión. Cosa que hasta
el día de hoy no han podido dominar en el resto del mundo donde está todo
basado en la explosión, que es el mal, la cuetería. La implosión es hacia
dentro, con lo cual neutralizan totalmente la fuerza de gravedad.
Levanta el teléfono y del otro lado escucha una
voz de mujer.
—Hola Andy.
Se
queda en silencio.
—¿Andy?
¿Sos Andy no?
—…
—Soy Silvia,
discúlpame que te haya llamado. Soy Silvia, soy la mamá de Gisel.
—¿Cómo
supo este número? —Andy no puede
reprimir las palabras.
—Me
quedó en el teléfono registrado cuando llamaste el otro día.
Andy
vuelve a quedarse en silencio. Se da cuenta que la campana del teléfono está rota
o silenciada.
—Gisel
falleció, pobrecita. Estaba muy enferma. ¿Ella no te contó cuando salieron que
se iba a morir?
Andy
no responde.
—Leucemia.
Se murió un tiempo después que se vieron. Por suerte pudo tener esa salida,
porque siempre se la pasaba acá adentro encerrada.
Andy
se aferra al teléfono. Tiene una expresión distinta de la que tuvo cuando
encontró los cuerpos muertos de Dámaris y Alejo tirados en el pasto.
—Ella
estaba muy ilusionada con vos. Vos no sabés lo que sufrió los últimos días. Era
piel y hueso. Piel y hueso. Cuando vos saliste con ella estaba gorda en comparación
a sus últimos días —se ríe con una risa absurda. ¿Nerviosa?—. Ojalá descanse en
paz.
Stinney
sale desde debajo de la cama y se acuesta sobre la manta que cubre el colchón.
Maúlla enojado, como si no le gustase que Andy hablara por teléfono. Se
desparrama intentando protestar de alguna manera. Andy con el tubo caliente en
la oreja lo observa: Stinney es una gata.
—Perdoname
que te haya llamado, que haya guardado el número. Yo sé que esa no es tu casa,
que es un taller y que te puedo traer problemas. Por eso llamé a esta hora,
para que no tengas ningún problema por mi culpa.
—Está
bien, no pasa nada.
—Es
que hay una cosa que tenés qué saber. Es importante.
—¿Qué
cosa?
—Viste
que Gisel era virgen, te habrás dado cuenta que era virgen. Ella nunca había estado
con ningún hombre, siempre fue enfermiza y acomplejada. Pobre, siempre sufrió y
los dolores la martirizaban.
Andy
permaneció en silencio.
—Ella
al morir estaba embarazada. Tenía un hijo en su vientre de ese viejo al que vos
la entregaste. Mi nieto al fin y al cabo. Al descubrir eso todo fue más
horroroso. Mañana va a hacer un mes que murió la pobrecita y se llevó a ese
angelito con ella. Vos quisiste que él la embarace para vender al bebé.
Andy
aleja la oreja del teléfono como si quisiera cortar, pero vuelve a apoyarlo en
la oreja.
—Yo no
la quise poner en tierra en el cementerio de acá. No quería meterla en la
tierra. ¿Y sabés lo que hice? La hice llevar a un cementerio grande, en la
Capital. Una amiga me hizo conocer a un viejo que es sereno del cementerio. El
viejo me la pudo colocar en una bóveda de una familia que no va nunca y que
tiene un sótano desocupado. Ahí la puse a mi Giselita por suerte. Sabés el asco
que me da acostarme con ese viejo, pero es por mi Giselita, por el bebé que
está en su vientre con ella. Yo quiero sacárselo del vientre ¿me entendés? Por
eso no quería que la metan en tierra. ¿Vos me podés ayudar?
Andy
permanece en silencio.
—Con
algo de plata me podés ayudar, algo de plata para pagarle al médico que se lo
saque del vientre. Ahí en el sótano de la bóveda se puede hacer todo. Mirá,
Gisel me contó que tenés un departamento…
—No...
—El
que tenés en la Capital. Del que te escapaste para vivir en esa pocilga a la
que llevaste a mi hija.
Andy
corta. Afuera llueve torrencialmente.
Demonios, lo que se llama demonios hay, sí los
hay. Tú puedes haber estado con un demonio, copulando con un demonio. Uno nunca
sabe, en la sociedad de hoy día digo, cuando se está en presencia de un
demonio. En mi formación como pastor, como el pastor de ovejas en que me
convertí, he visto muchos demonios. La civilización ha traído muchos avances y
beneficios para la humanidad, sino mira, nosotros estamos hablando desde
lugares lejanos y nuestras voces navegan por el aire, dime sino es maravilloso
esto. Pero antes era más fácil saber que era un demonio y que no lo era. Porque
hay seres humanos malos, sí no lo niego, gente que hace el mal, pero están
enfermos, sus almas están enfermas, en estado de putrefacción espiritual. Antes
los demonios estaban fuera de la civilización y del alcance de las religiones,
de dios, se los podía identificar, eran salvajes, caníbales, primitivos. La
civilización hizo todos los esfuerzos por rescatar a esos demonios, los
enfrentó con decisión, aunque muchas personas ignorantes hablen de crueldad.
No, tú no sabes lo que es realmente la crueldad. La crueldad es dejar que los
demonios sigan siendo demonios, sin Dios, sin nada. Pero hoy los sigue
habiendo, pues claro que los sigue habiendo, que los hay. El espíritu demoníaco
se esconde en seres que son lobos, y muchas veces con piel de cordero, en
nuestra sociedad civilizada. Costó mucha sangre inocente, mucha sangre
inocente, esas bestias usaban los cráneos de los mártires para tomar sus
brebajes inmundos, son cosas que se deben saber, mucha sangre inocente
derramada que hay que honrar. Pero para llegar a las tierras de los libres, fue
el único camino posible, para que algún día todos los hombres sean iguales.
Al otro día en la calesita todo lo hace con
nerviosismo. Apenas llovizna y la gente llega igual. Después de varios días
aparece Willy. Se muestra ansioso, apurado. No le pregunta por la plata ni por
ningún tema de la calesita. Me podés hacer un favor, la podés tener unas horas
a Lara. Mi mujer no la puede tener y hoy la tengo conmigo todo el día; es un
par de horas, nada más.
Andy
vacila unos instantes, pero le dice que sí.
Al
principio Lara se distrae dando vueltas en la calesita. Cuando se aburre, la
hace sentar en la cabina. Ella extrae de su mochilita papeles y lápices y se
pone a dibujar.
Los
dibujos de Lara son extraños. Andy se los queda mirando hipnóticamente, la niña
parece orgullosa de que se interesara en sus dibujos. Con sonidos inentendibles
que emergen de su boca, va explicándole cada una de las líneas de su dibujo;
una serie de líneas en espiral que en determinado punto se sueltan y generan un
nuevo espiral que con los otros espirales se reconfiguran en otras figuras más complejas.
Si bien no comprende lo que intenta decirle, a medida que ella señala las
líneas de esos mundos, las figuras van mostrándose.
Son las
nueve de la noche. La calesita tiene todas las luces encendidas pero ya no hay nadie.
En el parque cada vez camina menos gente. Alguien espera el colectivo en la
parada, otros caminan apurados a sus casas.
Traba
el portoncito de la calesita desde adentro y se sienta con Lara en uno de los
bancos que la circundan.
A las diez de la noche en el parque no queda
nadie.
Toma
de la mano a Lara y recorren las cuadras hasta el cuarto del taller. Suben las
escaleras con paciencia, Lara hace un esfuerzo para trepar cada escalón. Al
llegar a la puerta encuentra un papelito pegado:
Llamar a Silvia 2 38 70 47
Es urgente.
Arranca el papel de un tirón.
Empieza a llover.
Al ver
a Stinney, Lara corre a abrazarla. Stinney trata de zafarse, pero desiste. Lara
está exhausta y en pocos minutos se queda dormida. Stinney lentamente se libera
de sus brazos y se mete debajo de la cama.
Andy
se sienta en la silla y apoya el teléfono frente en la mesa.
Marca
unos números. Y espera que hablen al otro lado.
—Hola Andy,
la voz ansiosa de Silvia.
—Hola.
—¿Por
qué me cortaste anoche? Giselita nunca hubiera querido que me cortes, yo estoy
haciendo todo esto por el bien del hijo que buscaron, para que también pueda
descansar en paz. Y si te pedí plata es porque me piden mucho. Yo pongo mi
parte, yo me dejo coger por ese viejo baboso y vos… y vos qué… Vos te ofendés.
Prostituís a mi hija, mejor dicho dejás que la violen y después soy yo la
mierda de este mundo.
Andy
escucha en silencio.
—Yo no
soy estafadora. Soy una madre sufriendo. Eso es lo que soy una madre que perdió
a su hija y que quiere que su nieto descanse en paz. Además no es tu primer
crimen, porque te darás cuenta que al hacer embarazar a Gisel la mataste, le
sacaste lo poco de vida que le quedaba. Su cuerpo no lo resistió, pero a vos lo
único que te importó fue sacarte las ganas de tener un hijo y después abandonarla.
Fuiste demasiado lejos, demasiado. Yo averigüé todo. Averigüé, me lo contaron
todo. Todo. Lo de la beba de Eve… ¡qué desgracia! Otra desgracia. ¿Por qué lo
hiciste? ¿Porque era falladita? No fue un accidente, vos lo sabés, como lo sabe
Mateo… Por eso te quiere matar.
Al
escuchar esos nombres corta. Con violencia tira del cable y arranca la conexión
de la pared.
Mira
hacia afuera. Sigue lloviendo. Ahora la ventana anaranjada está atiborrada de
esferas. No las puede contar porque se enciman unas con otras. Forman una gran
bola de luz. Las siluetas del vidrio verde se mueven inquietas, como si
pelearan. Lara duerme y la cola tricolor de Stinney asoma bajo de la cama.
Vuelve la vista hacia afuera. Ahora las
esferas desbordan el marco de la ventana, están iluminadas por dentro y brillan
con una intensidad incendiaria.
Tras unos
minutos empiezan a estallar de a una, un caos que tal vez estuviera controlado,
explosiones mudas, en cámara lenta y que al finalizar dejan la ventana hundida
en sombras.
Deja de llover, el cielo se despeja.
Andy levanta la vista para mirar el cielo, la
escalera de la casa del hombre de las esferas ahora termina en otra esfera
gigante y azul que cuelga desde el cielo negro de la noche.
Un día le pregunté: "¿Hay algo más allá de
la muerte?". Me respondió: "Morir es como irse al Inconsciente, para
de ahí, regresar a la forma, a las formas". Yo debo pensar: ¿Qué nos unió?
¿Acaso una reencarnación pasada? No hay otra forma de explicar este misterio.
Nos separaban la edad, las distancias geográficas, la historia; todo y nada.
Andy toma un lápiz y un pedazo de papel de la
mochilita de Lara y se queda un rato pensando, como si imaginara algo que no
termina de tomar forma en su cabeza. Dibuja bien, en la escuela era brillante
en artes plásticas. Lástima que no le interesa nada, porque tiene un enorme
talento le dijo una vez el profesor Bedoui a su mamá, una mañana que tuvo que
ir a hablar a la dirección porque Andy hacía una semana que en vez de ir a la
escuela se iba al río. Su mamá repitió esa frase de Bedoui hasta el día de su
muerte.
Dibuja
una esfera a pulso. Le agrega las orejas y con trazos muy finos el pelo
bastante pegado a la cabeza. La boca la hace pequeña y los ojos bien grandes. En
un rincón de la hoja escribe: Eve. Hace un trazo del inicio del cuello y cuando
apoya el lápiz sobre el papel no se detiene y con el mismo trazo, imitando los
espirales de Lara, comienza a dibujar otra Eve mucho más lograda y al terminar
se va con el lápiz hacia otra Eve pero ahora adolescente y hacia otra Eve más niña.
Al llegar a la Eve bebé le dibuja los rasgos de Lara y con violencia levanta el
lápiz de la hoja.
El cabello lo usaban para hacer ropa y para
fabricar moquetas para los submarinos. También arrancaban el oro. A un amigo,
que es dentista, le dieron espejo y pinzas para quitar el oro de los dientes de
la boca de los muertos.
Lentamente vuelve a anudar los cables de cobre
del teléfono en la pared. Levanta el tubo y hay tono. Cuando en la radio dan el
número del programa lo anota.
Llama.
Eve camina hacia mí, desnuda. Los huesos
parecen salírsele de la carne, como si fueran muletas internas, maderas para
sostener la piel tensa, la cabeza erguida. Estamos bajo el gancho del paredón
del cementerio. Bajo una luz rara, una luz que casi no alumbra. Ella me sonríe
con su cara de ratón, su sonrisa se vuelve absurda. Eve estira el brazo de una
manera irreal hasta alcanzar el gancho. Lo arranca y como si fuera una hoz se
perfora la piel. Arranca de su vientre un pedazo de carne, peludo y viscoso.
Lo
exhibe con orgullo y lo arroja pesadamente al suelo.
Del paredón
salen muertos, se pelean por agarrar el pedazo de carne. Desesperados.
Hambrientos. Unos de los muertos es mi papá, con la escopeta va matándolos uno
a uno a los otros muertos.
Entre
los muertos está Mateo.
Mi
papá dispara un escopetazo a la cabeza de Mateo, la cabeza de Mateo se
desprende de su cuello. Vuelve la escopeta hacia sí mismo y se vuela los sesos.
La
cabeza de mi papá rueda salpicando sangre.
Eve levanta
del piso el pedazo de carne peludo, lo sostiene entre sus dedos unos instantes
y se lo traga de un bocado.
Desinformando porque ellos mismos saben que eso
existe. Saben que hay fuerzas que no controlan. Todo eso lleva a que pensemos
que hay un mundo que es diferente y todo esto es lo que yo he buscado desde mi
juventud; algunas cosas las he encontrado y otras no las encontraré nunca.
Se toma el cuello con la mano izquierda, como
si tratara de apaciguar un dolor. La radio sigue prendida. Los ojos penetrantes
de Lara observan desde la cama. Se había dormido con la cabeza apoyada sobre la
mesita. El teléfono descolgado está tirado en el piso. Por la ventana entra una
luz blanca. A Stinney no se lo ve por ningún lado.
Abre
la puerta y le hace un gesto a Lara de que espere. Baja por la escalera.
Llovizna. Se asoma al taller pero la cortina de metal está cerrada. Debería ser
domingo o feriado; en la calle tampoco hay movimiento.
Vuelve
al cuarto, Lara está de pie. La toma de la mano, pero ella intenta liberarse,
hace fuerza con su cuerpo tratando de impedir que pueda moverla, pero la aferra
más fuerte y de un tirón la lleva hasta la puerta. Al bajar la escalera Lara llorisquea.
Caminan las dos cuadras hasta al parque. La llovizna les moja el pelo y
la ropa. Atraviesan el césped en diagonal en dirección a la parada de
colectivos de la estación del tren. El pequeño techito va a proteger de la
llovizna que cada vez es más intensa.
La
calesita solitaria parece abandonada. Mientras esperan el colectivo, Lara
comienza a emitir sonidos estridentes. Esta vez se suelta con decisión de la
mano de Andy y cruza corriendo la calle que separa la parada del parque. Detrás
de la calesita, Stinney viene corriendo hacia Lara.
La
abraza y la sujeta bajo el brazo derecho. Stinney solo atina a mover las
patitas, embarrándole el buzo. Andy va hacia ellas, la toma de la mano y
vuelven a la parada.
Suben
a un colectivo rojo. El chofer clava sus ojos en Stinney pero observa a Lara y
no dice nada.
Bajan
en la terminal. Cruzan el puente sobre las vías del tren hasta una avenida
amplia, el tráfico es ensordecedor. Andy le hace unas preguntas a un hombre en
un puesto de diarios. Suben a un colectivo verde. Luego
de un tramo no muy largo bajan y caminan unas diez cuadras.
Las
veredas están mojadas, ya no llueve.
Al
llegar a su departamento, Andy abre la puerta del edificio y suben por ascensor
hasta el segundo piso. Lara se mira en los espejos y se sonríe a sí misma. Al
entrar al departamento, Stinney se acomoda bajo la mesa del televisor.
Andy
corre el sillón y tira los almohadones en el piso e improvisa una camita para
Lara, que entusiasmada se arroja sobre los almohadones. La mira jugar un
segundo y empuja aun más el sillón, como si nunca hubiera sido otra cosa más
que un estorbo.
San Isidro, mayo 2024