domingo, 26 de mayo de 2024

Devenir Música






Devenir  Música

Texto descriptivo-analítico-crítico sobre Música

 

audiolibro Devenir música

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Nota preliminar

 

Este texto intenta realizar una lectura analítica de Música, libro de cuentos que presenté para el curso 2021 de Proyectual de Obra de la Licenciatura en Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes, en el que trabajé en la rescritura y edición con la tutoría de Marcelo Guerrieri.

Desde el principio, al esbozar su estructura, me encontré ante una encrucijada: ¿de qué manera escribir sobre una obra literaria propia sin pecar de humildad o petulancia? ¿Cómo mantener la objetividad del análisis sin contaminarse de la distorsión inevitable de haber sido el autor del texto? ¿Hablar en primera persona o tomar la distancia de un nosotros académico? ¿Circunscribir el análisis a las operaciones que surgen del texto o revelar las estrategias autorales?

En una obra clave para el presente análisis, Mil Mesetas, Capitalismo y esquizofrenia, los pensadores posestructuralistas franceses, Gilles Deleuze y Félix Guattari sostienen que ellos al escribir a la vez son varios y que no quieren llegar al punto de ya no decir yo, sino a ese punto en el que ya no tenga ninguna importancia decirlo o no decirlo. Y concluyen: «un libro no tiene objeto ni sujeto, está hecho de materias diversamente formadas» (Deleuze/Guattari, 2010: 9).

En esta línea de pensamiento es posible leer los cuentos de Música a la luz de los conceptos de territorialización, desterritorialización, devenir, agenciamientos y ritornelo.

 

 

 

Música

 

Música es un libro de cuentos en apariencia disímiles que comparten un tono íntimo y oscuro, a la vez que construyen un mundo de relaciones formales y temáticas.

 

 

La nota tónica

 

En una escala musical una nota define la tonalidad de toda una pieza. La soledad es la nota tónica de Música. Sus personajes, aún en compañía de otros, están aislados. Sin embargo, esta soledad no es una enfermedad social o una especie de «momento» que hay que atravesar para luego volver a la normalidad de los otros. Las historias de Música nos enfrentan a una instancia profunda, constitutiva, que todos compartimos y nadie quiere ver. Una plataforma autogenerada desde la cual impulsarse hacia las fronteras de las estructuras sociales. En este sentido, el viaje opera como instrumento para lanzarse hacia lo nuevo e incierto y a la vez  produce momentos intensos de soledad. Hay algo en el trasladarse, en ser un cuerpo en movimiento entre otros cuerpos que lo ignoran, que nos conecta con nosotros mismos.

 

 

Música para la soledad

 

 Como evidencia su título, la música impregna cada uno de los textos del libro y da forma a la serie. Ésta también funciona como hilo conductor de los relatos y como elemento por medio del cual los personajes acceden al mundo que los rodea y se vinculan con la propia soledad. Como afirma Arthur Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación, somos voluntades creadoras del mundo al que percibimos como una representación. Para él, la voluntad es la “cosa en sí”[1]. Sin embargo, nadie puede huir de su mente, de sus deseos y de su voluntad y, por lo tanto, sostiene que la música es la vía apropiada para escapar de ellos, en la medida en que ninguna otra cosa revela mejor la esencia del mundo: ella es un lenguaje universal que siempre se comprende.

Ahora bien, mientras Schopenhauer propone la universalidad de la música como lenguaje, para un compositor como John Cage[2], son preferibles los ruidos antes que los sonidos musicales. Se plantea entonces el problema de una tensión dialéctica entre estos elementos, sobre la cual se sostienen los relatos que componen el libro.

Como afirman Deleuze y Guattari, «La música no ha cesado de hacer pasar sus líneas de fuga como otras tantas multiplicidades de transformación, aunque para ello haya tenido que trastocar sus propios códigos que la estructuran o la arborifican; por eso la forma musical, hasta sus rupturas y proliferaciones, es comparable a la mala hierba, un rizoma» (2010: 17). Siguiendo esta postura, es posible leer los cuentos de Música sobre la base de un agenciamiento en dónde música y ruido entran en contacto y hacen alianza.

Aun cuando la música no es el tema central de las historias de la obra,establece un orden, una línea, un actante presente en distintos planos. Opera como sonido que se traduce en canciones, ruidos, voces, evocaciones, reflexiones acerca de su buena/mala influencia. En el arte, esta concepción de la música como arma de dos filos no representa una novedad. En «El infierno musical» de El Bosco, el lado oscuro del tríptico de El Jardín de las delicias, se torturan las almas de los condenados con instrumentos musicales. En esta obra, la música ingresa también en esa ambigüedad que se manifiesta en muchos de los cuentos. Por ejemplo, en «M m m mmm», la protagonista percibe la melodía tortuosa que tararea Raquel como el preanuncio del peligro, al igual que el silbido perturbador de Robert Mitchum en el filme La noche del cazador[3]. Son gramáticas operando bajo la misma lógica de producción, ya que el tarareo es una marca que tiene su huella en el silbido y ambos recrean una melodía que precede y anuncia la persecución. La música es también lo ininteligible en el mensaje que se desarticula en la propagadora de «Tigre» y que no solo musicaliza el balneario sino que a la vez preanuncia el extrañamiento progresivo de la realidad. Es la musa huidiza de Hernán en «El cantante, no la canción», la frustración/excusa que se interpone con lo que no puede aprender, atrapar; es la melodía bella y fantasmal que resuena en el valle de «La canción de los muertos»; la herramienta de la que se vale Georgie para sus propósitos ambiguos[4]. Pero en otras dimensiones de la obra, la música deja de ser lo ininteligible e irrumpe en su lado banal, populachero y alienante. Así ocurre en la estructura tandem Palito Ortega/Julio Iglesias que se repite una y otra vez como derrotero decadente, como leitmotiv pegajoso, como anáfora burlona necesaria para abandonar el camino de la otra, de la «gran música», que como la armonía existencial, ninguno de los personajes alcanza. «Fantasma», «El cantante, no la canción» y principalmente «Fairlane» enfatizan esta repetición. La misma música que puede generar admiración, también puede generar rechazo.

 

            Esta operación literaria de intratextualidad redunda en personajes, objetos, situaciones y genera una caja de resonancia, una lógica de interconexiones que en el pacto de lectura abre dos posibilidades: ser tan solo parte del azar o sugerir indicios opacos que podrían formar parte de algún entramado más complejo. Instancias que el texto programáticamente deja abiertas para que el lector complete o abra el sentido. Al ya referido derrotero musical Palito Ortega/Julio Iglesias se le agrega la línea de colectivos 3-43/304 que aparece como el referente que Mirna menciona en su diario y que nos lleva hasta Georgie (quien a la vez reaparece en «Los indios»). Es también la línea de colectivos 3-43/304[5] la que debe tomar Mi en «Música» obedeciendo a la voz maquinal del teléfono. Y es la misma en la que el personaje de «Fuera de línea» se extravía por la ciudad. El Coronado que deben llevar a Guardia Escolta en el cuento «M m m mmm» podría ser el mismo por el que viaja el protagonista de «La voz». En sendos cuentos el pueblo de Tostado, como el pueblo infranqueable y pegajoso que antecede al castillo de Kafka o a la manera de Calipso con Ulises en la isla de Ogigia, los atrapa en sus redes, los retiene, los arrumba en el mismo hotel miserable. Pero Tostado no promete inmortalidad ni juventud eterna, los arroja a la ferocidad de los tigres, al desconcierto de una imagen ambigua (una travesti) que para una niña de once años (y de la década del ‘70) resulta imposible decodificar. En el cuento «Tigre» el animal dispara su mirada y las identidades se confunden. Deviene tigre, no se vuelve tigre, sino algo nuevo e inquietante. En «La voz», estos felinos son los únicos seres vivos que acechan en un pueblo fantasma. Asimismo, varios personajes refieren a una misma película, Black sun[6], a una misma versión pirata de «Shine on you crazy diamond» de Pink Floyd. El apellido Janer da nombre a un instituto, a una bóveda familiar. Las dalias son flores rebeldes y una joven misteriosa a la vez. Por su parte, para los protagonistas de «Monte Chingolo», «Fuera de línea» y para un personaje secundario de «Música», la avenida Centenario Uruguayo se erige en un pasadizo urbano por el cual huir de lo real.

En «Del ritornelo»[7], Deleuze y Guattari apelan a esta figura musical que es un pasaje orquestal recurrente, un pequeño retorno a través de un ritmo de una sola nota o de una combinación acotada de notas, para graficar de qué manera la repetición genera un círculo dentro del caos, un centro estable territorializante. Una repetición de lo mismo mediante un mantra reorganizador para volver a emprender un camino nuevo hacia la frontera, hacia lo incierto. La desterritorialización dispersa el foco cultural y hace permeables las fronteras que distinguen un adentro y un afuera. A tal efecto, el texto se desarrolla en los bordes difusos entre interior de departamento/calle, ciudad/campo, urbano/conurbano, norte/sur, humano/animal, etc. Podrían ser encuadrados bajtinianamente en el cronotopo del umbral, con un fuerte significado simbólico/metafórico de la crisis de ruptura vital. Pero en los instantes decisivos que rompen con el tiempo, los personajes de Música no se transforman, no reciben ninguna revelación, sino que devienen. Porque el devenir sólo puede suceder en ese borde nebuloso, en ese lugar anómalo en donde convive con lo que se oculta.

Deleuze y Guattari sostienen que de ese círculo que traza el ritornelo no se sale desde el caos, sino por otra zona creada por el mismo círculo. Y de alguna manera la figura del ritornelo pone en cuestión la pretensión de unidad del libro, tendiendo en cada cuento líneas de fuga por medio de las cuales entrar o salir del mismo hacia múltiples lecturas e interpretaciones.

 

En estos terrenos fronterizos entra en escena otro leitmotiv del libro que es el misterio, el secreto, lo que elude ser nombrado y que por eso recibe otros nombres: «pájaros», «indios», «tigres». En «La casa de los pájaros» la protagonista deviene pájaro pero también deviene múltiple, en la medida que se distancia de una realidad desenfocada por un trauma que recrudece inesperadamente. Son los indios que obstruyen a Lucio, y que no le permiten retornar a su realidad de Pinar de Rocha, a su vida. El secreto está vinculado a la duda que genera, vive en el contacto entre lo perceptible y lo imperceptible, lo cognoscible y lo incongnoscible. Sabemos que hay algo a lo que no podemos acceder, pero no qué supone su existencia, qué importancia tiene, qué rol está jugando. Deleuze y Guattari afirman que todo secreto es un montaje colectivo, por eso tiene esa resonancia. Sólo los devenires son secretos; y el secreto tiene un devenir, o sea cambia socialmente. Música como obra de arte intenta explicar de qué se trata ese secreto, intenta llegar a algún lugar de verdad. La música, los cuadros verdes, las canciones de los muertos y otras alusiones refieren una y otra vez a ese lugar donde el código deja de producir realidad y tenuemente se vislumbra lo real.

En ese sentido, los relatos avanzan linealmente y con vehemencia hacia a esos bordes, hacia el lugar donde lo cotidiano, lo validado, empieza a cambiar y a aceptar otros sentidos. Y si bien la secuencia cronológica de las acciones es ordenada en los relatos con relación a las historias (en pocos casos encontramos analepsis, especialmente en «Monte Chingolo» o elipsis breves, en «Veraneos», un cuento narrado en pequeñas escenas que como un cuchillo fragmentan el tiempo de la estadía en el camping), estas trazan un círculo que nunca se cierra, sino que abre nuevas posibilidades. En «Fairlane», Daniel busca a tientas en ese tour caricaturesco un nuevo camino, un nuevo fairlane: sendero virtuoso/agradable para su vida. Pero el cuento lo encierra en el corazón mismo de la maquinaria de evasión. En «Mar del Plata en invierno» acompañamos al protagonista en su intento de sobreponerse a una situación desdibujada, absurda, hasta que el destino del viaje se tuerce con la aparición de Sofía, una prostituta adolescente con quien comparte la noche, en una ciudad que es representada como un mero escenario de sensaciones inducidas, de alegrías postizas para turistas. En «La canción de los muertos» se recrea una nueva contienda entre lo racional y lo irracional y en «Música» el viaje revela que no hay nadie, ni razón ni demiurgo. El protagonista de «La chancha», al toparse con un auto que le había pertenecido, desata una persecución que lo lleva mucho más allá del objetivo de alcanzarlo, lo empuja a una deriva que lo deposita en sucesos de su vida que reaparecen de manera cruda. Así como en «Fuera de línea» el recorrido del protagonista es un movimiento circular, gira en una atmósfera pegajosa de ausencia, en el tiempo detenido de una morgue, en el tiempo sobrante de las acciones de la vida que tiñe el deseo de incertidumbre. Como un colectivo fuera de línea se extraña en lugares inexplorados, pero también en las calles de su rutina.

 

Las relaciones filiales se imponen como otra dominante temática del libro, son la consecuencia directa de relaciones sentimentales fallidas. Ponen en evidencia la debilidad de los vínculos masculinos, de paternidades dispersas, vínculos ligados a la familia que para Deleuze y Guattari implican líneas de segmentaridad rígidas o molares. En la nebulosa y efímera relación de «Nene», en el tenso vínculo de «Veraneos» (el camping que visitan se llama don Saturnino, referencia al dios Saturno que devora a sus hijos) y que en «Monte Chingolo» se transforma en padre-ausente/hijo-lejano, hasta perder el foco en el transcurso del relato en el vínculo padre/hijas-sustitutas. Paternidad ortopédica que reaparece en «La chancha» y que se vuelve relación hijo abandonado/madre suicida en «El cantante, no la canción»  o en el fugaz vínculo paternal que el protagonista de «Mar del plata en invierno» construye con los mellizos, pero que rápidamente se subordina a la fuerte imagen maternal con la que Sofía impone su autoridad en el parque de diversiones. La maternidad es puesta en cuestión en «M m m mmm» en el reemplazo de la teta de la madre biológica por la de Raquel, quien pone a la niña bajo su influencia al tiempo que usurpa progresivamente el rol de la progenitora. Las tías Paula y Beatriz intentan infructuosamente llenar ese vacío en «Nene» y en «El cantante, no la canción». Relación filial que se distorsiona por completo en «El hambre», en donde el género de los personajes, el vínculo y el lenguaje entran en un proceso infinito de desterritorialización. El personaje de Dalia en «Fantasma» remite directamente a Mirna (cuento focalizado en un protagonista innominado que recorre una ciudad que ya le es ajena buscando a la vez a otro espectro) y se articula en la deriva del final, en el que todo vuelve a la normalidad de Bélgica

 

 

El lenguaje como instrumento

 

Roland Barthes, en «El susurro de la lengua» asemeja el funcionamiento del lenguaje al de una máquina, y afirma «que las disfunciones del lenguaje están en cierto modo resumidas en un mismo signo sonoro: el farfulleo, del mismo modo el buen funcionamiento de la máquina se muestra en una entidad musical: el susurro» (1994: 100).De esta manera, el farfulleo es el ruido de aquella máquina que es el lenguaje. Su falla existe entre lo que se nombra y el referente al cual se indica, entre palabras y cosas. La comunicación se establece a través de mensajes fallidos que tienen que ver con ese desajuste entre lo que se quiere decir y lo que en definitiva se dice. Para Barthes, el orden del susurro anima la ilusión de que aquello que se dice se corresponde con aquel sentido al cual se quiere referir.

En Música esta desconfianza en el lenguaje (en los lenguajes) atraviesa todo el texto. Cada uno de sus cuentos presenta el problema de los códigos y de la imposibilidad de atravesarlos, de comunicarse. Hay códigos de clase, ideológicos, etarios, geográficos, idiomáticos, de todo tipo. En «Nene» la protagonista afirma: «Yo entendía sus palabras pero a la vez era como si hablara en otro idioma». En «Música» leemos: «Las letras son letras, pero por momentos se vuelven símbolos incomprensibles». Se abren los oídos a esa imposibilidad de entender lo que el otro dice, lo que de verdad dice, al mismo tiempo que se intenta inútilmente hacerse escuchar, restricción ésta que está estrechamente vinculada con la soledad. Los textos de Música juegan con el sentido de cada vocablo y con su recontextualización. Muestran la labilidad del significado, muestran al lenguaje en acción.

Desde una perspectiva formalista, el arte es también artificio en la medida que convierte al lenguaje en materia. Ésta da por resultado en la obra una prosa limpia, cadenciosa, muñida de una puntuación seca y controlada. Un estilo simple y directo. Esta operación con la lengua abre dos posibilidades, la primera es que, consciente de la inestabilidad de los significantes, pueda percibirse como ritmo, como ilusión del susurro sobre el farfulleo. La segunda implica que esa música textual a la vez opere como materialidad participe de la contradicción que plantea el libro sobre ella. Y en este sentido, en cada cuento hay un trabajo específico con las palabras. En «Fantasma», el protagonista evita pronunciar palabras que connoten negativamente como si pudiera manipular la escucha del otro. En «Monte Chingolo» se dice: «Cuando uno mira las cosas tan fijamente pierden sentido», y eso mismo pasa con el recorte de palabras que en este relato tienen una cualidad casi imaginaria: ¿qué significa Monte Chingolo? ¿Qué hay más allá de esa foto del colectivo con el epígrafe que dice que estuvo lleno de pandulces? Si nos obsesionamos, como le pasa al protagonista, si volvemos a Monte Chingolo una y otra vez, pierde el aura de la historia y empieza a significar otra cosa, porque cada significante siempre puede abrir paso a otro sentido. En “Fairlane”, el nombre Evangelina remite, primero a la novia del protagonista del cuento, luego a Evangelina Salazar, quien fuera el primer amor de Palito Ortega en la película Mi primera novia (1966) de Enrique Carreras. Este trabajo se extrema en «El hambre», donde es el lenguaje el que se extraña, tensando así la relación susurro/farfulleo, música/ruido, inteligibilidad/ininteligibilidad, etc.Y lo que no tiene sentido lo alcanza en ese trabajo de contextualización que hacemos todo el tiempo con la ilusión de entender algo «real» cuando solamente giramos entre códigos.

 

 

La voz cantante

 

Atento a los conceptos de Gerard Genette, los cuentos del corpus se dividen en los que tienen focalización interna con narradores personajes y los que la tienen externa con narradores objetivos o que nunca terminan de configurar una focalización cero, son semi-equiscientes, ya que apenas permiten vislumbrar chispazos emocionales o pensamientos profundos de los personajes.

Esta instancia propicia una doble estrategia enunciativa. Por un lado, en la totalidad de los cuentos se construye un punto de vista asfixiante que persigue a los personajes y por otro, propone una posición enunciativa dominante con punto de vista externo, más allá de los distintos narradores en las capas de enunciación superpuestas. Esta organización discursiva es clave en la construcción del mundo extrañado que configura el libro, fruto de la distorsión perceptiva y del distanciamiento. Aun en los cuentos narrados en primera persona, el texto no profundiza en la psicología de los personajes, la mirada se contamina por el mundo extrañado que se construye mediante indicios nebulosos e informantes inciertos. La mayoría de los protagonistas no tienen nombre, o usan nombres falsos y la historia personal de los mismos está acotada a un puñado de sucesos, a veces a ninguno.[8]

En este sentido, las dos historias que construye «Nene», fiel a la teoría de las dos historias de Ricardo Piglia, tampoco aportan información clara sobre los personajes. La estructura del cuento es muy celosa de las formas, pero las dos historias que confluyen hacia el final del relato, la de la búsqueda del niño del vidrio y la de la ocasional cita amorosa, si bien cumplen con la premisa de la narración cifrada de contar una historia mientras se está contando otra, resultan opacas y fragmentarias. Por su parte, la voz narradora se confunde en el estilo indirecto libre de «La casa de los pájaros» y en el enmarcado onírico que se hace de la tercera persona en «Música». Y sin embargo, estos relatos avanzan con fluidez en la esquizofrenia narrativa del mundo construido. En «Música» la voz se extraña aun más en una atmósfera lyncheana[9] en la que todos los personajes del cuento comienzan con prefijos que se corresponden con notas musicales. Este efecto enunciativo distante abre una perspectiva desde la cual accedemos a una visión cinematográfica, objetivista en los recortes, en fotogramas que construye el texto y que se fijan en un tiempo dolorosamente largo, imágenes a las que se interroga sin que lleguen a decir nada, como el tigre, como la lagunita, como el campo infinito en el que se pierde Ángel, el conductor del Fairlane

Los finales de los cuentos continúan esta lógica. A veces en un suave fade-out, a veces más abruptamente, pero siempre con la simpleza y la indiferencia que los deja en el borde de una nueva incertidumbre, en la salida autogenerada del propio círculo, tan lejana a lo desgarrador como a segundas oportunidades consoladoras. Como si personajes y narradores alcanzaran el último núcleo del relato y se esfumaran. La escritura, como afirman Deleuze y Gauttari en «Rizoma»  «no tiene que ver con significar, sino con deslindar, con cartografiar» (2010: 11) con «hacer línea y no punto» (2010: 28), un «abandono» del texto que produce el efecto de desaparición del autor para que las historias se desgranen y se imbriquen solas abriendo mundo.

 

 

El devenir de Música

 

Para Deleuze y Guattari,el territorio es una construcción social, resultado de las relaciones de poder. Pero el poder, como propone Michael Foucault, debe dejar de analizarse como un absoluto y ser abordado como una dimensión simbólica, cultural, a través de una identidad territorial atribuida por los grupos sociales como forma de control simbólico sobre el espacio que habitan. Para los autores de Mil mesetas ese poder se traduce en deseo. Se construyen así agenciamientos colectivos de enunciación y agenciamientos maquínicos de los cuerpos (o deseos), que son las máquinas sociales, las relaciones entre los cuerpos, cuerpos animales, cuerpos cósmicos que conducen a un estado de contagio, contacto y devenir de éstos en una sociedad determinada.

Los personajes de Música son cuerpos/deseos, son voluntades que escapan a la representación, destronando a la razón como principio y esencia del mundo, que se auto-aíslan, y desde allí trazan líneas de fuga para desterritorializarse. A veces por propia voluntad, a veces en el frenesí inconsciente de sus deseos, emergen de las estructuras que los contienen y a la vez los asfixian. Como Harry Haller en El lobo estepario, salen a la estepa, devienen animal, devienen múltiple. En «Fantasma» Mirna deviene música: «ella era todas las tónicas, las séptimas mayores, las undécimas, las quintas bemoles» y que a su vez conduce a un devenir-imperceptible, en la medida en que desaparece al cruzar los umbrales de esas «cosas prohibidas como las cuartas mayores o las quintas descendentes». En «La casa de los pájaros» hay un devenir-pájaro o devenir-ave y finalmente un devenir-otra, hacia el final, cuando la mujer-ave vuela y ve a esa otra mujer que retorna asustada a su casa. En «La voz» se deviene en esa voz penetrante que lo fastidia y a la vez lo refleja. Así como en “Fuera de línea” el deseo deviene en fascinación por la muerte.

            A la luz del pensamiento de Deleuze y Guattari, la escritura mina lo mayoritario para que lo minoritario surja, tenga voz y pueda nombrarse. Lo minoritario pertenece al espacio del rizoma y el devenir. «Escribir, hacer rizoma, ampliar nuestro territorio por desterritorialización, extender la línea de fuga hasta lograr que englobe todo el plan de consistencia en una máquina abstracta» (2010: 17). Hacia esa desterritorialización conducen los cuentos de este libro y sus personajes. Sin estridencias, en los márgenes, narrando tragedias minúsculas. La voz de la incomodidad, la voz que se retrae hacia el interior de sus mundos para ser la primera pieza rebelde del engranaje en el cual fueron ensambladas por los agenciamientos.

Pero el devenir no tiene espíritu evolutivo. Los cuentos a la manera de rizomas se continúan en líneas de desterritorialización por las que entran y salen, por las que no acaban ni empiezan.

 

 

Un realismo extrañado

 

Para Víktor Shklovski el arte presenta los objetos desde otra óptica, desde una nueva perspectiva. Los arranca de su percepción automatizada y cotidiana brindándoles vida en sí mismos. En esta línea, los relatos de la obra transitan el territorio fronterizo del cuento extraño. Un realismo lindante con géneros de rasgos estabilizados como el fantástico o el terror pero que toma distancia de otras tendencias de la época como el realismo idiota o el realismo atolondrado[10]. El cuento extraño[11] implica un realismo nebuloso que esconde una amenaza, que provoca una sensación de molestia, de asombro y de perturbación. En muchos cuentos hay pasajes que pueden ser leídos como fantásticos, el nene sin cabeza (un trabajo distorsivo en la intertextualidad con El Matadero de Esteban Echeverría[12]), los llamados telefónicos inverosímiles, los tigres que irrumpen desde la nada misma, los indios en plena ciudad o las voces de los muertos en el valle. Sin embargo, estos sucesos no son estrictamente sobrenaturales, pueden ser producto de una percepción no inducida, porque no estamos ante un hecho que trasciende la normalidad, sino ante una normalidad impredecible.

Esta irrupción de lo ominoso en los cuentos de Música se inscribe en una fuerte tradición literaria argentina que tiene entre sus nombres destacados a Leopoldo Lugones, Adolfo Bioy Casares, Abelardo Castillo, Julio Cortázar y en la actualidad en nombres como Mariana Enríquez, Samanta Scheweblin, Federico Falco, Luciano Lamberti y Tomas Downey entre otros, y que se cristalizó desde mis primeros textos en la temprana lectura de «El Horla» de Guy de Maupassant.

 

 

Escribir Música

 

En «La mirada de Orfeo» Maurice Blanchot  reinterpreta el mito de Orfeo y Eurídice. Cuando Orfeo vuelve la mirada hacia Eurídice se enfrenta al silencio, a lo intangible. El «fracaso de Orfeo» es el momento en que vuelve la mirada hacia atrás y pierde eternamente a Eurídice. La distancia entre ellos es el espacio órfico donde tiene lugar la creación, la inspiración. No hay manera de que ese espacio se abra, no hay manera de que esa inspiración tenga lugar y por lo tanto la creación artística nazca a menos que Orfeo gire y produzca la apertura del espacio poético.

            En ese giro, en ese «fracaso» de voltear la mirada hacia espacios inciertos nacieron las imágenes disparadoras de estos cuentos. Una frase, un pequeño argumento, una imagen apuntada en una libretita, en el celular, en cualquier papel a mano. Y si bien entre el bloque de mármol y el David hay una eternidad, la esencia de cada uno de ellos se encuentra en esa imagen.           

 

Los cuentos tuvieron innumerables procesos de reescritura. Fueron seleccionados entre decenas que llevaba escritos (muchos en los talleres de la carrera) y si bien en principio eran veinte, en ambas etapas de la materia se redujeron a los diecisiete que conforman la obra. El trabajo realizado en Proyectual de Obra I y II ha sido el más profundo y el que les ha otorgado una forma acabada. Un proceso intenso y exhaustivo en el que tuvieron modificaciones sustantivas, especialmente en lo referente a la formay las interconexiones de la intratextualidad.

En este sentido, fue muy productiva una pauta de trabajo que emprendió Marcelo Guerrieri. En los primeros encuentros trabajamos intensamente el cuento «La casa de los pájaros», en el cual fue singularizándome los problemas de forma y contenido que identificaba como una constante en los cuentos. Especialmente en la construcción de la espacialidad contextual de las escenas. Esta operativa me brindó una herramienta de autocorrección que fue clave a la hora de las reescrituras. Dos ejemplos claros son «Fantasma» y «Monte Chingolo» que encontraron en estas reescrituras y procesos de edición una forma apreciablemente distinta a la presentada al iniciar el proceso.

En la primera versión del libro, se hizo presente la dificultad al momento de dar forma a voces polifónicas que transitaran los textos y que al mismo tiempo permitieran la lectura paragramática del corpus. Este punto fue clave, ya que me impulsó a generar cambios radicales en el tratamiento de los narradores, y en el género de los personajes.

El gran acierto de Marcelo como editor fue el de señalarme las inconsistencias narrativas que presentaban, sin que esos cambios y modificaciones implicaran trastocar el espíritu de los cuentos ni el de la obra. Aquel que como escritor me empujó a mirar al vacío, a perder eternamente a Eurídice.

 

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Bibliografìa

Barthes, Roland (1977) Introducción al análisis estructural de los relatos En Silvia Niccolini (comp.), El análisis estructural. Centro Editor de América Latina, Buenos Aires. Traducido por Beatriz Dorriots

Barthes, Roland (2009) «El susurro de la lengua» enEl Susurro del Lenguaje. Paidos. Buenos Aires

Blanchot, Maurice, (1992) “La mirada de Orfeo”, en El espacio literario, Barcelona, Paidós, Trad. Vicky Palant y Pablo Martín.

Cage, John, (2016) “El futuro de la música”, en Ritmo etc., Interzona, Buenos Aires.

Deleuze, Gilles y Guattari, Félix (1978) Kafka por una literatura menor. Era. México.

Deleuze, Gilles y Guattari, Félix (2010),Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos, Valencia.

Deleuze, Gilles yGuattari, Félix (1993)Qué es la filosofía. Barcelona. Anagrama

Schopenhauer,  Arthur (2004)  El mundo como voluntad y representación. Trotta. Madrid

Shklovski, Víktor (1978) “El arte como artificio" en Teoría de la literatura de los formalistas rusos. Siglo xxi editores, s. a.

 

 



[1]Para Platón, el verdadero mundo estaba en otro lado, para Kant nuestro conocimiento no puede sobrepasar las limitaciones de la mente y de los sentidos. No sabemos cómo son las «cosas en sí», solamente sabemos cómo las experimentamos.

[2]«La gente distinguía entre los sonidos musicales y los ruidos: yo seguí a Varese y luché por los ruidos» «El futuro de la música», John Cage (2016: 199)

[3]La noche del cazador (TheNight of the Hunter) es una película estadounidense dirigida por Charles Laughton en 1955. El guion está inspirado en la novela homónima de Davis Grubb, que había sido publicada en 1953 y relata la persecución impiadosa de dos niños por parte de un asesino a quien identifican por el silbido. A la vez, la película M (1931) Fritz Lang es condición de producción de esta película.

[4] En “Fantasma, Georgie no hace más que reforzar la hipótesis de que Mirna crea cosas que no existen y las hace parecer reales. A su manera, está realizando la misma operación sobre la realidad. En su relato sobre el destino de Mirna, toma libremente elementos de la obra del jesuíta alemán Athanasius Kircher en Ite r Extaticum Coeleste (Viaje extático celeste) como los tres músicos italianos, a quienes debe escucharse como condición necesaria para partir hacia el éxtasis de los cuerpos celestes. Esta obra es aludida por sor Juana Inés en Primero sueño y es un elemento que potencia la doble percepción de Georgie como hombre culto/chanta.

 

[5]Resulta paradójico que el colectivo urbano, un medio de transporte masivo, se erija como una de las obsesiones de este libro de solitarios.

[6] Gary Tarn (2005). El protagonista de este film es un cineasta que tras un asalto pierde la vista. A  partir de ese hecho traumático, comienza a viajar solo por el mundo y se comunica a través de las palabras, de la música, y de las imágenes que habitan  su mente.

 

[7]En Mil Mesetas se lo menciona con una sola L, por lo cual respetamos esa particularidad.

[8]«Monte Chingolo» es el cuento que nos abre una mayor perspectiva interna del personaje.

[9] El cine de David Lynch se caracteriza por su complejidad, su influencia surrealista, y por describir mundos en los que impera el subconsciente, las pesadillas y los mundos paralelos.

 

[10]Caracterizaciones del Realismo de Graciela Speranza y Tamara Kamenszain respectivamente.

 

[11]Más allá de las etiquetas, los personajes y los mundos que se construyen en Música tienen también sus resonancias y sus condiciones de producción en las obras de Poe, Kafka, Salinger, etc., en cuentos como «El nadador» de John Cheever, «¿Dolor? Ninguno» de Richard Yates, «Mis vecinos golpean» de Abelardo Castillo, «Blues en la noche» de Germán Rosenmacher, etc.

[12]“Monte Chingolo” hace un trabajo de intertextualidad con El Matadero que no se limita al “pibito sin cabeza” que sustituye mequetrefe por matasiete. El protagonista recrea al joven unitario que se pierde en el territorio de los “salvajes” y pone en oposición los territorios tanto geográfico como de clases. Por otra parte, trabaja desde un punto de vista muy personal tópicos borgeanos como el sur y la valentía/cobardía.

sábado, 25 de mayo de 2024

suburbio

 

suburbio en un textode daniel delfino que pertenece a las esferas

audiolibro suburbio

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leer las esferas


suburbio

Ella me dijo: una noche me tiré desde un séptimo piso y una mano me atajó. No hay nada imposible para el Señor. Dios y el demonio combaten en almas impuras como la mía. En esta pieza, hay noches que siento respiraciones, ruidos extraños. Siento que me manosean. Por eso quiero que te quedes conmigo Yan, ¿entendés? No tengo ninguna duda: sos la enviada, yo misma. Tu belleza, tu luminosa belleza va ahuyentar los espíritus del mal que han oscurecido mi existencia.

   Beatriz hablaba sin parar, como una loca, yo no sabía qué decirle. Realmente no sabía qué decirle.

   En esta habitación se tuvo que haber cometido un crimen horrible (se refería a la habitación del hotel en el que vivía, yo había llegado ahí porque ella escuchó cuando el dueño me dijo que no tenía lugar). De eso estoy segura repetía. Hay un alma que está penando, ¿entendés? Algo horrible debe haber sucedido en estas cuatro paredes. Estas paredes lo vieron todo, todo. Por eso prendo la vela roja, para que el espíritu vea luz. Yo durante un tiempo estuve muy confundida, practicaba ayuno negro y esas cosas pesadas, muy pesadas. Varias veces lo hice para maldecir a la que me envió a este sendero de espinas. A veces se me aparece, con cara de cactus, horrible, es malvada, muy malvada. Esto es demasiado para mí. Yo igual que vos, soy pibita. Pero ahora, con tu belleza –hizo una pausa y sus ojos se iluminaron, como si tuvieran otro color y agregó– se va aquietar, sí se va a aquietar.

   Cuando le decía de dónde había sacado esas locuras, ella me decía: Shh..., no digas eso. No lo provoques. Yo oro mucho. Orando mucho lo detengo, pero jamás lo provoco. Yo ya soy un ángel; he logrado la fortaleza espiritual de un ángel. Aún cuando mi vida sea tormentosa. Aún cuando deba soportar el agobio de estos espíritus. Todos nacemos con una misión en la vida.

   Me puse de pié, quería irme, era mejor estar en la calle que estar ahí en la pieza de ese hotel, ella me asustaba más que cualquier cosa que pudiera pasarme afuera.

   Pero Beatriz se puso pálida, como si hubiera dejado de respirar. Sus ojos se pusieron blancos. La zamarreé con desesperación. Los colores retornaron a su rostro.

   No te preocupes, me dijo, es un lapsus. Sólo te pido que salves mi alma. Sólo eso te pido. Ayudame a terminar de una vez por todas con este calvario. Tu sexo es redentor. Tu deseado sexo es el único redentor para mí. Sólo eso te pido. Yo tengo que mutar y Él me va a recibir en su seno, como a un ángel obediente.

   La vela se apagó. Beatriz rápidamente volvió a encenderla.

   Él quiere estar con vos, y vos debés salvarme. Para eso estamos en el mundo, para salvar al prójimo. Para recrear el Reino de Dios en esta tierra maldita de demonios. Yo soy un ángel, no me tengas miedo. Tenés que continuar mi camino, el camino que yo no puedo recorrer. Y no me tengas miedo, por favor no me tengas miedo. Al único al que debemos temerle es al Espíritu Supremo. Yo hago todo para liberarme de las fuerzas malignas que me avivaron, para ser blanca, para que Él me reciba en sus brazos. Me lavé la cabeza con yuyo, con malva, ¿sabés lo qué es eso? Después hay tres días en los que tenés que esconderte del sol. Eso te quita los espíritus de muerte, los repugnantes espíritus malignos de la noche más profunda. Pero, Él me quiere a su lado y vos sos la enviada. Apenas te vi lo supe. Él pone las certezas en mi alma.

   Le pedí que me dejara salir. Qué me diera la llave.

   La cara de Beatriz se puso blanca otra vez, parecía muerta. Con terror observé que su imagen se agigantaba. Se volvía enorme. No sé de dónde salían manos, salían manos que me manoseaban el cuerpo. No podía gritar, como si una de esas garras fantasmales me cubriera la boca. La imagen de Beatriz se teñía de un color bordó. Su figura continuaba agigantándose. Lanzó un grito: Él está poseyéndote. Ahora, cuando te escapes de acá, puta de mierda, el mundo afuera no va ser el mundo, va a ser el infierno. ¿Entendés puta de mierda? Él ya te poseyó.

   Con todas mis fuerzas, con las fuerzas que me quedaban empujé la figura deformada de Beatriz. Desde su bolsillo cayó un manojo de llaves. Las agarré del piso con desesperación, mientras el cuerpo agigantado de Beatriz continuaba elevándose hasta golpearse contra el techo como un animal torpe y asustado. Abrí la puerta y empecé a correr con desesperación. Los pasillos oscuros del hotel eran terroríficos, solitarios, como si no viviera nadie en ese hotel. Rápidamente encontré la puerta de salida.

    En la esquina más cercana vi las luces de una avenida por la que pasaban autos a toda velocidad. Los autos eran luces a toda velocidad. Empecé a correr hacia esas luces. Pero a los pocos metros tuve la necesidad de mirar hacia el hotel. Y lo que vi fue impresionante. Desde la ventana de la habitación de Beatriz salió una luz rojiza, parecía un vómito de sangre que salpicaba los árboles. Tuve tanto miedo que no pude mirar más y empecé a correr otra vez hacia la avenida.

   Al llegar a las luces me detuve. No sabía hacia dónde seguir. Un auto pegó una frenada. Desde adentro del auto unos tipos empezaron a gritarme… groserías me gritaban, groserías horribles. Cosas muy feas, cosas horribles. Se bajaron del auto y si bien traté de escapar, me encerraron, me corrían como si fuera una animal y empezaron a manosearme. Sus cuerpos olían a vino, a transpiración. No tenía más fuerzas, uno ya me estaba arrancando la bombacha cuando se escuchó un grito que los detuvo. Era la voz de Beatriz emergiendo desde la oscuridad.

   Dejenlá hijos de puta, sueltenlá, gritaba.

   Su grito los detuvo. La figura de Beatriz, que volvía a ser menuda, se volvió poderosa. Sentí un gran alivio al verla otra vez. Otra vez, de su tamaño normal. Los tipos dudaron unos segundos y se lanzaron sobre ella. Luego de varios forcejeos la inmovilizaron y la metieron en el auto. Yo intenté escapar pero me agarraron y también me metieron en el auto.

   Arrancaron.

   En el interior de ese auto el olor a vino era insoportable. La música estaba muy fuerte, aturdía. Uno de ellos, sobreponiéndose al barullo infernal, dijo a los gritos: ¿y con el monstruito éste que hacemos? La puta que los parió para qué mierda trajeron a este monstruo. Nos volteábamos a la gatita y listo. Así hablaban, así hablaban.

   Beatriz, que no se rendía, intentó golpear al que estaba a su lado, pero inmediatamente el que viajaba en el asiento del acompañante le pegó con un revolver en la cabeza. Comenzó a sangrar hasta desvanecerse.

   —¡La mataste idiota, la mataste! —gritó el que estaba al lado mío mientras me abrazaba con violencia.

   —¡Qué la voy a matar! —gritó el que me tenía agarrada. Los monstruos estos nunca mueren, dijo y se mataron de la risa.

   Con un par de cachetadas intentaron reanimarla, pero la cabeza de Beatriz se derrumbó sobre mi hombro.

   Gritaban: hay que tirarla en algún lado, la puta que los parió por este monstruo vamos a ir todos en cana.

   Me di cuenta que nos estábamos alejando de la ciudad; las luces que se veían en la ventanilla eran cada vez menos y todo era oscuridad. El que manejaba hacia maniobras nerviosas y nos metimos por un camino que salía de la ruta, o lo que fuera que íbamos.

   —¿Y con ésta qué hacemos? —dijo uno de ellos, era horrible escucharlos. Era un infierno escucharlos.

   —La co…—perdón pastor— la violamos y la matamos también. Si la dejamos viva nos manda en cana. Tiene cara de cantarina la pendeja.

   El que me tenía agarrada me dio un beso en los labios. Me arrancó la remera y me apretó los pechos con brutalidad.

   —Pará, paremos en algún lado. No seas angurriento —le dijo el que manejaba.

   Paramos en un descampado. Abrieron la puerta y tiraron con desprecio el cuerpo de Beatriz y después me hicieron bajar del auto. El que le había pegado con la pistola a Beatriz, al bajar del auto tropezó y el arma cayó junto a mis pies y la tomé con mi mano.

   Juró por Dios que no pensé hacerlo pero cuando se abalanzaron sobre mí, disparé. El estruendo me hizo temblar todo el cuerpo, nunca voy a olvidarme de ese ruido infernal. Uno de los tipos se derrumbó en el piso. Volví a disparar. Los otros tres, al ver a su compañero caído, inmediatamente acudieron en su auxilio. Sin control sobre mí misma, volví a apretar el gatillo. Le di a otro de los tipos. Los otros dos salieron corriendo hacia el auto, me rogaban que no les dispare y se escaparon.

   Sentía el frío en la cara y el ruido del motor alejándose. En el aire todavía se escuchaba el eco del último tiro, al menos yo lo escuchaba. Un frío me corrió por todo el cuerpo, me quedé congelada. La oscuridad no me dejaba ver los cuerpos, no quería mirarlos, era todo horrible. Tenía todavía el revólver en mi mano. Lo solté aterrorizada. A tientas encontré el cuerpo de Beatriz, que había quedado de espaldas, con su boca mordiendo la tierra, como si intentara cavar su propia tumba con los dientes. Como pude la di vuelta: tenía los ojos abiertos, la mirada muerta y suplicante. La zamarreé varias veces, pero Beatriz no reaccionaba. Con desesperación me puse a correr.

   Corrí y corrí a ciegas en medio de la nada. Hasta que no pude más y me caí. Esa noche no tenía final, no me podía escapar de esa noche.

   Cuando abrí los ojos me encontré con la cara de una nena. Una nena que sonreía. Ya era de día. La nena me ayudó a pararme. Sin dejar de sonreír me entregó un caramelo. Sus ojos tenían un color brillante, brillante como el cielo. Me agarró la mano y empezó a caminar. A lo lejos se veían algunas casas. Caminamos en esa dirección.

   —¿Te gustan los caramelos de frutilla? Tengo más si querés —me dijo la nena mientras escarbaba el bolsillo de su camperita.

   Llegamos a una casa, en la que había una mujer. Era la mamá de la nena. Al verme sus ojos brillaron aun más que los de la nena. Sentí que estaba a salvo.

   —Era hora qué llegaras, me dijo la mujer con alegría. Estás de nuevo en casa, el infierno ya terminó.

   Me abrazó.

   —Ya no importa, mi hijita, ya todo pasó. Ya nadie te va a hacer daño. Ahora sos hermosa.

   La mujer me sirvió un café con leche y me tomó de la mano y me llamó Beatriz.


viernes, 24 de mayo de 2024

las esferas
















Las esferas es una nouvelle de Daniel Delfino que cuenta una historia en forma lineal, un huída sin rumbo, pero a la vez es un relato atravesado por otros relatos que entran en la historia de forma lateral y fragmentaria y que exhiben con crudeza lo más oscuro de la existencia, la crueldad de un mundo que exige sin ninguna piedad lo que de ninguna manera brinda.



las esferas (audiolibro)


las esferas

 


ahora nunca voy a conocerte
pero te amaré de todos modos
                   Elliott Smith / Waltz #2




El sonido cortante del timbre es cada vez más potente. Recorre los espacios como un escalofrío. Andy parpadea; en la luz filtrada por la persiana miles de partículas blancas flotan por la habitación en haces oblicuos.  

   Vacila unos segundos y se incorpora. Alguien grita afuera. Nunca contesta el portero, se asoma por la ventana de la cocina; un ángulo entre las rejas del balcón le permite observar la entrada del edificio.

   Es Mateo.

   Se aparta de la ventana como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Vuelve a asomarse con mayor precaución. Mateo camina fuera de sí desde la puerta hasta el árbol de la vereda.

   Andy dirige una mirada rápida hacia la puerta como si planeara salir del departamento. Mateo podría entrar detrás de cualquier persona que abra la puerta del edificio.

   Sube al quinto piso y entra en el cuartito de las bauleras. Si Mateo lograra entrar al edificio no llegaría hasta ahí. Podría tirar abajo la puerta de su departamento pero no subiría hasta las bauleras. ¿Quién sabe dónde están las bauleras en los edificios? No, no se le puede ocurrir buscar en las bauleras. Andy cierra la puerta desde adentro y se asoma a la ventanita. Lo vuelve a ver a Mateo, a ratos se apoya un segundo en el árbol y parte eyectado para volver a clavar su dedo en el timbre del 2 f.

 

 

 

Andy guarda algunas cosas en la mochila. Camina unas cuadras y se sube a un colectivo. Hay  asiento para elegir, solo viajan dos personas y elige el primero de los individuales pasando la puerta del medio. El vidrio de la ventanilla tiñe la ciudad de un color verdoso e irreal. Viajar en colectivo enciende máquinas de pensar. Las tiras de casas se interrumpen abruptamente en cada bocacalle como en los dibujitos animados. Huecos en los que la ciudad parece prolongarse hasta el infinito. Baja del colectivo, camina algunas cuadras y vuelve a subirse a otro colectivo. Cualquier color, cualquier número, cualquier línea. Un acción que parece aleatoria o regida por algún patrón misterioso. La vida en la ciudad hasta ahora se había circunscripto a su barrio. Del departamento al trabajo, unas pocas cuadras hacia el oeste. Afuera nada se detiene, casas, gente, nenes jugando, plazas, viejos al sol; fragmentos y escenas del mundo que pueden espiarse desde la impunidad de la ventanilla. Imágenes visibles, miles de imágenes invisibles. En ese tramo del viaje todos los colectivos parecen concluir su recorrido. Los pasajeros se amontonan en las puertas para bajar. Es un centro urbano grande y muy transitado. Baja y camina unas cuadras a la deriva. Mucho más tarde, en otro colectivo, unos pibes exaltados cantan con camisetas verdes y blancas. Se comportan con violencia pero parecen tontos. Andy continúa no quita sus ojos de la ventana, como si fueran invisibles o como si fuera invisible. Se baja y toma otro colectivo. El primero que llega. Todos los colectivos tienen un rumbo, los pasajeros también. Los colectivos parecen ser un lugar seguro, como si mantuvieran un orden en el caos de la ciudad. Se hace de noche. La gente se encierra en sus casas a esperar que sea mañana; las intensidades desparejas de las luces del alumbrado irradian una soledad envolvente. La mayoría de un color blanco y crudo. En algunas calles sobreviven focos amarillentos, casi anaranjados. Penden como piedras preciosas en postes alineados hasta volverse una sola luz incendiándose hacia el fondo de los barrios. En la madrugada, un colectivero anuncia: terminal. Se queda observando como el colectivo cansado se mete en su cueva bajo la luz solitaria de una avenida. Andy entra en un local de comidas rápidas. Va al baño y se lava la cara. Continúa viaje hasta entrada la mañana. Se baja y camina unos metros hasta un pequeño barcito en una esquina. Pide un café doble y un pebete de salame y queso. En la mochila, donde había metido algunas cosas, saca dos billetes. Camina un par de cuadras por la calle principal y observa un letrero: Familiar Gertrudis.

   Un lugar limpio y ordenado. El interior del hotel es agradable.

 

 

 

—No hay lugar, tenemos pocas piezas y están ocupadas, todas ocupadas y algunas tienen problemas de humedad y esas cosas —dice el encargado del hotel.

   Andy lo mira como si no lo escuchara. Es un hombre maduro, canoso pero con algunos cabellos aun rubios. Alto y atlético. Su piel pálida reverbera el celeste perturbador de los ojos. Usa ropa deportiva que parece de marca, original. ¿Sesenta años? Brazos peludos como los de un animal.  

   —¿Vos sos de por acá? ¿Qué andas haciendo por acá? –suelta las preguntas como si no quisiera cerrar la charla.

   —Quería descansar.

   El hombre gesticula cierta desorientación ante las palabras de Andy.

   —¿Tenés documento?

   Andy se lo entrega. Él lo observa con atención.  

   —Ah pensé que eras…, perdón.

   —No pasa nada.

   Se sumergen en un silencio incómodo.

   —¿Sos de afuera?

   —Sí.

   El hombre manipula el documento como si cambiara de opinión.

   —Si me pagás el primer mes por adelantado de la pieza, también te puedo dar trabajo. Disculpa por la desconfianza, pero ya me fallaron varias veces. La señora que limpiaba no vino más. Hace una semana ya que desapareció. Después si todo va bien, ya no te cobro el alojamiento.

   —Sí, me gustaría trabajar acá.

   —Tenés que ocuparte de la limpieza, de las habitaciones, de los lugares comunes y la planta baja. Y de hacerles las compras a las chicas, las que están embarazadas, ahora hay cinco. Ellas no salen. Mi nombre es Osvaldo.

   —Yo soy Andy.

   Suben dos pisos por escalera y le muestra su habitación.

 

 

 

Se despierta después de dormir varias horas. Dormir es un ensayo de la muerte. A lo lejos braman motores, parecen camiones. O podrían ser generadores de fábricas viejas integradas a esas calles opacas. El viento contorsiona una cortina anaranjada. Por la ventana entreabierta se filtran borbotones de luz incolora de madrugada.

   A las seis y media, Osvaldo golpea la puerta y le da la lista  de las compras. Desayuna rápidamente en la cocina y se pone a limpiar. Más tarde hace las compras.

   Después de la seis de la tarde queda libre.

 

 

 

Una de las chicas embarazadas del hotel se llama Eve.

   ¿Eve?, pregunta Andy.

   Sí, pero con h, aclara enseguida.

   No sabía que había eves con h.

   Está embarazada de seis meses. Es su segundo embarazo. Se muestra feliz con su embarazo. Habla mucho pero Andy no le presta la más mínima atención para sostener la charla, como si se hubiera quedado pensando en otra cosa.

 

 

 

Las seis. Vuelve a su cuarto y se tira en la cama. Mira el techo. Eve es un nombre más pequeño sin h, impar. Un nombre que parece evaporarse al pronunciarlo. Los nombres hacen aparecer a las cosas en ausencia. Más cuando son nombres propios. Nadie debería llevar el nombre propio de otro. Un nombre es una piel, un olor inconfundible en la oscuridad.

   Andy extrae una pequeña libreta de su mochila. Busca un papelito: Te amo, te lo pido porque te amo Andy. Eve. Lo lee una y otra vez, recorre el nombre Eve como pensando en la h que falta. Lo guarda.

 

 

 

Todas las habitaciones son iguales en la oscuridad. Se pueden hacer mil esfuerzos por fijar imágenes, pero los cuerpos en la oscuridad no son más que sombras que se mueven, que abrazan, que se sueltan. Nombres músicas que reviven momentos que se han vivido o que se cree haber vivido. ¿Son menos intensos por no haber sucedido o por no recordar si sucedieron realmente? o ¿por haberlos soñado? Imágenes en descomposición, como lo trazos de un dibujo que van y vuelven sin afirmarse en una figura.  

 

 

 

Andy entra a un locutorio de la calle principal. En su cara se refleja el cansancio de una semana de trabajo intenso. Dos personas de espaldas, concentradas en sus computadoras, en otro mundo. Se acerca a la chica de la caja y le pide una línea.

   Cabina 2.

   El clac de la puerta al cerrarse apaga los ruidos. Levanta el tubo del teléfono y se queda observando unos instantes los números del teclado. Disca y se detiene. Rebusca en su billetera y encuentra un papelito con un nombre: Luján y un largo número. El tuutuu de la línea le hace cortar con el dedo. Parece dudar algunos segundos.

   Sale de la cabina y le dice a la chica que no pudo comunicarse.

 

 

 

En los puntos centrales la vida es igual en todos lados. En los pueblos, en las ciudades, en los lugares que se conocen por primera vez. Las cosas van quedando atrás y se olvidan con las cosas nuevas. Todo es tan simple como dejar las cosas atrás. De un día para otro Andy había dejado de hablarle a Constanza, sin que ella le hubiera hecho algo, sin un motivo. Un motivo que Constanza pudiera entender. ¿Tiene que haber un motivo? A veces no es necesario hablar y no se habla. Constanza volvió varias veces pero Andy se hacía negar. Constanza era su amiga, su única amiga. Algunos en la niñez tienen amigos invisibles, pero Constanza era tan real como el sol del pueblo, como la plaza del pueblo. Ni siquiera tras el suicidio del papá de Andy volvieron a hablar. Todo el pueblo se mató el aburrimiento durante meses hablando y hablando del suicidio de Ignacio Villegas. Un suicidio morboso, cinematográfico. En los pueblos esperan esos sucesos como el pan de cada día. Se levantan en la madrugada y piensan: hoy puede pasar algo. Su papá había estafado a la empresa de los Böhnhardt, los buenos de los Böhnhardt. Había falsificado recibos, se había quedado con mucha plata que se le escurrió como agua en las mesas de póker del casino de un pueblo vecino. Nunca se había escuchado algo tan grotesco como el suicidio de su papá. Tan teatral, tan premeditado. Una vez que lo descubrieron, acorralado, sin que en todo el pueblo hubiera un lugar donde esconderse, entra en el cementerio del pueblo, abre la bóveda de la familia Böhnhardt, seguramente fuma un cigarrillo, le arranca al tabaco la vida misma, aspira el olor de los muertos, piensa un segundo en todo y en nada y se pega un escopetazo en la boca.

   Los Böhnhardt se portaron muy bien con su mamá. Los Böhnhardt se portaron más que bien con su mamá. No le reclamaron nada. Vinieron al velorio, se mostraron solidarios. Es tan fácil imaginar las voces, las palabras: ¡Qué gente tan humana! Da gusto que gente así tenga tanta plata. Cómo no imaginar la humillación que deforma la cara de su mamá agradeciendo. Gracias don Lautaro, gracias doña Paulina, gracias, gracias, gracias. Un reloj invisible comienza a correr desde ese día; un reloj en sentido inverso. Gracias, gracias, gracias. No les quedaba mucho tiempo en el pueblo. Ese día, su mamá inició la recta final hacia la muerte. Una depresión profunda  la hundía en la cama. Un fantasma en camisón saliendo y entrando del baño. Un destello que se apagaba en silencio. Luján, su hermana mayor, trabajaba de maestra y se encargaba de su mamá. Andy volvía del colegio y se encerraba en su cuarto.

   Constanza un día no volvió más.

 

 

 

La mayoría de las veces es mejor no decir nada. En las buenas historias lo importante nunca se dice. Tal vez no exista lo importante. Es mejor dejar que hable el paisaje, el ambiente, los sonidos desarticulados. Sin embargo, el don de la oratoria cautiva a la gente. No importa que digan las palabras sino como suenan, aun cuando no digan nada.

 

 

 

El sábado al mediodía Osvaldo le paga algo de plata. Habla de unos descuentos pero a Andy no le presta atención. Toda la tarde se la pasa en el hotel. El frío recrudece. Su campera es de una tela muy fina. Antes de salir les pregunta a las chicas si necesitan algo de afuera. Sale del hotel y camina por la calle principal. Compra un pan lactal, salame, queso y una tónica para ella y yogurt para Hebe, un shampoo para Brenda y espirales para Osvaldo.

   De los verdes, los violetas son para maricones, le dijo Osvaldo con una risa filosa.

   ¿Espirales con este frío?

   Casi todos los locales que no son almacenes o negocios de comida elaborada están cerrando o cerrados. Concluye de hacer las compras de los encargos y de vuelta al hotel encuentra un negocio de ropa usada abierto.

   Sus ojos se imantan a un tapado gris claro y corto. Lo observa una y otra vez y cuando parece que va a continuar caminando, entra al negocio y lo compra. Mete su campera en la bolsa y se lo lleva puesto. En la esquina tira la bolsa en un cesto.

   Lo cuelga en una percha, del lado de afuera del ropero y se lo queda mirando. Le descubre unas pintitas lilas parpadeantes que aparecen y desaparecen.

 

 

 

La gente es hipócrita. Muy hipócrita. Tiene dos caras. Dicen que todos los niños son lindos pero lo primero que cuentan es si es blanquito, si es rubiecito y de qué color tiene los ojos. Algunas veces me pongo a pensar que la gente con ojos celestes, ojos claros quiero decir, no importa si son justamente celestes, vemos el mundo de otra manera. Mejor. Distinto. Otra luz, vemos otra luz. ¿No te parece? Todos ven su luz. Yo no sé qué luz ves vos con tus ojos marrones, si es igual a la que veo yo. ¿No es que dicen que los colores no existen, que son engaños de la luz? ¿Vos no crees que la gente linda la pasa mejor? Una vez leí que un tipo que mataba gente coleccionaba los ojos verdes y celestes y grises también, creo.

   Osvaldo dice que los que tenemos ojos azules vemos el mundo más puro y que eso puede mejorar la humanidad. Cuánto más puro sea el ser humano es mejor, dice, pero a mí eso no me importa, solo me importa la plata que gano y gano mucha.

   Deberías arreglarte más Andy, todo entra por los ojos. En la vida hay que saber elegir el camino correcto. En mi país no teníamos ni para comer y yo me busqué la manera de salir de eso. Hay que unir los deseos con la inteligencia. Eso hay qué hacer. Eso hice yo.

 

 

 

—¿Abandonaste tu trabajo? ¿Qué va a decir don Lautaro? Siempre lo mismo con vos Andy, siempre te vas de todos lados. Lo que pasó fue un accidente, ya hablé con la policía. Ella tropezó y te empujó. No fue tu culpa. No te van a molestar más.

   —Tengo otro trabajo, estoy bien.

   —Pero...

   —Solo quería cambiar.

   —¿Y el departamento?

   —Cerré todo.

   —Me hacés sentir mal, Andy. Lo que pasó es terrible, pero fue un accidente. Algo horrible, pero un accidente. Son cosas que pasan. Todos los días pasan cosas. Don Lautaro habló con gente importante de la Capital y le dijeron que no te va a pasar nada. Saben que vos... perdoná. Mamá me pidió que te cuide…, este mundo no es para vos. ¿Por qué no te venís acá con nosotros? Un tiempo al menos.

 

 

 

La rutina hace que se pierda la noción del tiempo, pero ya lleva más de un mes en el Gertrudis. Es domingo, día libre. La habitación es muy fría. Se viste, se coloca el tapado y baja. Osvaldo habla con un chico rubiecito que no debe tener más de quince años, se ríen y cuando ven a Andy hacen silencio.

   Andy saluda con un gesto y sale.

   Camina una cuadra hasta la panadería.

   A través del vidrio, en un auto, por una transversal que cruza la calle principal, ve pasar las cabezas de Eve y Mateo. La de Mateo mira obsesivamente hacia todos lados, la de Eve con la mirada perdida. Como si estuviera obligada a salir de cacería. Como si no deseara estar en el mundo.

   Andy se retrae y sale de la panadería sin comprar nada.

 

 

 

Un colectivo luminoso emerge en la oscuridad de la avenida. Se acomoda en un asiento y hurga en la mochila el fajo de billetes que había tomado del mueble de Osvaldo. Los introduce en el mismo sobre en el que guarda su plata. No cuenta los billetes, pero por el volumen calcula que debe ser bastante dinero. Esconde las llaves del hotel en el pequeño espacio entre el asiento y la carrocería del colectivo. Afuera, otra vez las calles desconocidas. Las tres y media de la madrugada y el colectivo se desplaza parsimonioso por barrios oscuros. El mismo sistema, baja en cualquier lugar y se toma otro colectivo. Había pasado más de dos meses en el familiar Gertrudis sin que Mateo tuviera éxito en su cacería. Unos segundos apenas le dieron una nueva oportunidad de huir. ¿Seguiría su rastro o su búsqueda junto a Eve sería una búsqueda al azar? Cada nuevo colectivo multiplica exponencialmente las posibilidades de volver a confundirlo.

   El amanecer desnuda la monotonía de los barrios. Un color que torna todo indefinible. La gente es igual en todos lados. Las caras se repiten. Las rejas sobrepasan la altura de las construcciones, los perros le ladran al colectivo, a los que pasan caminando, a nada. Una ciudad hecha sin plan. Todo agregado, encajado a la fuerza. ¿Nadie pudo ordenarla de otra forma? Una razón rutinaria solo se manifiesta en la traza cuadrada de las manzanas, en algunos árboles podados con ángulos rectos. Mirar la escena desde afuera, como quien sabe también la letra de la obra, pero la obra representa a la vez un misterio en el cuerpo de los otros, en las voces de los otros. Todos conocemos la suspensión espacial del escondite, el juego distinto detrás de las paredes, en un puñado de metros cuadrados. Los otros mundos.

    

   Un hombre peinado a la gomina sube al colectivo y se pone a hablar en voz alta frente a los pasajeros.

   Hola mi nombre es David Loukaitis y durante gran parte de mi vida toqué la guitarra en Cabezas Parlantes.

   Y se larga a cantar, canta como una gallina. Andy se baja en la primer parada. Una estación de tren. El tren parece no ser una opción. El colectivo arranca y un gran espacio verde se abre ante sus ojos. Un parque que se prolonga hasta a la salida de un túnel vehicular. A un lado, una guirnalda de luces abraza una calesita.

   Camina en esa dirección y se detiene en el umbral de la puerta de la calesita. La figura de un hombrecito le llama la atención. Parece un malabarista girando la muñeca para que los brazos estirados de los nenes no puedan alcanzar la sortija.

   El hombrecito finalmente le deja atrapar la sortija a una nena que llora desconsolada y se acerca a Andy. Andy parece tener la capacidad de generar confianza automática en las personas. Su carácter dócil, su aspecto andrógino y sus frases cortas se imponen a la impresión ausente de su rostro y logra que rápidamente se muestre como una persona confiable.

   El hombrecito se llama Willy y tiene la concesión de la calesita del parque frente a la estación. Pero otros negocios no le permiten atenderla y necesita alguien que se haga cargo, que esté todo el día.  

   Esa misma tarde se hace del trabajo y de un lugar en dónde vivir. La calesita se abre a las diez de la mañana y a las ocho de la noche se cierra. Willy dice que en el invierno se cierra más temprano. Los días de lluvia no se abre. El trabajo fuerte: sábados, domingos y feriados.

   Willy aparenta tener un nivel de vida bastante bueno. Todo el tiempo habla de nuevos negocios. Se mueve en una camioneta rinoceronte y se viste con ropa deportiva de marca que le queda muy elegante a pesar de no llegar al metro sesenta. Tiene rasgos avejentados, arrugas prematuras seguramente causadas por el sol.

   El cuartito que va a ocupar Andy y que es parte de la paga, está sobre un taller mecánico, pero bastante arriba, lo que atenúa los ruidos. Se accede a él por una larga escalera. Podría decirse que no es gran cosa. Tiene una cama y una ventana que da a terrazas grises, cables anárquicos provienen desde todas las direcciones, se enredan y se pierden en el infinito. Alambres oxidados de colgar la ropa. Desde esa vista se puede tener un rápido mosaico de la estructura del barrio, armado como un rompecabezas en el que cada uno hubiera colocado sus piezas con la intención perversa de que nunca pudieran encajar. Junto a la cama, una mesita cuadrada en la que con mucho entusiasmo podrían sentarse dos personas, un póster despegado a medias de un corredor de autos, un bañito minúsculo con un inodoro amarillento y un calefón eléctrico.

 

 

 

Willy le explica con paciencia el mecanismo de encendido y apagado de la calesita y una serie de recomendaciones para no forzar el motor de 1hp. Después van hasta el cuarto sobre el taller en la rinoceronte. A las nueve nos encontramos ahí para repasar todo el proceso. Acomoda sus cosas en un rincón y se tira en la cama.

 

 

 

A las doce del mediodía Willy se va. Andy ya maneja la calesita como si la hubiera manejado siempre. Pocos chicos llegan pero los que llegan salen llorando porque sus mamás no tienen plata para otra vuelta. El llanto se impone como una constante. Según Willy el caos empieza los sábados.

   Pero recién es jueves.

 

 

 

Mira una y otra vez la foto en el visor de la cámara: es la imagen de una casa vieja; por una ventana altísima asoma un vestidito de nena colgado. La blancura de la tela contrasta con el fondo negro de la habitación. De todas las fotos que sacó pareciera ser la que más le gusta. El vestidito genera una sensación de abandono, de inquietud. En la memoria de la cámara queda poco espacio. Se pasa horas con la cámara tratando de aprender todas las funciones. Sus manos pequeñas son muy hábiles. Después de las primeras salidas por el barrio a sacar fotos, la programa directamente en blanco y negro. Se levanta temprano y hasta la hora de abrir la calesita camina por calles periféricas. Construcciones deformes, sin mantenimiento, enanos en los jardines, plantas creciendo a su antojo, verdes oscuros casi negros pero que sobreviven a las sombras.

   Había encontrado de casualidad la cámara y hasta el momento nadie había venido a reclamarla. Un tramo de zócalo se despegó al correr la mesa y dejó a la vista una correa con vivos amarillos. Introdujo la mano dentro de la pared y trajo de vuelta una pesada cámara de fotos. Es una cámara buena, parece profesional, marca Anthipas. Willy le había contado que antes de que el dueño del taller alquilara el cuarto, habían parado en ese lugar algunos drogones del barrio. Tal vez la hayan escondido y se la hayan olvidado.

   Busca un cargador por la calle principal. Consigue uno usado en una casa de fotografía. También compra dos tarjetas de memoria.

   En la mesita de luz hay un papelito con la dirección y el celular de Julián. Lo había conocido un par de tardes atrás en la calesita. Julián había llevado a su hija. Se acercó a charlar mientras la nena daba vueltas y vueltas en la calesita. Es bajista y hacía un año había vuelto a integrar Popkov, una banda que según le contó había alcanzado diez años atrás bastante notoriedad en el ambiente underground de los barrios que rodean a la ciudad. Estaba entusiasmado porque iban saliendo muchas fechas para tocar. Esta vez estamos maduros, esta vez Popkov puede llegar más lejos.

   Se pone las zapatillas, el tapado y sale a la calle.

 

 

 

Mientras baja la escalera los del taller le cuentan que ayer un hombre había estado golpeando en la puertita de su cuarto. No preguntó por el nombre sino por la persona que vive acá. Andy no les pregunta nada. Le dicen que le dijeron que fuera a la calesita. Nadie había venido a buscar a nadie a la calesita.

 

 

 

Las imágenes bajan en la pc. Julián se muestra eufórico y abre una cerveza.

   —Una mejor que otra che —dice Julián sorprendido—. ¿Siempre sacaste fotos?

   Las imágenes se van abriendo de a una en el monitor.

   —No, es la primera vez.

   —Se las vamos a mostrar a Alejo. Es el cantante y el guitarrista del grupo. A lo mejor le guste alguna para tapa del disco. Nos ofrecieron grabar. Son todas fotos de acá, del barrio y nosotros tenemos mucha pertenencia al barrio.

   Andy lo escucha con desinterés.

   —Alejo tiene mucho carisma. Tiene una personalidad difícil, pero sin él nunca hubiéramos sido nada. Las canciones las hicimos siempre entre todos, pero él les da un toque mágico. Él hace las letras y la letra llega más que cualquier otra cosa. Desde que volvimos como grupo, me cambió la vida.

   Julián toma la botella para volver a llenar los vasos, pero el de Andy sigue lleno.

   —Le mando un mensaje y si está en su casa, vamos y te lo presento. Vive acá a dos cuadras. Podrías hacernos fotos en los recitales y en los ensayos. A Alejo le va a encantar tener alguien que nos saque fotos. Tiene un ego gigante, jaja. Mucha plata no hay por ahora, pero la vas a pasar bien.

 

 

 

—La foto es ésta, grita Alejo mirando la pantalla de su notebook—. Es la tapa del disco.

   Julián llevó a Andy a la casa de Alejo, donde la banda tiene armada una pequeña sala de ensayo.

   —La bautizamos la foto del autorrana, es maravillosa, la ¿sacaste por acá?, Alan, el baterista, también festeja la foto de Andy.

   —Sí, acá a unas cuadras.

   La foto muestra un autorrana estacionado en el final de un garage angosto y larguísimo. El resplandor de la luz de un patio descubierto detrás hace que el auto reverbere en la imagen, como si tuviera relieve.

   —Lo que me gusta es que el auto esté ladeado porque la imagen se descentra y genera tensión —Alejo sigue obsesionado con la foto.

   —Vas a sacar las fotos oficiales de la banda, dice Alan exaltado.

   Andy no dice nada.

   Tocan una canción muy suave durante más de una hora. Andy se distrae y de vez en cuando se despabila y toma algunas fotos, sin flash, con el diafragma en el punto más abierto.

   Caminando por el parque Julián le cuenta que esa canción es un blues, y que se llama Ella perdió el ultimo colectivo rojo.

 

 

 

Juan y Paco tratan de contenerlo. Son compañeros de Andy también. Mateo parece gritarles que se vayan. Todo el barrio espiando la dantesca escena por las hendijas de sus persianas. Es un domingo soleado de fines de marzo; la siesta interrumpida para ponerle un rostro a los gritos. A Juan le lleva varios minutos tranquilizarlo. De a poco lo va llevando hacia la esquina. Lo abraza tratando de calmar su furia. Arreándolo con la paciencia de un resero experimentado ante el toro más salvaje. Hablan un largo rato. Paco se mantiene un poco más lejos.

   Mateo ahora llora. Llora como un chico sobre el hombro de Juan que lo vuelve a abrazar. Con afecto trata de contenerlo.  

   Una pareja de viejitos los observa con curiosidad y cruza la calle.  

   Un rato después los tres suben al auto y se van.

 

 

 

El alboroto de gente en una clínica. Todo de color blanco, los asientos pegados en hilera, los cuadros pastel en las paredes.

   Andy se hunde en el blanco.

   Todas las clínicas del mundo deben tener el mismo inconfundible olor, el mismo blanco inconfundible.

 

 

 

Con Willy las cosas no podrían andar mejor. Desde que se hizo cargo de la calesita, la recaudación aumenta día a día. Abre a las diez en punto y cierra a la hora que se extinguen los niños llorando por una vuelta más. La hora de las lágrimas, la hora de los gritos. No dejan de sorprender las técnicas de los niños para extorsionar a sus padres. No tiene sueldo fijo y cobra un porcentaje de los boletos vendidos más la vivienda gratis.

   Hace un tiempo venían de la villa, de la villa, hasta acá se venían a traer los nenes porque en la de la otra estación los habían echado. Son gitanos, viste que son de lo peor de lo peor. No tienen patria. Por suerte ya no vienen más, los denuncié y hasta ahora no volvieron. Me veían con la rinoceronte y habrán pensado: este petiso tiene plata. Un día un tipo hizo un escándalo, me quiso pelear. Me dijo: yo estuve en la cárcel. Y yo le dije: mirá yo no te tengo miedo. Los policías me dijeron que lo denuncie sino no podían hacer nada y fui y los denuncié. Si les tenés miedo te vuelven loco.

 

 

 

En un negocio de cosas usadas observa una radio en la vidriera. Es de las de formato viejo, cuadrada y forrada de cuero reseco, con sintonizador manual.  

   Al abrir la puerta del local suenan campanitas. Un hombre emerge detrás del marco de una puerta que da a otro ambiente. Habla maravillas de la radio y de que en su antigüedad radica el secreto de su buen funcionamiento. Hace una comparación con su persona, el hombre es bastante viejo.

   Mete la radio en una bolsa de nylon desteñida y se la entrega a cambio de tres billetes rosados.

 

 

 

Popkov toca el viernes a la noche en el Once Corazones, un club al oeste de la ciudad. Alejo, Julián y Alan le ruegan a Andy que venga a hacerle fotos. Alan le regala un flash. Los sábados tiene jornada full en la calesita, pero accede ante la promesa de ir y volver con ellos.

   El viernes a las ocho en punto pasan por el taller en el auto de Alejo. Un auto viejo y enorme como un trasatlántico, pero impecable. En el interior del auto el mundo tiene otra frecuencia. Una música ambiental de guitarras saturadas, a un volumen tan bajo, que se percibe como el delicado zumbido de un insecto. Una melodía monocorde y circular. Envolvente. Los Popkov, una chica que se presenta como Dámaris y como novia de Alejo, toman whisky y fuman un cigarrillo largo que pasa de mano en mano. Alan le pasa la botella pero Andy no la acepta.

   Dámaris tiene una luz especial que se potencia con los reflejos del alumbrado de la calle.

 

 

 

La entrada del Once Corazones está atestada de gente. Apenas asoma la trompa del auto en la calle del club, los que hacen fila para entrar los reconocen y comienzan a gritar enfervorizados. Batt, el plomo de la banda, los aleja con gestos violentos.  

   Al principio saca muchas fotos hasta que se aburre. La exposición en el escenario le molesta y se baja para seguir haciendo tomas desde el público. El ruido es infernal y la gente empuja tratando de acercarse más al escenario.

   Dámaris le habla, pero con el barullo de la música no puede escucharla. Ella vocaliza las palabras con gestos exagerados y se le acerca al punto de rozarle la cara. Su aliento no huele a nada. A veces, la descubre pensando, ausente y le saca fotos sin que ella se percate.

   A las seis de la mañana baja del auto de Alejo en la puerta del taller. Alan, alcoholizado, le pregunta si se puede quedar. Andy no le responde y baja. Antes de que se cierre la puerta escucha a Dámaris que lo reta. El metal de la escalera interminable que sube a su cuarto se vuelve plateado con el reflejo gris del cielo. Un gato sale de abajo de su cama y huye velozmente por la ventana abierta. Salta de terraza en terraza con una agilidad sorprendente.

 

 

 

Prende la radio. Sintoniza un programa en el que pasan temas viejos, esos temas melódicos que pasan en las radios de los pueblos. Después de la medianoche en esa estación de radio empiezan los programas de los pastores y más tarde los que gritan desaforadamente.

   Esos programas son un misterio. Al dormirse con la radio prendida esas voces penetran en los sueños. Esos pastores o lo que fueran son los que más gritan a la madrugada. ¿Desde dónde deben hablar? ¿En templos nocturnos? ¿En lugares tan oscuros y sórdidos en los que los espíritus puedan manifestarse libremente? Tal vez simplemente estén en un estudio de radio haciendo una gran pantomima. Resulta imposible no imaginarlos en lugares sórdidos y tenebrosos.

 

 

 

Julián tiene razón, Alejo genera una atracción muy potente en los demás. Sin embargo, a Andy su presencia parece provocarle rechazo. Es demandante, la violencia late en los gestos, en la mirada, en cada una de las palabras que pronuncia. Una persona en permanente tensión interna. Los ojos inquietos como radares atentos al momento exacto del ataque. Como si conociera el botón indicado para amedrentar e instalarse en un lugar de superioridad. Julián y Alan se someten mansamente a su liderazgo que no se limita a la banda.

   Dámaris también se somete sin rebeldía. Una de las pocas cosas que pudo escucharle entre el barullo del recital es que estudia psicología y que tiene veintitrés años. Igual que Andy.

   Dámaris es un nombre que se corresponde con su cara. Dámaris es un nombre que rara vez se escucha.

 

 

 

El gato ya no le rehúye. En el almacén compra pan, queso y salame en fetas, un mix de cereales y una leche en caja. Corta la base de una botella de agua mineral, la llena con leche y la coloca junto a la puerta del baño.

   El gato sale de su escondite, debajo de la cama, y se pone a tomar la leche. Tiene un pelaje brillante y tricolor, con manchas blancas, naranjas y negras.

   El animal adopta el cuartito como su hogar fijo. Tal vez fuera al revés, y la usurpación fuese de Andy, que había llegado de la mano de Willy a un lugar que ya tenía dueño.

   Fuera quien fuera el primero, parecen a gusto en compartir el mismo hogar.

 

 

 

—Ésa, ésa, esa foto la quiero para el interior del álbum, grita Alejo ante una imagen en la que detrás de un halo de luz roja salía él con la guitarra como emergiendo de una boca de fuego.

   Todos fueron encontrando sus fotos favoritas. Había tomado la precaución de no bajar al pendrive las de Dámaris, pero una foto se filtró entre las del escenario. La imagen de Dámaris en la pantalla gigante del televisor enmudece a todos. La toma con un leve contrapicado potencia su belleza; la boca en foco diluye el mundo detrás y la nitidez confluye en su rostro.

   Alejo dirige sus ojos filosos hacia Andy, pero Andy no lo mira. Parece aguantar la radiación de su mirada. Otras fotos de la banda que se van sucediendo descomprimen la tensión.

   El ensayo es muy intenso, seguramente se prolongará hasta la madrugada. En un momento en que están muy compenetrados tocando, Andy sale de la casa de Alejo.

   Detrás también sale Dámaris y le grita desde la puerta.

   —Esperá, voy con vos hasta el quiosco a comprar cigarrillos.

   Lleva un vestido celeste que contornea a la perfección las formas de su cuerpo. Del cuello le pende un colgante con una piedra en forma de dona, como de jade, gris con tonos violáceos.

   —Qué linda foto me sacaste, me encantó.

   Andy no responde. Caminan por una vereda oscura, hacia una calle más iluminada.

   —Alejo no es malo, pero no está bien. Tiene una personalidad distorsiva. La distorsión de la realidad es un mecanismo de defensa. Es una persona con una visión desajustada de sí misma y de lo qué pasa, entendés. Es un mecanismo de la personalidad narcisista, no puede soportar que se fisure su auto-imagen. Por eso reacciona así.

   Andy parece no entender ni una palabra de lo que le dice, pero se da cuenta de que trata de suavizar el momento vivido un rato antes.

   —Nunca hablás nada. Como si estuvieras triste.

   —No, soy así —responde Andy.

   En el quiosco Dámaris compra los cigarrillos, el quiosquero la piropea y ella se ríe. Enciende un cigarrillo, la noche se llena de humo. Se despiden.

 

 

 

Es verdad que esa secta adelanta ritos especiales durante las fiestas religiosas y la noche de brujas, que es el primer escenario, es en realidad la preparación para el segundo, el que importa. Básicamente es atentar contra todas las cosas que tienen que ver con la religión. Pese a tener mi rito de iniciación, también tuve un rito de pacto para el cual robé un gato en de la verdulería de la esquina de mi casa. El gato se llamaba Firulais y lo llevé a un monte para el sacrificio. Allí bebí su sangre para que el diablo se convierta en el amo y señor de mi vida. ¿Para qué lo hice? Ese pacto me significaba tres tipos de beneficios: poder, prestigio y dinero. Luego de eso empecé a tener dinero, comencé a practicar ritos o trabajos como ataduras, a través de los cuales personas buscan hacer daño a otro, o simplemente conseguir cosas indebidas. Ese dinero se usa para cosas del mal. De ese dinero no me queda nada. Muchos de los elementos usados para los ritos satánicos provienen de la ciudad de Allitt, capital mundial del satanismo. Mi declive en el satanismo comenzó un treinta y uno de octubre, día de noche de brujas, al ver como se sacrificaba a un bebé. Me impactó mucho, pero tenía mucha sed, sed de seguir allí. Una sed verdadera. Para esa época llegué a ser el segundo al mando y recibí el nombre de “la ñaña” y comencé a sentir las ganas y la presión del grupo para llegar a ser sacerdote negro. Sin embargo, para ello debía ser yo quien practicara el sacrificio de un niño por mis propias manos. Los mitos en torno al día de noche de brujas y el actuar satánico no son un mito, en el sentido de que no son reales, que son leyendas. No, no es un chiste, se roban hostias consagradas, desaparecen niños, para el treinta y uno de octubre se hacen todo tipo de aberraciones.

 

 

 

Al gato parece gustarle que Andy lo sigua atentamente con la mirada saltar de terraza en terraza. Después de cada salto voltea para comprobar que esté observándolo. La primera terraza que visita es la de un hombre que casi todas las noches cuelga una especie de bolas o esferas desde el marco superior de la abertura de un balcón muy angosto. Es una imagen bastante lejana que debe emplazarse dos manzanas más allá del taller; el caos de construcciones ensambladas impide determinar la distancia real que la separa del cuartito. La abertura está en un cuarto piso, bastante más elevada de la que Andy observa. Es el último piso y desde la terraza parte una escalera caracol que conduce a ninguna parte. Como si hubieran querido seguir construyendo y el proyecto se hubiera truncado de un día para el otro. La escalera se recorta en el cielo y algunas noches oscuras o con niebla los últimos escalones se pierden en la oscuridad. El gato muchas veces la sube, pero nunca hasta la cima.

   El hombre cuelga las esferas a poca distancia entre ellas, en una hilera de cuatro o cinco; una luz anaranjada detrás, proveniente del interior de la sala o directamente del pequeño balcón, las enmarca y dibuja fuertemente los contornos redondeados. Desde la parte superior les salen como flecos con los que se sujetan desde el marco superior de la ventana. Es indudablemente un acto nocturno. A la madrugada, antes de que salga el sol, las bolas luminosas desaparecen.

   Toma la cámara y hace varios disparos. El lente 50 no le permite hacer zoom, la luz es escasa y en la pantalla de la cámara las imágenes se pixelan demasiado. Lo que alcanza a ver en visor es todavía más confuso. Abre nuevas presunciones. ¿Qué son realmente esas esferas? ¿Qué significan?

   Cuando la luz anaranjada se apaga, el gato salta a la terraza de otro departamento, ubicado por debajo al de las esferas y que tiene un vidrio esmerilado de un verde muy cristalino, por el que se transparentan siluetas que se mueven en el interior.

   Andy dispara otra ráfaga sobre el departamento verde.

   El gato parece establecer alguna vinculación afectiva con el hombre de las esferas y con las siluetas del vidrio verde. Nunca visita otras terrazas. Quizás en el lapso de tiempo en que no está en el cuartito, ellos también deben darle leche y alimento.

 

 

 

Nunca se desvían del camino, nunca cambian de opinión, es más cada vez están más convencidos. Creen seriamente que Rais está en las tierras del hielo esperando a que la sabiduría desborde el mundo, lo desborde todo, y él pueda ser finalmente entendido. También dicen que va a venir en un caballo de ocho patas a poner orden, pero el caballo de ocho patas podría llegar a ser un vehículo primitivo de la humanidad, un vehículo de piedra, aunque también se dice que el Hombre vendría fragmentado en varios platos voladores. Todo eso nos contó el tipo rico, escribió varios libros sobre Rais y millones en el mundo los han leído.

 

 

 

Una chica una vez amenazó en denunciar a Osvaldo con la estupidez de que la había violado. Una infeliz. Le dije: nena esto es un negocio y vos estás dentro de él.

 

 

 

Cuando me iba a matar, llegué a la casa de un amigo que es líder espiritual y que había estado orando por mí. Me pasa a buscar y me lleva a la iglesia de los tanques, donde me está esperando un exorcista autorizado por la Aurora Saturnal, quien comienza mi proceso de liberación.

 

 

 

Hice terapia, después de separarme de Popkov hice terapia. Un par de años. Por suerte, a pesar de los días más reventados de Popkov, no perdí mi trabajo en el corralón de la municipalidad. Varias veces estuve a punto de que me echen, pero me salvé. Gracias a mis compañeros que me aprecian. Mi vida es tocar el bajo, ser músico, no es ser municipal. Te das cuenta de lo triste que es ser municipal. Por eso me banqué tantas cosas de Alejo. Si mi psicóloga supiera que estoy de nuevo con Popkov... Mejor que no sepa.  Ella quería que formara otra banda, con gente más sana, pero qué sé yo: ésta es mi banda, es parte de mi historia. La gente sana me aburre. Además, ¿dónde hay gente sana? ¿Gente normal? Los que me reconocen, a veces, en un colectivo o en el barrio, me reconocen por tocar en Popkov, porque toqué con Alejo. Él tiene aura, un halo luminoso; la gente lo escucha, él habla con todo el mundo. Pero es una persona muy oscura. Es otra persona con los íntimos. Si yo te contara... Antes, cuando empezamos a tocar y éramos pendejos, Alejo tenía otra novia. Ella no era como Dámaris, tenía una personalidad muy fuerte y las peleas con Alejo eran casi más importantes que los problemas de la banda. Con ella se fue un tiempo a vivir afuera y al volver, volvió muy cambiado. Empezaron a tomar cosas raras. Nosotros, con Alan y las chicas que siempre estaban con el grupo, no pasábamos de las drogas comunes, las que toma cualquiera. Pero ellos se sumergían en esas sustancias que ella traía de afuera. Se fue todo al demonio. Yo ya había conocido a mi mujer y ella quería que siga en la municipalidad y que deje la banda. Ella odiaba a Alejo y eso que no supo muchas cosas que pasaron. Hay cosas que no me animo a contar, te juro por mi hija que no me animo a contar, que me dan tanta vergüenza, tanto desprecio por mí mismo. ¿Sabés las veces que Alan y yo quisimos dejar todo e irnos al demonio? Miles, miles de veces. Pero Alan es distinto, a él nada le importa, todo le da lo mismo. Hasta que mi mujer quedó embarazada y decidí irme y la banda se desarmó. Pero tampoco fui feliz. Amo a mi hija, pero necesito ser un Popkov, ese es mi lugar en el mundo. Yo qué sé..., todos elegimos nuestro infierno.

 

 

 

Estas madrecitas son un infierno, grita Willy fastidiado.

   Una nena se había caído desde uno de los caballitos de la calesita. Andy detuvo el motor lo más rápido que pudo y se aferró a un parante para detener la calesita por la fuerza. La nena rodó y se golpeó contra una nave espacial que la contuvo; hubiera sido peor que rodara y cayera al piso con la calesita en movimiento. La madre de la nena no paraba de gritar. Otra madre llamó a la ambulancia.

   La nena no tenía más que un raspón y un gran susto. La madre no paraba de insultar y de gritar que esa calesita era un desastre y que no tenía ninguna responsabilidad con los niños. Una chica de no más de veinte años.

   —No te lo dije... —Willy le recuerda lo que le había contado el día que empezó a trabajar en la calesita—. No te dije que son insoportables las madres.

   —Fue un segundo. Cuando dio la vuelta ya estaba en el piso.

   —Un día de estos vamos a tener un dolor de cabeza.

   La nena ya está bien. Al rato llega el patrullero. Willy parece conocerlos y los saluda con sonrisas cómplices y recibe sonrisas cómplices.

 

 

 

Un oficial toma declaración. Algunas preguntas Juan las responde por Andy, pero el oficial lo hace callar, sin violencia, pero le dice que la pregunta se la había formulado a Andy. Andy, contesta pero a veces, de los nervios, la voz le sale como el inicio de una risa o de una tos. En algunos momentos nos sentimos más vivos que en otros, más vivos y sin ningún control. Deben ser los momentos en los que se mata, en los que se deja caer el cuerpo a la nada. El oficial dice que por ahora con esa declaración está bien, pero que pueden requerir una ampliación de lo declarado, que el cualquier momento la fiscal puede volver a citarlos a todos otra vez.

 

 

 

—Eh… qué pasó, tanto miedo te da la policía, ¿te estás escapando de alguien? —Willy suaviza la frase con una sonrisa—. A mí tampoco me gustan, pero qué le vamos a hacer, son un mal necesario. Yo les doy plata, por eso ni mu me dicen, más cuando son pavadas como la de hoy. Lara, vení —le grita Willy a una nena que jugaba en los toboganes.

   Una nena gordita de piel muy blanca corre hacia ellos.

   —Ella es mi hija, Lara.

   Es una nena down y tiene los ojos azules como una tarde de infancia.

 

 

 

Tras el incidente de la nena con el caballito de la calesita, Willy le dejó un celular. Busca el papelito que le había dado Julián y agenda su número. Le manda un mensaje.

   *Hola Julián, éste es mi número.

   Se da cuenta que no le puso su nombre y le envía otro:

   *Soy Andy.

   .

 

 

Popkov tiene una gira por varios pueblos de la provincia. Ruta, polvo, gente rara, lugares raros. Julián le cuenta que van a estar de gira durante quince días. Le dice que Alejo quiere que los acompañe. Quieren que hable con Willy y busque un reemplazante para la calesita.

   No le habla.

 

 

 

Toda mi vida trabajé en los colectivos rojos, iba y venía dos veces por día, hacía dos vueltas enteras. Un día, cuando aparecieron los azules, ya no nos quisieron más a los rojos, muy pocos de los choferes rojos llegaron a manejar los azules. No cualquiera podía manejar los colectivos azules. Yo tuve miedo, fui un cobarde, tuve temor, pero los colectivos rojos no desparecieron así como así, eso es lo que creé la gente del barrio, porque cuando pasa algo que no se puede explicar siempre culpan a alguien, a los de transporte, al gobierno, a las mafias. Algunos aparecieron desarmados en un terreno baldío, pero unos pocos. Pero muchos, la mayoría, desparecieron. Los choferes que no se rindieron entraron en el recorrido con los colectivos rojos y nunca más volvieron, esos colectivos están siempre dando vueltas, aunque no los podamos ver. Todos los colectiveros saben eso, como todos sabemos que vamos a morir. Yo no puedo explicarlo, no se puede explicar eso, pero todos los colectiveros sabemos que las órbitas tienen esos agujeros por los que se puede salir pero no volver. Algún día si tenés ganas estudiá, lee sobre la repetición, sobre la repetición de cualquier cosa que se te ocurra, sobre la teoría de las órbitas de Dyer, podrías aplicarla a esta calesita, si querés, sí, a esta calesita, por qué no. Todos los colectiveros lo saben, pero yo tuve miedo. Nunca creí en Dios ni en nada. A lo único que le tengo terror es a lo eterno.

 

 

 

Me escribes Milena y me preguntas, dices en tu carta que vives atemorizada en tu propio hogar. Es una pena que no hayas podido llamarnos, Milena, que no podamos escuchar tu voz, Milena. Me preguntas ¿qué puedes hacer ante los signos típicos de la presencia de un fantasma? Tu sabes Milena que muchos escuchan en la noche ruidos inexplicables, puertas y armarios que se abren y se cierran, luces que se apagan y se encienden solas, objetos que desaparecen y reaparecen, sombras inexplicables, comportamiento extraño de los animales. ¿Tienes tú animales Milena? Los animales tienen sentidos más agudos que los humanos. ¿Tienes la extraña sensación de sentirte observada, tocada, puntos fríos o calientes en lugares de tu hogar, olores inexplicables, objetos que levitan, asalto físico? Si has experimentado alguno de estos fenómenos, Milena, podrías estar conviviendo con fantasmas en tu casa. Pero tú no me especificas cuáles son tus temores, tus percepciones. Es una pena que no puedas llamarnos, Milena. Te preguntarás que puedes hacer al respecto. Pues en un mundo esotérico y paranormal como el que habitamos, Milena, no aprendas a convivir con espíritus y entidades no deseadas en tu hogar. Puedes proteger tu casa de entidades negativas. Nosotros sabemos cómo ayudarte Milena. Puedes volver a escribirnos y contarnos más detalladamente tu caso. Contarnos tu experiencia paranormal, nosotros te podemos ayudar Milena. Podrías ayudar a otros oyentes, a otras personas en sus hogares que están pasando por lo mismo que tú.

 

 

 

En un rincón junto a la mesa observa un cable bífido. Uno rojo y uno verde, son de metal duro, de cobre, como de teléfono. Se pone el tapado y sale a la calle. En el negocio de cosas usadas de la calle principal pregunta por un teléfono viejo, uno no muy caro. El viejo del local le ofrece uno con teclas, de color gris, bastante sucio y maltratado; pero le asegura que funciona a la perfección.

   Con la radio no le había mentido.

   Vuelve a su cuarto del taller. Los mecánicos saludan, las miradas siempre penetrantes hasta que sube al cuartito. Después continúan levantando un motor con un guinche. Se ríen y hacen chistes entre ellos.

   Con ansiedad conecta los cables sueltos del teléfono a los de la pared. El teléfono tiene uno azul y otro rojo. Hace coincidir los rojos y el verde lo anuda al azul.

   Hay línea.

 

 

 

El sol sale de color verde. Durante todo el día la luz lo confunde todo. En el parque, las hojas de los árboles se vuelven de un color amarillo pálido, todo el paisaje se destiñe como si cayera una lluvia invisible de lavandina. En las calles solo se habla del color verde. Al atardecer, el cielo se tiñe de un color violeta hasta volverse negro.

 

 

 

Los admiro, a pesar de que no comparto sus ideas para nada, porque viven esa realidad como si fuera real. Para ellos Rais es eterno.

 

 

 

Cierra la calesita y camina hasta la casa de Alejo. Por la tarde, Julián le había dicho que pasara a la noche por la casa de Alejo. La gira había terminado y quieren hacer una reunión con todo el grupo.

   No tiene ganas de ir.

   Alejo está con Dámaris. El tiempo pasa, Alan y Julián no llegan.  

   Ella enciende el equipo de música y pone un tema a todo volumen. Grita: alegría el silencio. El golpe alienante de la batería abre paso a una voz fría y mecánica. Alejo se mete en la cocina y vuelve con tres vasos llenos y lo que queda de vodka en la botella. Por primera vez acepta el porro. Se lo pasa Dámaris. La última saliva es la de ella.

   Bailan sensualmente, Andy los observa desde el sillón. Parece sentir incomodidad, tal vez deseando que aparezca Julián. Dámaris luce un vestidito blanco y sensual que se le pega a su cuerpo.

   Tan linda como ordinaria. Sin voluntad. Autómata. Obediente como una muñeca.

   —¿Te gusta Dámaris? —le grita Alejo

   Andy no le contesta y ahoga sus ojos en el vaso, como si ya se hubiera acostumbrado a los comentarios agresivos de Alejo.

   —Te gusta.

   Dámaris se ríe como tonta. La misma canción se repite una y otra vez desde el comienzo y genera un ritmo anestésico, un tiempo circular.

   Alejo introduce un pendrive en su notebook y enciende el enorme televisor colgado en la pared del living.

   —¡Ahora te va a gustar más!

   En las imágenes Dámaris aparece desnuda; ahora es la piel la que se ajusta a su cuerpo como un disfraz perfecto. Por la boca asoma una risita cómplice, el pubis rasurado es un herida sana, los ojos ausentes miran obsesivamente a cámara. Como si estuviera drogada o borracha. Como si fuera otra persona, otra mujer; pero es ella. Con las manos intenta una coreografía a desgano que rápidamente deja inconclusa. Alejo es quien filma y de a ratos se autoenfoca haciendo caras burlonas, saca la lengua y vuelve el foco vacilante sobre ella. Un hombre de espaldas entra en cuadro, un cuerpo cubierto de pelos blancos, el cuerpo de un hombre viejo, que a pesar de la edad conserva buen estado físico. Está desnudo y la cámara enfoca su miembro enorme y erecto. Se masturba con la mano, como si fuera un deporte y la cámara acompaña el movimiento con gracia. La cámara vuelve sobre Dámaris, sobre la cola de Dámaris, que ahora está en cuatro patas, la mano del hombre maniobra un pomo rosa del que sale un líquido viscoso que derrama en su dedo y le introduce en el ano a Dámaris. Varias veces repite la operación metiendo y sacando el dedo del ano hasta que el agujero no presenta más resistencia al movimiento del dedo. Se coloca detrás de Dámaris, la cámara demora unos instantes en un plano detalle del agujero del ano que brilla como un diamante. La imagen se mueve y el hombre ya introdujo el miembro en la boca de ella mientras con su mano le aferra la nuca hacia su cuerpo para que todo el miembro le entre en la boca. La cámara enfoca la cara del hombre: es Osvaldo, el dueño del Gertrudis. Fija sus ojos en él como si intentara asegurarse de que no fuera alguien parecido, pero es Osvaldo. No hay dudas, es Osvaldo. ¿Quién podría dudar que es Osvaldo? Y la habitación en la que sucede todo es la habitación de Andy del Gertrudis, o de lo contrario una idéntica. Las cortinas anaranjadas están cerradas y el viento no las mueve. Osvaldo saca el miembro de la boca de Dámaris y con violencia se lo introduce en el ano. Dámaris estalla en un grito que se pierde en la música.

   El color saturado de las imágenes torna la atmósfera agresiva, fuera de control. Osvaldo le tira del pelo y le pega en los cachetes de la cola con la mano abierta. Andy aferra mecánicamente el vaso y se toma el vodka de un trago. Se queda mirando el televisor por el fondo del vaso. Un manchón de color rojizo, casi violáceo.

   Ahora solo Dámaris baila. La Dámaris real.

   Alejo se deja caer en un sillón, como si le hubiesen pegado un tiro.

   Actúa.

   —Es eso, solo eso. Una imagen que todo el tiempo tratamos de recrear.

   »¿Entendés Beniszewski?

   »¿Me podés entender?

   »Yo soy el que dice las palabras, solo eso. El que dice las palabras. No soy otra cosa que eso.

   »¡Alguna vez te pusiste a pensar un instante miserable en que todo lo que hacemos, todo lo que vivimos se va a repetir eternamente! El infierno, ése es el único infierno.

   Alejo agarra la botella de vodka y se toma hasta la última gota. Al arrancarla de sus labios, su boca queda abierta como la de una animal arrogante y contradictorio.

   —Ese viejo es un coge-todo, lo único que le interesa es cogerse todo, todo lo que se mueva se lo coge, es un animal. ¡Sabés qué fácil es la vida cuando lo único que te interesa es cogerte todo!

   »¡Te cogés todo y listo!

   La Dámaris real, le insiste para que vuelva a bailar, pero él la rechaza, haciéndole ver la molestia de su interrupción. Dámaris reintenta, pegajosa.

   La voz de Alejo se impone sobre la música, como un chorro de palabras. Una voz dura y letal como un viento de deshielo.

   —A mí me aterroriza el sexo. ¿Y sabés por qué me aterroriza? Porque es una manera de construir sobre lo destruido, de construir lo mismo que se va a destruir y repetir hasta el hartazgo. Construir cuerpos que van a ser nada, que van a entrar en un proceso eterno de degradación, promiscuidad y reconstrucción. Promiscuidad y reconstrucción.

   »¿Y para qué? Beniszewski.

   »¿Para qué?

   La Dámaris real no se rinde y elige a Andy como nuevo objeto de sus caricias. Se acerca como un gatito buscando su entrepierna. Amaga mordiscones absurdos a la nada. Andy la contiene con la mano, sin violencia, con firmeza. En esa posición felina, el vestidito blanco deja por momentos su bombacha diminuta al descubierto. Las imágenes de la penetración anal continúan en la pantalla, más vertiginosas, más violentas, los planos cada vez más cortos se introducen en el ano de Dámaris con el miembro de Osvaldo.

   Ella de a ratos interrumpe sus embates, se mira en la pantalla, sonríe con un orgullo triste. De su sonrisa se desprende una luz suave y tenebrosa. Más que nunca parece una muñeca. Una muñeca animada por una pila defectuosa y enferma.

   Trata de observarla pero su imagen parece deshacerse en sus ojos. Su figura entre las luces tiene la nitidez y la confusión de los pensamientos de un asesino. Los contornos del cuerpo de Dámaris se vuelven una unidad con el todo, con la música, con los colores que salpicaban las paredes.

   Andy se hunde en el sillón, trata de respirar, trata de no caer.

   La Dámaris de la pantalla se libera de Osvaldo mientras la real abraza a Andy. Ya no tiene fuerzas para repelerla. Osvaldo desairado, se agarra el miembro como si fuera una manguera y le lanza un chorro de esperma en la cara a la Dámaris de la pantalla. Ella se limpia con desprecio y lo empuja. Vuelve a buscar a Andy y se le sube encima. Ahora el olor de Dámaris es un perfume. Osvaldo reaparece en la escena y le acierta una piña a Dámaris en la cara. Alejo reaparece desde las sombras y le pega un patadón a Andy que le penetra las entrañas. En la pantalla la mueca de Osvaldo es escalofriante. Dámaris abraza a Andy, desesperada quiere que Alejo detenga sus golpes, quiere sacarle la ropa, pero Alejo le arroja golpes arteros con la mano cerrada, uno tras otro, golpes que le parten la cara de dolor, que mezclan su sangre con la de Dámaris, con la sangre chorreando de la vagina de ella, de los pechos, de la boca, de las orejas.

   Alejo parece Osvaldo, parece otra persona. Dámaris parece otra mujer.

 

   Andy se despierta. La música continúa sonando. Cierra los ojos y los vuelve abrir como queriendo provocar un golpe eléctrico que le saque el aturdimiento. El sol se filtra por la ventana. Dámaris y Alejo yacen desnudos, desparramados en el piso. El televisor continúa encendido y en la pantalla ahora está Julián, desnudo en cuatro patas y Osvaldo detrás de él, penetrándolo. Aparta la mirada. La cabeza de Dámaris está hundida en el charco viscoso de su propio vómito.

   Tironea del cable de la notebook. La pantalla queda en negro. Se viste como puede y sale a la calle. Pasa un colectivo rojo.

   Se toma la cabeza como si se le partiera de dolor. Llueve.

 

 

 

El parque está desierto. Una garúa cae incesante, los eucaliptos se mueven nerviosos, electrocutados. Un tren naranja se desprende en cámara lenta de la estación y el túnel escupe autos con los vidrios empañados. Camina por el pasto mojado hacia la calesita que bajo la lluvia parece abandonada. En el bolsillo del tapado encuentra las llaves. Abre el portoncito y en la cabina enciende el motor. La calesita comienza a girar con las lonas cobertoras bajas. Levanta una lona desde abajo y se sube a la carrera. Se acomoda en una de las naves espaciales. Apoya la cabeza sobre el pequeño volante y se duerme inmediatamente. A los cinco minutos el timer detiene la calesita.

 

   No tiene ni idea de cuántas horas estuvo inconsciente. Corre la lona y sale.

   Llueve a cántaros.

   Un reflujo le sube hasta la garganta. Se apoya en el gomero y vomita bajo la lluvia helada.

 

 

 

El aviso del diario decía: ¿USTED ODIA AL MUNDO? VENGA CON NOSOTROS Y APRENDERÁ A ODIAR MEJOR. Yo fui a la dirección que decía el aviso y me citaron para un jueves a una reunión, solo se reunían los jueves,. Fui y conocí la sabiduría hiperbórea. Las charlas las daba un tipo que se presentó como Aldo Abel Garavito. El decía que ese conocimiento es muy valioso porque está prohibido por las iglesias y el estado de todas las naciones del mundo, los países. En cada uno de esos jueves, describían la gnosis suprema de la Sabiduría Hiperbórea. Después compre los libros, ahí mismo, y todo me pareció de una demencia inentendible, leerlos era entrar en un delirio, pero Garavito nos dijo que los leyéramos igual, que los leyéramos como si fueran poesía aunque no entendiéramos nada de nada.

 

 

 

Al llegar al cuartito se da cuenta que al vestirse en la casa de Alejo se puso la remera de él.

 

 

 

El día después en el que se suicidó su papá, fue a la municipalidad a trabajar. Saludó y con desgano recibió algunos pésames. Teacompañoelsentimiento. La mayoría fueron gestos piadosos, algunos inconclusos y tímidas palmadas en el hombro. Se refugió en su escritorio y sacó todo el trabajo de corrido. Al otro día tuvo que ir con Luján a la morgue judicial porque liberaron el cuerpo.

   El olor rancio de los muertos.

   No lo pudieron cremar porque faltaba un papel del juzgado.

 

 

 

Para mí la muerte es cuando ya nadie se acuerde de Popkov. La muerte es mucho más compleja, es cuando todo lo que te dio vida ya no existe. Eso es la muerte, Andy.

 

 

 

Hay gente que escucha la radio sin escucharla o la escucha de a ratos y cuando no la escucha es como si no sonara. Como los sonidos de la calle, las voces de los vecinos, los ladridos de los perros. Hay otra gente que siente que la radio le habla.

 

 

 

Sigue lloviendo. Todos esos días se la pasa vomitando. No come. No tiene nada en el estómago pero las arcadas continúan. Algo muy potente debió ponerle Alejo en el vodka porque los días pasan y el estómago rechaza todo.

   Escucha que alguien sube por las escaleras. Se acerca a la puerta. Golpea. Un hombre de unos sesenta años bajo un paraguas blanco.

   —Perdón, ¿Stinney no vive más acá? —pregunta tratando de mirar hacia el interior del cuartito.

   —¿Stinney?

   —Stinney, con doble N. ¿Usted lo conoce? No le quise preguntar a los del taller por una cuestión de discreción.

   El hombre se muestra ansioso. Ahora parece más alto, extranjero.

   —Cuando yo empecé a vivir acá este lugar estaba vacío.

   —¿Eso fue hace mucho?

Andy lo observa nuevamente, su mirada se detiene en los ojos azules del hombre. Un azul cristalino.

   —Tres meses.

   —¡Tres meses! ¿Es seguro eso? —el hombre se muestra contrariado.

   —Sí.

   La escena se congela en el silencio.

   —Perdón entonces, me confundí. Todo debe ser un error. Un incordio. Disculpe la molestia entonces.

   Pega media vuelta y con cautela baja la escalera.

   La palabra incordio es una palabra en desuso.

   El malestar vuelve.

 

 

 

El celular que le dio Willy comienza a sonar. Está guardado en el cajón de la mesa.

   Número desconocido.

   Atiende.

   —Hola, Andy…

   Parece la voz de Hebe. Es la voz de Hebe. No su Eve. Hebe del Gertrudis. Hebe con H.

   —¿Hebe?

   Se escucha ruido de fondo. Sonidos como de una máquina, gente hablando, mucha gente hablando pero lejos. No cortan.

   —Hola Andy…

   Vuelven los ruidos de fondo, siempre los mismos, como una secuencia que se repite una y otra vez hasta el hola Andy.

   A la quinta repetición la llamada se corta.

   No puede ser Hebe. No tiene su número.

   Extrae la tapa trasera de la carcasa del celular y le saca la batería.

 

 

 

Se despierta en un sobresalto. De la mesita toma la botella de tónica y le pega un largo trago. Busca su reloj, son las cinco y treinta y cinco.

   De su billetera saca un papelito que dice Hebe y un número. Marca los números en el teléfono.

   —Hola.

   La inconfundible voz aguda de Hebe.

   —Soy Andy.

   —Andy, ¿qué Andy?

   —Andy, yo trabajaba en el Gertrudis, ¿no te acordás de mí?

   —Ah... qué feo lo que hiciste, no se hace eso.

   —No...

   —Te robaste la plata de las chicas, te escapaste como una rata. Todos te dimos la confianza, sin conocerte te dimos la confianza. Y yo que pensé que eras idiota, mirá qué idiota resultaste. Pero si abrís la boca te aseguro que Osvaldo te hace llenar de balas. En dos minutos Osvaldo puede encontrarte, no lo dudes, pero no puede perder tiempo en vos.

   —La tengo la plata, la tengo acá. La voy a devolver.

   —Guardátela, pero no llames más. Desaparecé. Todas acá vivimos de esto, gracias a Osvaldo.

   —Osvaldo...

   —¿Qué querés con Osvaldo? Gracias a Osvaldo nuestras familias están bien. Este es un trabajo como cualquier otro.

   —No...

   Hebe corta.

 

 

 

Enciende la radio y se asoma a la ventana. El gato espera en el techo vecino, expectante a que lo observe para iniciar los saltos de terraza en terraza. Lo sigue con la mirada hasta que alcanza la del hombre de las esferas. La luz anaranjada está encendida. Esta noche, milimétricamente distanciadas entre sí cuelgan tres esferas. En el monitor del locutorio tampoco pudo determinar qué son en realidad ni agrandando la imagen hasta el máximo posible. Más las agrandaba, más confusas resultaban las imágenes. Los píxeles en la pantalla se rompían de tal manera que la ampliación volvía todo más confuso que en el visor de la cámara, generando nuevos enigmas. La luz anaranjada detrás las oscurecía todavía más en el contraste. Tal vez “el colgado de las esferas” fuera parte de un proceso intermedio en el armado de alguna “otra cosa”. Un ritual. O tal vez las esferas fueran un objeto en sí mismas. Un trabajo artesanal que requeriría que se secaran durante toda la noche al amparo de la luz anaranjada.

   Podrían ser cabezas de animales, un proceso de embalsamamiento. Un cazador que lleva a cabo su hobbie en un cuarto alto de la casa, tal vez ocultándole a su familia esa actividad. ¿Pero por qué exhibirlo a la intemperie? ¿A las miradas de todos? O tal vez simplemente disfrute de hacerlo en solitario. 

   El gato se aburre de la terraza de las esferas, eriza el lomo y con las luces del alumbrado detrás su contorno se recorta fantasmal. Parece un animal más grande, feroz. Pega varios saltos hasta alcanzar la terraza del departamento del vidrio verde. La luz está encendida.

   Una de las siluetas permanece inmóvil junto al vidrio, es la pose corporal de alguien pensando.

   De repente todas las luces se apagan. Un corte de energía general hunde el paisaje en una oscuridad absoluta. Crujen ruiditos secos de lámparas que se prolongan en el suspiro de aparatos eléctricos apagándose.

   Paulatinamente un puñado de luces tenues se encienden en algunas ventanas.

   El gato vuelve.

 

 

 

Desde que tengo ocho años empecé a escuchar golpecitos en la pared de mi cuarto, esa pared topa directamente con la pared de la casa de atrás. Un día mi madre se dio cuenta de estos golpes y desde ese día comenzaron a ser demasiado fuertes... insoportables. Golpes de martillo. Golpes pesados, golpes que parecían romper todo, romper cosas invisibles, no tengo las palabras para explicarlo. Mi madre decía que era mi abuelita por parte de mi padre que penaba porque a ella la velaron acá y casi no se llevó con mi madre en vida. Después, mi padre se fue de la casa y solo vivíamos mi madre y yo, pero ya no eran solo golpes fuertes que retumbaban en toda la casa y ya no solo en mi cuarto (que es de cemento puro). También se escuchaba que arrastraban un mueble y una bolita que rodaba por toda la terraza, una bolita de metal, así como rueda una pelota. Entonces a mi madre se le ocurrió ir a hablar con los vecinos de atrás y le dijeron que a ellos les pasaba lo mismo y hasta algo peor, a su hija adolescente se le trepaban encima y que le sacaban la ropa, pero para ellos era tan normal, porque el señor, el señor de la casa, era odontólogo, y tenía ahí su consultorio y tenía huesos en toda la casa debido a su trabajo. Mi madre hizo de todo, buscó un cura, bendijo la casa, ponía incienso por todos lados, comenzamos a ir a la iglesia (a la que está a una manzana de mi casa). Parecía que todo se había calmado, pero no terminó, de hecho yo ya me había acostumbrado a vivir con eso de alguna manera. Hoy tengo mis dieciocho y aunque nunca vi nada ni me tocaron, continúo escuchando golpes en la pared de mi cuarto (ya no tan fuertes), golpes que me despiertan a la mañana y cada vez que entro en mi cuarto suenan y estoy en el living y escucho los golpes hasta acá (son cuatro, cinco golpes seguidos). Mi padre volvió hace un año pero él dice que en la casa no hay nada. Solo mi madre me cree, pero ella dice que ya casi ni escucha. Díganme ¿por qué solo me molesta a mí? ¿Por qué eso está en mi casa si es de la casa de atrás? ¿Cómo lo saco de mi vida? Cambiarme de casa no es una opción, y sobre todo quiero saber si es demonio o espíritu. Leí que los fantasmas no existen, pero que los demonios sí. Les pido una solución, por favor. La señora de al lado, la que tiene los huesos, se mudó de la casa y al parecer se llevaron todo pero los golpes no se fueron.

 

 

 

Pasan los días y la lluvia no cesa. Maldito país tropical es la frase de resignación de Willy ante las pérdidas que le provoca el temporal.

 

 

 

Andy no sale del cuartito sobre el taller. Mira la lluvia, le da de comer al gato. Detrás de la cama encuentra la remera de Alejo. Es blanca, está sucia de vomito seco. Descentrada, en letras negras muy chiquitas se lee:

 

detrás de la máscara

no vive nadie

 

   La mete en la pileta del baño y la lava. Las manchas de vómito van cediendo. Después de enjuagarla la cuelga con una percha del calefón del baño.

 

 

 

A Rais le dieron un bastón oblongo cuando nació, cuando lo deseé con ese bastón puede derretir los hielos y evaporar los mares.

 

 

 

El quinto día de lluvia consecutivo. Decide salir a comprar algunas cosas. La cámara está apoyada en la mesa. Un padre que trae su nene a la calesita varias veces se le quiso comprar. Es un fanático de ese modelo de Anthipas. Hay fanáticos de todo.

 

 

 

Una explicación científica y racional sería por ejemplo decir que en tu casa existe una concentración de electro-magnetismo ambiental e infrasonido. Eso explicaría el porqué le sacan la ropa a la chica de la otra casa, esto ocurre porque el magnetismo ambiental tiende a imantar objetos metálicos de hierro que poseen las prendas, como botones, cierres metálicos, hebillas de los cinturones, y todas esas cosas que adquieren un movimiento rápido e inusual. Los golpes pueden provenir de la electricidad ambiental que se mete a las varillas metálicas de las paredes y el techo y cuando intenta salir de allí provoca esos ruidos fuertes. Consulta a un experto en electromagnetismo ambiental para que revise tu casa.

   Eso me dijo un hombre, pastor.

 

 

 

En el aire un avión hace un ruido raro, un ruido en etapas que parecen amontonarse una sobre otra, como si hubiera logrado partir el cielo.

 

 

 

Maliciosamente se puede afirmar que un duende es un niño falso y otra vez caeríamos en la simplificación. Lo que sucede es que las personas en esta época son muy ignorantes y todos los conceptos se les deben simplificar. Pero tan simplificados los conceptos empiezan a significar otra cosa. Ante todo, un duende no es un niño, son seres interrumpidos, interrumpidos en el desarrollo espiritual, son variantes de la naturaleza que se autocorrige todo el tiempo. A veces fallan esos dispositivos de eliminación de la naturaleza, tal vez porque funciona un mecanismo que evalúa la falta de peligrosidad real, y tampoco lo sabemos. Digamos que sería muy largo de explicar aquí y lamentablemente debemos caer en una simplificación. El duende quiere jugar con los niños, su espíritu es de niño, por eso se quedan imantados a los programas de tv de los niños. Ellos no entienden ese mundo, no entienden ningún mundo, solo se fascinan con los colores de esos dibujos en las pantallas. En otras épocas se fascinarían con otra cosa, pero los programas infantiles y los dibujos animados son un imán para ellos. Son amigos invisibles de los niños, no existen. Por eso mataban a los enanos en otras épocas, era por un razonamiento científico mal entendido. Por eso, por un malentendido.

 

 

 

Hace días que no va a la casa de Alejo. Cuando va, va con Julián, porque le insiste. Alejo está cada vez más agresivo, más intolerante. Andy nunca le contesta, como si le molestara que le diga Beniszewski más allá  de que entendiera o no el motivo por qué le dice de esa manera. Como si las imágenes nebulosas de la noche de los videos le impidieran separar lo que realmente había sucedido de lo que fue producto del vodka y de la sustancia que Alejo seguramente introdujo en su vaso. Un agujero en la consciencia que parece quitarle todavía más las ganas de estar con los Popkov. Todo podría haber sido un sueño. Cuántas cosas podrían haber sido un sueño. Los soñados dentro de un sueño jamás se enteran de que fueron soñados. Ni Alejo ni Dámaris tampoco parecían recordar nada. Los soñados dentro de un sueño muchas veces son fragmentos de las personas, son muchas personas en una sola persona. ¿Podría haber soñado tan nítidamente el olor de la piel de Dámaris? ¿Su piel? ¿Su vagina sangrando? ¿Se sueñan los olores? ¿Era igual al olor de la piel de Eve el olor de la piel de Dámaris? Las imágenes tan vívidas parecen imposibles de soñarse o alucinarse. Así sería el cuerpo desnudo de Eve, así sería su olor.

   Podría preguntarle si ella recuerda algo de la noche del vodka, podría preguntarle en algún momento que Alejo se distraiga. Pero Alejo siempre está atento.

 

 

 

Mi papá era bueno pero a mí nunca me quiso por ser blanquita. Todos mis hermanos eran de piel oscura y él debería pensar que yo no era hija de él. No me dejaba de lado por blanquita, sino por eso, por las dudas. No éramos pobres, vivíamos bien pero yo me daba cuenta de que él no me quería como a mis hermanos. Nunca dijo nada, ni mi mamá dijo nada, pero yo lo sentía. ¿Viste como cuando alguien te causa rechazo y no sabés por qué? Siempre me llamaba Brenda, nunca Bren ni ningún otro diminutivo. Siempre me decía Brenda. Bueno yo creo que él sentía eso por mí. Al principio lo sentía y me ponía mal, pero después dejó de importarme y cuando cumplí dieciocho me fui de mi casa y por suerte acá estoy re bien. Tengo mis cosas y no le debo nada a nadie. A veces la llamo a mi mamá, pero hace un mes que no llamo. Cuando nazca mi bebé tal vez viaje a verla.

 

 

 

Es una cuestión cultural, la culpa es una cuestión cultural Ángela, nosotros trabajamos mucho sobre eso, todo el tiempo trabajamos sobre eso. Los animales, por ejemplo, nosotros lo somos, raramente son caníbales. Pero hay casos excepcionales en que se comen a sus crías. No es algo casual o por gusto, es si se permite decirlo, un comportamiento racional entre comillas. Es una estrategia de supervivencia. Los hamsters se comen algunas crías cuando las camadas superan los siete bebés. Siempre el número siete, en todos lados el número siete. Es una manera de garantizar la supervivencia de la mayoría. Los lagartos en cambio se comen sus huevos cuando se ven amenazados por sus competidores. Hay gatas que se comen a sus crías por falta de instinto maternal, o a veces porque no reconocen a sus cachorros. En muy raro, pero las perras se comen el cadáver de su crías si mueren al nacer. Pero las ratas y los monos son los que se los comen porque les encuentran defectos físicos. Por eso al leer tu carta, Ángela, me puse a pensar en todo esto, a veces las cosas son inviables, simplemente eso, inviables.

 

 

 

No se ve nada. Nadie puede ver nada. La niebla es impenetrable. Las luces del auto rebotan contra la pared blanca que se levanta en medio de la ruta. Una muralla que se va moviendo a medida que avanzan. La enorme carrocería del auto es como el fuselaje de un avión atrapado dentro de una nube eterna. La niebla también parece entrar dentro del auto. Alejo apaga la música. Acelera lentamente, como si tuviera la sensación de chocar contra algo a cada metro, contra algo misterioso, contra la misma niebla.

   Dike es el nombre del club de remeros que organiza el festival en el que tocan varias bandas, de distintos lugares. Popkov es la banda más importante.

   Alejo putea de a ratos, pero en un tono bajo. Los demás, en silencio, fuerzan sus ojos intentando entrever la silueta de algún objeto en la nada.

   Les lleva más de una hora el tramo desde el centro poblado hasta el club, un trayecto que en condiciones normales de visibilidad no llevaría más de quince minutos. Emergen de la niebla las luces cálidas del club. Luces de colores. Una horda de pibes se arroja sobre el auto. Alejo baja la ventanilla y los insulta. Desde que salieron está irascible y fastidioso. Los pibes redoblan la apuesta y golpean más fuerte la chapa del auto. Acelera para sacárselos de encima.

   Batt, el plomo de la banda, sale al encuentro. Ya tocaron varias bandas y sólo restan otras dos antes que ellos suban al escenario.

   No van a poder probar sonido. Tienen que confiar en Batt.

   El humor de Alejo empeora.

   Andy prepara el flash mientras escucha en silencio a Alejo despotricar contra todo lo que se le cruza. Dámaris trata de tranquilizarlo, y de a ratos lo logra. Un chico le alcanza a Alejo un enorme vaso plástico que parece contener cerveza. Alejo sorbe el líquido y escupe. Es intomable esta mierda. Saca una botella de vodka de la mochila y le pega un larguísimo trago. Andy lo ignora. Cuando Alejo ve a Andy con la cámara en la mano le grita: che Beniszewski, hoy no me jodas con tus fotos de mierda. Andy no lo mira ni le responde y continúa preparando la cámara.

   Fantomas es la banda que toca antes que ellos. Es una banda de chiquilines. El ruido de los instrumentos impide cualquier diálogo que no se valga de señas. El cantante de Fantomas anuncia que van a tocar un cover de los Mörder Magdalena: ein kind töten. Alejo al escuchar los primeros acordes estalla furioso contra Batt.

   —¿Vos sos pelotudo o te hacés? ¿No les dijiste a estos idiotas que con ese cover de Tkach abrimos nosotros?

   —¿Y yo qué sabía que van a abrir con ésa? —protesta Batt, el único que nunca se le calla.

   —Qué paren estos cornudos. Decile que paren. Además tocan como el orto —le ordena.

   —Decile vos. Yo soy plomo, no soy tu mucama.

   Alejo se incorpora y camina hasta el borde del escenario, bastante elevado del nivel del piso. Le empieza a gritar al cantante, que lo ignora y después se burla. Alejo furioso estira su brazo hasta alcanzar un manojo de cables. Tira con fuerza. El sonido de la guitarra enmudece, varios pedales sobre un amplificador ruedan por el piso. La banda se detiene y se lanzan sobre Alejo. La pelea rápidamente se extiende a los fans de ambas bandas y deviene en una gresca general e incontrolable.

   Se corta la luz o la cortan.

   Andy sale del salón para proteger la cámara. Se abrocha el tapado y se refugia detrás de un árbol. Desde allí observa a Dámaris empujando a Alejo para alejarlo de la pelea. Él atina a volver pero ella lo arrastra hasta el auto. El auto enorme se aleja tratando de embocar el camino de tierra de la entrada al club.

   La niebla espesa se los traga.

   Andy camina por el mismo sendero de tierra por el que huyó el auto de Alejo. Sale a la ruta. Con precaución camina por la banquina, a cada rato voltea su cabeza hacia atrás como si temiera la aparición de un auto desde la niebla o de cualquier otro peligro. Sigue la línea blanca de la ruta tratando de progresar en el vacío.

   Tras media hora de caminata, a un costado del asfalto la niebla se tizna de un color rojizo y luminoso. Desvía el rumbo, en apariencia son las luces traseras de un auto. Se acerca más y tropieza con un bulto. Enciende el flash de la cámara y dispara. El bulto es una cabeza desprendida de un cuerpo. Una bola de pelos y sangre. Es la cabeza de Dámaris, apenas escindida del cuerpo. Tiene la misma camperita rosa que llevaba puesta un rato antes. Las luces delanteras del auto de Alejo permanecen encendidas y le dan un aspecto fantasmal a la escena. Con el paso de los minutos todo se vuelve más visible. Tira varias ráfagas de fotos al cuerpo de Dámaris. Se agacha y del cuello ensangrentado toma el colgante y se lo guarda en el bolsillo.  

   Hace unos pasos más y se topa con el cuerpo de Alejo. Le saca varias fotos.

   Lentamente va caminando hacia la ruta, la niebla parece alivianarse. Dos árboles enormes emergen por delante, uno pegado a otro, dos árboles enormes y ennegrecidos como dos pulmones enfermos. Tras ellos aparecen las primeras luces del pueblo.

 

 

 

En enero de ese año fui al campo de gitanos. Vi una mesa de madera. Sobre ella, había muestras de ojos. Cada uno de ellos llevaba un número y una letra. Los ojos eran desde amarillos pálidos hasta azules claros, verdes y violeta.

 

 

 

¿Viste que Constanza se casa y se va a vivir al norte? Ella también se va del pueblo. El chusmerío es insoportable, acá esas cosas no son bien vistas. Ella era para vos… Está bien. Así nunca vas a sufrir en la vida. No está mal. Vos tenés tu mundo. Vos sos así. Vos tenés tu mundo. Nunca te entendimos del todo. Nos molestaba tu silencio, queríamos que fueras de otra manera, mamá, papá, yo misma, siempre quisimos que fueras de otra manera y no lo que sos. El error es que queremos que los demás sean como nosotros queremos que sean. Vos siempre fuiste alguien especial, siempre sentiste la incomodidad en el mundo. Y yo te admiro eso, yo trato de ser sociable, de consolidar mi familia. Pero las personas sensibles, cualquier persona con sensibilidad, no pueden sentirse cómodas en este mundo.

 

 

 

En el locutorio, le pide al pibe que atiende la máquina del fondo. Introduce la memoria en la lectora y abre las fotos en jpg.

   Las primeras que abre son las de la cabeza de Dámaris. El flashazo enmarca en luz la bola de pelos y carne enrojecida que es su cabeza desprendida de su cuerpo. En una de las fotos descubre el colgante con la piedra en forma de dona. Mete la mano en su remera y lo empuja contra su piel. La piedra es cálida. Después abre varias fotos de Alejo. Se detiene en una en la que tiene ojo semiabierto, brilla, refleja la luz del flash. Pero Alejo hace más de una semana que está enterrado. Si estuviera vivo en el momento en que tomó la foto, estaría agonizando; Julián le había dicho que al llegar la ambulancia estaban los dos muertos, Dámaris decapitada y que Alejo también había perdido la cabeza.

 

 

 

Nos hicieron ver una película horrible, obscena, horrible. A mí y a mi marido nos sentaron en un sillón para que mirásemos esa película. Conectaron un videocasetera a nuestro televisor. Decían que primero debíamos descender a los infiernos para poder ver la luz. Nos engañaban, pero hasta ese momento no nos habíamos dado cuenta. Unos de los pastores era altísimo y Lola, nuestra perrita, no dejó de ladrarle ni un solo segundo. Nosotros estábamos perdidos en ese momento, lejos del camino del Señor, y en vez de acercarnos estos pastores nos alejaban más y más. Creo que no debería contarlo, creo que no está bien que lo cuente, acá en la radio, creo que es incorrecto, pero nunca voy a poder olvidarme de esas imágenes tan horribles. Las más horribles que vi en toda mi vida. Eran un nene y una nena, de diez u once años más o menos. Los hacían jugar en una sala, como si fuera un living, había un televisor prendido. Jugaban con esos juegos que se arman, y se escuchaba de fondo la voz de un hombre que les daba indicaciones, les pedía que miren a cámara con insistencia una y otra vez. Después el hombre apareció en cámara, era un hombre alto como el pastor, muy parecido pero no era él, era más joven. De repente el hombre se baja el pantalón y les muestra su miembro a los nenes, y la cámara enfoca la cara del nene, que primero parece que se ríe y después hace una mueca que se queda congelada en su boca. Una mueca que lo deja petrificado y se escuchan los gritos de la nena y el nene mira sin poder entender, quiere llorar y parece que se ríe.

 

 

 

El invierno. Las temperaturas matinales debajo de cero. Solo al mediodía y no mucho más allá de las cuatro de la tarde superan los diez grados. A la calesita no se acercan ni los nenes gitanos que solo piden subir gratis. Se abrocha el tapado hasta el último botón, cierra el portoncito y se va a caminar. Entra en el locutorio y pide una computadora. Instintivamente abre su mail.

   Tiene más de 1000 mails nuevos en la bandeja de entrada. Abre uno al azar, una tal Lucía Alonso López que solicita ayuda para salvar a su hija Alyssa de cuatro años que padece leucemia. Necesita reunir diez mil toters junge para un tratamiento en el extranjero. Se lo mandó a miles de personas y las direcciones de mails están expuestas. Sin cerrar el mail de Lucía Alonso López, selecciona la opción Redactar y lo deja minimizado. Del mail de Lucía va sacando direcciones de mails que le resultan llamativas u ocurrentes: pipofloy, loreloba, abigapéz, lauladiosadeloskilómetros, marufox, giseeeeeeeelita, kikovocha, lunayluna. Selecciona unos diez y los pega en el mail nuevo, como CCO. En el asunto escribe: POPKOV y adjunta dos fotos de las cabezas de Alejo y de Dámaris, las elige al azar, todas las que tiene en el pendrive son  igualmente grotescas.

   Aprieta send y un segundo después recibe dos mails rebotados en la bandeja de entrada: marufox y kikovocha.

 

 

 

La gente enciende velas pensando que no significan nada. Y lo peor las apagan antes de que se consuman. La luz de vela no es una luz como cualquiera, como la de un velador o de la calle. Es una luz como la del sol.

 

 

 

En la calle principal compra tres empanadas de carne. ¿Cortada al cuchillo? Se las lleva frías. Pide una tónica pero como no hay se lleva una lima-limón.

   Parte una empanada en varios pedacitos, la desparrama en un plato y lo mete bajo la cama. Escucha al gato devorar. Las otras dos las coloca en otro plato y se sienta en la cama para comer. Por la ventana no se observan las esferas y el vidrio verde está apagado.

   Enciende la radio. Ya hay pastores. Escucha un largo rato a una mujer que no quiere tener hijos porque había soñado con demonios en su vientre desde los cinco años. El pastor la tranquiliza, él va a lograr que esos demonios no se instalen en su vientre y que se larguen de sus sueños. Se aburre de la historia y cambia estación. Encuentra una voz temblorosa al final de dial: una noche nos despertaron unos gritos horrorosos. Y al día siguiente supimos por los del Igbal que el día anterior se les había acabado el Hopp y arrojaron a los niños vivos al fuego.

 

 

 

En tres horas prepararía el desayuno de las chicas en el Familiar Gertrudis y Osvaldo tendría preparada la lista de las compras. El gato limpia el plato con la lengua. Le corta otra empanada; solo se había comido una de las dos. Julián le había dicho que a Dámaris la habían cremado. Alejo en tierra y ella cremada. No quedaba nada de Dámaris.

 

 

 

¿Qué le espera? La lástima de toda esta sociedad le espera. ¿Sabés lo que es ir en el auto y no poder hablarle porque no te entiende? No-te-entiende. Es la muerte. Los hijos de los gitanos son tan despiertos, viste, son como demonios y ella no entiende nada. Y mi mujer no quiere tener más bebes, porque tiene miedo que todos los bebes que tengamos sean iguales. Te imaginás, toda una familia de... Ella también debe sentir lo mismo que yo. No es una enfermedad, no es como cualquier enfermedad que tomás un remedio y se cura o te morís de un día para el otro. Es una piña del destino que nos achata… la vida, sí la vida. Hasta el nombre de su enfermedad parece un nombre de chiste. Un chiste que no tiene cura. Lara tiene seis recién. Mi mujer ya bajó los brazos. Está cansada. Para los médicos es fácil, hay que estimularla, hay que estimularla. Mirá si... Nada, sabés lo que es ir a comer hamburguesas a cualquier lugar de esos de comidas rápidas y todos te miren con cara de lástima. Lara se babea. Es terrible, terrible como se babea.

   El otro día un chico dijo: es mogolita.

 

 

 

Cuando salimos de GSSH, un tipo me dijo: estos tipos tienen un alma, aunque te parezca retorcida en infame, tienen un alma. No salen a apalear, creen en Rais. Si bien uno puede no estar de acuerdo, los otros son una máquina de gente que no se satisface, no tienen alma, no tienen nada.

 

 

 

Es mogolita, es mogolita…

   Eve, llora, repite enfermizamente una y otra vez esa palabra.

 

 

 

Los archivos guardan un macabro secreto: cerebros cortados milimétricamente y perfectamente etiquetados; algunas pruebas en plaquetas de vidrio, otras en formol. Son cerebros, o partes de ellos, de humanos asesinados porque padecían alguna enfermedad mental o  discapacitados que fueron declarados como "no dignos de la vida".

   El llamado programa Dios de la Eutanasia fue el autor de la muerte de unas trescientas mil personas, incluyendo niños. Sus cerebros fueron llevados a laboratorios para investigar los trastornos neurológicos, me explicaba un viejito que había sido muy importante en su tiempo.

 

 

 

Vuelve la lluvia. Entra en el locutorio de la calle principal, compra un pendrive y pide una máquina. Va seleccionando todas las fotos que le había sacado a la banda, incluida la del autorrana. Las guarda en una carpeta. Vuelve a mirar las que sacaba por el barrio como si ya no le parecieran interesantes. En una de las fotos, detrás de la imagen de un árbol seco en primer plano, observa un hombre saliendo de una casa con tres bolas blancas colgando de su mano. ¿Las esferas? Coloca el mouse en ese sector de la foto y amplia la imagen lo más que se puede. Es muy parecido al hombre que había venido a su casa. El hombre que buscaba a Stinney. Las esferas parecen globos de telgopor o tal vez estén encubiertas con algo blanco para sacarlas a la calle sin despertar sospechas.

   ¿Serían la misma persona el hombre de las esferas en la ventana y el que había venido a su casa? En la foto, si bien tiene un parecido, no podría asegurarse que fuese el mismo, la imagen de su cara está muy fuera de foco. ¿Qué vinculación tendría Stinney con el hombre de las esferas? ¿A quién buscaba?

      Todas las cosas no hacen más que agigantar el misterio, un entramado complejo del que Andy parece no ser parte. Una historia que sucede en otro plano. En uno de los programas de la noche habían dicho que hay hechos que suceden en un plano esotérico que solo es perceptible para iniciados. Las esferas tal vez jugarían un rol trascendente. Tal vez ese ritual nocturno del colgado tuviera a Stinney como destinatario.

   Mira una y otra vez la foto como si quisiera recordar el lugar exacto en el cual la había tomado.

   Abre su mail. Entre los mensajes nuevos hay una respuesta a POPKOV. Es de la dirección de mail giseeeeeeeelita. Lo abre ansioso, solo dice hola. Un hola chiquitito perdido en el blanco y en el residual de letras y símbolos del reenvío. Pone responder y escribe hola. Selecciona otras fotos de Dámaris y Alejo muertos y las adjunta al mail. Le da enviar. Después selecciona todas las imágenes de la memoria y aprieta delete.

 

 

 

Las células del cuerpo humano tienen cuarenta y seis cromosomas distribuidos en veintitrés pares. Las personas con síndrome de Down tienen tres cromosomas en el par veintiuno.

 

 

 

Se viene una nueva etapa Andy. Mañana viajás a la Capital con Claudio. En la inmobiliaria firmás todo lo del departamento. El escribano allá tiene todo listo. Ya está todo listo. Mañana mismo ya lo podés ocupar. Por suerte no le vas a deber nada a nadie y gracias a don Lautaro empezás a trabajar en la Capital. No queda muy lejos. No sé por qué no quisiste venir con nosotros. Soy tu hermana. Está bien que quieras hacer tu vida. Por suerte vas a tener tu lugar. Como decía mamá, la casa propia es el lugar del que nunca te pueden echar. Te vaya bien, te vaya mal siempre vas a volver a tu lugar. La casa propia es como la cueva de un animal. Un lugar para estar a salvo de todos los peligros de este mundo.

 

 

 

Los ojos verdes tienen menos melanina en el iris. Hebe dice que la gente prefiere ojos claros, pero no es tan así. No es lo mismo cualquier color claro. No, no pasa por lo claro o lo oscuro, pasa por si son azules. Sino fíjate, Osvaldo tiene ojos celestes, azules si querés mejor. Él sabe mucho de eso, él me contó eso, que lo ojos verdes tienen menos melanina en el iris, que son muy diferentes a los ojos azules. ¿Y sabés por qué? Porque todos los que tienen ojos azules están vinculados con el mismo ancestro, todos han heredado el mismo interruptor, exactamente en el mismo lugar de su ADN. Y parece que esa mutación genética provino de un ser humano singular que vivió en la tierra hace miles de años. Osvaldo me contó que esos genes tienen nombre, viste con letras y números, es un dilema para la humanidad. Imagínate, no solo todos nuestros hijos son hijos de Osvaldo, sino que a la vez todos tienen el mismo tatarabuelo… ¿no es divertido?

 

 

 

Si tú te mudaste hace poco tiempo al lugar, quizá no conozcas bien el área. Investiga un poco para determinar si sucedieron tragedias o accidentes recientes en ese lugar. Las áreas que tienen historias oscuras son más propensas a los fantasmas.

 

 

 

La plata que le dieron por la cámara la guarda en el mismo lugar en el que la había encontrado. Allí guarda todo el dinero que había juntado en estos meses, incluidos los billetes que había tomado del mueble de Osvaldo.  

 

 

 

Vuelve el sol. Madres con niños colman la calesita. El movimiento acelera los días.

   Julián viene, como lo hace muchas tardes, con su hija Lina y se ponen a charlar hasta que Lina pide bajar de la calesita porque se harta de girar y girar. El infierno de la diversión, dice un hombre en voz alta. Julián le sonríe pero está muy deprimido. Su gran proyecto artístico se terminó para siempre. Sin Alejo, Popkov no es más que un recuerdo. Con todas las fotos que había sacado Andy, las que le cedió en el pendrive, había reavivado la página en la que los fanáticos no paran de lamentar la muerte de Alejo.

   Julián le cuenta que está gestionando con el intendente un concierto en el parque para homenajear a Alejo. Me imagino que nos vas a hacer las fotos, le dice descontando una respuesta positiva de Andy.

    

 

 

Ella se fue esta noche

y se llevó el nombre de todas las cosas

 

Ahora estoy desnudo

viéndola subir y subir y subir y subir y subir

al último colectivo rojo

 

 

 

Va al locutorio solo para ver si tiene respuesta de giseeeeeeeelita. Entre los mails en negrita ve uno de ella.

   Me encantaron las fotos, soy gisel 2 38 70 47

   Anota el número y sale.

 

 

 

Hago la aclaración que esto que voy a contar no lo puedo contar como quisiera contarlo, espero que entiendan igual. Durante todo el mes de octubre lo seguí, era de un barrio de las afueras. Todos los días iba solo, a las siete de la mañana salía caminando por una calle de tierra y yo lo observaba desde la camioneta. Era una presa fácil, solo debía tratar de que nadie me viera. Había decidido atraparlo en un campito que cruzaba en diagonal para evitar hacer toda la manzana. Era un lugar equidistante entre…. Un lugar solitario y desolado. Toda mi suerte, mi futuro como sacerdote negro estaba en ese pellejo debilucho, iba a ser muy simple reducirlo y tenerlo listo y purificado para el 31 de octubre.

 

 

 

Julián tiene un autohormiga viejo. Andy se lo pidió por una noche.

   No sabía que sabías manejar, sí, sí, te lo presto.

   Gisel es un misterio. La había llamado, pero no hablaron mucho. Tiene dieciocho años. Nunca salía, no le gustaba salir. Pero le dijo que podía ir a buscarla el sábado sin que se lo propusiera.

   Gisel vive bien al sur de la Capital. Anotá: Venales y Thompson 424, Villa Espósito.    

   Se despidieron en la llamada telefónica, porque se quería ir a dormir.

   ¿Vos qué querés qué sueñe?, le preguntó Gisel antes de cortar.

 

 

 

Hasta los cuatro años los niños no le pertenecen a los padres, en el sentido de consciencia, en un sentido más profundo. Porque hasta los cuatro años en la mente de los niños persisten los recuerdos de sus otras vidas, de las otras vidas del espíritu. Recién cuando superan esa edad comienzan a pertenecerle a los padres o a quien los críe. A partir de esa edad se cierra una puerta y se abre otra. Por eso los juegos de los niños hasta esa edad tienen otras configuraciones, son puertas abiertas, nada que ver con los inventos positivistas, eso puede ser plausible para lo físico, pero no es lo físico lo que nos interesa, por eso en esta sociedad no se entiende, y peor aun, se condena la apropiación de estos niños para el universo.

 

 

 

En el negocio de cosas usadas de la calle principal pregunta por un GPS pero no tiene ninguno a la venta en ese momento. Esas son cosas más sofisticadas, mucho no las trabajo. En el locutorio consigue uno usado y un cable para enchufarlo al encendedor del auto.

   Se baña, ordena un poco el cuarto, y sale hacia el sur de la ciudad.

   Es la primera vez que maneja desde que se mudó a la Capital. Maneja hacia un lugar desconocido. La voz del GPS va guiando.

    Tras un largo viaje por una ciudad interminable llega a Venales y Thompson 424.

   Alguien descorre una cortina y se asoma. Es una casa baja, parece abandonada.

   Una chica delgadísima sale y se dirige hacia el auto. De baja estatura, no supera el metro cincuenta. Sube y saluda.

   —Soy Gisel —dice.

   Su delgadez extrema le resulta impactante. Lleva el pelo muy corto y sus ojos enormes son desproporcionados con el resto de su cara.  

   Andy le regala el colgante con forma de dona de Dámaris. Ella sonríe y se lo cuelga del cuello. Le gusta. Habla muy poco, casi nada. Pero el movimiento de su cuerpo genera una sonoridad distinta en el interior del auto.

   Gisel quiere pasear por el centro de la ciudad. Andy acelera y siguen por un puente, cruzan un río oscuro y continúan por una avenida ancha. Dan varias vueltas sin sentido por el centro.  

   Andy la observa, Gisel se muestra feliz. Dice que le encanta pasear en auto. Mira todo con asombro como si fuera una nena.

   Tras muchas vueltas, encuentran un bar hundido en una esquina oscura. De los techos cuelgan guirnaldas de luces amarillentas y muy suaves. Frente al bar se levanta un enorme paredón.

   Tomamos una cerveza  —dice Gisel casi como una orden.

   Se sientan en una mesa afuera y piden una cerveza. En las ventanas se lee el nombre del bar: Javed. Alejo lo había nombrado muchas veces. En el pequeño interior del salón toca una banda. A Gisel le encanta el lugar. Andy le dice que a ese lugar venían sus amigos.

   —¿Los muertos?

   —Sí, algunos.

   —¿Cómo algunos?

   —Algunos que están muertos, otros no. Los que te mandé en las fotos son los únicos muertos.

   —¿Vos los mataste?

   —Tuvieron un accidente.

   —A mí me gustó más la chica sin cabeza. Parece una pelota, jaja.

   Andy le hace un gesto de disgusto. Gisel ignora el gesto y se queda mirando hacia el cementerio.

   —Qué paredón tan alto. ¿Cómo se llama este cementerio?

   —No sé.

   —Fuaa… qué grande que es, ¿hasta dónde llega? —Gisel trata de seguir con sus ojos el paredón que se extravía entre las sombras de la avenida silenciosa.

   —Debe ser de los más grandes.

   —Ahí te podrías cansar de sacarle fotos a los muertos, sos un aparato vos.

   —Ya no tengo más la máquina.

   —¿Viste ese gancho? Ese gancho en la pared.

   —No es un gancho, me parece que de ahí colgaba un farol.

   —No, te digo que es un gancho.

   Una moza trae la cerveza y un platito con maní. Gisel sorbe el vaso y pega un grito.

   Ni prueban la cerveza porque ella comienza a quejarse de un repentino dolor de muela. Le pide si pueden ir a una farmacia a comprar un calmante. Pero antes quiere cruzar para observar el gancho.  

   —Viste que es un gancho —concluye Gisel triunfal. Se estira para alcanzarlo pero el gancho está a más de tres metros del piso.

   Suben al auto para buscar una farmacia y comprar un calmante para la muela de Gisel, que se muestra cada vez más fastidiosa con el dolor. Andy baja en una farmacia y le compra un calmante.

   Se los entrega. Ella abre el paquete con desesperación y se pone dos pastillas bajo la lengua.

   Andy maneja hasta el cuartito del taller.

   Bajan del auto, el cielo está lleno de estrellas. Gisel se queda mirando la larga escalera que sube a su cuarto.

   —¿Acá es tu casa?

   —No, pero acá vivo ahora.

   Suben. Ella no para de quejarse del dolor de muela. El gato al verla sale de su escondite y se escapa por la ventana. Gisel lo observa un segundo y se lleva la mano a la mejilla. Odio los gatos, dice y retoma el quejido de dolor.

   Ante la insistencia de Andy se recuesta en la cama. Por la ventana entra un haz de luz débil. No hay esferas colgadas. Tampoco se ven las siluetas del vidrio verde.

   —¿Por qué me mandaste el mail a mí?

   —Saqué tu dirección de otro mail que me habían mandado.

   Gisel cierra los ojos en un gesto gracioso de fastidio.

   —Saqué tu dirección de otro mail que me habían mandado —repite haciéndole burla—. No, no, en serio aparato, me re gustaron esas fotos de personas muertas. A mí me gustaría ser una chica sin cabeza. Una chica pelota, una pelotuda como tu amiga ja ja.

   —No digas eso.

   Gisel soslaya el dramatismo de Andy.

   —¿Vos me sacarías una foto muerta?

   —Esas fotos son de un accidente.

   —Y si yo sufriera un accidente, ¿me sacarías una foto muerta?

   —No tengo más la cámara.

   Gisel se ilumina de una luz extraña, dulce. Andy se recuesta a su lado.

   —¿Me vas a coger? A mí nadie me cogió. ¿Viste que palabra rara es coger?

   —¿Rara?

   —Como vos aparato.

   Gisel se le cuelga del cuello y se lo besa. Andy le baja el pantalón, le corre la bombacha y le pasa la lengua por la entrepierna. Es tan frágil que tiene miedo de dañarla. 

   Gisel llorisquea.

   —Me duele otra vez. Llevame a mi casa.

   Suben al auto. Ella duerme durante todo el viaje. Al llegar se baja con un chau, y se mete en la casa.

 

 

 

Con la que fue mi pareja nos conocimos en la Aurora Saturnal. Ella llevaba muchos años ahí, en la Aurora Saturnal, era muy importante ahí, todos la respetaban. Pero cuando yo le dije que nos escapáramos, que se fuera conmigo para siempre, ella dudó al principio pero después accedió y nos fuimos a vivir lejos, a un lugar lejos de la ciudad, casi campo. Pero un día volví a nuestra casita después de trabajar y en la puerta había estacionado un auto negro. Cuando entré los de la Aurora Saturnal estaban sentados ahí con Emilia, mi pareja. Estaban sentados en la sala.

   Ella me preparó la comida como todas las noches como si no estuvieran allí. Ellos miraban todo con suma atención. Yo no sabía qué decir y después de cenar Emilia lavó los platos. No hubo violencia ni tristeza ni una palabra. Ella me sonrió, me dio un beso y se fue con ellos el auto negro para siempre.

 

 

 

El raisismo resurgirá imparable y el futuro será, más que un sistema político, una religión, se los aseguro como que me llamo Aldo Abel Garavito.

 

 

 

Julián no para de hablarle del recital que van a dar el veintidós de septiembre en el parque. Es un homenaje a Alejo Pomeroy. Es la primera vez que escucha el apellido de Alejo. El intendente les dio autorización para el recital y fue declarado de interés municipal para el partido. Varias bandas van a venir para tocar los temas de Popkov. Julián está entusiasmado porque la compañía va a editar el disco y con el autorrana en la tapa, tal cual era el deseo de Alejo.

   —Yo me voy asegurar que te paguen por las fotos, no te hagas problema.

   Andy le hace un gesto como que le da lo mismo.

   —Sí, cómo que no, es tu foto.

   Lina baja sola de la calesita y le pide a su papá algo para tomar.

   —Comprale algo con esa plata, un gato o un conejo.

 

 

 

A veces les cortaba la cabeza; otras, solo la garganta, y en otras ocasiones les rompía el cuello a golpes. Después de que las venas estaban cortadas para que languidecieran mientras su sangre se derramaba, a veces se sentaba en las barrigas y sentía placer. Inclinándose sobre ellos, los veía morir.

 

 

 

La línea del teléfono que había conectado en su cuarto es la misma que usan en el taller. Por eso solo la usa de noche, para no despertar sospechas. En realidad solo lo había usado para llamar a Gisel. Ella le había contado que su papá estuvo muy enfermo y lo tuvieron encerrado en un cuarto del primer piso durante un año.  

   Ya había pasado más de un mes y nunca más habían vuelto a hablar.

   Levanta el teléfono y disca los números de la casa de Luján.

   Cuando Luján atiende, corta.

 

 

 

Ella me dijo: una noche me tiré desde un séptimo piso y una mano me atajó. No hay nada imposible para el Señor. Dios y el demonio combaten en almas impuras como la mía. En esta pieza, hay noches que siento respiraciones, ruidos extraños. Siento que me manosean. Por eso quiero que te quedes conmigo Yan, ¿entendés? No tengo ninguna duda: sos la enviada, yo misma. Tu belleza, tu luminosa belleza va ahuyentar los espíritus del mal que han oscurecido mi existencia.

   Beatriz hablaba sin parar, como una loca, yo no sabía qué decirle. Realmente no sabía qué decirle.

   En esta habitación se tuvo que haber cometido un crimen horrible (se refería a la habitación del hotel en el que vivía, yo había llegado ahí porque ella escuchó cuando el dueño me dijo que no tenía lugar). De eso estoy segura repetía. Hay un alma que está penando, ¿entendés? Algo horrible debe haber sucedido en estas cuatro paredes. Estas paredes lo vieron todo, todo. Por eso prendo la vela roja, para que el espíritu vea luz. Yo durante un tiempo estuve muy confundida, practicaba ayuno negro y esas cosas pesadas, muy pesadas. Varias veces lo hice para maldecir a la que me envió a este sendero de espinas. A veces se me aparece, con cara de cactus, horrible, es malvada, muy malvada. Esto es demasiado para mí. Yo igual que vos, soy pibita. Pero ahora, con tu belleza –hizo una pausa y sus ojos se iluminaron, como si tuvieran otro color y agregó– se va aquietar, sí se va a aquietar.

   Cuando le decía de dónde había sacado esas locuras, ella me decía: Shh..., no digas eso. No lo provoques. Yo oro mucho. Orando mucho lo detengo, pero jamás lo provoco. Yo ya soy un ángel; he logrado la fortaleza espiritual de un ángel. Aún cuando mi vida sea tormentosa. Aún cuando deba soportar el agobio de estos espíritus. Todos nacemos con una misión en la vida.

   Me puse de pié, quería irme, era mejor estar en la calle que estar ahí en la pieza de ese hotel, ella me asustaba más que cualquier cosa que pudiera pasarme afuera.

   Pero Beatriz se puso pálida, como si hubiera dejado de respirar. Sus ojos se pusieron blancos. La zamarreé con desesperación. Los colores retornaron a su rostro.

   No te preocupes, me dijo, es un lapsus. Sólo te pido que salves mi alma. Sólo eso te pido. Ayudame a terminar de una vez por todas con este calvario. Tu sexo es redentor. Tu deseado sexo es el único redentor para mí. Sólo eso te pido. Yo tengo que mutar y Él me va a recibir en su seno, como a un ángel obediente.

   La vela se apagó. Beatriz rápidamente volvió a encenderla.

   Él quiere estar con vos, y vos debés salvarme. Para eso estamos en el mundo, para salvar al prójimo. Para recrear el Reino de Dios en esta tierra maldita de demonios. Yo soy un ángel, no me tengas miedo. Tenés que continuar mi camino, el camino que yo no puedo recorrer. Y no me tengas miedo, por favor no me tengas miedo. Al único al que debemos temerle es al Espíritu Supremo. Yo hago todo para liberarme de las fuerzas malignas que me avivaron, para ser blanca, para que Él me reciba en sus brazos. Me lavé la cabeza con yuyo, con malva, ¿sabés lo qué es eso? Después hay tres días en los que tenés que esconderte del sol. Eso te quita los espíritus de muerte, los repugnantes espíritus malignos de la noche más profunda. Pero, Él me quiere a su lado y vos sos la enviada. Apenas te vi lo supe. Él pone las certezas en mi alma.

   Le pedí que me dejara salir. Qué me diera la llave.

   La cara de Beatriz se puso blanca otra vez, parecía muerta. Con terror observé que su imagen se agigantaba. Se volvía enorme. No sé de dónde salían manos, salían manos que me manoseaban el cuerpo. No podía gritar, como si una de esas garras fantasmales me cubriera la boca. La imagen de Beatriz se teñía de un color bordó. Su figura continuaba agigantándose. Lanzó un grito: Él está poseyéndote. Ahora, cuando te escapes de acá, puta de mierda, el mundo afuera no va ser el mundo, va a ser el infierno. ¿Entendés puta de mierda? Él ya te poseyó.

   Con todas mis fuerzas, con las fuerzas que me quedaban empujé la figura deformada de Beatriz. Desde su bolsillo cayó un manojo de llaves. Las agarré del piso con desesperación, mientras el cuerpo agigantado de Beatriz continuaba elevándose hasta golpearse contra el techo como un animal torpe y asustado. Abrí la puerta y empecé a correr con desesperación. Los pasillos oscuros del hotel eran terroríficos, solitarios, como si no viviera nadie en ese hotel. Rápidamente encontré la puerta de salida.

    En la esquina más cercana vi las luces de una avenida por la que pasaban autos a toda velocidad. Los autos eran luces a toda velocidad. Empecé a correr hacia esas luces. Pero a los pocos metros tuve la necesidad de mirar hacia el hotel. Y lo que vi fue impresionante. Desde la ventana de la habitación de Beatriz salió una luz rojiza, parecía un vómito de sangre que salpicaba los árboles. Tuve tanto miedo que no pude mirar más y empecé a correr otra vez hacia la avenida.

   Al llegar a las luces me detuve. No sabía hacia dónde seguir. Un auto pegó una frenada. Desde adentro del auto unos tipos empezaron a gritarme… groserías me gritaban, groserías horribles. Cosas muy feas, cosas horribles. Se bajaron del auto y si bien traté de escapar, me encerraron, me corrían como si fuera una animal y empezaron a manosearme. Sus cuerpos olían a vino, a transpiración. No tenía más fuerzas, uno ya me estaba arrancando la bombacha cuando se escuchó un grito que los detuvo. Era la voz de Beatriz emergiendo desde la oscuridad.

   Dejenlá hijos de puta, sueltenlá, gritaba.

   Su grito los detuvo. La figura de Beatriz, que volvía a ser menuda, se volvió poderosa. Sentí un gran alivio al verla otra vez. Otra vez, de su tamaño normal. Los tipos dudaron unos segundos y se lanzaron sobre ella. Luego de varios forcejeos la inmovilizaron y la metieron en el auto. Yo intenté escapar pero me agarraron y también me metieron en el auto.

   Arrancaron.

   En el interior de ese auto el olor a vino era insoportable. La música estaba muy fuerte, aturdía. Uno de ellos, sobreponiéndose al barullo infernal, dijo a los gritos: ¿y con el monstruito éste que hacemos? La puta que los parió para qué mierda trajeron a este monstruo. Nos volteábamos a la gatita y listo. Así hablaban, así hablaban.

   Beatriz, que no se rendía, intentó golpear al que estaba a su lado, pero inmediatamente el que viajaba en el asiento del acompañante le pegó con un revolver en la cabeza. Comenzó a sangrar hasta desvanecerse.

   —¡La mataste idiota, la mataste! —gritó el que estaba al lado mío mientras me abrazaba con violencia.

   —¡Qué la voy a matar! —gritó el que me tenía agarrada. Los monstruos estos nunca mueren, dijo y se mataron de la risa.

   Con un par de cachetadas intentaron reanimarla, pero la cabeza de Beatriz se derrumbó sobre mi hombro.

   Gritaban: hay que tirarla en algún lado, la puta que los parió por este monstruo vamos a ir todos en cana.

   Me di cuenta que nos estábamos alejando de la ciudad; las luces que se veían en la ventanilla eran cada vez menos y todo era oscuridad. El que manejaba hacia maniobras nerviosas y nos metimos por un camino que salía de la ruta, o lo que fuera que íbamos.

   —¿Y con ésta qué hacemos? —dijo uno de ellos, era horrible escucharlos. Era un infierno escucharlos.

   —La co…—perdón pastor— la violamos y la matamos también. Si la dejamos viva nos manda en cana. Tiene cara de cantarina la pendeja.

   El que me tenía agarrada me dio un beso en los labios. Me arrancó la remera y me apretó los pechos con brutalidad.

   —Pará, paremos en algún lado. No seas angurriento —le dijo el que manejaba.

   Paramos en un descampado. Abrieron la puerta y tiraron con desprecio el cuerpo de Beatriz y después me hicieron bajar del auto. El que le había pegado con la pistola a Beatriz, al bajar del auto tropezó y el arma cayó junto a mis pies y la tomé con mi mano.

   Juró por Dios que no pensé hacerlo pero cuando se abalanzaron sobre mí, disparé. El estruendo me hizo temblar todo el cuerpo, nunca voy a olvidarme de ese ruido infernal. Uno de los tipos se derrumbó en el piso. Volví a disparar. Los otros tres, al ver a su compañero caído, inmediatamente acudieron en su auxilio. Sin control sobre mí misma, volví a apretar el gatillo. Le di a otro de los tipos. Los otros dos salieron corriendo hacia el auto, me rogaban que no les dispare y se escaparon.

   Sentía el frío en la cara y el ruido del motor alejándose. En el aire todavía se escuchaba el eco del último tiro, al menos yo lo escuchaba. Un frío me corrió por todo el cuerpo, me quedé congelada. La oscuridad no me dejaba ver los cuerpos, no quería mirarlos, era todo horrible. Tenía todavía el revólver en mi mano. Lo solté aterrorizada. A tientas encontré el cuerpo de Beatriz, que había quedado de espaldas, con su boca mordiendo la tierra, como si intentara cavar su propia tumba con los dientes. Como pude la di vuelta: tenía los ojos abiertos, la mirada muerta y suplicante. La zamarreé varias veces, pero Beatriz no reaccionaba. Con desesperación me puse a correr.

   Corrí y corrí a ciegas en medio de la nada. Hasta que no pude más y me caí. Esa noche no tenía final, no me podía escapar de esa noche.

   Cuando abrí los ojos me encontré con la cara de una nena. Una nena que sonreía. Ya era de día. La nena me ayudó a pararme. Sin dejar de sonreír me entregó un caramelo. Sus ojos tenían un color brillante, brillante como el cielo. Me agarró la mano y empezó a caminar. A lo lejos se veían algunas casas. Caminamos en esa dirección.

   —¿Te gustan los caramelos de frutilla? Tengo más si querés —me dijo la nena mientras escarbaba el bolsillo de su camperita.

   Llegamos a una casa, en la que había una mujer. Era la mamá de la nena. Al verme sus ojos brillaron aun más que los de la nena. Sentí que estaba a salvo.

   —Era hora qué llegaras, me dijo la mujer con alegría. Estás de nuevo en casa, el infierno ya terminó.

   Me abrazó.

   —Ya no importa, mi hijita, ya todo pasó. Ya nadie te va a hacer daño. Ahora sos hermosa.

   La mujer me sirvió un café con leche y me tomó de la mano y me llamó Beatriz.

 

 

 

Lleva casi tres meses en ese cuarto, en ese barrio, parece estar a gusto. El trabajo en la calesita es mucho más llevadero que la limpieza del hotel, con las chicas se cansaba, eran demandantes, no había diferencia entre un día y otro. Ahora por las noches puede disfrutar de la soledad, con los niños y las madres no es necesario hablar. El gato pasa largos ratos del día en el cuarto en su compañía. Es un gato que no busca caricias y Andy nunca se las ofrece. Es obvio que se siente más cómodo en su cuarto, bajo su cama. Con el hombre de las esferas debe tener una relación más funcional. Son más de las dos de la madrugada y los del departamento del vidrio verde esa noche no apagan la luz. El vidrio esmerilado le impide conocer algo más de las siluetas. Se acercan más que nunca hacia la ventana. Se acercan juntas.

   La luz anaranjada de la ventana de las esferas se enciende. Le parece extraño que el gato no esté todavía erguido en la terraza monitoreando los movimientos del hombre, y a la vez atento a que Andy estuviera observándolo.

   Tampoco está debajo de la cama.

   El hombre cuelga una esfera y después otra. Su cabeza laboriosa en medio, y con la luz desde atrás, se vuelve por momentos una esfera más. Finalmente cuelga la tercera. Está inquieto, parece desconforme; las cuelga y las descuelga una y otra vez.

   En otras ocasiones, las colgaba y desaparecía. Media hora después apagaba la luz anaranjada y todo quedaba hundido en la oscuridad, en la noche.

   Algo parece no ir bien esta noche y busca una y otra vez la manera de solucionarlo.

   Finalmente, como si se hubiera rendido, las descuelga y apaga la luz.

   La luz debe tener alguna otra función. Tiene que tener otra función. Una luz tan anaranjada y mortecina no sirve para iluminar. ¿Para qué podría servir? Hubiera elegido otra lámpara, otra temperatura de color, más clara, más normal. Una luz interior las volvería más atractivas.

   Andy vuelve la mirada sobre el departamento verde. A través del vidrio se trasparenta una silueta más pequeña, como la de un animal.

   ¿El gato entra en el departamento verde?

   Las luces de las otras casas y departamentos son luces vulgares, no llaman la atención.

   La luz del departamento verde se apaga.

   Andy se recuesta.

   Unos minutos después escucha al gato debajo de su cama. Lo llama con el nombre Stinney pero el gato no responde.

 

 

 

El sonido del tren llega desde la ventana. Un animal corriendo a toda velocidad por la ciudad, saciado, pero mordiendo por aburrimiento, matando por aburrimiento.

   Andy parece no aburrirse nunca. Se pasa horas en la cama sin hacer nada.

   Alejo una vez había dicho a los gritos que hay un solo infierno: el aburrimiento.

 

 

 

Ya entonces nosotros nos juntábamos a soñar con los gigantes de la montaña que estaban dentro de la montaña, porque éste había sido un país habitado por gigantes. La montaña es sagrada. Entonces la montaña se veía a todas horas. Era una maravilla.

 

 

 

Las pocas veces que usa el telefóno lo hace por la noche, es la misma línea del taller y no quiere que lo descubran. Busca el número. Marca.

   —Hola – la voz de una mujer.

   —Hola, ¿está Gisel?

   Se hace un silencio profundo.

   —¿Quién habla?

   —...

   —Gisel falleció.

   Corta.

 

 

 

Un día de mucho trabajo. Es el día de la primavera y el parque se llena de jóvenes y la calesita de niños. Durante toda la tarde los de la municipalidad arman el escenario para el homenaje a Popkov. Julián coordina todo y en los descansos se acerca a tomar mate con Andy.  

 

 

 

A ver, tal vez no me expreso bien, yo no digo que los nuestros sean mejores que otros. Pero es lo que buscan, lo que buscan todos, es lo primero que preguntan, qué posibilidades hay de ojos claros, de piel clara. Después dicen azules. Pero lo primero qué dicen es claros. No dicen ni celeste ni verde ni blanco, dicen claro como si fuera un color. Osvaldo los convence del azul.

 

 

 

El temporal se desata el viernes por la noche y la lluvia no para de caer ni un segundo. Llueve con globitos. El parque es literalmente una pileta de natación.

   El sábado al mediodía decide ir a revisar si había ajustado bien las lonas de la calesita y se encuentra con Julián.

   —Dicen que lo suspenden, pero vas a ver que ya no lo van a hacer más. Muy pocas bandas van a venir. No creo que lo reprogramen.

   Andy le hace un gesto inconcluso y Julián se encoge de hombros, en realidad deja caer los hombros.

   —Ya me da lo mismo. Al principio me pareció una catástrofe la muerte de Alejo, pero ya no. Tal vez te parezca que soy un mal nacido, pero desde que está muerto me siento mejor. No tengo banda, no tengo nada. Pero me siento mucho mejor.

 

 

 

Se vuelve al cuarto del taller. Stinney no está. Un rato después mira por la ventana y apenas garúa. Se pone el tapado y vuelve a salir. Recorre algunas cuadras, a la deriva, como en los días que salía a sacar fotos. Tal vez intentando reconstruir la cuadra en la que había sacado la foto del árbol seco. Si el hombre que aparecía detrás en las imágenes fuera el de las esferas, la entrada de su casa debería estar en la manzana siguiente al lugar del cuartito del taller. Sería cuestión de trazar una línea imaginaria desde su ventana hacia la otra ventana. Pero esa manzana no tiene construcciones altas, por lo que debería ser la otra. Todo desorienta. ¿Lo de las esferas sucede solo al mirar por la ventana del cuartito del taller? La entrada podría estar en una perpendicular o en una paralela, encontrar el árbol resolvería esa duda. En la foto se lo veía saliendo con las esferas en la mano.

   De encontrarlo, ¿qué le preguntaría? ¿Hablaría con él o simplemente lo espiaría?

   Podría hablarle de Stinney.

   Podría mentirle sobre Stinney.

   Da muchas vueltas por las mismas cuadras, las que le parecían posibles de ser las del árbol, pero el árbol no aparece.

 

 

 

Los estaban sacando y los estaban llevando. Llevando hacia donde tenían ya su mundo y sus mundos subterráneos. Y es eso lo que están buscando en el hielo. ¿Por qué habrá un tiempo en que su nombre se volverá impronunciable? Porque Rais, según la leyenda, resucita en una caverna. Resucita para volver a salvar a su pueblo. La verdadera operación "Silencio" era hacia las cavernas. Y es más, ya tenían el disco volante. Ellos habían utilizado la tecnología de la implosión. Cosa que hasta el día de hoy no han podido dominar en el resto del mundo donde está todo basado en la explosión, que es el mal, la cuetería. La implosión es hacia dentro, con lo cual neutralizan totalmente la fuerza de gravedad.

 

 

 

Levanta el teléfono y del otro lado escucha una voz de mujer.  

   —Hola Andy.

   Se queda en silencio.

   —¿Andy? ¿Sos Andy no?

   —…

   —Soy Silvia, discúlpame que te haya llamado. Soy Silvia, soy la mamá de Gisel.

   —¿Cómo supo este número?   —Andy no puede reprimir las palabras.

   —Me quedó en el teléfono registrado cuando llamaste el otro día.

   Andy vuelve a quedarse en silencio. Se da cuenta que la campana del teléfono está rota o silenciada.

   —Gisel falleció, pobrecita. Estaba muy enferma. ¿Ella no te contó cuando salieron que se iba a morir?

   Andy no responde.

   —Leucemia. Se murió un tiempo después que se vieron. Por suerte pudo tener esa salida, porque siempre se la pasaba acá adentro encerrada.

   Andy se aferra al teléfono. Tiene una expresión distinta de la que tuvo cuando encontró los cuerpos muertos de Dámaris y Alejo tirados en el pasto.

   —Ella estaba muy ilusionada con vos. Vos no sabés lo que sufrió los últimos días. Era piel y hueso. Piel y hueso. Cuando vos saliste con ella estaba gorda en comparación a sus últimos días —se ríe con una risa absurda. ¿Nerviosa?—. Ojalá descanse en paz.

   Stinney sale desde debajo de la cama y se acuesta sobre la manta que cubre el colchón. Maúlla enojado, como si no le gustase que Andy hablara por teléfono. Se desparrama intentando protestar de alguna manera. Andy con el tubo caliente en la oreja lo observa: Stinney es una gata.

   —Perdoname que te haya llamado, que haya guardado el número. Yo sé que esa no es tu casa, que es un taller y que te puedo traer problemas. Por eso llamé a esta hora, para que no tengas ningún problema por mi culpa.

   —Está bien, no pasa nada.

   —Es que hay una cosa que tenés qué saber. Es importante.

   —¿Qué cosa?

   —Viste que Gisel era virgen, te habrás dado cuenta que era virgen. Ella nunca había estado con ningún hombre, siempre fue enfermiza y acomplejada. Pobre, siempre sufrió y los dolores la martirizaban.

   Andy permaneció en silencio.

   —Ella al morir estaba embarazada. Tenía un hijo en su vientre de ese viejo al que vos la entregaste. Mi nieto al fin y al cabo. Al descubrir eso todo fue más horroroso. Mañana va a hacer un mes que murió la pobrecita y se llevó a ese angelito con ella. Vos quisiste que él la embarace para vender al bebé.

   Andy aleja la oreja del teléfono como si quisiera cortar, pero vuelve a apoyarlo en la oreja.

   —Yo no la quise poner en tierra en el cementerio de acá. No quería meterla en la tierra. ¿Y sabés lo que hice? La hice llevar a un cementerio grande, en la Capital. Una amiga me hizo conocer a un viejo que es sereno del cementerio. El viejo me la pudo colocar en una bóveda de una familia que no va nunca y que tiene un sótano desocupado. Ahí la puse a mi Giselita por suerte. Sabés el asco que me da acostarme con ese viejo, pero es por mi Giselita, por el bebé que está en su vientre con ella. Yo quiero sacárselo del vientre ¿me entendés? Por eso no quería que la metan en tierra. ¿Vos me podés ayudar?

   Andy permanece en silencio.

   —Con algo de plata me podés ayudar, algo de plata para pagarle al médico que se lo saque del vientre. Ahí en el sótano de la bóveda se puede hacer todo. Mirá, Gisel me contó que tenés un departamento…

   —No...

   —El que tenés en la Capital. Del que te escapaste para vivir en esa pocilga a la que llevaste a mi hija.  

   Andy corta. Afuera llueve torrencialmente.

 

 

 

Demonios, lo que se llama demonios hay, sí los hay. Tú puedes haber estado con un demonio, copulando con un demonio. Uno nunca sabe, en la sociedad de hoy día digo, cuando se está en presencia de un demonio. En mi formación como pastor, como el pastor de ovejas en que me convertí, he visto muchos demonios. La civilización ha traído muchos avances y beneficios para la humanidad, sino mira, nosotros estamos hablando desde lugares lejanos y nuestras voces navegan por el aire, dime sino es maravilloso esto. Pero antes era más fácil saber que era un demonio y que no lo era. Porque hay seres humanos malos, sí no lo niego, gente que hace el mal, pero están enfermos, sus almas están enfermas, en estado de putrefacción espiritual. Antes los demonios estaban fuera de la civilización y del alcance de las religiones, de dios, se los podía identificar, eran salvajes, caníbales, primitivos. La civilización hizo todos los esfuerzos por rescatar a esos demonios, los enfrentó con decisión, aunque muchas personas ignorantes hablen de crueldad. No, tú no sabes lo que es realmente la crueldad. La crueldad es dejar que los demonios sigan siendo demonios, sin Dios, sin nada. Pero hoy los sigue habiendo, pues claro que los sigue habiendo, que los hay. El espíritu demoníaco se esconde en seres que son lobos, y muchas veces con piel de cordero, en nuestra sociedad civilizada. Costó mucha sangre inocente, mucha sangre inocente, esas bestias usaban los cráneos de los mártires para tomar sus brebajes inmundos, son cosas que se deben saber, mucha sangre inocente derramada que hay que honrar. Pero para llegar a las tierras de los libres, fue el único camino posible, para que algún día todos los hombres sean iguales.

  

 

 

Al otro día en la calesita todo lo hace con nerviosismo. Apenas llovizna y la gente llega igual. Después de varios días aparece Willy. Se muestra ansioso, apurado. No le pregunta por la plata ni por ningún tema de la calesita. Me podés hacer un favor, la podés tener unas horas a Lara. Mi mujer no la puede tener y hoy la tengo conmigo todo el día; es un par de horas, nada más.

   Andy vacila unos instantes, pero le dice que sí.

   Al principio Lara se distrae dando vueltas en la calesita. Cuando se aburre, la hace sentar en la cabina. Ella extrae de su mochilita papeles y lápices y se pone a dibujar.

   Los dibujos de Lara son extraños. Andy se los queda mirando hipnóticamente, la niña parece orgullosa de que se interesara en sus dibujos. Con sonidos inentendibles que emergen de su boca, va explicándole cada una de las líneas de su dibujo; una serie de líneas en espiral que en determinado punto se sueltan y generan un nuevo espiral que con los otros espirales se reconfiguran en otras figuras más complejas. Si bien no comprende lo que intenta decirle, a medida que ella señala las líneas de esos mundos, las figuras van mostrándose.

   Son las nueve de la noche. La calesita tiene todas las luces encendidas pero ya no hay nadie. En el parque cada vez camina menos gente. Alguien espera el colectivo en la parada, otros caminan apurados a sus casas.

   Traba el portoncito de la calesita desde adentro y se sienta con Lara en uno de los bancos que la circundan.   

   A  las diez de la noche en el parque no queda nadie.  

   Toma de la mano a Lara y recorren las cuadras hasta el cuarto del taller. Suben las escaleras con paciencia, Lara hace un esfuerzo para trepar cada escalón. Al llegar a la puerta encuentra un papelito pegado:

 

                    Llamar a Silvia 2 38 70 47

                    Es urgente.

 

   Arranca el papel de un tirón.

   Empieza a llover.

   Al ver a Stinney, Lara corre a abrazarla. Stinney trata de zafarse, pero desiste. Lara está exhausta y en pocos minutos se queda dormida. Stinney lentamente se libera de sus brazos y se mete debajo de la cama.

   Andy se sienta en la silla y apoya el teléfono frente en la mesa.

   Marca unos números. Y espera que hablen al otro lado.

   —Hola Andy, la voz ansiosa de Silvia.

   —Hola.

   —¿Por qué me cortaste anoche? Giselita nunca hubiera querido que me cortes, yo estoy haciendo todo esto por el bien del hijo que buscaron, para que también pueda descansar en paz. Y si te pedí plata es porque me piden mucho. Yo pongo mi parte, yo me dejo coger por ese viejo baboso y vos… y vos qué… Vos te ofendés. Prostituís a mi hija, mejor dicho dejás que la violen y después soy yo la mierda de este mundo.

   Andy escucha en silencio.

   —Yo no soy estafadora. Soy una madre sufriendo. Eso es lo que soy una madre que perdió a su hija y que quiere que su nieto descanse en paz. Además no es tu primer crimen, porque te darás cuenta que al hacer embarazar a Gisel la mataste, le sacaste lo poco de vida que le quedaba. Su cuerpo no lo resistió, pero a vos lo único que te importó fue sacarte las ganas de tener un hijo y después abandonarla. Fuiste demasiado lejos, demasiado. Yo averigüé todo. Averigüé, me lo contaron todo. Todo. Lo de la beba de Eve… ¡qué desgracia! Otra desgracia. ¿Por qué lo hiciste? ¿Porque era falladita? No fue un accidente, vos lo sabés, como lo sabe Mateo… Por eso te quiere matar.

   Al escuchar esos nombres corta. Con violencia tira del cable y arranca la conexión de la pared.

   Mira hacia afuera. Sigue lloviendo. Ahora la ventana anaranjada está atiborrada de esferas. No las puede contar porque se enciman unas con otras. Forman una gran bola de luz. Las siluetas del vidrio verde se mueven inquietas, como si pelearan. Lara duerme y la cola tricolor de Stinney asoma bajo de la cama.

   Vuelve la vista hacia afuera. Ahora las esferas desbordan el marco de la ventana, están iluminadas por dentro y brillan con una intensidad incendiaria.

   Tras unos minutos empiezan a estallar de a una, un caos que tal vez estuviera controlado, explosiones mudas, en cámara lenta y que al finalizar dejan la ventana hundida en sombras.

   Deja de llover, el cielo se despeja.

   Andy levanta la vista para mirar el cielo, la escalera de la casa del hombre de las esferas ahora termina en otra esfera gigante y azul que cuelga desde el cielo negro de la noche.

 

 

 

Un día le pregunté: "¿Hay algo más allá de la muerte?". Me respondió: "Morir es como irse al Inconsciente, para de ahí, regresar a la forma, a las formas". Yo debo pensar: ¿Qué nos unió? ¿Acaso una reencarnación pasada? No hay otra forma de explicar este misterio. Nos separaban la edad, las distancias geográficas, la historia; todo y nada.

 

 

 

Andy toma un lápiz y un pedazo de papel de la mochilita de Lara y se queda un rato pensando, como si imaginara algo que no termina de tomar forma en su cabeza. Dibuja bien, en la escuela era brillante en artes plásticas. Lástima que no le interesa nada, porque tiene un enorme talento le dijo una vez el profesor Bedoui a su mamá, una mañana que tuvo que ir a hablar a la dirección porque Andy hacía una semana que en vez de ir a la escuela se iba al río. Su mamá repitió esa frase de Bedoui hasta el día de su muerte.

   Dibuja una esfera a pulso. Le agrega las orejas y con trazos muy finos el pelo bastante pegado a la cabeza. La boca la hace pequeña y los ojos bien grandes. En un rincón de la hoja escribe: Eve. Hace un trazo del inicio del cuello y cuando apoya el lápiz sobre el papel no se detiene y con el mismo trazo, imitando los espirales de Lara, comienza a dibujar otra Eve mucho más lograda y al terminar se va con el lápiz hacia otra Eve pero ahora adolescente y hacia otra Eve más niña. Al llegar a la Eve bebé le dibuja los rasgos de Lara y con violencia levanta el lápiz de la hoja.

 

 

 

El cabello lo usaban para hacer ropa y para fabricar moquetas para los submarinos. También arrancaban el oro. A un amigo, que es dentista, le dieron espejo y pinzas para quitar el oro de los dientes de la boca de los muertos.

 

 

 

Lentamente vuelve a anudar los cables de cobre del teléfono en la pared. Levanta el tubo y hay tono. Cuando en la radio dan el número del programa lo anota.

   Llama.

 

 

 

Eve camina hacia mí, desnuda. Los huesos parecen salírsele de la carne, como si fueran muletas internas, maderas para sostener la piel tensa, la cabeza erguida. Estamos bajo el gancho del paredón del cementerio. Bajo una luz rara, una luz que casi no alumbra. Ella me sonríe con su cara de ratón, su sonrisa se vuelve absurda. Eve estira el brazo de una manera irreal hasta alcanzar el gancho. Lo arranca y como si fuera una hoz se perfora la piel. Arranca de su vientre un pedazo de carne, peludo y viscoso.

   Lo exhibe con orgullo y lo arroja pesadamente al suelo.

   Del paredón salen muertos, se pelean por agarrar el pedazo de carne. Desesperados. Hambrientos. Unos de los muertos es mi papá, con la escopeta va matándolos uno a uno a los otros muertos.

   Entre los muertos está Mateo.

   Mi papá dispara un escopetazo a la cabeza de Mateo, la cabeza de Mateo se desprende de su cuello. Vuelve la escopeta hacia sí mismo y se vuela los sesos.

   La cabeza de mi papá rueda salpicando sangre.

   Eve levanta del piso el pedazo de carne peludo, lo sostiene entre sus dedos unos instantes y se lo traga de un bocado.

 

 

 

Desinformando porque ellos mismos saben que eso existe. Saben que hay fuerzas que no controlan. Todo eso lleva a que pensemos que hay un mundo que es diferente y todo esto es lo que yo he buscado desde mi juventud; algunas cosas las he encontrado y otras no las encontraré nunca.

 

 

 

Se toma el cuello con la mano izquierda, como si tratara de apaciguar un dolor. La radio sigue prendida. Los ojos penetrantes de Lara observan desde la cama. Se había dormido con la cabeza apoyada sobre la mesita. El teléfono descolgado está tirado en el piso. Por la ventana entra una luz blanca. A Stinney no se lo ve por ningún lado.

   Abre la puerta y le hace un gesto a Lara de que espere. Baja por la escalera. Llovizna. Se asoma al taller pero la cortina de metal está cerrada. Debería ser domingo o feriado; en la calle tampoco hay movimiento.

   Vuelve al cuarto, Lara está de pie. La toma de la mano, pero ella intenta liberarse, hace fuerza con su cuerpo tratando de impedir que pueda moverla, pero la aferra más fuerte y de un tirón la lleva hasta la puerta. Al bajar la escalera Lara llorisquea.

   Caminan las dos cuadras hasta al parque. La llovizna les moja el pelo y la ropa. Atraviesan el césped en diagonal en dirección a la parada de colectivos de la estación del tren. El pequeño techito va a proteger de la llovizna que cada vez es más intensa.

   La calesita solitaria parece abandonada. Mientras esperan el colectivo, Lara comienza a emitir sonidos estridentes. Esta vez se suelta con decisión de la mano de Andy y cruza corriendo la calle que separa la parada del parque. Detrás de la calesita, Stinney viene corriendo hacia Lara.

   La abraza y la sujeta bajo el brazo derecho. Stinney solo atina a mover las patitas, embarrándole el buzo. Andy va hacia ellas, la toma de la mano y vuelven a la parada.

   Suben a un colectivo rojo. El chofer clava sus ojos en Stinney pero observa a Lara y no dice nada.

   Bajan en la terminal. Cruzan el puente sobre las vías del tren hasta una avenida amplia, el tráfico es ensordecedor. Andy le hace unas preguntas a un hombre en un puesto de diarios. Suben a un colectivo verde. Luego de un tramo no muy largo bajan y caminan unas diez cuadras.

   Las veredas están mojadas, ya no llueve.

   Al llegar a su departamento, Andy abre la puerta del edificio y suben por ascensor hasta el segundo piso. Lara se mira en los espejos y se sonríe a sí misma. Al entrar al departamento, Stinney se acomoda bajo la mesa del televisor.

   Andy corre el sillón y tira los almohadones en el piso e improvisa una camita para Lara, que entusiasmada se arroja sobre los almohadones. La mira jugar un segundo y empuja aun más el sillón, como si nunca hubiera sido otra cosa más que un estorbo.

 

 

                                             San Isidro, mayo 2024