sábado, 8 de febrero de 2014
sábado, 24 de diciembre de 2011
Papá Noel es un monstruo
-200 pesos para cada uno, para los que no tienen deuda con el
sindicato –alardea Mandinga a la delegada gremial que anota los nombres del
personal del corralón para los préstamos.- Con 200 pasan la fiesta como Dios
manda y todo el mundo contento.
-Pero Mandinga, sólo los que no tengan deuda.
-Yo tengo palabra, Susana, yo soy derecho; el que debe en el
sindicato no cobra un mango -hace una sonrisa que más parece una mueca.
-Mirá Mandinga que igual nos salta por el sistema, eh.
-Vos dormí tranquila Susana, que en el corralón yo soy Gardel y las
peras.
Los muchachos del corralón esperan afuera, ansiosos y expectantes.
Confían en su líder natural y el que no confía no cobra. En el corralón no hay
mariconeos ni debates. Sin embargo, respetan a Mandinga es una mezcla de
“pesado” y buen tipo. Tiene códigos.
Astudillo no tiene deuda con el
sindicato. Pero por el monto de su sueldo no le pueden dar más de 150 pesos.
Astudillo es amigo de Mandinga, comparten la barra brava de Morón, pero
Mandinga tiene más luces. Cuando salen de la cancha y se van de joda por ahí,
Mandinga le dice: negro no seá boludo, no
te mamé tanto, vó no sabé chupá, te mamá y te poné muy loco. Mandinga la
hace bien: chupi, negritas para culear, pero la familia es sagrada. Hasta su
prefabricada es digna. En cambio, Astudillo se emborracha y la faja a su mujer.
Vó só un boludo Astudillo, pa qué la fajá
a la Nancy , un
día te va a corta la poronga, un día te va agarrá en pedo y te va hacé la de la Bobi ’, la Lorena Bobi ’ te va a
hacé.
Es 24 y la calle vomita Navidad. La gente entusiasmada sale de los
negocios con paquetes y bolsas. Y charlan, charlan y se besan como si después
de la Navidad
hubieran anunciado el fin del mundo. Astudillo viaja en el colectivo. Como le
dieron los 150, dejó la bicicleta en el corralón, y se tomó el colectivo. Son
las cinco y media de la tarde. Piensa en bajarse en Morón para tomar unos
traguitos en la estación y después comprar los regalos para los pibes.
Especialmente para el Fabián, que le pidió un autito con luces. El Fabiancito
ya entiende. Se toma un par tragos en la estación. El alcohol reanima su sangre
y siente crujir en su cuerpo un renovado ímpetu. Detiene sus ojos en el vaso de
vino blanco y gomoso, piensa que cuando llegó del Chaco debió haberse metido a
jugar en un club. Jugaba bien. Pero le había gustado mucho la joda. Las
minas..., las minas lo vuelven loco. Cuando tiene una nueva en la mira se
enceguece. Hasta no tenerla en la cama jadeando no para. Y como sabe que a
ellas les gusta la pierna, más se ceba. Para Astudillo, las minas son con el
chupi, lo pueden. Pero el fútbol es su frustración. Porque las negritas lo
buscan, pero el fútbol se le había negado. Cuando asocian su nombre con el del
Astudillo legendario de Talleres de Córdoba, siente que hasta su apellido lo
hubiera ayudado.
Y sin embargo, el corralón.
El cuarto vaso de vino. Paga con 50
y al club. De vuelto vuelven 10. El Rolo se cobra la deuda como regalo
navideño. Rolo so un rocho, la puta que
te parió. En el club están preparando joda. El albirojo del Gallo se adueña
de las paredes. Astudillo medio chispeado lo chucea a uno de la comisión: a quién van a traé ustede, a Rodrigo, si acá
no hay una moneda, al muerto de Rodrigo sólo pueden traé ustede y con el jonca
y la vieja a cuesta, ja ja ja. En el buffet pone desafiante los 100 pesos
sobre el mostrador y recién al verlos el Gallego saca la botella. Te voy a garpá gaita botón, te voy a garpá y
dejá la botella ahí paradita. A las nueve está absolutamente borracho y no
compró nada para la noche. La putea a la Nancy : la
yegua ésa ya debe estar cacareando como una gallina. Hasta el Gallego le
dice que se vaya para la casa, pese a que tiene plata para pagar el chupi. La
familia del Gallego empieza a festejar la Navidad y Astudillo se siente incómodo y encara
para lo de su vieja. La vieja y la
Nancy no se pueden ni oler, por eso es que no la pasan todos
juntos. A Astudillo eso le molesta, pero la Nancy , pese a que recibe los piñazos sagrados de
cada día, se la banca y tiene personalidad. Y la vieja le da con un caño
oxidado, y le mete ficha que la
Nancy anda con el primo, el Sergio, la que me faltaba: un hijo cornudo grita cómo queriéndo abortarlo
tardíamente con la lengua. Astudillo
no la escucha y se queda en la casa de su vieja, pero no por la vieja; está
caliente con una pendeja que es hija de no sabe quién. La pendeja, que tiene
como 18, está encendida y lo busca y Astudillo está más mamado que nunca. La
vieja lo fleta para la casa, que queda a dos cuadras, porque está muy tomado. Qué te banque la negra pata sucia ésa... Astudillo manotea una botella de sidra y
sale a la calle. En la primera esquina la descorcha y se la toma de un saque.
Un frío sangriento le brota en la cara, mientras las luces silenciosas se le
deshacen en los ojos. Las luces parecen sangrar el barrio. Tropieza y cae al
piso. Son las doce. Unos vecinos que festejan con la mesa en la puerta, se
acercan e intentan ayudarlo a levantarse; pero él los putea, empieza a putear a
todo el mundo. Aterrorizados, los vecinos se alejan. Arrastrándose llega hasta
su casa y empuja el portón de alambre y casi cayéndose atraviesa el sendero del
jardín de barro hasta la puerta de la casa. Parece que todos duermen, parece
que nadie festeja Navidad allí.
Los chicos escuchan ruidos y se levantan desesperados, para ver a
Papá Noel. Cuando lo ven, con esa sonrisa estúpida y babeante en la boca, los
destroza la desilusión: es papá.
sábado, 16 de octubre de 2010
Problema

Todos mis amigos están a punto de suicidarse
¿Se trata realmente de un caso serio?
Bordean la cornisa y eyaculan silencio desde sus bocas
¿Se trata realmente de un problema?
Todos los que quiero están saltando la soga prohibida
envían postales inconclusas
porque sus dedos se agusanan.
¿Realmente me importa lo que suceda con ellos?
Es tan raro, tan teñido de confusas complicaciones.
Cuando era un niño asesino
adoraba matar hormigas que caminaban juntas.
¿Realmente los conozco tanto cómo
para darles el empujón salvador hacia el vacío?
Es tan fácil ser un asesino
y alegrarse de pagar impuestos
en tiempo y forma
Voces negras me susurran al oído
“la soledad es una colección de adioses inconclusos”
¿Realmente debiera darles el empujón sideral
y correr hacia mi analista para que me reimplante
en el centro del universo?
Denuevootravez
¿Realmente debería todo esto interesarme?
¿Se trata realmente de un caso serio?
Bordean la cornisa y eyaculan silencio desde sus bocas
¿Se trata realmente de un problema?
Todos los que quiero están saltando la soga prohibida
envían postales inconclusas
porque sus dedos se agusanan.
¿Realmente me importa lo que suceda con ellos?
Es tan raro, tan teñido de confusas complicaciones.
Cuando era un niño asesino
adoraba matar hormigas que caminaban juntas.
¿Realmente los conozco tanto cómo
para darles el empujón salvador hacia el vacío?
Es tan fácil ser un asesino
y alegrarse de pagar impuestos
en tiempo y forma
Voces negras me susurran al oído
“la soledad es una colección de adioses inconclusos”
¿Realmente debiera darles el empujón sideral
y correr hacia mi analista para que me reimplante
en el centro del universo?
Denuevootravez
¿Realmente debería todo esto interesarme?
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Olas y estrellas

Van y vienen. Siempre distintas. Vienen y se van. Siempre olas. Siempre distintas. Siempre agua. Vienen desde el más profundo misterio, desde lo más vulnerable y poderoso de la existencia, desde lo más tenebroso y bello, desde lo invisible. Quizá sean millones de aquellas gotas que iluminaban tu piel de almendra; las pequeñas lucecitas hechas espuma furiosa de tu belleza conmovedora. Ya no tengo dudas, estás ahí, buceando las entrañas de tu misterio, aquél que te rondaba como bellos anillos de un planeta luminoso, que te merodeaba como el suicidio a los días soleados.
Sí, ahí estás, vas y venís, como cuando salías del agua y aguardaba ansioso el milagro de observar tu rostro emergente, descubrir tus rasgos desdibujados por la gorra, tu cuerpo sideral dentro de tu traje de baño color lila.
Y vas a volver con las manos desbordantes de estrellas de mar, de ese cielo profundo e inquieto, las brillantes estrellas que fuiste a buscar para regalarle a nuestros hijos imposibles.
jueves, 3 de junio de 2010
Niña del frío
El sábado parecía congelarse para siempre dentro de la gélida tarde. Una impiadosa ola de frío había llegado para reivindicar al invierno de la benevolencia de años anteriores, con temperaturas que día tras día competían en un descenso feroz por debajo del cero. Caminaba por Corrientes y el aire helado me astillaba la piel. Debía retirar un libro que había encargado sobre Historia de los Ferrocarriles en la Argentina, de Scalabrini Ortiz, y ni bien lo tuve en mi poder me metí en la pizzería Marín de Corrientes y Paraná.Nunca había intentado seriamente escribir fuera de casa, pero siempre tuve deseos de hacerlo. Predispuesto, elegí una mesa con un inmejorable panorama de la metálica Corrientes.
Llevaba ya largos días en los que no se me ocurría nada (escribo cuentos), y la angustia de esa falta de inspiración intentaba eludirla corrigiendo hasta el cansancio los que tenía prácticamente terminados. (A veces creo que un cuento no se termina nunca de escribir, tan sólo se le da un cierre por aburrimiento e impotencia).
Coloqué una hoja en blanco en la mesa y sobre ella apoyé la lapicera. Me puse a mirar hacia la calle. El frío contraía los músculos en los rostros de los transeúntes, que aceleraban su caminata tratando de achicar la distancia con sus destinos. Pedí un café. Odio el café, pero cuando me siento en la mesa de un bar automáticamente pido café y sólo si hace mucho calor Fanta Tónica. Volví mis ojos al papel y el blanco de la hoja me agobió. Tenía la certeza de que entre tanta gente no se me iba a ocurrir nada. El murmullo me desconcentraba y empecé a extrañar la música que escucho cuando escribo en casa. Retorné a la idea de corregir los otros cuentos, pero de inmediato abandoné ese proyecto. Mis ojos prefirieron el urbano encanto de la entumecida Corrientes.
Mientras tomaba a sorbos el café, una jovencita depositó una lapicera sobre mi mesa. Cuando quise observar su rostro, ya se había alejado.
La lapicera se me presentó como una provocación, un símbolo; pero no lograba animarme. La jovencita regresó. Mirándola a los ojos, le dije que no, que no la quería; pero sus pupilas me detuvieron. Eran de un azul tan profundo y helado que desarticularon mis palabras. Y como si activara una agresiva maniobra de marketing, el brillo de ese cielo invernal de sus ojos se potenció de una forma irreal, de una nitidez insoportable. Aún hundiéndome en el encanto de su mirada, intenté rearmarme; le dije que ya tenía una, que no necesitaba... Pero ella, como si no me oyera, desprendió una servilleta del servilletero y se puso a dibujar. Sus movimientos derramaban una sensual gracia. Me entregó su dibujo: una flor con ojos que según como se la viera se convertía en una persona. Me conmovió profundamente y, vencida mi voluntad, le pregunté por el precio de la lapicera. Me contestó; al menos vi sus labios moverse, pero su voz era imperceptible. Le di una moneda de un peso y me la entregó. Intenté otra vez hablarle, pero nuevamente me fue imposible entender una sola palabra de lo que me dijo antes de alejarse con una sonrisa.
Me quedé hundido en una sensación extraña. La luminosidad de sus pupilas inolvidablemente azules retumbaba destellos en mis ojos, en la luz amarillenta que me envolvía. No tendría más de quince años, pero era hermosa, enigmáticamente hermosa. Su belleza no era convencional, no generaba en mí desequilibrios libidinosos, sino que me provocaba una reconfortante sensación de plenitud. Como si su imagen hubiera sido graduada en el punto exacto en el que mi corazón se conmovía sin remedio. Tomé su lapicera, una desesperada ansiedad me arrastraba a atraparla dentro de una historia. Su aparición, por algún inexplicable motivo, me había resultado milagrosa. Rememoré su última imagen: el óvalo armónico de su cara y su boca levemente impregnada de una tenue sonrisa vacilante, pronunciando aquellas palabras ininteligibles.
Viviría en el barrio de Once, en una vieja casa tomada con mucha gente y con muchos hermanos. Un lugar húmedo y promiscuo. De paredes descascarándose y ropa colgada. Ropa de todos colores. Y mientras fijaba la imagen del lugar, me llegó inesperadamente la figura de ese oscuro hombre que la observaba. Que la codiciaba con sórdido deseo. Y ella era amable con él; no sé por qué, pero yo tenía la desesperante certeza de que ella era amable con él. Su actitud provocaba el crecimiento desmedido de sus miserables instintos. Como el agua de lluvia que desproporciona la maleza. Abruptamente comencé a sentir envidia de que alguien con tan burdas intenciones pudiera verla todos los días y recibir la fulgurante respuesta de sus ojos. La sola idea de no volverla a ver nunca más me sumergió en una pantanosa angustia. Me maldije por no haberla retenido más tiempo, por no haberla invitado a tomar algo caliente. Hubiera podido conocer su fabuloso mundo de niña y de mujer a la vez. La fugacidad de su presencia no me alcanzaba para escribir una historia sobre ella. Sólo podía imaginarla en el interior de esa lúgubre casa de Once y a ese hombre agazapado, deseándola, y ella dejándose desear. Niña y mujer a la vez, haciéndose la tonta, pero sabiendo que es un hombre quien la observa. Sus perversos ojos negros casi rozándole el cuerpo. Debí haberla invitado a tomar un café, comprarle todas las lapiceras. Pero no tuve valor y ese inédito brillo se me diluía para siempre. Ese pobre infeliz, ese instintivo animal, la tenía todos los días y seguramente no podría contenerse y terminaría violándola, pero sin violencia, porque ella disfrutaría junto con él. Sus ojos resplandecientes de un nuevo brillo, el del placer. Mujer, se convertiría para siempre en mujer de esa manera sucia y marginal.
Con todo el resentimiento busqué torcer el destino de la historia. Esa bestia merecía un funesto destino y estaba en mis manos provocárselo; pero que ella no lo odiara abortaba mi impulso de empujarlo hacia la tragedia. Ella permitiría que sus garras desordenen su piel tibia y esa certeza me exasperaba. Ellos disfrutando y yo como un imbécil escribiendo cuentos de porquería, que ni a mí terminaban de conformarme. Una cumbia monocorde prostituyendo el silencio, mientras sus cuerpos se fundían en arrebatos de placer, en sensaciones verdaderas y yo sentado robándole la vida a los demás, perdiendo el sagrado tiempo de estar afuera viviéndola.
Una helado chorro de voces se desplomó sobre mí, las voces de los que me subestiman, las voces de los que me ignoran y hasta las de aquellos a los que por algún extraño motivo les molesta que escriba.
Con violencia, con envidia, con lo más retorcido de mi corazón, me superpuse e intenté revertir el rumbo de esa historia que nunca hubiese querido escribir, pero que avanzaba en el papel. Aún contra la voluntad de ella (me daba cuenta que frenaba mi instinto criminal), lo maté sin piedad. En un emboscado enfrentamiento con la policía, lo dejé caer abatido hasta morirse lentamente en un charco de su propia sangre. Sin saber cómo, sin mediar motivo, lo metí en medio de aquel fatal tiroteo. Y como un eco insoportable, sentía el bullir de su tristeza, su delicado llanto de niña. Lo desoí, no me importó. No quise escribir más sobre ella, como quien se aleja de la escena del crimen sabiéndose impune, con la certeza de no haber sido visto por nadie, por nadie en absoluto, casi ni por sí mismo. Tiré la birome con furia contra la mesa y rompí la hoja en cuatro pedazos.
En los televisores, un insoportable partido entre Velez y Central provocaba aislados comentarios. Me sentía abatido. Todo lo que había escrito era una reverenda idiotez que me frustraba profundamente. Que me hacía sentir un estúpido que juega a ser escritor. Pagué y me levanté de la mesa. Un puñado de camisetas auriazules festejaban un gol en el frío cemento de Liniers.
Abrí la puerta y salí.
Afuera estaba ella, inesperada, esperándome. Yo llevaba la lapicera en la mano y me la quitó con violencia. En sus gestos el enojo se superponía con el fastidio. Hurgó en su bolsillito y me devolvió la moneda de un peso. Traté de hablarle, pero su vértigo ahogó mi reacción. En realidad me detuvo ver que la incandescencia que había sacudido mi corazón, ya no avivaba sus ojos azules.
Cruzó Corrientes y se alejó por Paraná hacia el sur.
Me quedé inmóvil, apretando la moneda de un peso dentro de mi mano, el metal frío me perforaba la piel. Una erupción de angustia me inmunizó del viento helado.
Se había hecho de noche.
domingo, 21 de marzo de 2010
lunes, 26 de octubre de 2009
domingo, 23 de agosto de 2009
Cambio de Luces
A la mágica hora del cambio de luces, cuando el sol emprende su demorada retirada, clavándose los contornos del mundo, ensangrentándose, derrumbándose en el horizonte, las pequeñas luces del alumbrado comienzan a hacerse fuertes, a cada segundo, un poco más de su encanto nocturno embriaga los ojos de los que ven....A esa hora a mí se me ocurren las cosas. En medio la confusión de luminosidades, mis ojos ven lo profundo, y aun más todavía: lo invisible.
Hubiera preferido que lo escribiese Ray Bradbury, ya que me remota a ese fabuloso cuento que es “Remedio para melancólicos” o por lo menos tener su celular para charlar con él antes de escribirlo, pero el viejo Ray me queda lejos y el cuento se tiene que escribir, y bue..., intento. “Pastillas para curar la tristeza”, de eso quiero escribir, de unas mágicas pastillas que curen definitivamente la tristeza y las recete una psiquiatra infinitamente bella y complaciente.
Pastillas sin formula ni receta, pastillas inocuas, pastillas que nos convenzan de que el miedo es una creación de nuestra mente y los demás, la misma sustancia confusa que nos da vida a cada uno de todos nosotros.
Pero la noche comienza a oscurecer sus rumbos y las luces penetran cada vez con mas pasión las sombras.
Miro el cielo, arrebolado, un coágulo desparramándose por esa llanura inaccesible y pienso en el infinito. Siempre navegue en los ojos del astronauta de 2001 Odisea del Espacio, cuando desactiva a Hal 9000 y se lanza al infinito, la nave a la deriva y un despliegue de inverosímiles colores estallando en sus ojos.
Los ojos.
Es la hora que lo muertos se vuelven a quedar solos en los cementerios, en los hoteles alojamiento tienden las sábanas bien tirantes y los melancólicos buscan fantasmas detrás del cristal de las ventanas.
Los autos parecen multiplicarse. Parecen ser conducidos por seres extraños.
El universo tal vez sólo se componga de miles y miles de ojos viendo cosas que no existen.
El universo tal vez sea todo lo que vos imaginás, incluido yo mismo escribiendo ahora.
Tolstoi dijo que el fin del mundo va a ser un gran bostezo.
El infinito quizá sea tu aburrimiento.
Mientras dioses y demonios libran el combate eterno de las almas.
Ahora mismo, bajo el cambio de luces, una joven sin sonrisa, se queda mirando las luces agónicas. Otra, pletórica de ilusión y vanaglorias contempla el fulgor de la noche naciente.
Es la hora mágica del cambio de luces.
El nacimiento y la agonía.
Madrugadas, atardeceres, una sola palabra: Crepúsculo.
La Muerte es un Gamulán
Lo que más bronca me da, es cuando me preguntan con esa cara de boludos por qué lo hice. Y como yo les respondo nada, como los miro como si nada, después ponen en los diarios que soy un cumbiero genocida. ¿me entendé? Te das cuenta que son unos mal paridos estos quías. Son poronga, eso son. Antes, como yo siempre dije lo que se me cantaba, me invitaban a todos esos programas de giladas, esos programas de poronga donde lo único que dicen son giladas. Pero me invitaban, como si invitaran a un animal extraño que además habla, ¿me entendé? Los negros cabeza como yo somos una atracción. En las fiestas llenas de conchetos bailan nuestros temas y se ríen y se divierten con la música de los bufones. Se divierten hasta que se aburren. Por eso cuando me preguntan por qué lo hice, yo no digo nada, porque yo soy cabeza pero no boludo ¿me entendé? Estos puntos en la puta vida van a saber lo que es ser tropa, de segunda, nunca lo van a entender, ¿me entendé? Yo tuve suerte, yo pude triunfar, gané mucha guita, pasta de la grosa y anduve con ellos. Vos sabé lo que son las minas finas, son suaves como flores. No son como las nuestras. Esas minas no cagan, padre. Y si cagan nunca te vas a enterar. Siempre están perfumadas y hablan tan bien que te calientan. A mí me daban bola cuando estuve ahí arriba, pero yo no soy boludo, yo no como vidrio. Ellas sólo querían estar con el grone de moda, con el cantante de cumbia. Porque a ellas también les gusta que le den maza como Dios manda, ¿me entendé? Ellas creen que nosotros la temenos más larga y gruesa. Muchos cuando llegan ahí arriba y se voltean a las pibas finas, piensan que les dan bola por ellos mismos. Son pelotudos, no se dan cuenta que son un capricho y que al otro día se aburren y quieren otro. Pero yo siempre la tuve así de clara, a mí sí me funciona la zabiola, ¿entendé? Nosotros nunca vamos a ser como ellos por más que tengamos toda la pasta del mundo. Esto no cambia más. Dios a ellos los hizo con ganas, a nosotros nos vomitó, fiera. Yo la entendí, ¿entendé?, yo siempre la entendí, esto nunca va a cambiar. Además hay un perfume que tenemos los gronchos, yo desde el escenario lo siento, es el perfume de los negros. Y te digo negros en sentido de cabeza ¿me entendé?, no por la piel ¿me entendé?, los de las provincias, los que ves en los hospitales, en las villas. Los que están hecho mierda, ¿me entendé? Ese perfume yo lo sentía cuando iba con mi vieja a ver a Los Mirlos a la costa de Quilmes. Es inconfundible ese perfume. Esas eran cumbias loco, no la mierda que hacemos nosotros, las cumbias colombianas, las de el Cuarteto Imperial, pero el perfume ése yo ya lo olía, es parecido al de la espuma del carnaval, la del Rey Momo.Este mundo es una cagada, fiera, una reverenda cagada para los que estamos cagados pa’ siempre. Esto debe pasar en la Argentina, en Africa en todo lado. Vo por qué creé que muchos se la juegan por dos mangos. Porque saben que la vida no vale nada y mejor afanar y comprarse las birras que haiga que comprá para no quedarse con sed. Ellos la junan sin darse cuenta, saben que la muerte es el final de su infierno. Espichás y listo, se detiene la película de terror. ¿Qué es lo que hay que perdé?, me queré decir que e’ lo que hay que perdé. Yo tuve suerte, si no tengo moneda hago una cumbia de la poronga y me lleno de moneda. Ellos no, máquina, ellos no. Por toda esta historia es que llevé la ametralladora. Yo esa noche los veía desde el escenario y me dieron lástima. Una sensación de mierda, ¿entendé? Estaban saltando, contentos de estar condenados a ser bofe toda la vida. Y por eso casé la metralla y entré a disparar. Porque me harté de ver que nada va a cambiar nunca. Porque ellos son yo mismo. Cuando los giles estos dicen que los maté, deberían decir que los salvé, ¿entendé? Pero eso no conviene, eso no vende. No le conviene a nadie que un negro cabeza piense. Mejor decir cumbiero genocida y listo. Pero yo la tengo clara, yo no la pifié, yo no traicioné a nadie. La muerte es como un gamulán ¿ me entendé? Te cubre del frío, del frío horrible del desprecio, es muy fiero el desprecio ¿me entendé?
domingo, 16 de agosto de 2009
Bautista

Bautista se volvió loco. Bautista quedó tocado después de la muerte de su mujer. Bautista es un hijo de puta. Bautista es un pobre infeliz. Bautista es un enfermito. Bautista y la puta que los parió. Bautista los cagó a todos. Bautista se tiene que oxidar en el Borda.
Cada vez que en el depósito sus compañeros recuerdan a Bautista, desde sus bocas se disparan éstas y otras muchas frases que acompañan su nombre. Hay quien no lo perdona, hay quien le tiene lástima, pero la mayoría, cuando lo recuerda, siente incontenibles ganas de vomitar.
Lo cierto es que nunca nadie se va a olvidar de Bautista. Por su locura y también porque antes del absurdo, fue un entrañable compañero. Porque Bautista no fue únicamente sus últimos dos años, después de la muerte de la Tati, su mujer. Bautista había sido el inimitable protagonista de un montón de aventuras memorables, en el depósito y en las miles de comisiones que hicieron juntos por todo el país. Bautista era también el loco lindo que abrió la compuerta del dique en San Juan, inundando el camping donde se preparaban a comer un asado. Una gancho de chorizos fue lo único que pudieron rescatar de su humorada. Bautista, antes de ser mueca absurda y misterio, había sido también el delirante que le fue a dar la serenata a la vieja de Wheelwright, mientras todos agonizaban de la risa, escondidos detrás de la camioneta del servicio. Pepo, el Trutrulo, el Portugués, Curuzú, Papita, Curriculi, Bailatti, Andrés y Fumanchú, sus amigos de toda la vida de laburo, después de escupir la bronca, en secreto, exhuman aquellas anécdotas.
Pero cuando murió la Tati, ese Bautista se murió también. Y el mismo día en que se reincorporó a trabajar, empezó con las cosas raras, con su enigmático comportamiento. Primero con lo del portero de su edificio. Bautista afirmaba que era el nieto de un policía que había asesinado a su abuelo anarquista en 1917. Durante largos meses estuvo pendiente de sus movimientos. Después, con que un Peugeot 504 celeste lo perseguía por las calles, obsesión que lo llevó a la paranoia absoluta. Y finalmente lo del gato, su delirio final.
Los muchachos del depósito también tuvieron la culpa.
Bautista llegaba al depósito y se ponía a contar hazañas de su gato, como un padre primerizo que relata embobado los avances de su pequeño hijo. Sus compañeros se le burlaban, pero con bronca, con un dejo de tristeza, porque les fastidiaba ese Bautista. Querían al otro. Al Bautista que era parte de ellos mismos. Aquél que seguramente se hubiera mofado de ese ser en el que se había convertido.
Pero a él lo único que parecía importarle era hablar de su bendito gato. Aburría con su gato. Los muchachos, sólo empezaron a prestarle atención cuando con hondo dramatismo les contó que su gato había intentado suicidarse. Las carcajadas trepaban los altísimos techos del depósito y varias veces el capataz Romaglio tuvo que llamarles la atención. Ese ocurrente delirio preanunciaba el regreso triunfal del viejo y añorado Bautista. La espesa bruma de su dolor empezaba a agrietarse.
Sin embargo, cubierto por las risas, relataba algunas cosas que los muchachos no escuchaban. Decía que su gato lo entendía, que mantenían diálogos sin palabras, que se comunicaban con la mirada, con el corazón. Un día dijo que su gato era él mismo con piel felina. Que se habían compenetrado de tal manera, que cada vez le costaba más volver a sentirse un ser humano.
Por supuesto, a esas estupideces nadie les prestaba atención.
Bautista estaba absolutamente convencido de que su gato en dos oportunidades se había querido suicidar. Lo había descubierto parado sobre la reja del balcón de su departamento, erizado por la angustia, como dejándose caer en el abismo de esos siete pisos que lo separaban de la calle. Como tantas veces se había quedado él en ese mismo balcón, volcado temerariamente sobre la baranda, buscando a la Tati en el vacío, en el fondo de la noche infinita.
Pero los muchachos seguían sosteniendo que Bautista mejoraba, a pesar de su obsesión con el gato. Simplemente se había vuelto algo solitario y esquivo. Pero su depresión, la que alejaba sus ojos, parecía empezar a descomprimirse en su corazón. Estaban convencidos de que el tiempo les devolvería sus bromas. A su amigo.
Bautista tenía que volver a ser Bautista.
Tal vez por eso, cuando desayunaban y descubrían su mirada furtiva desde algún rincón alejado, le ofrecían un mate y él huía sin razón y para ellos era broma.
Bromas tristes. Bromas raras. Bromas que se atoraban en la garganta de sus risas. Bromas absurdas como cuando el Trutrulo empezó a apuntarlo con el matagato.
Una mañana llegó desesperado al depósito, afirmando que su gato finalmente se había suicidado. No tenía consuelo. Entrecortado por los sollozos, con la mirada extraviada en algún punto invisible, y mientras todos contenían la risotada en sus bocas, contaba que al regresar a su departamento el gato lo miró con ojos de adiós desde el balcón, dejándose caer al vacío, hasta quedar hecho una bolsa de huesos sobre el duro pavimento de la calle Venezuela.
Todos creyeron que allí había terminado con la obsesión del gato. Por eso días después aceptaron gustosos su regreso a la cocina; sus guisos siempre habían sido memorables, hasta lo ingenieros se acercaban a probarlo. Y más cuando entraron y lo vieron comer con tantas ganas. Todos querían comer nuevamente de su guiso, porque en esa cacerola estaban seguros de que no sólo humeaba su legendario manjar, sino el regreso del Bautista de siempre.
Y festejaron metiéndole con hambre, y cuando Fumanchú preguntó que carne le había puesto al guiso y Bautista le dijo que era rata, volvieron a reír de la nueva ocurrencia de su amigo que volvía en todo su esplendor y cuando siguieron preguntando y él siguió diciendo rata, más risas y más risas. Risas de alegría, como las de antes.
Hasta que fastidiado de responder siempre lo mismo, y tal vez de las molestas risotadas, sacó de la bolsa de basura las cabezas y los cueros ensangrentados de las ratas y huyó como un felino, mientras todos vomitaban sobre la mesa.
Ford
Manejo
en la radio dicen:
chocaron un Ford y un Volkwagen.
El conductor del Ford murió
en el acto.
Manejo un Ford
me zambullo
en las constelaciones del parabrisas.
El líquido de tus ojos me frena,
me salpica frío áspero.
Hay espíritus negros
asesinando moribundos
en tus pupilas.
Suena el celular
no voy a abrirte la puerta del túnel,
el acto inconcluso
y el Ford se detiene.
en la radio dicen:
chocaron un Ford y un Volkwagen.
El conductor del Ford murió
en el acto.
Manejo un Ford
me zambullo
en las constelaciones del parabrisas.
El líquido de tus ojos me frena,
me salpica frío áspero.
Hay espíritus negros
asesinando moribundos
en tus pupilas.
Suena el celular
no voy a abrirte la puerta del túnel,
el acto inconcluso
y el Ford se detiene.
viernes, 17 de julio de 2009
La Cometa del Gordito

El frío de agosto se adormecía bajo los rayos tibios que bañaban el extenso verde del parque, en el borde de la General Paz. Los picados salpicaban los mil colores de sus camisetas corriendo en pugna de balones escurridizos. Los números en las espaldas planteaban ecuaciones caprichosas. Los barriletes le inventaban ojales al cielo azul. Los sándwiches daban su último adiós e ingresaban en los túneles rojos de las bocas ansiosas. El domingo se aceleraba en el relato vertiginoso de una radio futbolera.
El gordito movía dificultosamente sus brazos, aprisionados en la voluminosa campera, tratando de que su barrilete no pierda altura en el cielo. Apenas si se distinguía el escudo de Chacarita Juniors metido en el altísimo azul. El de Chacarita le había pedido al vendedor de barriletes, aún cuando su padre pretendía, sin fortuna, que eligiera el que tenía el escudo de River Plate. Pero el gordito sólo quería el de Chacarita, el cuadro de Judith. Su papá, vencido, debió aceptar la voluntad firme de su hijo y tras elevarlo en el cielo, le entregó el palito en el que se anudaba el hilo y se sentó en el banco para seguir discutiendo con su ex-mujer los pormenores de la separación.
Todo era motivo de discusión. Para Noelia, la mamá del gordito, a los barriletes se los “debía” llamar cometas. En contraposición, para Gustavo, su ex-marido y papá del gordito, a los cometas se los “debía” llamar barriletes. El gordito, que escuchaba el diálogo, no entendía el motivo de la discusión; para él se llamaban cometas, como los llamaba Judith.
Yo tengo que llevarlo al jardín, irlo a buscar, todo eso me significa guita, decía la mamá, mientras el papá resoplaba con fastidio. Escuchame Noelia, yo no puedo hacer magia; para qué te peleaste con Judith, ella te lo cuidaba por dos mangos, contraatacaba Gustavo. Mirá Judith estaba muy confundida, la madre del gordito soy yo, aparte esa pendeja es una insolente, Noelia se enfurecía. Lo que pasa es que vos no te bancás que el gordito la quiera a ella más que a vos, eso es lo que no te bancás, Gustavo sabía perfectamente que esa daga era dolorosa para Noelia. Que diseminaba esquirlas mortales en la sangre de su orgullo. Sabés qué pasa, yo laburo todo el día, que querés que me mantenga con la miseria que vos me pasás, magia todavía no sé hacer, mi vida.
El viento sostenía firme el barrilete en el cielo. El gordito le soltaba más cuerda y el hilo describía un arco, un puente cóncavo entre él y su cometa lejano. Giró su cabeza para ver si sus padres lo observaban, pero desilusionado comprobó que seguían discutiendo enfurecidos.
Y ahora te lo tiene que cuidar tu vieja, ya me la imagino, a las puteadas limpias, si hay algo que le agradezco a Dios es no verle más la trucha a esa arpía, Gustavo prendió un cigarrillo y escupió el humo inmediatamente, como si fuera su suegra. Vos me hablás de Judith, pero la dulce Judith no es todo lo santita que vos te imaginás, el novio la visita cuando ella lo cuida, ¿te parece bien eso?, el gordito me lo contó, Noelia buscaba, agrandado sus ojos, la aprobación de su ex-marido. ¿Y qué tiene de malo eso?, Gustavo no adhería a la presunta mala conducta de Judith. ¿Qué tiene de malo?, ¿Me preguntás que tiene de malo?, ¿A vos te parece que el gordito tiene que ver ese puterío?, Noelia vomitaba las palabras. Vos sos una exagerada, vos ves fantasmas en todos lados.
El gordito recordó una canción que le había enseñado Judith, la de “mi hermanito toca el piano...”, y se la puso a cantar buscando neutralizar las voces de sus padres. No quería escucharlos. Sólo deseaba escuchar a Judith. Ella nunca hablaba en voz alta, su voz era dulce, armónica. Su voz encendía luces de colores en su pequeño corazón. Y desde que su mamá no lo llevaba más a su casa, vivía extrañándola.
Enrolló el hilo en el palito y su cometa se elevó aún más en el cielo. Después empezó a tironear con fuerza, con mucha fuerza, tanta, que sintió sus pies desprenderse del suelo y la fresca caricia del viento. El griterío de la gente abajo y las voces de su mamá y de su papá se volvían remotas. Miró hacia ellos y los observó moviendo los brazos ampulosamente, con desesperación. Los ignoró y colocó sus ojos en su cometa. Al ganar altura el viento frío le helaba la cara y levantó sus pies para esquivar el inmenso tanque. Progresaba en el aire y el mundo debajo era cada vez más pequeño.
Sin embargo, desde lo alto reconoció el patio en el que jugaba con Cascote, el perro de Judith. El patio con la mesa redonda de cemento donde ella le leía los cuentos que tanto le gustaban. Que no entendía del todo, pero que le permitían escuchar su voz por un largo rato.
Cuando lo tuvo exactamente debajo de sus pies, soltó su cometa.
El 7 de mayo de 2002,
en el borde de la General Paz.
El gordito movía dificultosamente sus brazos, aprisionados en la voluminosa campera, tratando de que su barrilete no pierda altura en el cielo. Apenas si se distinguía el escudo de Chacarita Juniors metido en el altísimo azul. El de Chacarita le había pedido al vendedor de barriletes, aún cuando su padre pretendía, sin fortuna, que eligiera el que tenía el escudo de River Plate. Pero el gordito sólo quería el de Chacarita, el cuadro de Judith. Su papá, vencido, debió aceptar la voluntad firme de su hijo y tras elevarlo en el cielo, le entregó el palito en el que se anudaba el hilo y se sentó en el banco para seguir discutiendo con su ex-mujer los pormenores de la separación.
Todo era motivo de discusión. Para Noelia, la mamá del gordito, a los barriletes se los “debía” llamar cometas. En contraposición, para Gustavo, su ex-marido y papá del gordito, a los cometas se los “debía” llamar barriletes. El gordito, que escuchaba el diálogo, no entendía el motivo de la discusión; para él se llamaban cometas, como los llamaba Judith.
Yo tengo que llevarlo al jardín, irlo a buscar, todo eso me significa guita, decía la mamá, mientras el papá resoplaba con fastidio. Escuchame Noelia, yo no puedo hacer magia; para qué te peleaste con Judith, ella te lo cuidaba por dos mangos, contraatacaba Gustavo. Mirá Judith estaba muy confundida, la madre del gordito soy yo, aparte esa pendeja es una insolente, Noelia se enfurecía. Lo que pasa es que vos no te bancás que el gordito la quiera a ella más que a vos, eso es lo que no te bancás, Gustavo sabía perfectamente que esa daga era dolorosa para Noelia. Que diseminaba esquirlas mortales en la sangre de su orgullo. Sabés qué pasa, yo laburo todo el día, que querés que me mantenga con la miseria que vos me pasás, magia todavía no sé hacer, mi vida.
El viento sostenía firme el barrilete en el cielo. El gordito le soltaba más cuerda y el hilo describía un arco, un puente cóncavo entre él y su cometa lejano. Giró su cabeza para ver si sus padres lo observaban, pero desilusionado comprobó que seguían discutiendo enfurecidos.
Y ahora te lo tiene que cuidar tu vieja, ya me la imagino, a las puteadas limpias, si hay algo que le agradezco a Dios es no verle más la trucha a esa arpía, Gustavo prendió un cigarrillo y escupió el humo inmediatamente, como si fuera su suegra. Vos me hablás de Judith, pero la dulce Judith no es todo lo santita que vos te imaginás, el novio la visita cuando ella lo cuida, ¿te parece bien eso?, el gordito me lo contó, Noelia buscaba, agrandado sus ojos, la aprobación de su ex-marido. ¿Y qué tiene de malo eso?, Gustavo no adhería a la presunta mala conducta de Judith. ¿Qué tiene de malo?, ¿Me preguntás que tiene de malo?, ¿A vos te parece que el gordito tiene que ver ese puterío?, Noelia vomitaba las palabras. Vos sos una exagerada, vos ves fantasmas en todos lados.
El gordito recordó una canción que le había enseñado Judith, la de “mi hermanito toca el piano...”, y se la puso a cantar buscando neutralizar las voces de sus padres. No quería escucharlos. Sólo deseaba escuchar a Judith. Ella nunca hablaba en voz alta, su voz era dulce, armónica. Su voz encendía luces de colores en su pequeño corazón. Y desde que su mamá no lo llevaba más a su casa, vivía extrañándola.
Enrolló el hilo en el palito y su cometa se elevó aún más en el cielo. Después empezó a tironear con fuerza, con mucha fuerza, tanta, que sintió sus pies desprenderse del suelo y la fresca caricia del viento. El griterío de la gente abajo y las voces de su mamá y de su papá se volvían remotas. Miró hacia ellos y los observó moviendo los brazos ampulosamente, con desesperación. Los ignoró y colocó sus ojos en su cometa. Al ganar altura el viento frío le helaba la cara y levantó sus pies para esquivar el inmenso tanque. Progresaba en el aire y el mundo debajo era cada vez más pequeño.
Sin embargo, desde lo alto reconoció el patio en el que jugaba con Cascote, el perro de Judith. El patio con la mesa redonda de cemento donde ella le leía los cuentos que tanto le gustaban. Que no entendía del todo, pero que le permitían escuchar su voz por un largo rato.
Cuando lo tuvo exactamente debajo de sus pies, soltó su cometa.
El 7 de mayo de 2002,
en el borde de la General Paz.
viernes, 26 de septiembre de 2008
Planetas
Aquel mediodía en que la vio por última vez, en aquella casa extraña, su mamá había hablado mucho de sus ojos, de que cada vez que la miraba, se daba cuenta de lo grandes y hermosos que eran sus ojos. ¿Qué tienen mis ojos? –preguntó Sofía. Tus ojos son como dos planetas luminosos llenos de gente –le contestó su mamá y la abrazó.Desde ese día, siempre que alguien elogia sus ojos, Sofía se fastidia y los cierra y la gente ya no puede ver.
La Ciudad de Los Edificios Negros

Tengo mil almas
revoloteando mi cabeza
como pájaros confundidos
como noches sin estrellas.
Tengo mil besos
de gusto astringente en mi boca
aire tuyo en mi sangre
del abismo de tu alma.
La ciudad de los edificios flacos
abre sus muslos grises
y su laberinto
de espejos blancos.
Tengo mil almas
destiñendo el color de mis retinas
y una noche de candiles
reverberando tus ojos muertos.
Tengo mil voces
de los adioses para siempre
y un plano a escala
de tus caminos sin retorno.
La ciudad de los edificios negros
enciende la penumbra de sus luces
y amplifica, en silencio
la melancolía de sus perros locos.
revoloteando mi cabeza
como pájaros confundidos
como noches sin estrellas.
Tengo mil besos
de gusto astringente en mi boca
aire tuyo en mi sangre
del abismo de tu alma.
La ciudad de los edificios flacos
abre sus muslos grises
y su laberinto
de espejos blancos.
Tengo mil almas
destiñendo el color de mis retinas
y una noche de candiles
reverberando tus ojos muertos.
Tengo mil voces
de los adioses para siempre
y un plano a escala
de tus caminos sin retorno.
La ciudad de los edificios negros
enciende la penumbra de sus luces
y amplifica, en silencio
la melancolía de sus perros locos.
miércoles, 24 de septiembre de 2008
60 del Bajo nocturno

El viejo amagó a abrir la ventanilla, pero antes de hacerlo, se dirigió a la jovencita que se había sentado a su lado después de subir en Pueyrredón y Las Heras.
-¿Te molesta si abro un poquito?
-No, para nada -dijo la joven sonriéndole.
-Es que ando con calor, viste.
-Abrala, no me molesta para nada.
El breve diálogo y los aparatosos movimientos del viejo, provocaron alguna curiosidad en los otros pasajeros, que habían observado, atentamente y con admiración, a la agraciada jovencita obtener su boleto y tomar asiento.
-Es que me agarra como un incendio en la cara -dijo de forma risueña.
-Sería lindo sacar la cabeza como los chicos -le respondió la joven prolongando su humorada.
El viejo era flaco, de cara rojiza. Llevaba la barba semicrecida al ras de los agudos ángulos de su rostro. Era casi tan blanca como su pelo. Sus ropas gastadas y descoloridas le brindaban un aspecto desprolijo. Su cara era de otro tiempo. Sus ojos celestes y profundos parecían de otra persona.
-Seguro que sos de Géminis -dijo con contundencia.
-No, nada que ver. Soy de Aries –le replicó la joven entre risas.
-Parecías de Géminis, por lo dada, por lo espontánea –el viejo pronunció con énfasis la palabra espontánea, como si fuera una extravagancia de su vocabulario.
-No, pero soy de Aries.
El viejo carraspeó y su pecho estalló en una tos rota. Afuera, la ferocidad del tránsito rugía en ruidosos bocinazos.
-¿Estás estudiando?
-Sí, ingeniería de sistemas.
El viejo hizo un gesto de no entender.
-Todo con computadoras, todo lo que se hace con la computadora –amplió la joven tratando de hacerse entender.
-En mi época la ingeniería era para hacer puentes.
Los otros pasajeros del colectivo continuaban esforzándose por escuchar, disimuladamente, el diálogo entre el viejo de aspecto descuidado y la jovencita, que pese a sus delicados modales, demostraba una soltura que hacía que la conversación no decaiga. La abulia del viaje y el tono alto en que hablaban hacían irresistible la tentación de oírlos. Eran de dos mundos distintos. Como si una de las invisibles cuerdas con las que la noche tensaba su rutina cotidiana, imprevistamente hubiera comenzado a desafinar.
-Yo un día me voy a poner con la computadora. ¿El abecedario es el mismo que el de la máquina de escribir, no?
-Sí -dijo la joven comprendiendo rápidamente que se refería al teclado.
-Sí, un día de estos me voy a poner. Pero ahora se disparó todo, ahora ya no es como antes.
-¿Por qué?
-El modernismo -dijo el viejo pesadamente.
-Ah sí, ahora las computadoras reemplazan a los que trabajan. Eso es lo malo. La gente es reemplazada por las máquinas.
-Mirá nena, es este país no trabaja el que no quiere.
La joven lo miró con un gesto inconcluso, disintiendo.
-Yo la tuve toda y la perdí toda. Ahora me arrepiento. La joda está bien hasta cierto punto pero..., hay que joder hasta cierta edad.
-Sí porque sino después uno se acostumbra y ...
-¿Vos que edad tenés?
-19, cumplí el 23 de marzo, hace poco.
-Todavía tenés hilo en el carretel. Yo a tu edad estaba en la Marina, dos años y ocho meses estuve metido en un barco.
-¿Estuvo en las Malvinas?
-No en la Marina, en la Ma-ri-na, haciendo la conscripción, casi tres años metido en un barco.
-¡Qué barbaridad!
El viejo se tomó la barbilla con preocupación.
-Yo iba a tomarme el tren en Barrancas del Belgrano, pero llego a Córdoba y Ayacucho y ¡zas!, me encuentro con uno del bajo. No pude resistir la tentación. Este me deja a tres cuadras, el tren a doce. Yo voy a Punta Chica, soy cuidador de una propiedad, pero ahí no hay nada, te falta yerba te falta azúcar y no tenés donde comprar, no hay almacenes, hay que ir al Coto, pero está lejos, a quince cuadras está. Aparte estoy con los paquetes, compré mercadería. Compré yerba, azúcar, arroz, fideos y un montón de estupideces y me olvidé el detergente y la lavandina. Es para limpiar, porque yo soy solo, para limpiar la ropa. Es jodido estar solo, vos dejás todo pata pa’ arriba y así lo encontrás cuando volvés.
-Dígamelo a mí.
-¿Vivís sola?
La furtiva audiencia, ante la pregunta, no pudo dejar de agudizar ansiosamente su audición, convencidos de que el viejo se lanzaba irracionalmente en un ataque kamikaze.
-Con mi papá, pero él trabaja todo el día.
-Antes no hacía falta laburar tanto. Vos no tenías para ir a milonguear y alguien siempre te daba. Era todo distinto antes. Los cafés, los bares, la milonga estaban así (haciendo un gesto con sus dedos juntos) de llenos. Era todo distinto. Pero ahora están todos medio piantados.
-Y la droga, muchos chicos de mi edad se drogan y no saben lo que hacen. Tienen problemas que resuelven de esa manera.
-Mirá querida, problemas hubo siempre. Yo estuve en todas las jodas. No me casé por estar con mi viejo. Era un fenómeno el gallego. Nosotros nos íbamos de joda juntos y eso que mi hermano era el favorito, pero yo andaba siempre con él. ¿Vos no te aburrís con el jovato?
-No, mi papá es un genio, nos llevamos re-bien. Somos re-compinches. Dicen que los hijos varones son más pegados a la madre y las mujeres al padre.
-Puede que sí. ¿Y con tu mamá como te llevás?
-Mi mamá murió, hace como dos años -dijo la joven sin conmoverse, como quien relata un hecho natural.
-¿Por dónde vivís?
-Por Saavedra.
-Yo tengo una prima que vive en Deheza entre San Isidro y Cabildo.
-Ah... Yo de calles no conozco nada.
-Yo sí, yo las calles me las conozco todas. ¿Estás de novia?
-Sí, hace un año y siete meses. Hace un montón.
-Eh no tanto. Para conocer a la gente hace falta más tiempo. Aunque lo que vale es el primer golpe de vista.
-Y para la edad que tengo es un montón.
El colectivo arribaba a las Barrancas de Belgrano. Muchos pasajeros se bajaron con la frustración de no poder seguir escuchándolos.
-Ves, acá tendría que haberme bajado yo, pero el 60 del bajo es una tentación. Tardás más, pero son nueve cuadras menos. Y estoy con la mercadería. Este (por el colectivo), si anda a esta hora es por los curas de San Isidro, por los clubes de los ricachones, sino no viene ni a palos. Yo siempre vuelvo más tarde, pero hoy estoy con la mercadería.
-Y peor ahora que las cosas aumentan a cada rato.
-Es que la gente se había acostumbrado a comprar muchas porquerías. Sino, de qué viven los supermercados, del pan y de la leche, ¡vamos! La gente quiere chupar y vivir bien. El otro día, por acá el colectivo se llenó de pibes tomando cerveza, iban a bailar cerca del puente.
-Sí, se llena ahí.
-Vienen los negros del Fantástico. ¿Vos vas a bailar con tu novio?
-Sí, pero por el centro. El vive en San Cristóbal.
-Y me imagino que te acompaña.
-No, yo no lo dejo. Tiene que gastar el doble y ¿a qué hora llega a su casa?
-Yo cuando tenía una novia la acompañaba hasta la casa, en Ituzaingo vivía y me volvía a Almagro donde yo vivía, nena. Y antes no había tantos colectivos como ahora, no te das una idea de las cuadras que me caminaba.
-Los tiempos cambiaron –concluyó la joven.
El viejo miró por la ventanilla. La noche desparramaba generosa su guirnalda de luces. La avenida administraba la intensidad de sus brillos.
-Me bajaría en lo de mi prima, pero si le caigo a esta hora a la gallega, me mata. Además estoy con la mercadería. A todo esto, ¿qué hora es?
-Deben ser como las once.
Al cruzar el Puente Saavedra la joven se puso de pie.
-Bueno hasta luego, que le vaya bien.
-Chau querida.
Los que estaban detrás aprovecharon para observar nuevamente el rostro de la joven. En la esquina de Maipú y Agustín Álvarez se bajó. El viejo giró levemente el cuerpo en el asiento y se encontró con los ojos de un joven que lo escrutó con mirada cómplice.
-Se le escapó la palomita –dijo riendo.
El viejo lo miró con un leve desdén, ignorando la humorada y se puso serio. El celeste de sus ojos se tiznó de un maravilloso brillo, como si sus retinas fueran de la misma sustancia del cielo.
Finalmente, saliendo de un breve ensimismamiento, le dijo:
-No nene, esa piba es mi vieja. Mi vieja murió cuando yo nací, tenía 19 años la pobrecita, y siempre me busca para charlar un rato. Hace cuarenta años que me encuentra, así, en la calle, detrás de la cara de cualquier mocosa. La vieja es la única que nunca te abandona.
El pibe levantó las cejas y avergonzado le hizo una mueca agria, que una invisible escarcha le congeló en su boca. Después clavó sus ojos en la ventanilla, mirando sin ver la noche que afuera el colectivo iba dejando en el camino. Los otros, los que atentamente habían permanecido escuchando, también, como ocultándose a sí mismos su complicidad.
El viejo sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa y en voz alta le pidió permiso al chofer para fumar.
-¿Te molesta si abro un poquito?
-No, para nada -dijo la joven sonriéndole.
-Es que ando con calor, viste.
-Abrala, no me molesta para nada.
El breve diálogo y los aparatosos movimientos del viejo, provocaron alguna curiosidad en los otros pasajeros, que habían observado, atentamente y con admiración, a la agraciada jovencita obtener su boleto y tomar asiento.
-Es que me agarra como un incendio en la cara -dijo de forma risueña.
-Sería lindo sacar la cabeza como los chicos -le respondió la joven prolongando su humorada.
El viejo era flaco, de cara rojiza. Llevaba la barba semicrecida al ras de los agudos ángulos de su rostro. Era casi tan blanca como su pelo. Sus ropas gastadas y descoloridas le brindaban un aspecto desprolijo. Su cara era de otro tiempo. Sus ojos celestes y profundos parecían de otra persona.
-Seguro que sos de Géminis -dijo con contundencia.
-No, nada que ver. Soy de Aries –le replicó la joven entre risas.
-Parecías de Géminis, por lo dada, por lo espontánea –el viejo pronunció con énfasis la palabra espontánea, como si fuera una extravagancia de su vocabulario.
-No, pero soy de Aries.
El viejo carraspeó y su pecho estalló en una tos rota. Afuera, la ferocidad del tránsito rugía en ruidosos bocinazos.
-¿Estás estudiando?
-Sí, ingeniería de sistemas.
El viejo hizo un gesto de no entender.
-Todo con computadoras, todo lo que se hace con la computadora –amplió la joven tratando de hacerse entender.
-En mi época la ingeniería era para hacer puentes.
Los otros pasajeros del colectivo continuaban esforzándose por escuchar, disimuladamente, el diálogo entre el viejo de aspecto descuidado y la jovencita, que pese a sus delicados modales, demostraba una soltura que hacía que la conversación no decaiga. La abulia del viaje y el tono alto en que hablaban hacían irresistible la tentación de oírlos. Eran de dos mundos distintos. Como si una de las invisibles cuerdas con las que la noche tensaba su rutina cotidiana, imprevistamente hubiera comenzado a desafinar.
-Yo un día me voy a poner con la computadora. ¿El abecedario es el mismo que el de la máquina de escribir, no?
-Sí -dijo la joven comprendiendo rápidamente que se refería al teclado.
-Sí, un día de estos me voy a poner. Pero ahora se disparó todo, ahora ya no es como antes.
-¿Por qué?
-El modernismo -dijo el viejo pesadamente.
-Ah sí, ahora las computadoras reemplazan a los que trabajan. Eso es lo malo. La gente es reemplazada por las máquinas.
-Mirá nena, es este país no trabaja el que no quiere.
La joven lo miró con un gesto inconcluso, disintiendo.
-Yo la tuve toda y la perdí toda. Ahora me arrepiento. La joda está bien hasta cierto punto pero..., hay que joder hasta cierta edad.
-Sí porque sino después uno se acostumbra y ...
-¿Vos que edad tenés?
-19, cumplí el 23 de marzo, hace poco.
-Todavía tenés hilo en el carretel. Yo a tu edad estaba en la Marina, dos años y ocho meses estuve metido en un barco.
-¿Estuvo en las Malvinas?
-No en la Marina, en la Ma-ri-na, haciendo la conscripción, casi tres años metido en un barco.
-¡Qué barbaridad!
El viejo se tomó la barbilla con preocupación.
-Yo iba a tomarme el tren en Barrancas del Belgrano, pero llego a Córdoba y Ayacucho y ¡zas!, me encuentro con uno del bajo. No pude resistir la tentación. Este me deja a tres cuadras, el tren a doce. Yo voy a Punta Chica, soy cuidador de una propiedad, pero ahí no hay nada, te falta yerba te falta azúcar y no tenés donde comprar, no hay almacenes, hay que ir al Coto, pero está lejos, a quince cuadras está. Aparte estoy con los paquetes, compré mercadería. Compré yerba, azúcar, arroz, fideos y un montón de estupideces y me olvidé el detergente y la lavandina. Es para limpiar, porque yo soy solo, para limpiar la ropa. Es jodido estar solo, vos dejás todo pata pa’ arriba y así lo encontrás cuando volvés.
-Dígamelo a mí.
-¿Vivís sola?
La furtiva audiencia, ante la pregunta, no pudo dejar de agudizar ansiosamente su audición, convencidos de que el viejo se lanzaba irracionalmente en un ataque kamikaze.
-Con mi papá, pero él trabaja todo el día.
-Antes no hacía falta laburar tanto. Vos no tenías para ir a milonguear y alguien siempre te daba. Era todo distinto antes. Los cafés, los bares, la milonga estaban así (haciendo un gesto con sus dedos juntos) de llenos. Era todo distinto. Pero ahora están todos medio piantados.
-Y la droga, muchos chicos de mi edad se drogan y no saben lo que hacen. Tienen problemas que resuelven de esa manera.
-Mirá querida, problemas hubo siempre. Yo estuve en todas las jodas. No me casé por estar con mi viejo. Era un fenómeno el gallego. Nosotros nos íbamos de joda juntos y eso que mi hermano era el favorito, pero yo andaba siempre con él. ¿Vos no te aburrís con el jovato?
-No, mi papá es un genio, nos llevamos re-bien. Somos re-compinches. Dicen que los hijos varones son más pegados a la madre y las mujeres al padre.
-Puede que sí. ¿Y con tu mamá como te llevás?
-Mi mamá murió, hace como dos años -dijo la joven sin conmoverse, como quien relata un hecho natural.
-¿Por dónde vivís?
-Por Saavedra.
-Yo tengo una prima que vive en Deheza entre San Isidro y Cabildo.
-Ah... Yo de calles no conozco nada.
-Yo sí, yo las calles me las conozco todas. ¿Estás de novia?
-Sí, hace un año y siete meses. Hace un montón.
-Eh no tanto. Para conocer a la gente hace falta más tiempo. Aunque lo que vale es el primer golpe de vista.
-Y para la edad que tengo es un montón.
El colectivo arribaba a las Barrancas de Belgrano. Muchos pasajeros se bajaron con la frustración de no poder seguir escuchándolos.
-Ves, acá tendría que haberme bajado yo, pero el 60 del bajo es una tentación. Tardás más, pero son nueve cuadras menos. Y estoy con la mercadería. Este (por el colectivo), si anda a esta hora es por los curas de San Isidro, por los clubes de los ricachones, sino no viene ni a palos. Yo siempre vuelvo más tarde, pero hoy estoy con la mercadería.
-Y peor ahora que las cosas aumentan a cada rato.
-Es que la gente se había acostumbrado a comprar muchas porquerías. Sino, de qué viven los supermercados, del pan y de la leche, ¡vamos! La gente quiere chupar y vivir bien. El otro día, por acá el colectivo se llenó de pibes tomando cerveza, iban a bailar cerca del puente.
-Sí, se llena ahí.
-Vienen los negros del Fantástico. ¿Vos vas a bailar con tu novio?
-Sí, pero por el centro. El vive en San Cristóbal.
-Y me imagino que te acompaña.
-No, yo no lo dejo. Tiene que gastar el doble y ¿a qué hora llega a su casa?
-Yo cuando tenía una novia la acompañaba hasta la casa, en Ituzaingo vivía y me volvía a Almagro donde yo vivía, nena. Y antes no había tantos colectivos como ahora, no te das una idea de las cuadras que me caminaba.
-Los tiempos cambiaron –concluyó la joven.
El viejo miró por la ventanilla. La noche desparramaba generosa su guirnalda de luces. La avenida administraba la intensidad de sus brillos.
-Me bajaría en lo de mi prima, pero si le caigo a esta hora a la gallega, me mata. Además estoy con la mercadería. A todo esto, ¿qué hora es?
-Deben ser como las once.
Al cruzar el Puente Saavedra la joven se puso de pie.
-Bueno hasta luego, que le vaya bien.
-Chau querida.
Los que estaban detrás aprovecharon para observar nuevamente el rostro de la joven. En la esquina de Maipú y Agustín Álvarez se bajó. El viejo giró levemente el cuerpo en el asiento y se encontró con los ojos de un joven que lo escrutó con mirada cómplice.
-Se le escapó la palomita –dijo riendo.
El viejo lo miró con un leve desdén, ignorando la humorada y se puso serio. El celeste de sus ojos se tiznó de un maravilloso brillo, como si sus retinas fueran de la misma sustancia del cielo.
Finalmente, saliendo de un breve ensimismamiento, le dijo:
-No nene, esa piba es mi vieja. Mi vieja murió cuando yo nací, tenía 19 años la pobrecita, y siempre me busca para charlar un rato. Hace cuarenta años que me encuentra, así, en la calle, detrás de la cara de cualquier mocosa. La vieja es la única que nunca te abandona.
El pibe levantó las cejas y avergonzado le hizo una mueca agria, que una invisible escarcha le congeló en su boca. Después clavó sus ojos en la ventanilla, mirando sin ver la noche que afuera el colectivo iba dejando en el camino. Los otros, los que atentamente habían permanecido escuchando, también, como ocultándose a sí mismos su complicidad.
El viejo sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa y en voz alta le pidió permiso al chofer para fumar.
Un pájaro

El camionero gordo apuró el vaso de cerveza, hipnotizando su mirada en un camión que se deslizaba silencioso por la ruta 7. Cuando hablaban de sus apariciones y se extraviaba unos instantes en sus pensamientos, el mundo se le soltaba como un globo sin rumbo. Su aspereza natural se corrompía de una poesía sin letra y sin forma, que vertiginosamente le ganaba la sangre.
Y de repente, el camión lejano y silencioso alcanzaba el cruce y se volvía de juguete; una gran maqueta recreando un mundo extraño. Un gran juego, desproporcionado y absurdo. Ir y venir eternamente, ir y venir como la misma cosa; el final de un viaje, el principio de otro. Un camino circular uniendo el kilómetro 0 y el destino final.
Y alterando el monótono tapiz de pavimento y rayas blancas entrecortadas, los infinitos enigmas de su aparición. Caprichosa, fugaz; inexplicable y maravillosa. Un luminoso pájaro escurridizo. Y a pesar de que todo aquél que hablara de sus apariciones era acusado de fabulador, y que esa acusación también recaía sobre él, sus relatos eran escuchados con mucho respeto, porque eran distintos.
-La 38 es su ruta favorita, a mucho se les apareció como a mí, uno kilómetro pasando el control policial. Ahí fue donde aquella guelta clavé las guampas y me bajé del camión. Se quedó uno minuto delante mío, como si me hubiera estado esperando...
El otro camionero, que en su antebrazo lucía un colorido tatuaje de la Virgen de Luján, también desparramaba su teoría.
-Sin embargo en Tucumán, en muchos pueblos, le dicen El Pájaro de la 157. Yo la última vé que vi su aparición, fue cerca de La Cocha.
-Es que en mucho lugare dicen que les pertenece. Nadie sabe bien que e.’ En La Rioja le dicen El Pájaro de la 38, en Jujuy La Luciernaga de la 1. Fue el loco Cosentino, que ahora está manejando un Bedford cañero, el que le encajó ese nombre. A él se le apareció en la 1, cerca del Ingenio La Mendieta, se le apareció de noche se le apareció. El loco quedó loco del todo, lo ojo le quedaron como dos pelotas –el gordo terminó de hablar y estiró su voluminoso brazo para llenar nuevamente los vasos.
-Y entonces es de todas las rutas del norte.
-Sí, debe ser así nomá, porque por el sur no lo juna nadie. Mirá vó que yo do por tré ando por Bahía Blanca, por Viedma y nada, nadie sabe nada. Ni noticias de sus apariciones.
El sol azotaba sin piedad el interminable playón de tierra de la estación de servicio. Los dos camioneros reposaban despreocupados bajo un toldito del parador abandonado, punto de encuentro obligado cuando coincidían en el laberinto de sus destinos. Allí permanecían largas horas, lejos de los surtidores, contemplando la rutina del cruce de rutas. Desde los baños, el sonido latoso de una radio les llegaba a oleadas. Una voz indefinida que desbordaba los silencios. La tarde primeriza, empantanada en el tiempo, se aquietaba en el calor, como si las agujas del reloj se hubieran detenido al sentarse en la pequeña y oxidada mesa redonda.
-Che ¿Y qué será?, ¿Será colifa?, ¿Qué será...? ¿Será un fantasma? ¿A vó que te pareció gordo?, vó que decí que estuviste ahícito nomá.
-No creo que sea algo humano como nosotro. Yo conozco muy bien a los humano, yo anduve por todos lados y nunca vi a nadie con esa luminosida. Es un pájaro, un hermoso pájaro mágico. Nunca me voy a olvidar de aquella guelta, aquella tarde en la 38. Se quedó junto al camión, sin moverse, y me miró con sus ojos brillante. Habrán sido uno segundo, uno minuto yo qué sé. Pero me miró fijo, ¡eran ojos de pájaro!, pero te cegaba de mirar y luego se desapareció como por arte de magia, como pechao por un fantasma. Todas la jotra veces, se piantaba al detener el camión, pero esa vé no, esa vé no. Esa vé fue como si me hubiera estado esperando.
El gordo hizo silencio y encendió con ansiedad un cigarrillo. Cada vez que relataba aquel suceso del cual lo separaban tres años, su corazón se estremecía profundamente. Era su íntimo orgullo que lo haya elegido, que le haya dedicado unos instantes más que a los demás. El del tatuaje lo escuchaba con atención, mas allá de las suspicacias, siempre disfrutaba escuchar la historia tantas veces narrada por el gordo Norberto. Al rato llegó Darío, un camionero de Ramallo con el que muchas veces coincidían en esa estación de servicio en las afueras de Laboulaye. Traía un reporte de una nueva aparición. Cuando alguien llegaba, lo primero era actualizar el mapa de sus apariciones. En esta oportunidad había sido avistada por la ruta 19, cerca de una localidad llamada El Tío. El camionero gordo puso en duda la versión, ésa no es de sus rutas, dijo con autoridad. Al cabo de un rato, abrieron otra cerveza y derivaron sobre otros temas.
Mientras observaban pachorrientos el cruce, divisaron una extraña camioneta negra que ensayó una maniobra caprichosa y bajó de la ruta 7. Sin titubear se encaminó hacia ellos. Era una lúgubre ambulancia fúnebre, que se detuvo casi en la entrada de los baños. Inmediatamente descendieron dos hombres de traje negro, desaliñados, uno era petiso y morochito y el otro rubio, muy alto y espigado.
-Señor Norberto Menéndez –el más alto se dirigió directamente al camionero gordo como si lo conociera. Hablaba con un marcado acento extranjero.
Sorprendido de ser llamado por su nombre, el camionero gordo se puso de pie y lo escrutó con desconfianza.
-Sí, soy yo.
El larguirucho le extendió la mano y se la estrechó con fuerza.
-Andrew Vancouver.
Luego se presentó el petisito.
-Víctor Bobadilla.
Ambos saludaron con un gesto amigable a los otros dos camioneros.
-Mire amigo Menéndez, nosotros tenemos que cumplimentar un trámite para abandonar estas rutas para siempre y necesitamos de usted.
El acento del larguirucho dificultaba bastante la comprensión de sus palabras.
-¿A mí?, ¿por qué? –nerviosamente miró a sus dos amigos con la intención de que compartieran el absurdo.
-Mire amigo voy a explicarle. Nosotros somos integrantes de Los Custodios de La Ilusión, y desde hace un tiempo estamos cuidando su influjo en estas rutas de Norte Argentino. Eso, je, que ustedes acostumbran llamar El Pájaro. Oh sí, un hermoso nombre. Nuestra organización es milenaria y tan sólo debe vela por las ilusiones creadas por las personas y todo lo que su mágica esencia genera en sus corazones. Mucho más en gente de trabajo solitario, como el de ustedes. La ilusión es algo real amigos y nosotros la custodiamos. Nuestra organización está en todo mundo. Yo soy de Escocia, mi abuelo fue primero en mi familia que integró esta organización, él custodió la ilusión de monstruo de lago Ness. Mi compañero Víctor es de Paraguay.
-De Luque –aclaró con orgullo el petiso.
-Pero hemos fallado, lamentablemente no pudimos controlar todo y un loco le disparó con una carabina en la ruta 157, cerca de Leales.
Los tres camioneros lo miraron incrédulos, pero el larguirucho continuó rápidamente con su relato.
-En esta ambulancia viajan sus despojos. A nosotros nos espera castigo, el que recibiremos con alegría, como una prueba de fortaleza para nuestros espíritus. Nos espera la Siberia Nororiental, allí custodiaremos su ánima, que se convertirá en el alma helada de frío más frío de mundo. Se amalgamará con la nieve, para sembrar la ilusión de solitarios habitantes de polo de frío. De Ojmiakón, de Jakutsk, de Verkoyansk. Remotos lugares, gélidas llanuras. Ojmiakón es el verdadero polo de frío. Allí yacen intactos monstruos extinguidos hace milenios. Seremos los custodios de lago Labankür, que encierra un terror sin rostro, un terror absoluto. Allí velaremos por la ilusión de pastores de Ártico, pastores de renos que transitan colinas rosadas y nieves celestes, bajo un sol anaranjado y tímido. Nos habíamos encariñado con estas cálidas rutas de norte argentino, con su gente, pero...
El camionero gordo, aturdido de semejante delirio, escupió su reacción largamente contenida.
-Disculpen muchachos, están chupados o les pegó el sol del mediodía de lleno en la zabiola.
-Menéndez, Menéndez, no oculte su luz, usted y nosotros sabemos perfectamente que usted fue el elegido. El elegido, Menéndez. (El extranjero estiraba obsesivamente el apellido Menéndez). Sólo le pedimos que reconozca cadáver. Así lo pidió. Fue su última voluntad.
-¿Lo pidió?, pero...
El camionero gordo sintió que era reivindicado por los dos locos. Y eso le provocó un reconfortante orgullo, que sobre lo absurdo de la situación, atenuó su burla hacia los extraños visitantes. En el último de los casos, tres locos diciendo lo mismo resultaban más convincentes que uno. Los otros camioneros, también consternados, lo animaron con los ojos para que accediera al pedido. En sus miradas se licuaban sin control el absurdo, la curiosidad y la tristeza.
La tristeza, sobre todo la tristeza.
-Venga Menéndez, es sólo un segundo.
Tímidamente los acompañó hasta la ambulancia fúnebre. El paraguayo abrió la puerta trasera del vehículo y ante sus ojos apareció su armónica figura; ya sin vida, pero aún irradiando su enigmática belleza.
Una sensación confusa paralizó su cuerpo, recreando en su mente aquel instante maravilloso de su aparición.
El larguirucho, con extrema delicadeza, quitó de su rostro una especie de máscara y se retiró con los otros. Norberto se quedó solo ante su imagen durante algunos segundos. Al cabo de estos, el larguirucho regresó, cubrió el cadáver con una sábana y le entregó la máscara. El camionero gordo la aferró entre sus manos. Entre los tres hombres se interpuso un silencio infinito.
Se despidieron. La ambulancia fúnebre se alejó velozmente por el playón, levantando polvo y escondiéndola de sus ojos ávidos de verla marcharse. Luego trepó la cinta asfáltica y se alejó por la ruta 7 hacia el sur.
Los dos camioneros lo rodearon con ansiedad. El camionero gordo colocó la máscara sobre sus manos regordetas y la exhibió como si fuera un pájaro muerto. Los tres la observaron fijamente, con los ojos descoloridos.
-¿Cómo era, Gordo?, ¿Cómo era?
El camionero gordo pestañeó, espantando la niebla que confundía su mirada y un repentino brillo coloreó nuevamente sus ojos.
Desde su boca, las palabras emergieron como ángeles:
-Era como una mujer, igual a una mujer.
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