viernes, 8 de diciembre de 2023

fOLaVriL - luces grises



luces grises


son las luces grises

no la oscuridad

nunca es tan triste

dejarlas brillar

 

atravesar

esta noche

por el filo de un cristal

encerrar

todo nombre

en una sola vocal

si tuviera lágrimas para llorar

las dejaría volar

 

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jueves, 7 de diciembre de 2023

fOlaVriL - meinhof



“Máquina (psíquica) de hacer trapos de vestidos... cabina de pruebas para astronautas, donde se aplana la piel, a fuerza de velocidad. La Colonia de castigo de Kafka... el tipo sobre el lecho de clavos... subir y bajar sin parar por una montaña rusa.” (Ulrike Meinhof, 1978)



meinhof

 

ulrike meinhof

derritiendo las palabras

y el sentido

del amor

 

ulrike meinhof

convertirse en otra cosa

fantasma

de la razón

 

máquina psiquíca

de hacer trapos de vestidos.

cabina de pruebas

para astronautas

subir y bajar

por una montaña rusa

 

ulrike meinhof

colonia penitenciaria

y la fórmula

de dios

 

ulrike

meinhof

velocidad que afloja el sueño

y la tuercas

del dolor


máquina psiquíca

de hacer trapos de vestidos.

cabina de pruebas

para astronautas

subir y bajar

por una montaña rusa

fOLaVriL - down down

 


down down

 

afuera  es domingo, down down

un sol tan amarillo, down down

se hierven los amores en su down down

se untan los dolores  en su down down

 

preguntas a preguntas, down down

 preguntas a respuestas, down down

el agua puro azúcar en su down down

 el tiempo se desnuca en su down down

 

nunca habité un mundo raro

ni fui a las fiestas de las suertes

nunca viajé a ningún lado

son las paredes que se extienden

 

el balcón que da a la calle, down down

un escape recortado, down down

ladran  tristes los perros en su down down

tristes ladran los dueños en su down down

 

las palabras de la boca, down down

las palabras que se vuelcan, down down

un avión que va cayendo  en su down down

sobre un agujero negro en su down down

 

nunca habité un mundo raro

ni fui a las fiestas de las suertes

nunca viajé a ningún lado

son las paredes que se extienden



escuchar:fOLaVriL - down down


fOLaVriL - siempre en invierno


 

siempre en invierno

 

siempre en invierno

dame  silencio

algo que

no pueda tocar

 

nunca tu cuerpo

dame tu aliento

algo que

no pueda empeñar

 

abstracta

solo serás

instantes

que se pueden despegar

concreta

me hacés dudar

el tiempo

está empezando a cambiar

 

siempre en silencio

dame tu invierno

algo que

no pueda tocar

 

nunca tu cuerpo

dame tu tiempo

algo que

no pueda robar


ecuchar: fOlaVriL - siempre en invierno

fOLaVriL - cajita de música


 cajita de música

 

en una serie

de muertos vivos

los muertos son

los enemigos

los muertos son

los enemigos

 

borro tu foto

la única foto

salen gusanos

de tu ombligo

salen gusanos

del olvido

 

ahora que las luces

se apagaron

las luces de toda esta

gran ciudad

caigo en el abismo

del cielo sideral

 

es esa serie

que viste conmigo

la serie de 

los muertos vivos

la serie de

los enemigos

 

borro tu foto

la única foto

y sale un sol

desde tu ombligo

y sale un sol

desconocido

 

ahora que las luces

se apagaron

las luces de toda esta

gran ciudad

caigo en el abismo

del cielo sideral


Escuchar fOLaVriL - cajita de música


domingo, 3 de diciembre de 2023

Fuera de línea

 

                                                          Un cuento de Daniel Delfino


Fuera de línea (Audiolibro)

música (audiolibro) Daniel Delfino


Fuera de línea

 

Me duele el último mensaje, el último en el chat de Whatsapp con Romi. Lo escribí yo. No quiero borrarlo. No puedo borrarlo. No puedo pensar más en Romi y prendo la tele.

     En la pantalla de la tele, una rusa muerta posa con un pulóver de lana blanco. Se aferra a una baranda y empieza a sonreír en el preciso instante en que la foto congela su imagen para siempre. Tras ella, una enredadera de trompetas de guerra naranja chillón enmarca su figura irresistible. Esa imagen, en una sucesión de fotos que se repiten en loop, reaparece una y otra vez mientras el periodista relata nuevamente la tragedia: la joven nacida en Rusia había resbalado en una fiesta de un importante hotel de Puerto Madero. Un golpe en la cabeza contra un escalón le había provocado la muerte. Una muerte absurda, repite el periodista que no puede dejar de hablar de la belleza de la rusa trágicamente muerta.

     A mí también me resulta insoportable que su belleza ya no tenga vida.

     No puedo asociar su imagen con la muerte. Es vida en estado puro, vida en estado salvaje. Miro las fotografías una y otra vez en la pantalla, imagino que en alguna morgue gris y mal iluminada, ese mismo cuerpo yace inerte y fantasmal.

     En una de las fotos, la boca permanece entreabierta, a un instante de iniciar una sonrisa; en la otra está pegándole a una bolsa de boxeo, con un shorcito superajustado y una musculosa diminuta en la que ondulan los colores de la bandera rusa entre sus pechos. La piel suave y tirante se ajusta a la perfección a su cuerpo como las sábanas finas de los hoteles caros. En ambas fotos, su rostro me resulta insoslayable, el verde abismal de los ojos, todo en ella despide una sensualidad perturbadora.

     En las otras fotos, está tanto o más atractiva, pero su figura no alcanza a impactarme como en esas dos imágenes. Tal vez por los colores contrastados hasta el paroxismo. En esa fiesta exclusiva a la que había concurrido, ella era una belleza para el deleite de pocos, de los afortunados hombres que transitan esos espacios. Ahora es de todos los que miramos la televisión; muerta, pero de todos.

     Las chicas muertas son de todos y son de nadie. Del periodista también, que continúa hablando de ella, la llama Sveta y un apellido impronunciable que evita valiéndose una y otra vez del apelativo la hermosa joven rusa. Nos cuenta que era oriunda de un pueblito llamado Verjoyasnk, en la Siberia Nororiental, que no era como otras rusas que son de Ucrania, que era master en relaciones internacionales y que apenas tenía veinticinco años.

     Apago la tele. Abro el placard, lo primero que encuentro son las Nike rosas de Romi. Me pongo mis zapatillas y salgo a la calle. Pienso en ir a tomar aire al Parque Domínico, pero tengo ganas de fumar. Hace más de diez años que dejé de fumar. Camino dos cuadras hacia el quiosco. ¿Qué marca voy a pedir? Cuando fumaba, fumaba Parliament, a pesar de la leyenda de que provocaban ceguera. ¿Existirán todavía? No tengo idea ya sobre esas cosas. Ese mundo de las marcas de cigarrillos es un mundo que abandoné, un mundo dentro de otro mundo, de ese gran mundo que la rusa abandonó al rodar por las escaleras.

     Pero yo sigo en este mundo. El quiosco está abierto pero adentro no parece haber nadie. En la puerta hay un colectivo azul de la línea 3-43 con el motor encendido, sin chofer ni pasajeros. Qué raro ver por el barrio un colectivo de esa línea que va de Liniers a Tigre. Debe estar fuera de línea.

     Entro en el quiosco y espero. Nadie viene a atenderme. Estiro el brazo y alcanzo un paquete de Parliament. El atado es muy similar a cuando los fumaba. Un poco más azul, antes predominaba el blanco.

     Salgo del quiosco. El colectivo continúa con el motor en marcha. Siempre soñé con manejar un colectivo. Cuando era chico vivía obsesionado con los colectivos. Solo quería que me regalaran colectivos de juguete. Con Diego, mi amigo de la infancia, soñábamos con ser colectiveros. Nos sentábamos en Mitre y mirábamos pasar los colectivos mientras hablábamos de miles de cosas. El olor del gas oíl quemado, el rostro de los choferes y de los pasajeros con los que nos mirábamos un segundo efímero. Diego decía que el gas oil eran dinosaurios y se reía. ¿Dónde estará ahora toda esa gente? Los colectivos de todas las líneas pasaban cada tantos minutos, como cometas. El vislumbre de que algunas cosas funcionaban dentro de un orden, de una órbita.

     Miro una y otra vez para ver si aparece el colectivero o el dueño del quiosco. Es raro, es como si se hubieran escondido, o escapado, dejando todo abierto y encendido. El tiempo pasa y no aparece nadie, ni clientes ni gente caminando por la calle. Me subo al 3-43. Es un coche nuevo, flamante, huele a plástico crudo. Desde las ventanillas polarizadas el mundo afuera parece otro. Miro hacia el fondo, pero el volante nacarado me tienta y me siento en la butaca del chofer.

     El volante es sólido, lo tomo con las dos manos. Siento el cuerpo suspendido en la comodidad del asiento. Es automático, lo único que debo hacer es acelerar. Acelero apenas y el colectivo se desliza unos metros. Levanto el pie. Por el parabrisas observo el quiosco que ahora está más solitario que antes. Vuelvo a pisar el acelerador y el quiosco va quedando atrás, ahora lo veo por el espejo. Tomo conciencia del tamaño del colectivo y del ancho de las calles. Todo va bien. Piso más fuerte el acelerador y me empiezo a desplazar por el barrio.    

     Avanzo y avanzo por Centenario Uruguayo. El motor es mudo. Aunque parezca apagado, anda. El chofer habrá hecho la denuncia y la policía debe estar buscando este colectivo. En un hueco lo estaciono y me bajo. No sé cómo llegué a avenida Eva Perón. A unas cuadras encuentro un bar y entro. Pido una cerveza. En un televisor encendido pasan las imágenes de la rusa muerta.

     Ahora dicen que alguien podría haberla empujado. Es otro canal, otro periodista, todavía más excesivo al referirse a su belleza. Cada vez que pasan las fotos de las trompetas o de la boxeadora, la rusa se embellece un poco más. Es armónica, los ojos penetrantes enverdecen el aire del bar. Un puñado de hombres solitarios miran el televisor, embobados con su imagen.

     Pago la cerveza que ni probé y salgo. Camino un par de cuadras y me acuerdo del colectivo. Lo voy a buscar. Ahí está, esperándome como un perro fiel. Me vuelvo a subir y lo arranco.

     No tengo ni idea hacia dónde ir pero necesito moverme. Imagino un recorrido. Mi terminal tiene que ser en Parque Patricios, en el Garrahan, sobre Pichincha cruzando Brasil. Visualizo el lugar bajo la arboleda de Pichincha. Por algún motivo la imagen de esa cuadra está fijada en mi mente. Al cabo de unas vueltas doy con la estación Lanús, y me largo por Pavón hacia Capital. Imagino gente que sube, el colectivo que se va llenando. El volante me es absolutamente obediente, fiel, me brinda un dominio absoluto de todo. La gente sentada, parada, bajando, subiendo, hablan, tosen, transpiran, discuten. La ciudad se abre a mi paso: la penetro sin obstáculos como si estuviera muerta.

      Al llegar a Pichincha estaciono en la terminal del recorrido. Saco la llave, trabo la puerta manualmente y camino por Brasil hacia Constitución. Ya no necesito el colectivo. Me tomo el 148. ¿La carne de vaca se pudrirá antes que la carne humana? Disfrutamos naturalmente de un asado de carne muerta; de la misma manera que alguien, en la morgue donde habrán depositado a la rusa, podría estar disfrutando también de su cuerpo como se disfruta de un asado. Tengo tendencia a engordar y muchas veces, cuando me sometía a dietas muy estrictas, trataba de compensar la abstinencia cogiendo con Romi. Pero después, el hambre retornaba con mayor voracidad.

     La piel de Romi cambiaba de olor cuando cogíamos muchas veces seguidas.

     Los empleados de la morgue se estarán turnando para disfrutar de su cuerpo todavía irresistible.

     ¿Qué olor debe tener su piel ahora?

     Domínico. En el quiosco de los Parliament ahora hay un quiosquero. Entro y le explico la situación. Intento pagarle pese a que le devuelvo el atado que nunca saqué del bolsillo. Le pido disculpas por haberlo tomado, pero no me acepta el dinero. Me cuenta que lo peor fue que se habían robado un 3-43 de un chofer que se descompuso, y que tuvo que llevarlo de emergencia al hospital. Pongo cara de compungido y le digo que muchas veces los colectivos robados aparecen por Parque Patricios. Me mira extrañado. Le sonrío y agrego: los colectivos robados se van siempre a Parque Patricios, hay un imán que atrae hacia Parque Patricios a los colectivos robados.

     El quiosquero me mira sin entender y me voy. Camino hacia mi departamento. Se hizo de noche. La temperatura bajó bastante y corre un viento raro. Entro, prendo la compu y me pongo a buscar fotos de la Rusa en Google. Me bajo la del fondo de trompetas y la de la boxeadora. Se están descargando. En el momento de posar para esas fotos todavía no había sido deseada ni por los viejos del bar ni por los enfermos de la morgue. Ese hallazgo le agrega valor a las fotos, como si atesoraran alguna virginidad en sí mismas.

     No tengo hambre. Me doy cuenta de que me había olvidado el celular. Hay varios mensajes, de todo el mundo, pero bajo y bajo hasta el chat con Romi.

     No creo que vuelvan a interesarme los colectivos. A la rusa tal vez ya la estén velando o todavía se la sigan cogiendo en la morgue. Nunca me animé a entrar en una morgue.

     Saco la llave de la puerta y en el bolsillo encuentro las del colectivo. Tienen un escudo de Platense. Las cuelgo en el portallaves. Me acuesto con el placer de haber sido colectivero. Fuera de línea, pero un colectivero al fin, como aquellos que veíamos pasar pensando en cosas que no terminábamos de entender y que hubiera sido mejor que no hubiéramos terminado de entender nunca.

     Algunas veces las imágenes que bajo de Internet se van a carpetas extrañas y se vuelven inhallables, como si Windows se divirtiera escondiéndomelas. Estoy muy cansado, pero me levanto. Compruebo que las fotos de la rusa se hayan guardado en la carpeta descargas.

     El escudo de Platense de las llaves del colectivo brilla en la oscuridad del living. No quiero que estén ahí, que la luz de la calle las alcance. Las agarro y las guardo en el cajón del placard donde escondo algunos dólares que tengo de épocas más prósperas y el celu de Romi, que hace días se quedó sin batería.

 

maracho@gmail.com


La canción de los muertos

                                                  Un cuento de Daniel Delfino


La canción de los muertos (Audiolibro)

música (audiolibro) Daniel Delfino


La canción de los muertos

 

Debí haber hecho noche en Cafayate, se repetía una y otra vez Raúl mientras reintentaba darle arranque al auto. El motor se había apagado abruptamente. Con el impulso estacionó en la banquina angosta, junto a la montaña trunca por el trazado del camino.

     Bajó del auto, abrió el capot, tocó los bornes de la batería y reintentó el arranque. El motor seguía muerto. Tanque de nafta casi lleno. Celular sin señal. Con bronca e impotencia se apoyó sobre la puerta. La silueta desproporcionada del valle, apenas bocetado entre las sombras, lo hundió todavía más en el abatimiento. ¿Quién podría animarse a manejar de madrugada y por esa ruta de cornisas? Solo yo, se dijo con resignación. Era improbable que alguien pasara. Las estrellas resplandecían en el cielo con un brillo irreal, como si estuvieran enchufadas a la red eléctrica.

     Entre las sombras emergió el sonido fresco de un río. Se sentía la única criatura viva en la soledad de ese paraje. Ni siquiera en el campamento de Vialidad, kilómetros atrás, le había parecido que hubiese alguien. Casillas cerradas, ninguna máquina vial, ningún perro, la tierra cubriéndolo todo. Aflojó la tensión: algún otro loco como él circularía por esa ruta infernal y al verlo, avisaría en Cafayate al ACA o en Salta para que vinieran a socorrerlo.

     Un silbido irrumpió en el silencio. Era un silbido humano que interpretaba una melodía que le resultó desconocida, pero que sería respetada con celo en cada nota. Un silbido lleno, sin fisuras, que se acercaba. Desde el lado en el que el valle se hacía más profundo apareció una figura. Al acercarse más, observó que era alguien alto, en la cabeza llevaba una especie de gorro con un pompón en la punta. La figura habló:

     —¿Qué le anda pasando? ¿Se le quedó el vehículo?

     La figura cruzó la ruta. Al acercarse pudo observarlo mejor, a pesar de la poca luz que llegaba desde las estrellas, que ahora parecían más opacas. Era un pibe joven, flaco, de huesos alargados. Parecía amigable.

     —Hola, la verdad pensé que estaba absolutamente solo, pero por suerte me equivoqué.

     —Escuché su motor apagarse de golpe.

     —Se clavó, no quiere saber nada. Como si se hubiera muerto.

     La oscuridad no le permitió observar los rasgos de la cara. En el cuello llevaba un colgante como de arcilla. 

     —Vamos hasta el rancho, tomamos unos mates y después vemos qué se puede hacer.

     El pibe hablaba con voz serena, sus gestos eran pausados. Raúl permaneció inmóvil, como si no quisiera alejarse del auto.

     —¿No sería mejor esperar a que pase alguien?

     —Uhm... a esta hora, medio difícil. Tomamos unos mates y en un rato, quién no le dice que arranca.

     El pibe, sin esperar la respuesta, había cruzado la ruta y caminaba decidido hacia el mismo rumbo por el que había llegado. Raúl dudó un segundo, pero lo siguió.

     Bajaron por una pendiente alfombrada de piedras y yuyos. El pibe le iba indicando el camino, y a cada rato le decía: por acá, cuidado... En fila india recorrieron una especie de llanura. De frente, una montaña enorme concentraba el nudo central de la oscuridad del valle. El sonido del río se oía cada vez más cercano. Entre las sombras apareció un rancho de barro. El pibe se adelantó, acarició a un perro manso, y abrió una puerta precaria.

     —Pase, voy a prender otra vela.

     El rancho olía a humedad, al barro de las paredes. La luz de la nueva vela le permitió ver el desorden que había en el interior. En un rincón observó una cama como hecha con paja y encima una colcha de colores desteñidos. El piso era desparejo, con piedras aplastadas para volverlo más estable. Un fueguito agonizaba bajo una olla vieja de metal. Era un espacio en el que apenas entraba una persona. De ninguna manera iba a pasar la noche en ese lugar.

     El pibe quitó la olla del fuego y colocó una pava no menos herrumbrada.

     —¿Cómo se llama este lugar? —preguntó para romper el silencio.

     —Tía Jacinta, es el kilómetro 40 de la Ruta Nacional 68.

     Raúl pensó que era extraño que el pibe no tuviera acento al hablar. Pero le costaba escuchar la última palabra de sus frases, como si su voz perdiera potencia. La luz débil de las velas tampoco permitía la completa percepción de su rostro. El gorro con el pompón tenía el escudo de Boca Juniors.

     —¿Vivís solo acá?

     —Sí. ¿Usted es de Buenos Aires?

     —Sí, de Ranelagh, del sur. Soy corredor de golosinas. Estoy visitando por primera vez clientes del NOA.

     —Yo soy de Taco Ralo, un pueblito de Tucumán, de chango viví ahí, pero cuando cumplí los dieciocho me trajeron acá, a Tía Jacinta. Me la rebusco vendiendo ocarinas que fabrico yo mismo. —Le mostró el colgante que llevaba puesto—. Se las vendo a turistas que paran en la Garganta del Diablo. ¿Ha conocido la Garganta del Diablo?

     El pibe hablaba pausado, entre cada palabra que pronunciaba se producía un vacío, un tiempo muerto. En esos momentos de silencio Raúl volvía a recorrer el interior del rancho con la mirada. Trataba de no interrumpirlo pero el ritmo parsimonioso de las palabras del pibe lo exasperaba. En uno de esos silencios, un sonido potente irrumpió entre ellos. Parecían gritos, afuera. Una oleada breve y disonante que rápidamente se transformó en silencio.  

     —¡¿Qué fue eso?! —Raúl se puso de pie trabajosamente.

     El pibe permaneció sentado y lo miró sin alterarse.

     —Tranquilícese, no pasa nada, solo son ecos, ecos que retumban en el valle.

     —¡Pero eran gritos! —Raúl manoteó los cigarrillos de la campera. Extrajo uno y lo encendió. La mano le temblaba—. Eran gritos, nene, no me jodas.

     —Tranquilo, tranquilo. —El pibe se puso serio—. Son los gritos de los accidentados —hizo una pausa y agregó—: de los muertos. Según los giros del viento vuelven a hacerse oír. El valle atesora los sonidos por siglos, son de su pertenencia. Pero no tiene por qué tener miedo. En valles tan cerrados como éste el eco es algo normal. En la ciudad el ruido lo tapa todo. Yo tengo un don, sabe. Un hombre de Buenos Aires habló con mis padres y les explicó que yo era uno de los elegidos, que tenía la percepción. Nos dio todas las facilidades para que mi familia se trasladara a Tucumán, a la ciudad, a una casa más linda. La única condición fue que me quedara en este lugar.

     El humo del cigarrillo y la luz tenue de la vela volvieron a impedirle descubrir los rasgos de su cara.

     —Estaba tirado en la cama cuando escuché el aullido de su vehículo. Cuando el sonido de un motor es como un aullido humano, sé que ese vehículo va a sufrir un accidente. Hay veces que pasan largos meses sin que perciba ninguno, pero cuando escucho los gritos de un motor, tengo que concentrarme para detenerlo. En dos años que estoy acá, sólo tres autos no he podido detener, y sus cruces están en las curvas de la ruta, en las curvas que siguieron de largo. Le digo los nombres: Julio Nieto, Renán Chaile y Kackir Cari, una enorme cruz blanca que debe haber visto; en otro accidente Néstor Volpini y su hijo Fabián y hace poquito, una chica que era maestra en San Carlos: María Luján Vitren. Sus nombres son inolvidables para mí. Seis cadáveres sobre mi conciencia por no haber logrado la concentración necesaria.

     Agachó la cabeza, compungido, y juntó las manos en un gesto como de rezo que rápidamente desarticuló.

     —¿Me convida un cigarrillo? —dijo de pronto.

     Raúl le alcanzó el atado con una risa entre nerviosa y burlona.

     —Muy lindo el cuentito.

     El pibe se quedó en silencio. Raúl tomó consciencia del lugar en el que estaba. Sintió temor.

     —No es que no te crea, es que a mí me cuesta creer en esas cosas, soy muy mental, los pies en la tierra… todo tiene que tener una explicación lógica, no sé si me explico.

     El pibe lo escuchó con atención, le pegó una pitada corta al cigarrillo y volviendo a entrelazar sus manos, suavizó sus palabras:

     —Lo entiendo, a mí tampoco me ha sido fácil, se lo aseguro. Lo único bueno de todo esto es poder charlar con alguien de noche en cuando, conocer gente. A mí también me atemorizan esos gritos, y cuando escucho los del changuito Volpini, paso muchos días de angustia. Una vuelta, mientras vendía ocarinas en la Garganta del diablo, hablé con la madre. Había venido a ponerle flores en la cruz que recuerda a su hijo y a su marido. Está acá nomás, en un paraje que se llama Casas enterradas. Me sentí como esos asesinos que van a los velorios de sus víctimas. Una vez leí que el Petiso orejón hacía eso.

     —El Petiso orejudo —lo corrigió Raúl.

     El pibe soslayó la corrección.

     —Por eso trato de no distraerme y de escuchar los motores hasta que desaparecen. La mayoría de las veces lo que se escucha en el valle son esos gritos. No puedo dejar de mortificarme por mis distracciones. Pero hay otras noches en que esos gritos se transforman en otra cosa. En una voz, una voz como de otro mundo. Una voz que canta una canción hermosa. En un idioma extraño. He escuchado muchos idiomas en la Garganta del diablo, de todas partes del mundo, pero esas palabras que canta la voz no se parecen a ninguno. Y por más que intente e intente con la ocarina jamás he podido reproducir ni una sola nota de esa melodía.

     Se hizo un silencio profundo. El pibe le dijo que si lo deseaba podía dormir en su cama. Él se quedaría junto al fuego. 

     —En pocas horas amanece, yo estoy acostumbrado a no dormir a la noche —dijo el pibe mientras tiraba una pequeña madera al fuego.

     El perro salió de la oscuridad y empezó a oler un rincón del rancho, como si hubiera escuchado un movimiento.

     —Te agradezco, pero tengo que seguir. Trabajo, viste...

     —Como quiera, el vehículo ya va a arrancar, pero todavía está oscuro y se levanta niebla.

     Raúl se puso de pie y se encaminó hacia la puerta. Salieron del rancho y caminaron hacia la ruta. Se subió al auto y le dio arranque. El motor rugió al primer giro de llave. Bajó exultante, abrió el baúl y le regaló dos alfajores. Rápidamente se despidió.

     Arrancó. Por el espejo retrovisor, pudo ver por unos instantes la sombra espigada del pibe parado en medio de la ruta.

     En las curvas el motor bajaba las revoluciones, volvía a acelerarlo a fondo y rápidamente respondía. Pensaba en el pibe, tal vez mucha gente creyera sus delirios y le diera plata, cosas.

     El mundo está repleto de gente que cree en esas pavadas, pensó y prendió el estéreo.

     La radio emitía un zumbido. Buscó un CD en la guantera. Al levantar la vista, solo vio el vacío, las luces del auto alumbraban la nada.


 


maracho@gmail.com

El hambre

 

                                           Un cuento de Daniel Delfino


El hambre (Audiolibro)

música (audiolibro) Daniel Delfino


El hambre

 Cuando iba a la trunva y tenía la vida normal que se puede tener a los diez, era como si el hambre nunca hubiera existido. Ni vos ni yo lo habíamos pensado como alternancia, ni como mecanismo de nada. Esas cosas que un día se empiezan a hacer y se continúan haciendo como si siempre se hubieran hecho. Así como hay otras que se hacen un día o dos y después no se hacen nunca más. A vos nunca te gustó pensar, a mí sí. Cuando digo una vida normal no sé muy bien qué estoy diciendo. Nunca sé por qué digo algunas cosas pero las digo, me las digo, las pienso, las dejo de pensar, las vuelvo a pensar. Pero había cumplido once y esas cosas no las pensaba cuando tenía diez y volvía de la trunva y me encerraba a escuchar música porque todavía no vrumaba. Las empecé a pensar desde ese día que ya tenía once y te fui a contar que gramaba. Te alteraste y me dijiste que era normal, que no debía preocuparme por nada. Pero después dijiste que no, que no era normal. Que la grama no tenía que tener ese color. Yo había dejado de ir a la trunva y ya nos habíamos mudado a la casa del barrio de Las Antenas. Te olvidaste de que tenía que volver a la trunva después del verano y a mí me encantaba no tener que volver a la trunva después del verano y quedarme en mi cuarto vrumando todo el día mientras vos rezabas, encendiendo velas en el comedor a la imagen de la Mign de La Nug. Una señora con cuerpo de pájaro, con boca de pájaro y esqueleto de pájaro, todas las tardes venía a casa a rezarle con vos a la Mign de La Nug y yo me quedaba en mi cuarto, en silencio, escuchando tu voz y la voz de pájaro, las voces anudadas rezando milenarias a la Mign de La Nug. Escuchando me aprendí las siete milenarias del Fighiera. Un día te pregunté si la Mign de La Nug también gramaba y vos te enojaste y me gritaste que no te hiciera preguntas que no podías responder. Desde que le rezabas a la Mign de La Nug te violentabas por nada y te volviste distante conmigo. A mí todavía no me importaba, vos todavía no me importabas, ni cuando me contabas que Lei (nunca decías el nombre: decías Lei, Lei era Lei), me decías que Lei se había ido y que ni le importó conocerme. Esa historia de vos y Lei una noche en la esquina de la pizzería donde dobla el 5555 y que vos estabas sin hambre porque habías vomitado en el árbol y Lei se comía lo que vos no comías y te decía que el queso no estaba o que se había pegado al útero de la empanada. Lo contabas una y otra vez, lo contabas de la misma manera, con las mismas palabras. Lei nunca supo lo que yo era. Nunca supieron. Nunca supimos. ¿Por qué mi grama tiene ese color? Hubo un tiempo en que hablabas de ir a ántokos, a wromèraz, pero fuimos a ese biyer de los anteojos pegados con cinta pitch de la calle Onaux y después te olvidaste de la tierra de gambofa y de matar a las afomas negras y no fuimos más. Nunca más. Nos encerramos en casa, no salíamos a ningún lado. Fenel te abstrajo de todo. Lo escuchabas en la radiecita. Fenel le atendía el teléfono a un oyente y el oyente hablaba con Fenel. Ring ring ring siempre al tercer ring Fenel atendía con una voz límpida y cantarina y al otro lado del teléfono la otra voz emergía entre los ruidos de la línea y de la radio, desgajada, tembleque, nerviosa, perdida entre lloriqueos intermitentes como descargas eléctricas, la gula por decirlo todo en un minuto, por vomitar el corazón en pocos segundos, corazones podridos, corazones de pus, mientras la respiración agazapada de Fenel, atenta a que las voces tullidas se rompieran del todo, se transformaba en palabras acolchonadas, esquemas matemáticos de respuesta que me conocía de memoria y cuando al otro lado, la voz se extraviaba en el llanto, Fenel anunciaba a los cuatro vientos: valago sea el Gradiente y la voz al otro lado también decía valago. Vos también decías valago y colocabas un dedo de cada mano apuntando a tu cabeza como si fueran dos gusanos hurgando tu cerebro. Los apretabas como si quisieras perforarte el cráneo y cerrabas los ojos y yo sabía que Fenel y todos los que estaban escuchando estarían haciendo lo mismo al mismo tiempo, pero yo no, yo no podía hacerlo, no podía, no me salía aunque lo deseara, me pesaban los brazos, me pesaban las manos, mis dedos eran gusanos muertos. Te fanatizaste tanto con Fenel que te olvidaste de todo lo demás. Una tarde gritabas de alegría porque Fenel venía a nuestro awee y fuimos a la creecheería de la Bredda y compramos el creech y al llegar a casa te pusiste a escuchar el creech en el popacreechs. Un sabueso de trufas decía Fenel en el creechito y yo no entendía qué quería decir «trufas» y qué quería decir con un «sabueso de trufas» y me quedaba mirando un trombón amarillo naranja girando en la etiqueta del creech de Fenel que daba vueltas y vueltas y mis ojos daban vueltas y vueltas y vi tu brazo y te lo mordí con toda la fuerza de mis dientes y vos te quedaste inmóvil, en silencio, y me acariciaste con amor mientras mis dientes hendían más hondo en tu carne. El creech seguía girando pero la música ya no sonaba y mirábamos el agujero en tu piel después de que te arrancara un pedazo de carne roja, jugosa y sangrante. Mirabas el hueco en tu piel con orgullo mientras yo masticaba tu carne que como un chicle se resistía a fragmentarse en mi boca. Sentías fascinación por lo que había hecho. Era la primera vez que algo que yo hacía te desbordaba toda la cara con esa expresión que no se terminaba nunca y que nunca se terminó porque dijiste que era como cuando te jablaba, dejaste que te jable hasta los cinco años porque te gustaba, te encantaba que te jable. Como cuando me comías desde adentro, dijiste, así dijiste, así dijiste. Disfrutábamos cada mordisco; tu carne dulce, tu grama astringente, incolora, tu grama incolora mientras temblabas de placer al sentir mis dientes urdiendo en tu cuerpo. No te importó más Fenel, y retornaste a la Mign de La Nug con una devoción renovada, como si volvieras a lo verdadero, a lo no contaminado por el alma humana, por la estupidez. Porque el día que fuimos a ver a Fenel al estadio Antián toda esa locura, toda esa gente que bramaba con ferocidad, te confundió y en el colectivo de vuelta tus ojos viajaban atornillados en la ventanilla sin pronunciar una sola palabra. La ventanilla vibraba, el vidrio vibraba. Algo se rompió esa noche en el Antián y siguió rompiéndose en el colectivo. Rescataste del placard la imagen de la Mign de La Nug y la reinstalaste en el modular vidriado del comedor. Ni se te ocurrió llamar a la señora pájaro, me pediste que rezara con vos, a tu lado, que no reprimiera el hambre, que te mordiera mientras rezábamos. No me lo pedías, no me decías: mordeme. Yo te mordía, te hablaba con los dientes, te decía cosas y vos me respondías en tu grama. Lo de las siete Angladas de la Mign de La Nug no fue un plan, no fue una estrategia no fue nada que hayamos hecho a conciencia. Surgió sin pensar y salimos el primer día a buscar la primera Anglada de la Mign de La Nug por el barrio de Las Antenas. ¡Qué felicidad sentimos cuando a escasos metros de la Antena Gigante encontramos la primera Anglada de la Mign de La Nug! Entramos en puntas de pie y buscamos el lugar más solitario y oscuro, donde nadie rezara ni llorara ni estuviera buscando nada y mientras vos rezabas yo te mordía frente a la enorme imagen de la Mign de La Nug que nos miraba con una compasión infinita y sublime. Las Angladas de la Mign de La Nug no están a la vista, no son fáciles de encontrar. No son para cualquiera. Nos llevó años y mucha grevf develar una por una las Angladas en el barrio de Las Antenas. A las últimas llegabas con tu cuerpo débil, desmembrado, que se mantenía vivo con una dignidad luminosa y yo con mi cuerpo pesado que ya no gramaba más y que engordaba de tu carne. Era la promesa, una promesa que se formuló sin que la pensáramos, como el número siete, el límite, el borde que debíamos alcanzar en la Mign de La Nug. Un mensaje encriptado, que se potenciaba en cada Anglada que encontrábamos en el puñado de cuadras que conforman el barrio de Las Antenas. El imperativo de esa promesa fue y es tan potente que la imposibilidad de encontrar la séptima Anglada nos angustia y nos desespera, nos empuja a pensar que solo deben existir seis Angladas de La Mign de la Nug en todo el barrio de Las Antenas. Pero también nos pasó con las otras seis, cuando nos abatíamos y creíamos que ya no la encontraríamos, misteriosamente aparecían. Pero entonces ni tu cuerpo estaba reducido a un pequeño pedazo de carne ni mi cuerpo estaba tan enorme como ahora. Todo lo que vos fuiste está dentro de mí y solo falta ese pequeño pedazo de carne en el que te refugiaste. Tu alma, tu voz, tu mente, tu conciencia, tus miedos en un fragmento insignificante de carne. Perfectamente podrías entrar en mí, porque no paro de engordar y de seguir comiéndote. El hambre nunca se termina y eso me hace seguir, me angustia y me da esperanza. Ahora es mi responsabilidad encontrar la séptima Anglada de la Mign de La Nug. Cuando nací también yo fui un pedazo insignificante de carne con vida. Como vos, que seguís respirando y que deseas que siga, que siga mordiéndote, ingeniándomelas para meter los dientes hasta desprender otro minúsculo pedazo de vos, uno más, uno imposible, con delicadeza y evitando tragar el que debemos preservar hasta cumplir la promesa, que una vez cumplida, será el eslabón final de nuestra cadena, para volver una y otra vez sin necesidad de nadie.



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Música

 

                                                                 Un cuento de Daniel Delfino


Música (Audiolibro)

música (audiolibro) Daniel Delfino


Música

 

No puede verlos, los escucha. Gritan. Son voces de niños, muchos niños que gritan como si fueran a morir, gritan como si fueran a matar. Quiere cantar y no escucharlos. Quiere salirse. Quiero no ser yo, se dice, voy a ser Re, no, mejor Fa, no no, soy Sol.

     Soy Mi.

     Mi abre los ojos, la boca seca, empapado en sudor, aturdido, hundido en la cama, intenta reconocer su departamento; los cuadros, los frascos de colores, el palo borracho recortado por la ventana. El aire tiene un olor dulce como si estuvieran cocinando una torta. La imagen oscura de un puente sobre un río negro, y la pibita pálida asomada temerariamente hacia el vacío es parte del óxido del puente, es parte del abandono. La ve, la ve todo el tiempo, con una nitidez insoportable. La desesperación le contrae la cara de pibita, pálida, amarilla. Enferma. Su imagen es una piedra pesada que se le viene encima.

     Vuelve a recorrer los objetos del departamento. Los dos cuadros. Los compró en una feria americana de Martínez y no pararon de generar comentarios estrambóticos. Dos óleos de verdes sombríos. Trazos vacilantes, torpes, de principiante. Uno tiene árboles pelados y un barco alargado y solitario. El otro, un pueblito bocetado con desgano al borde de un arroyo; unas mesetas apenas trazadas sumergen la escena en un aura de gravedad. Lo valioso eran los marcos, pero los lienzos terminaron ganándose las paredes por derecho propio.

     Son las diez de la noche y Mi necesita hablar con alguien. La llama a Silvana al celular. Salta el contestador. Apagado. El teléfono de su casa se lo cortaron hace como una semana por falta de pago. Pendeja de mierda, para qué se compra un celular si siempre lo va a tener apagado.

     Llama a la casa de Siro. Atiende el contestador con la voz de Siro y de fondo un tema de Lenny Kravitz. Debe haber salido con Dolores.

     Llama a Solange. Los domingos a la noche su marido trabaja y se la puede llamar sin problemas. Tampoco atiende. Rarísimo, Solange suele estar en su casa los domingos y siempre atiende. En la primera cogida, se sentó sobre Mi con la bombacha puesta y dijo con gracia: ¿Quiere usted hacer el amor con Solange Domínguez? Tal vez haya salido a comprar cigarrillos. Las calles de Domínico a la noche y una Solange nocturna con la eterna ilusión de encontrar a su mamá muerta por Centenario Uruguayo.

     Debería escribir sobre los sueños obsesivos de Solange. Pero ya no escribe más.

     Le gustaría ser fumador. Toma un lexotanil. Prepara mate mientras son las diez y treinta y uno y afuera el mundo parece calmarse.

     Mi no.

     Busca en el celular el número nuevo de Mirko. Que devuelva el cd de Pink Floyd que se llevó hace como un año; quiere volver a escuchar la versión pirata de «Shine on you crazy diamond» de Wembley ‘74. En esa versión alguien habla sin parar antes de que la música empiece a sonar y parece decir cualquier cosa, parece estar abismadamente solo, parece pronunciar palabras que solo él entiende. En todo YouTube no está. La puta madre el contestador directo. Este pelotudo también compra celulares para apagarlos.

     Los mates meten más angustia en el cuerpo. La yerba tiene un sabor rancio, un gusto final impregna la saliva. Los milagrosos antidepresivos del psiquiatra no hacen un puto efecto.

     —¿La tomé? —piensa Mi en voz alta.

     Lee un par de párrafos de Los subterráneos, no puede concentrarse en su vértigo. Las letras son letras, pero por momentos se vuelven símbolos incomprensibles. Hace más de un mes que no pasa de la página 85; el descalabro emocional que Mardou le provoca a Leo le hace sentir la piel negra, un aullido en el corazón.

     Fátima. Fátima siempre está en su casa, odia dejar a su perra Dominique sola. Llama y llama y nada. Marca otra vez. Llama y llama y nada.

     Abre una Coca light, toma del pico. El gas le hace doler la nariz. Todas las cosas frías a sorbos porque le hacen doler la nariz. Con los helados también. Se prepara un whisky y la voz de Laura aterriza en la cabeza de Mi: no seas boludo, no podés tomar alcohol con los antidepresivos. Se manda el whisky de un trago a la salud de Laura y del pelotudo del psiquiatra. ¿Alguien podría explicar para qué mierda sirven los psiquiatras? Mano-confecciona-recetas. Amantes crónicos de la guita como todos los médicos y los abogados.

     Fabio tiene que estar, o al menos tiene que contestar el celu. Contestador de Telecom. Celu  apagado.

     La piel se tensa. Otro whisky. Nadie quiere atender (los teléfonos cayeron. La conspiración. Bla). ¿Dónde está todo el mundo? Desde el balcón una imagen que alivia. Un tipo alto y flaco pasa corriendo por la vereda del hipódromo. Parece una langosta. Uno nunca va estar solo en el mundo mientras haya un pelotudo entrenando. Las cucarachas también están, caminan de un lado a otro del departamento a su antojo. Son de las chiquititas, de las alemanas.

     Silvana. Podría venirse. Cogerla hasta que diga basta. Pero la pendeja nunca dice basta. Está reloca, pero su piel. No es amor; pero es buena, se deja querer hasta que se vuelve insoportable. A Mi le gusta mucho Silvana, el deseo salvaje, ¿a quién no podría gustarle Silvana? ¿A quién no podría gustarle el deseo salvaje?

     Apagado. Apagado. Apagado.

     ¿Qué mierda pasa? Siro. Todo apagado.

     Contestador-voz-de-boludo-hola-soy-Siro-dejame-tu-mensaje. Y Lenny Kravitz atrás cacareando como una gallina degollada. Un mareo de baja presión y a la cama. La cara lánguida de la pibita del puente. No se la puede sacar de encima.

     Silvana otra vez y otra vez y otra vez. Nada. Apagado. La guitarra, tocar algo, acordes sueltos sol-re-mi. Nick Drake. Los dedos duros.

     Hay que salir. Un pantalón, el Montgomery. Los botones. Hay abrigos que protegen de algo más que del frío. Encuentra las llaves en el bolsillo. La puerta no abre. No abre. Intenta de nuevo pero no pasa de la primera vuelta. Reintenta. La fuerza, pero no hay caso: no pasa de la primera vuelta.

     Silvana, tal vez lo hayan pagado, un milagro...

     Llama.

     La misma voz del contestador de Telefónica la del versito usted está intentando comunicarse a un número imposibilitado para recibir llamadas—, le dice:

     —Estimado cliente, debe dirigirse ahora a la localidad bonaerense de San Martín en el colectivo 3-43 cartel rojo 304, tomar asiento del lado izquierdo hasta encontrar un individuo durmiendo sobre un portón de chapa gris de un taller mecánico. Debe llegar antes de las siete de la mañana. Mátelo.

     En la línea se hace un silencio. A lo lejos se escuchan voces de niños. Vuelve la voz mecánica.

     —Si desea escuchar nuevamente el mensaje presione 1. Si desea finalizar este llamado presione 2.

     1.

     —Estimado cliente, debe dirigirse ahora a la localidad bonaerense de San Martín en el colectivo 3-43 cartel rojo 304, tomar asiento del lado izquierdo hasta encontrar un individuo durmiendo sobre un portón de chapa gris de un taller mecánico. Debe llegar antes de las siete de la mañana. Mátelo.

     —¡La puta que te parió! —le grita Mi y golpea el teléfono.

     —Muchas gracias por comunicarse con Telefónica de Argentina.

     Llama otra vez.

     —Usted está intentando comunicarse a un número imposibilitado para recibir llamadas.

     Redial. Lo mismo. Redial. Lo mismo. Redial. Lo mismo. Redial. Lo mismo. Redial. Lo mismo.

     Celu de Silvana. Apagado. A Siro. Apagado. A Fátima. Contestador. Otra vez trata de abrir la puerta, la llave ahora ni siquiera entra en la cerradura.

     Son las tres y cuarenta y siete.

     Desde el balcón el mundo parece abandonado. Mi sabe que debe ir a ese portón de chapa gris. Llegar hasta allí como sea. Se pone el Montgomery y sale al balcón. Tiene miedo de lastimarse, pero engancha la mano hasta el borde de los ladrillos y desde ahí salta a la vereda.

     Cae bien.

     Camina hasta las paradas de colectivos al otro lado de la avenida, pasando la rotonda de Acassuso. Las calles están vacías. De a ratos pasa algún auto. Remiseros. Colectivos, ninguno. En la parada, una chica cool lo mira desde un póster de Coca Cola. ¿Un remis? Pero tendría que ir por el recorrido del 3-43 cartel rojo 304 y ¿quién carajo se lo sabe? No, no sirve un remis. A esta hora todo parece irreal. Puede ver la pantalla roja del velador del mueble de los frascos de colores, el cono de sombra que describe en la pared. Así lo deben ver los otros desde la parada.

     ¡El celular! ¿Cómo entrar ahora? No, no da para volver. A la madrugada solo llaman los muertos. Casi una hora y no viene ningún 3-43 ni cartel rojo ni de ningún color. En el semáforo para un 60. Un instante eterno en los ojos del chofer. Tristes como un perro. Una especie de diálogo, pero verde y arranca. El ruido del motor es infernal y destroza el silencio de la noche.

     El frío en su sangre es más helado que el aire.

     Las cinco. Un día que viene. Un 3-43 con el cartel rojo 304. El chofer abre la puerta. San Martín. Mi se instala en uno de los asientos individuales sobre la izquierda. Los vidrios verdosos enrarecen las calles, pero se puede ver hacia afuera; su mirada fija parece no estar mirando nada. Mirar una cosa y ver otra que está en otro lado, en cualquier otro lado. En el asiento del fondo dos tipos hablan de fútbol. Uno habla y el otro escucha. Uno estira las palabras: así nooo se juegaa al fooobal, eseee Massotooo es un fiooolo y el otro se ríe a ritmo. El chofer escucha una versión eterna de «It´s my life». I've asked myself, how much do you commit yourself? La música se interrumpe en descargas intermitentes. Masooootooo y la puuutaaa que te parióóó. Ballester queda atrás. El colectivo escala un puente que va a derrumbarse de un momento a otro. Atraviesa el centro de San Martín y se interna en calles oscuras. Ni las primeras luces en el cielo las vuelven menos lúgubres. Casas amontonadas con desgano, casas rotas, descartes, una pegada a la otra como si quisieran hacer espacio para que entre una nueva.

     Mi lo ve al tipo en una esquina, la cabeza sobre una cortina metálica oxidada de un tallercito. Corre a tocar el timbre y a una cuadra y media el chofer abre la puerta. En la calle no hay un alma. El tipo parece muerto. Debe tener unos sesenta años. Ropa prolija. Lo zamarrea varias veces hasta que el tipo se despierta y abre los ojos asustados. Se sorprende. Se apoya sobre la cortina de metal y se incorpora.

     —Es frío el metal —dice, la voz parece desfasada del movimiento de la boca.

     Caminan. Las calles ya son grises. En una esquina hay un café, una pocilga, un lugar donde estar.

     La mesa más apartada. Dos cafés dobles. El mozo pregunta: ¿Dos?

     —Sí, dos —dice Mi.

     El tipo parece no escuchar y habla:

     —Creo saber lo qué pasa. No hay nadie, ya no hay nadie.

     La voz sigue desfasada del movimiento de la boca. Vacila, todo a destiempo.

     —Nunca hubo nadie –agrega.

     —¿Cómo que no hay nadie? ¿Quién tendría que haber?

     —Y los que están, están durmiendo.

     —¿Quiénes?

     —No lo sé, lo que sé es que son torpes, son brutos.

     —¿Pero quiénes?

     —Yo veía, durmiendo veía.

     —¿A quién?

     En los ojos del tipo no hay nada. Mi lo ve entrar al baño. Pasan los minutos y no sale. Mi agarra un cuchillo de una mesa y entra al baño. No hay nadie. Hay dos mingitorios y una puertita. La empuja. No hay inodoro, hay un hueco en la pared. Lo atraviesa y entra en un espacio oscuro. Escucha una respiración, alguien que se le viene encima. En la oscuridad Mi le clava el cuchillo y escucha un quejido. El quejido dura unos segundos hasta que todo se queda en silencio.

     Mi sale de la oscuridad, del baño y del bar. La mañana es blanca. Desde la niebla emerge un 3-43 cartel rojo 304.

     El colectivo avanza lento, como paseando. El colectivero escucha una cumbia suave, romántica. Un hormigueo por todo el cuerpo. Calmarse. Hundirse. El mundo está ahora en Mi. Están durmiendo. Aguanta las arcadas, la piel arde, la cabeza de Mi a punto de estallar. Cierra los ojos como si apretara los dientes. Las voces de los niños lloran como de risa. El olor dulce llega a oleadas, es cada vez más intenso, cada vez más dulce.

     La rotonda ahora es verde. El sol duele en los ojos. Crudo y blanco. Violento. El portero saluda desganado. Las llaves en el bolsillo del Montgomery. Ahora la puerta del departamento abre.

     Mi se tira en la cama.

     Se despierta. Son las siete de la tarde. Ni la menor idea de qué día es. Hay sol afuera. Abre la heladera, toma Coca light con desesperación. Un lexotanil y otro más. Más sueño. Respirar, tranquilizarse, detener el tiempo. Algo en la compu para escuchar tomando la Coca y pensar en un whisky. La soundtrack de Black sun, la película que se bajó el otro día. Primero se imagina un sabor. Se acuerda de algo que alguien dijo que dijo Marilyn: un whisky antes y un cigarrillo después. La música suena sola. Un tipo que lo afanan y lo vuelven ciego y descubre otras cosas ciego. Más sol en la ventana. Bocinazos, gente que va y viene. En el reloj pulsera mon 9. Es lunes y Mi no fue a trabajar. Llamadas perdidas y mensajes de la oficina en el celu. Personas, nombres como chispazos.

     Silvana. Atiende. Bien, está bien. Hasta el jueves no puede venir porque su mamá está enferma. Tiroides.

     —Te extrañé —Mi no sabe quién de los dos lo dijo. O los dos a la vez. O nadie.

     Sale al balcón, dicen que el aire sana. La pibita del puente, parada en la vereda de la rotonda, mirando hacia arriba. Mi entra. La persiana hasta lo más abajo que cierra. Por la hendija de la persiana ella sigue ahí. Como si supiera de Mi tras la persiana. La pibita hace una seña con la mano.

     Las horas pasan, por la hendija no se la ve más. Se fue. Se cansó. Pudo haberse escondido en algún lugar para forzar la bajada de guardia. Podría hablar con el portero para que no la deje pasar aunque quede mal. Aunque parezca una vigilanteada. No importa. Actuar rápido antes de que se mande sola y llegue a la puerta y no pueda, y sea inevitable. Mejor no.

     Mi no sabe cuántas horas durmió. Son las siete de la mañana. No puede salir a la calle. Ella debe estar afuera. Por la hendija no se ve. No está. Debe estar afuera. Timbre. El del portero y el de la puerta suenan igual. Por el portero eléctrico se escucha el barullo de la calle, nadie habla. Es la puerta. Por la mirilla la pibita. Abre. Ella entra. Se queda frente a Mi. Sus ojos están vacíos. Es frágil, parece enferma, parece buena. Mi le habla:

     —¿Por qué venís a mi casa?

     La pibita revolea los ojos por todo el departamento. Se aquietan en los frascos de colores. Mi continúa:

     —¿Quién te dijo que vengas?

     —¿Qué tienen adentro esos frascos? —la voz de la pibita es grave.

     Mi se fastidia todavía más.

     —Unas gelatinas. Unas gelatinas tienen.

     La pibita le habla sin quitar los ojos de los frascos:

     —Están solos, tienen hambre.

     —¿Quienes? ¿De quiénes me estás hablando?

     El tono violento contrae el cuerpo de la pibita como el de un animal débil ante un peligro. Tiene una verruga en la frente. Mi la ignora y va a la cocina. Necesita tomar algo, tiene la boca seca. Al darse vuelta siente un dolor profundo en la nuca.

     El violeta gelatinoso de uno de los frascos de colores se derrama en el piso, en su cuello. El aire ahora no huele a nada. Los niños dejaron de gritar y ahora cantan.



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