viernes, 17 de julio de 2009

La Cometa del Gordito


El frío de agosto se adormecía bajo los rayos tibios que bañaban el extenso verde del parque, en el borde de la General Paz. Los picados salpicaban los mil colores de sus camisetas corriendo en pugna de balones escurridizos. Los números en las espaldas planteaban ecuaciones caprichosas. Los barriletes le inventaban ojales al cielo azul. Los sándwiches daban su último adiós e ingresaban en los túneles rojos de las bocas ansiosas. El domingo se aceleraba en el relato vertiginoso de una radio futbolera.
El gordito movía dificultosamente sus brazos, aprisionados en la voluminosa campera, tratando de que su barrilete no pierda altura en el cielo. Apenas si se distinguía el escudo de Chacarita Juniors metido en el altísimo azul. El de Chacarita le había pedido al vendedor de barriletes, aún cuando su padre pretendía, sin fortuna, que eligiera el que tenía el escudo de River Plate. Pero el gordito sólo quería el de Chacarita, el cuadro de Judith. Su papá, vencido, debió aceptar la voluntad firme de su hijo y tras elevarlo en el cielo, le entregó el palito en el que se anudaba el hilo y se sentó en el banco para seguir discutiendo con su ex-mujer los pormenores de la separación.
Todo era motivo de discusión. Para Noelia, la mamá del gordito, a los barriletes se los “debía” llamar cometas. En contraposición, para Gustavo, su ex-marido y papá del gordito, a los cometas se los “debía” llamar barriletes. El gordito, que escuchaba el diálogo, no entendía el motivo de la discusión; para él se llamaban cometas, como los llamaba Judith.
Yo tengo que llevarlo al jardín, irlo a buscar, todo eso me significa guita, decía la mamá, mientras el papá resoplaba con fastidio. Escuchame Noelia, yo no puedo hacer magia; para qué te peleaste con Judith, ella te lo cuidaba por dos mangos, contraatacaba Gustavo. Mirá Judith estaba muy confundida, la madre del gordito soy yo, aparte esa pendeja es una insolente, Noelia se enfurecía. Lo que pasa es que vos no te bancás que el gordito la quiera a ella más que a vos, eso es lo que no te bancás, Gustavo sabía perfectamente que esa daga era dolorosa para Noelia. Que diseminaba esquirlas mortales en la sangre de su orgullo. Sabés qué pasa, yo laburo todo el día, que querés que me mantenga con la miseria que vos me pasás, magia todavía no sé hacer, mi vida.
El viento sostenía firme el barrilete en el cielo. El gordito le soltaba más cuerda y el hilo describía un arco, un puente cóncavo entre él y su cometa lejano. Giró su cabeza para ver si sus padres lo observaban, pero desilusionado comprobó que seguían discutiendo enfurecidos.
Y ahora te lo tiene que cuidar tu vieja, ya me la imagino, a las puteadas limpias, si hay algo que le agradezco a Dios es no verle más la trucha a esa arpía, Gustavo prendió un cigarrillo y escupió el humo inmediatamente, como si fuera su suegra. Vos me hablás de Judith, pero la dulce Judith no es todo lo santita que vos te imaginás, el novio la visita cuando ella lo cuida, ¿te parece bien eso?, el gordito me lo contó, Noelia buscaba, agrandado sus ojos, la aprobación de su ex-marido. ¿Y qué tiene de malo eso?, Gustavo no adhería a la presunta mala conducta de Judith. ¿Qué tiene de malo?, ¿Me preguntás que tiene de malo?, ¿A vos te parece que el gordito tiene que ver ese puterío?, Noelia vomitaba las palabras. Vos sos una exagerada, vos ves fantasmas en todos lados.
El gordito recordó una canción que le había enseñado Judith, la de “mi hermanito toca el piano...”, y se la puso a cantar buscando neutralizar las voces de sus padres. No quería escucharlos. Sólo deseaba escuchar a Judith. Ella nunca hablaba en voz alta, su voz era dulce, armónica. Su voz encendía luces de colores en su pequeño corazón. Y desde que su mamá no lo llevaba más a su casa, vivía extrañándola.
Enrolló el hilo en el palito y su cometa se elevó aún más en el cielo. Después empezó a tironear con fuerza, con mucha fuerza, tanta, que sintió sus pies desprenderse del suelo y la fresca caricia del viento. El griterío de la gente abajo y las voces de su mamá y de su papá se volvían remotas. Miró hacia ellos y los observó moviendo los brazos ampulosamente, con desesperación. Los ignoró y colocó sus ojos en su cometa. Al ganar altura el viento frío le helaba la cara y levantó sus pies para esquivar el inmenso tanque. Progresaba en el aire y el mundo debajo era cada vez más pequeño.
Sin embargo, desde lo alto reconoció el patio en el que jugaba con Cascote, el perro de Judith. El patio con la mesa redonda de cemento donde ella le leía los cuentos que tanto le gustaban. Que no entendía del todo, pero que le permitían escuchar su voz por un largo rato.
Cuando lo tuvo exactamente debajo de sus pies, soltó su cometa.




El 7 de mayo de 2002,
en el borde de la General Paz.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Planetas

Aquel mediodía en que la vio por última vez, en aquella casa extraña, su mamá había hablado mucho de sus ojos, de que cada vez que la miraba, se daba cuenta de lo grandes y hermosos que eran sus ojos. ¿Qué tienen mis ojos? –preguntó Sofía. Tus ojos son como dos planetas luminosos llenos de gente –le contestó su mamá y la abrazó.
Desde ese día, siempre que alguien elogia sus ojos, Sofía se fastidia y los cierra y la gente ya no puede ver.

La Ciudad de Los Edificios Negros


Tengo mil almas
revoloteando mi cabeza
como pájaros confundidos
como noches sin estrellas.
Tengo mil besos
de gusto astringente en mi boca
aire tuyo en mi sangre
del abismo de tu alma.

La ciudad de los edificios flacos
abre sus muslos grises
y su laberinto
de espejos blancos.

Tengo mil almas
destiñendo el color de mis retinas
y una noche de candiles
reverberando tus ojos muertos.
Tengo mil voces
de los adioses para siempre
y un plano a escala
de tus caminos sin retorno.

La ciudad de los edificios negros
enciende la penumbra de sus luces
y amplifica, en silencio
la melancolía de sus perros locos.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

60 del Bajo nocturno



El viejo amagó a abrir la ventanilla, pero antes de hacerlo, se dirigió a la jovencita que se había sentado a su lado después de subir en Pueyrredón y Las Heras.
-¿Te molesta si abro un poquito?
-No, para nada -dijo la joven sonriéndole.
-Es que ando con calor, viste.
-Abrala, no me molesta para nada.
El breve diálogo y los aparatosos movimientos del viejo, provocaron alguna curiosidad en los otros pasajeros, que habían observado, atentamente y con admiración, a la agraciada jovencita obtener su boleto y tomar asiento.
-Es que me agarra como un incendio en la cara -dijo de forma risueña.
-Sería lindo sacar la cabeza como los chicos -le respondió la joven prolongando su humorada.
El viejo era flaco, de cara rojiza. Llevaba la barba semicrecida al ras de los agudos ángulos de su rostro. Era casi tan blanca como su pelo. Sus ropas gastadas y descoloridas le brindaban un aspecto desprolijo. Su cara era de otro tiempo. Sus ojos celestes y profundos parecían de otra persona.
-Seguro que sos de Géminis -dijo con contundencia.
-No, nada que ver. Soy de Aries –le replicó la joven entre risas.
-Parecías de Géminis, por lo dada, por lo espontánea –el viejo pronunció con énfasis la palabra espontánea, como si fuera una extravagancia de su vocabulario.
-No, pero soy de Aries.
El viejo carraspeó y su pecho estalló en una tos rota. Afuera, la ferocidad del tránsito rugía en ruidosos bocinazos.
-¿Estás estudiando?
-Sí, ingeniería de sistemas.
El viejo hizo un gesto de no entender.
-Todo con computadoras, todo lo que se hace con la computadora –amplió la joven tratando de hacerse entender.
-En mi época la ingeniería era para hacer puentes.
Los otros pasajeros del colectivo continuaban esforzándose por escuchar, disimuladamente, el diálogo entre el viejo de aspecto descuidado y la jovencita, que pese a sus delicados modales, demostraba una soltura que hacía que la conversación no decaiga. La abulia del viaje y el tono alto en que hablaban hacían irresistible la tentación de oírlos. Eran de dos mundos distintos. Como si una de las invisibles cuerdas con las que la noche tensaba su rutina cotidiana, imprevistamente hubiera comenzado a desafinar.
-Yo un día me voy a poner con la computadora. ¿El abecedario es el mismo que el de la máquina de escribir, no?
-Sí -dijo la joven comprendiendo rápidamente que se refería al teclado.
-Sí, un día de estos me voy a poner. Pero ahora se disparó todo, ahora ya no es como antes.
-¿Por qué?
-El modernismo -dijo el viejo pesadamente.
-Ah sí, ahora las computadoras reemplazan a los que trabajan. Eso es lo malo. La gente es reemplazada por las máquinas.
-Mirá nena, es este país no trabaja el que no quiere.
La joven lo miró con un gesto inconcluso, disintiendo.
-Yo la tuve toda y la perdí toda. Ahora me arrepiento. La joda está bien hasta cierto punto pero..., hay que joder hasta cierta edad.
-Sí porque sino después uno se acostumbra y ...
-¿Vos que edad tenés?
-19, cumplí el 23 de marzo, hace poco.
-Todavía tenés hilo en el carretel. Yo a tu edad estaba en la Marina, dos años y ocho meses estuve metido en un barco.
-¿Estuvo en las Malvinas?
-No en la Marina, en la Ma-ri-na, haciendo la conscripción, casi tres años metido en un barco.
-¡Qué barbaridad!
El viejo se tomó la barbilla con preocupación.
-Yo iba a tomarme el tren en Barrancas del Belgrano, pero llego a Córdoba y Ayacucho y ¡zas!, me encuentro con uno del bajo. No pude resistir la tentación. Este me deja a tres cuadras, el tren a doce. Yo voy a Punta Chica, soy cuidador de una propiedad, pero ahí no hay nada, te falta yerba te falta azúcar y no tenés donde comprar, no hay almacenes, hay que ir al Coto, pero está lejos, a quince cuadras está. Aparte estoy con los paquetes, compré mercadería. Compré yerba, azúcar, arroz, fideos y un montón de estupideces y me olvidé el detergente y la lavandina. Es para limpiar, porque yo soy solo, para limpiar la ropa. Es jodido estar solo, vos dejás todo pata pa’ arriba y así lo encontrás cuando volvés.
-Dígamelo a mí.
-¿Vivís sola?
La furtiva audiencia, ante la pregunta, no pudo dejar de agudizar ansiosamente su audición, convencidos de que el viejo se lanzaba irracionalmente en un ataque kamikaze.
-Con mi papá, pero él trabaja todo el día.
-Antes no hacía falta laburar tanto. Vos no tenías para ir a milonguear y alguien siempre te daba. Era todo distinto antes. Los cafés, los bares, la milonga estaban así (haciendo un gesto con sus dedos juntos) de llenos. Era todo distinto. Pero ahora están todos medio piantados.
-Y la droga, muchos chicos de mi edad se drogan y no saben lo que hacen. Tienen problemas que resuelven de esa manera.
-Mirá querida, problemas hubo siempre. Yo estuve en todas las jodas. No me casé por estar con mi viejo. Era un fenómeno el gallego. Nosotros nos íbamos de joda juntos y eso que mi hermano era el favorito, pero yo andaba siempre con él. ¿Vos no te aburrís con el jovato?
-No, mi papá es un genio, nos llevamos re-bien. Somos re-compinches. Dicen que los hijos varones son más pegados a la madre y las mujeres al padre.
-Puede que sí. ¿Y con tu mamá como te llevás?
-Mi mamá murió, hace como dos años -dijo la joven sin conmoverse, como quien relata un hecho natural.
-¿Por dónde vivís?
-Por Saavedra.
-Yo tengo una prima que vive en Deheza entre San Isidro y Cabildo.
-Ah... Yo de calles no conozco nada.
-Yo sí, yo las calles me las conozco todas. ¿Estás de novia?
-Sí, hace un año y siete meses. Hace un montón.
-Eh no tanto. Para conocer a la gente hace falta más tiempo. Aunque lo que vale es el primer golpe de vista.
-Y para la edad que tengo es un montón.
El colectivo arribaba a las Barrancas de Belgrano. Muchos pasajeros se bajaron con la frustración de no poder seguir escuchándolos.
-Ves, acá tendría que haberme bajado yo, pero el 60 del bajo es una tentación. Tardás más, pero son nueve cuadras menos. Y estoy con la mercadería. Este (por el colectivo), si anda a esta hora es por los curas de San Isidro, por los clubes de los ricachones, sino no viene ni a palos. Yo siempre vuelvo más tarde, pero hoy estoy con la mercadería.
-Y peor ahora que las cosas aumentan a cada rato.
-Es que la gente se había acostumbrado a comprar muchas porquerías. Sino, de qué viven los supermercados, del pan y de la leche, ¡vamos! La gente quiere chupar y vivir bien. El otro día, por acá el colectivo se llenó de pibes tomando cerveza, iban a bailar cerca del puente.
-Sí, se llena ahí.
-Vienen los negros del Fantástico. ¿Vos vas a bailar con tu novio?
-Sí, pero por el centro. El vive en San Cristóbal.
-Y me imagino que te acompaña.
-No, yo no lo dejo. Tiene que gastar el doble y ¿a qué hora llega a su casa?
-Yo cuando tenía una novia la acompañaba hasta la casa, en Ituzaingo vivía y me volvía a Almagro donde yo vivía, nena. Y antes no había tantos colectivos como ahora, no te das una idea de las cuadras que me caminaba.
-Los tiempos cambiaron –concluyó la joven.
El viejo miró por la ventanilla. La noche desparramaba generosa su guirnalda de luces. La avenida administraba la intensidad de sus brillos.
-Me bajaría en lo de mi prima, pero si le caigo a esta hora a la gallega, me mata. Además estoy con la mercadería. A todo esto, ¿qué hora es?
-Deben ser como las once.
Al cruzar el Puente Saavedra la joven se puso de pie.
-Bueno hasta luego, que le vaya bien.
-Chau querida.
Los que estaban detrás aprovecharon para observar nuevamente el rostro de la joven. En la esquina de Maipú y Agustín Álvarez se bajó. El viejo giró levemente el cuerpo en el asiento y se encontró con los ojos de un joven que lo escrutó con mirada cómplice.
-Se le escapó la palomita –dijo riendo.
El viejo lo miró con un leve desdén, ignorando la humorada y se puso serio. El celeste de sus ojos se tiznó de un maravilloso brillo, como si sus retinas fueran de la misma sustancia del cielo.
Finalmente, saliendo de un breve ensimismamiento, le dijo:
-No nene, esa piba es mi vieja. Mi vieja murió cuando yo nací, tenía 19 años la pobrecita, y siempre me busca para charlar un rato. Hace cuarenta años que me encuentra, así, en la calle, detrás de la cara de cualquier mocosa. La vieja es la única que nunca te abandona.
El pibe levantó las cejas y avergonzado le hizo una mueca agria, que una invisible escarcha le congeló en su boca. Después clavó sus ojos en la ventanilla, mirando sin ver la noche que afuera el colectivo iba dejando en el camino. Los otros, los que atentamente habían permanecido escuchando, también, como ocultándose a sí mismos su complicidad.
El viejo sacó un cigarrillo del bolsillo de la camisa y en voz alta le pidió permiso al chofer para fumar.

Un pájaro


El camionero gordo apuró el vaso de cerveza, hipnotizando su mirada en un camión que se deslizaba silencioso por la ruta 7. Cuando hablaban de sus apariciones y se extraviaba unos instantes en sus pensamientos, el mundo se le soltaba como un globo sin rumbo. Su aspereza natural se corrompía de una poesía sin letra y sin forma, que vertiginosamente le ganaba la sangre.
Y de repente, el camión lejano y silencioso alcanzaba el cruce y se volvía de juguete; una gran maqueta recreando un mundo extraño. Un gran juego, desproporcionado y absurdo. Ir y venir eternamente, ir y venir como la misma cosa; el final de un viaje, el principio de otro. Un camino circular uniendo el kilómetro 0 y el destino final.
Y alterando el monótono tapiz de pavimento y rayas blancas entrecortadas, los infinitos enigmas de su aparición. Caprichosa, fugaz; inexplicable y maravillosa. Un luminoso pájaro escurridizo. Y a pesar de que todo aquél que hablara de sus apariciones era acusado de fabulador, y que esa acusación también recaía sobre él, sus relatos eran escuchados con mucho respeto, porque eran distintos.
-La 38 es su ruta favorita, a mucho se les apareció como a mí, uno kilómetro pasando el control policial. Ahí fue donde aquella guelta clavé las guampas y me bajé del camión. Se quedó uno minuto delante mío, como si me hubiera estado esperando...
El otro camionero, que en su antebrazo lucía un colorido tatuaje de la Virgen de Luján, también desparramaba su teoría.
-Sin embargo en Tucumán, en muchos pueblos, le dicen El Pájaro de la 157. Yo la última vé que vi su aparición, fue cerca de La Cocha.
-Es que en mucho lugare dicen que les pertenece. Nadie sabe bien que e.’ En La Rioja le dicen El Pájaro de la 38, en Jujuy La Luciernaga de la 1. Fue el loco Cosentino, que ahora está manejando un Bedford cañero, el que le encajó ese nombre. A él se le apareció en la 1, cerca del Ingenio La Mendieta, se le apareció de noche se le apareció. El loco quedó loco del todo, lo ojo le quedaron como dos pelotas –el gordo terminó de hablar y estiró su voluminoso brazo para llenar nuevamente los vasos.
-Y entonces es de todas las rutas del norte.
-Sí, debe ser así nomá, porque por el sur no lo juna nadie. Mirá vó que yo do por tré ando por Bahía Blanca, por Viedma y nada, nadie sabe nada. Ni noticias de sus apariciones.
El sol azotaba sin piedad el interminable playón de tierra de la estación de servicio. Los dos camioneros reposaban despreocupados bajo un toldito del parador abandonado, punto de encuentro obligado cuando coincidían en el laberinto de sus destinos. Allí permanecían largas horas, lejos de los surtidores, contemplando la rutina del cruce de rutas. Desde los baños, el sonido latoso de una radio les llegaba a oleadas. Una voz indefinida que desbordaba los silencios. La tarde primeriza, empantanada en el tiempo, se aquietaba en el calor, como si las agujas del reloj se hubieran detenido al sentarse en la pequeña y oxidada mesa redonda.
-Che ¿Y qué será?, ¿Será colifa?, ¿Qué será...? ¿Será un fantasma? ¿A vó que te pareció gordo?, vó que decí que estuviste ahícito nomá.
-No creo que sea algo humano como nosotro. Yo conozco muy bien a los humano, yo anduve por todos lados y nunca vi a nadie con esa luminosida. Es un pájaro, un hermoso pájaro mágico. Nunca me voy a olvidar de aquella guelta, aquella tarde en la 38. Se quedó junto al camión, sin moverse, y me miró con sus ojos brillante. Habrán sido uno segundo, uno minuto yo qué sé. Pero me miró fijo, ¡eran ojos de pájaro!, pero te cegaba de mirar y luego se desapareció como por arte de magia, como pechao por un fantasma. Todas la jotra veces, se piantaba al detener el camión, pero esa vé no, esa vé no. Esa vé fue como si me hubiera estado esperando.
El gordo hizo silencio y encendió con ansiedad un cigarrillo. Cada vez que relataba aquel suceso del cual lo separaban tres años, su corazón se estremecía profundamente. Era su íntimo orgullo que lo haya elegido, que le haya dedicado unos instantes más que a los demás. El del tatuaje lo escuchaba con atención, mas allá de las suspicacias, siempre disfrutaba escuchar la historia tantas veces narrada por el gordo Norberto. Al rato llegó Darío, un camionero de Ramallo con el que muchas veces coincidían en esa estación de servicio en las afueras de Laboulaye. Traía un reporte de una nueva aparición. Cuando alguien llegaba, lo primero era actualizar el mapa de sus apariciones. En esta oportunidad había sido avistada por la ruta 19, cerca de una localidad llamada El Tío. El camionero gordo puso en duda la versión, ésa no es de sus rutas, dijo con autoridad. Al cabo de un rato, abrieron otra cerveza y derivaron sobre otros temas.
Mientras observaban pachorrientos el cruce, divisaron una extraña camioneta negra que ensayó una maniobra caprichosa y bajó de la ruta 7. Sin titubear se encaminó hacia ellos. Era una lúgubre ambulancia fúnebre, que se detuvo casi en la entrada de los baños. Inmediatamente descendieron dos hombres de traje negro, desaliñados, uno era petiso y morochito y el otro rubio, muy alto y espigado.
-Señor Norberto Menéndez –el más alto se dirigió directamente al camionero gordo como si lo conociera. Hablaba con un marcado acento extranjero.
Sorprendido de ser llamado por su nombre, el camionero gordo se puso de pie y lo escrutó con desconfianza.
-Sí, soy yo.
El larguirucho le extendió la mano y se la estrechó con fuerza.
-Andrew Vancouver.
Luego se presentó el petisito.
-Víctor Bobadilla.
Ambos saludaron con un gesto amigable a los otros dos camioneros.
-Mire amigo Menéndez, nosotros tenemos que cumplimentar un trámite para abandonar estas rutas para siempre y necesitamos de usted.
El acento del larguirucho dificultaba bastante la comprensión de sus palabras.
-¿A mí?, ¿por qué? –nerviosamente miró a sus dos amigos con la intención de que compartieran el absurdo.
-Mire amigo voy a explicarle. Nosotros somos integrantes de Los Custodios de La Ilusión, y desde hace un tiempo estamos cuidando su influjo en estas rutas de Norte Argentino. Eso, je, que ustedes acostumbran llamar El Pájaro. Oh sí, un hermoso nombre. Nuestra organización es milenaria y tan sólo debe vela por las ilusiones creadas por las personas y todo lo que su mágica esencia genera en sus corazones. Mucho más en gente de trabajo solitario, como el de ustedes. La ilusión es algo real amigos y nosotros la custodiamos. Nuestra organización está en todo mundo. Yo soy de Escocia, mi abuelo fue primero en mi familia que integró esta organización, él custodió la ilusión de monstruo de lago Ness. Mi compañero Víctor es de Paraguay.
-De Luque –aclaró con orgullo el petiso.
-Pero hemos fallado, lamentablemente no pudimos controlar todo y un loco le disparó con una carabina en la ruta 157, cerca de Leales.
Los tres camioneros lo miraron incrédulos, pero el larguirucho continuó rápidamente con su relato.
-En esta ambulancia viajan sus despojos. A nosotros nos espera castigo, el que recibiremos con alegría, como una prueba de fortaleza para nuestros espíritus. Nos espera la Siberia Nororiental, allí custodiaremos su ánima, que se convertirá en el alma helada de frío más frío de mundo. Se amalgamará con la nieve, para sembrar la ilusión de solitarios habitantes de polo de frío. De Ojmiakón, de Jakutsk, de Verkoyansk. Remotos lugares, gélidas llanuras. Ojmiakón es el verdadero polo de frío. Allí yacen intactos monstruos extinguidos hace milenios. Seremos los custodios de lago Labankür, que encierra un terror sin rostro, un terror absoluto. Allí velaremos por la ilusión de pastores de Ártico, pastores de renos que transitan colinas rosadas y nieves celestes, bajo un sol anaranjado y tímido. Nos habíamos encariñado con estas cálidas rutas de norte argentino, con su gente, pero...
El camionero gordo, aturdido de semejante delirio, escupió su reacción largamente contenida.
-Disculpen muchachos, están chupados o les pegó el sol del mediodía de lleno en la zabiola.
-Menéndez, Menéndez, no oculte su luz, usted y nosotros sabemos perfectamente que usted fue el elegido. El elegido, Menéndez. (El extranjero estiraba obsesivamente el apellido Menéndez). Sólo le pedimos que reconozca cadáver. Así lo pidió. Fue su última voluntad.
-¿Lo pidió?, pero...
El camionero gordo sintió que era reivindicado por los dos locos. Y eso le provocó un reconfortante orgullo, que sobre lo absurdo de la situación, atenuó su burla hacia los extraños visitantes. En el último de los casos, tres locos diciendo lo mismo resultaban más convincentes que uno. Los otros camioneros, también consternados, lo animaron con los ojos para que accediera al pedido. En sus miradas se licuaban sin control el absurdo, la curiosidad y la tristeza.
La tristeza, sobre todo la tristeza.
-Venga Menéndez, es sólo un segundo.
Tímidamente los acompañó hasta la ambulancia fúnebre. El paraguayo abrió la puerta trasera del vehículo y ante sus ojos apareció su armónica figura; ya sin vida, pero aún irradiando su enigmática belleza.
Una sensación confusa paralizó su cuerpo, recreando en su mente aquel instante maravilloso de su aparición.
El larguirucho, con extrema delicadeza, quitó de su rostro una especie de máscara y se retiró con los otros. Norberto se quedó solo ante su imagen durante algunos segundos. Al cabo de estos, el larguirucho regresó, cubrió el cadáver con una sábana y le entregó la máscara. El camionero gordo la aferró entre sus manos. Entre los tres hombres se interpuso un silencio infinito.
Se despidieron. La ambulancia fúnebre se alejó velozmente por el playón, levantando polvo y escondiéndola de sus ojos ávidos de verla marcharse. Luego trepó la cinta asfáltica y se alejó por la ruta 7 hacia el sur.
Los dos camioneros lo rodearon con ansiedad. El camionero gordo colocó la máscara sobre sus manos regordetas y la exhibió como si fuera un pájaro muerto. Los tres la observaron fijamente, con los ojos descoloridos.
-¿Cómo era, Gordo?, ¿Cómo era?
El camionero gordo pestañeó, espantando la niebla que confundía su mirada y un repentino brillo coloreó nuevamente sus ojos.
Desde su boca, las palabras emergieron como ángeles:
-Era como una mujer, igual a una mujer.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Círculo


Es una verdadera pena
que nos internemos en la noche
para esquivarnos los ojos
y desangrarnos.
Recuerdo las uñas de tus pies
pintadas de distintos colores.
Algunas veces no me salen las palabras
y otras en que me quedo en silencio.

Mirá cómo son las cosas:
vos sin dirección
y yo con mi corazón
desconectado.
Fue tan frío este mundo
durante todas estas noches de verano.
Las cosas que nunca supe
son las que nunca quise decirte.

¿Crees que algún día comprenderemos
que hay caminos secretos
uniendo las estrellas solitarias en el cielo
ó terminaremos pensando
que los corazones desolados y fríos
se disuelven en el universo tenebroso
de los te quiero muertos?

Pudriéndose en los labios.

Recuerdo los colores de tus pies
pintados de distintas uñas
y tu mano ajena desordenando
mi barba semicrecida
Vos sin dirección
y yo con mi corazón
desconectado.

Todos deberíamos conocer
un atajo para volver a casa.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Remota Amancay


Tres princesas urbanas

De casualidad, mientras seguía atentamente las instancias del partido en el walkman, Patricio levantó sus ojos y se percató de que una de las tres chicas, que estaban a unos metros, le había tomado una fotografía. Las miró sorprendido y ellas le sonrieron. Se quitó los auriculares de los oídos y también entre sonrisas les preguntó:
-¿Para qué quieren la foto? -mientras hablaba se iba acercando a ellas.
-¿Qué, nunca te sacaron una foto? –le replicó desafiante la que tenía la cámara en sus manos.
-Sí, pero... –intentó una respuesta, pero un cruce eléctrico de miradas con la que aparentaba ser la más jovencita lo detuvo.
-Te vamos a llamar “el amigo ofendido” –sentenció la fotógrafa.
-Pero si yo no me ofendí, sólo pregunté para qué la quieren, nada más.
Eran tres adolescentes menudas, vestidas con jeans y remeras multicolores. Parecían despreocupadas del mundo. La más altanera era la que llevaba la voz cantante; pero a la vez tenía aplomo, un aval que respaldaba cada palabra que alejaba desde su boca. Se llamaba Wendy. Su pelo castaño oscuro contrastaba con sus ojos cristalinos y azules. Fue ella quien presentó a sus dos amigas: Mariel, una rubiecita sin características fuertes y la que a Patricio más le había gustado, Amancay. El brillo de sus ojos parecía inextinguible y sus renegridos cabellos le caían tímidamente sobre los hombros.
-Yo me llamo Patricio.
-¿Y qué estás haciendo tan solito en esta plaza? -Amancay habló por primera vez. El débil tono de su voz era casi imperceptible.
-Escuchando el partido (mostró el walkman en su bolsillo). Vivo acá a media cuadra, en un hotel, en el pasaje Antequera y Solís, acá nomás.
-¿Me lo prestás? –Amancay le pidió el walkman. Del bolsillo trasero de su jean extrajo un cassette.
-¡Ella no puede estar sin escuchar a Madonna y su Isla bonita! –se mofó Wendy-. Vamos a los flippers de Brasil. ¡Dale te invitamos!
Se largaron a caminar por Garay hacia la Plaza Constitución. Wendy tenía dieciocho años, Mariel dieciséis y Amancay diecisiete. Las tres rieron cuando él en broma dijo que si tuviera diecinueve, harían una escalera. Pero tenía veinte.
En los flippers Wendy compró fichas para todos. Cuando se aburrieron de los juegos electrónicos, se fueron a un bar, también sobre Brasil, un salón angosto y profundo, penumbroso, impregnado de frituras eternas.
-Che chicas, esta vez déjenme invitar a mí.
-Qué chechi ni ocho cuartos, nosotras te invitamos -ordenó Wendy. Amancay le guiñó un ojo para que desistiera en su propósito. Comieron pizza, y cuando llegó la hora de pagar, Wendy extrajo de su bolsillo un flamante billete de 100 pesos.
-¿Se robaron un banco? –bromeó Patricio.
Las tres ignoraron su pregunta. No sería la primera vez que Patricio percibiría que ante ciertas preguntas, ninguna de las tres respondía, como si frente a lo que les molestaba, activaran un pre-acordado pacto de silencio. Realmente eran extrañas. Su comportamiento parecía regularse automáticamente por algún programado patrón de identidades, que amalgamaba sus reacciones más allá de la subjetividad de sus distintas personalidades. Lo que resultaba evidente era que Wendy las lideraba.
Tomaron un taxi hasta Lavalle y Carlos Pellegrini. Al bajar del vehículo, entusiasmados por la peatonal, se internaron en la marea humana.
La ciudad se volvía agradable. Sus domingos eran tan grises: escuchar los partidos de Boca en la Plaza Garay y de vuelta al hotel del pasaje Antequera. Un círculo sombrío. Se sentía demasiado solo en Buenos Aires. Tunuyán, su añorado pueblo, se le ocurría más lejano que cualquier remoto planeta en el cielo. Distancias que sólo puede medir el corazón. Sus padres habían muerto, sólo le quedaba su abuelo Lautaro. Él fue quien juntó el dinero para que viniese a estudiar a la Capital. Todos los meses le mandaba un giro. Pero, al ciclo básico iba por ir. Tampoco le interesaba hacerse de amigos, porque sentía que no encajaba entre los porteños, no los entendía ni quería entenderlos. Soñaba con retornar a Tunuyán. Allí todo era distinto, en sus pequeñas calles al menos los fantasmas eran recuerdos. Esa ciudad infernal lo había tornado un ser taciturno. Muchas veces practicaba un juego enfermizo: pasar todo el día sin hablar con nadie. Pudo comprobar que no había cosa más simple que sentirse absolutamente solo en medio de la gente.
Pero no podía defraudar a su abuelo. Si no fuera por él y por su ilusión de que estudie en Buenos Aires, hubiera mandado todo al demonio.
Sin embargo, ese domingo era distinto, esas tres jovencitas que transitaban la ciudad junto a él parecían entusiasmadas de su compañía, rescatándolo de sus tortuosos autocoloquios.
Abandonaron Lavalle y continuaron por Florida. En Diagonal Norte y Esmeralda, como tres niñas traviesas, se pusieron a jugar con la estatua de Lisandro de la Torre. Se trepaban y reían sin importarles los demás.
A las siete de la tarde Wendy anunció que debían emprender el regreso. Y lo dijo con énfasis impostergable. Todo lo que decía Wendy parecía no aceptar discusión. Mariel y Amancay jamás objetaban sus decisiones. Por Piedras llegaron hasta Independencia. La 9 de Julio los dejó en Constitución.
-Es una canción hermosa, ¿no te parece una canción hermosa? -Amancay le acercó el pequeño auricular a Patricio. Una Madonna lejana cantaba la isla bonita.
-Sí, es muy linda -le dijo con ternura, como si bastara que a ella le gustase para que la canción fuera hermosa. Después se dirigió a Wendy, ya que Mariel prácticamente no hablaba y Amancay había vuelto a sumergirse en sus auriculares.
-¿Nos vamos a volver a ver? -preguntó Patricio deseando una respuesta positiva.
-Mañana –pareció ordenar Wendy.
-Yo vuelvo de la facultad a las tres.
En la Plaza Constitución Wendy anunció que debían despedirse.
-¿Y ustedes dónde viven?
-Más allá, -Wendy señaló con un gesto vago la estación del ferrocarril- no muy lejos.
Se despidieron con la promesa de encontrarse al otro día a las tres de la tarde en Solís y Antequera, la esquina de su hotel.
Patricio se largó a caminar por Garay. Sintió una repentina sensación de pánico ante la posibilidad de no volver a verlas. Al llegar al hotel se recostó en su cama. Estaba sobreexcitado, no podía dejar de pensar ni un solo segundo en esas tres extrañas muchachas con las que había compartido la tarde. Se había encontrado tan cómodo con ellas, tal vez porque eran extrañas, raras, como él se sentía dentro de esa ciudad fría y adversa. Se durmió lentamente, reconstruyendo en su mente la imagen de Amancay, la incandescencia de sus ojos.
Al otro día se despertó pensando en la foto que le habían tomado. ¿Para qué la querrían? ¿Por qué durante toda la tarde no habían hecho comentarios sobre los muchachos que veían por la calle?, algo tan común en chicas de su edad. Esas cosas parecían no interesarles. No fue a la facultad. El ansia de verlas lo llevó a esperarlas en la esquina de Solís.
A las tres y media llegaron caminando desde el sur, desde la calle Brasil, y nuevamente se largaron sin rumbo por la ciudad. Fueron en taxi hasta la Avenida Corrientes y después caminaron. En Banchero comieron pizza. Wendy continuaba ejerciendo un dominio natural sobre las otras. Siempre sacaba desde su jean billetes de 100 pesos y pagaba todo. En los descuidos de Wendy, Patricio buscaba con desesperación los ojos de Amancay, y en varias oportunidades sus miradas se encontraron intensamente. Salieron de la pizzería. Caminaron hasta la Plaza Congreso. Wendy volvió a sacar la máquina de fotos y de forma sobreactuada anunció:
-Dale Amancay, ponete que te saco una foto con Patricio.
El tono de su voz, burlón y afectado, denunció que sus furtivas miradas con Amancay habían sido detectadas por el radar de sus ojos azules, y pensó que tampoco tendría que ser algo malo; pero Wendy era tan autoritaria, que saberse descubierto por ella no podía dejar de intimidarlo.
Cuando Wendy se dio cuenta que eran las seis, arengó a sus amigas a partir con prisa.
-Pero, ¿qué es lo que pasa con ustedes tres? ¿Quién las espera?.
-No, lo que pasa es que tenemos que ir a buscar una cosa antes de las seis y media -Wendy le contestó con desgano, mientras intentaba detener un taxi.- Vos esperanos, mañana o pasado te pasamos a buscar por el hotel, dale.
En el interior del auto, Mariel pronunció un nombre: Urbano, e inmediatamente recibió una amenazante mirada de Wendy, que suavizó al percatarse de que Patricio la observaba. Las mejillas de Mariel enrojecieron súbitamente. El taxi se detuvo en el hotel del pasaje Antequera.
-Adiós reinas del misterio -dijo riéndose y buscando ya sin pudor los ojos de Amancay.
En sus retinas encontró una inocultable desesperación.
El taxi arrancó enfurecido. Lo observó alejarse. Evitó ir directamente hacia el hotel. Entre esas cuatro paredes, la opresión se le preanunciaba asfixiante. Rumbeó mecánicamente hacia la Plaza Garay. Otra vez se hundía pesadamente en el desagradable pantano de sus pensamientos. Se sentó en un borde de la plaza. Algo oscuro y perverso presentía detrás de sus amigas, algo que no podía determinar y que lo perturbaba. Sin embargo, desde esos sombríos vislumbres, emergió el rostro de Amancay. Deseó acariciar su piel trigueña, reflejarse en sus ojos redondos y brillantes.
Al cabo de un par de horas se fue al hotel.
Constitución es un barrio del color de la tristeza.

Amancay y el brillo de la noche

Unos golpecitos en la ventana lo despertaron. Como si alguien arrojara pequeñas piedras en la persiana. Se levantó y la abrió con sigilo. Asomado al balcón miró hacia abajo. Su corazón se sacudió. Entre las sombras, los ojos de Amancay relampagueaban como luciérnagas. Le hizo un ademán con su mano para que esperara. Atravesó rápidamente los oscuros pasillos del hotel, le abrió la puerta y la condujo hasta su habitación. Amancay lo abrazó, su cuerpo temblaba. Sin mediar palabra rompió a llorar.
-Me escapé, Patricio, me escapé..., tengo miedo, nos van a matar... Tenemos que irnos de este lugar, cuando se den cuenta de que me fui, me van a venir a buscar, ayudame Patricio, por favor. Él me va a destruir.
-¿Pero por qué? ¿Quién te va a destruir?.
-Urbano, y Wendy.
-Pero, ¿quién es Urbano?
-Es nuestro Guía, el que nos manda a buscar a muchachos como vos, pero vayámonos de acá antes de que nos encuentren. Por favor vayámonos
Amancay continuaba convulsionada, sus ojos bailoteaban sin detenerse sobre ningún punto fijo. Patricio tomó su mochila y metió tres o cuatro cosas.
-Lo que no tengo es mucho dinero.
-Yo tengo, le robé a Wendy.
Salieron sigilosamente del hotel. El lúgubre paisaje de Constitución se desdibujaba en las tinieblas. Las tenues luces del alumbrado caían muertas sobre el asfalto. En Garay abordaron un taxi solitario. Patricio no comprendía de qué huían. Pero que Amancay estuviera a su lado, desarticulaba cualquier cavilación apocalíptica.
Se bajaron en un hotel alojamiento de Alberdi y Medina, a metros de la autopista. En la habitación, Amancay volvió a abrazarlo, sollozando en su hombro.
-Tranquila linda. Nadie sabe que estamos aquí, nadie te va a hacer daño.
Sus bocas se encontraron en un beso sin preámbulo, sin erotismo, como si sólo comprendiera una unión desesperada ante el horror.
-Te iban a matar Patricio. Habían estudiado muy bien tu caso, nadie iba a reclamarte demasiado en Buenos Aires.
-Pero, ¿por qué a mí? ¿Qué les hice yo?
-Nada, no les hiciste nada. Pero Urbano nos pide pibes de tu edad para el Sacrificio Divino. Él odia a los hombres, a los hombres que lo despreciaron; su espíritu es una mujer infinitamente bella. Él amó a los hombres y ellos lo despreciaron. Por eso tiene que asesinar muchachos. Son ritos sagrados, ritos que van a darle en el futuro el amor de los hombres, eso es lo que más quiere en el mundo. Hasta ahora lo hizo con uno sólo, por lo menos desde que nosotras estamos con él, y está enterrado en el sótano de su casa. Un pibe como vos, que nosotras le entregamos. Wendy y él lo mataron. Se llamaba Silvio.
-¡Qué horrible, Amancay! No te das cuenta que es un homosexual, un psicópata, un...
-Pero te aseguro que todo lo hice como si fuera mi obligación, es mi obliga... (se llevó una mano a la boca, avergonzada). Perdoname, pero estoy muy confundida, era como que no me daba cuenta de lo que hacía. Sólo empecé a sentir algo distinto cuando te vi, una sensación extraña en mi corazón, algo que hasta ese momento yo nunca había sentido y que me asusta, y que me hace acordar cuando era chica. Pero de sólo pensar que te iban a matar, comencé a desesperarme y como ayer me di cuenta de que Wendy empezó a sospechar de mí, anoche les puse un somnífero en la comida y decidí escaparme. Porque ya no me iban a dejar venir más, ya me tenían recelo y seguro que Wendy ya se lo había contado a Urbano. Wendy le cuenta todo a Urbano. Lo hice por vos. Pero tengo miedo, Patricio, tengo mucho miedo. Y aunque no lo creas, a cada momento siento ganas de volver con ellos. Siento que él me está llamando y su voz es irresistible para mí. Urbano dice que sólo debemos escuchar su voz, la única voz de Dios es la suya, las otras voces son las voces del demonio.
Amancay contaba su propia historia como si fuera ajena.
Había nacido en Purmamarca, en la provincia de Jujuy. (Un lugar donde hay árboles plateados, le decía ella, donde hay árboles plateados que brillan cuando los acaricia el sol). Una organización de prostitución infantil se la había arrebatado a sus padres a los diez años. Fue víctima de innumerables abusos, execrables seres se excitarían observando sus fotos, tal vez en ese mismo momento. Urbano la había rescatado de ese infierno.
Se durmieron abrazados y sin quitarse la ropa.
A la mañana siguiente se instalaron en un hotel familiar del barrio de Flores; permanecerían allí hasta decidir los pasos a seguir. Amancay tenía mucho dinero, más de 1000 pesos; esa abultada suma le permitiría sobrevivir algún tiempo.
Los primeros días hicieron una vida normal. Por las mañanas iban a comprar comida, almorzaban y por las tardes salían a caminar por las mansas calles de Flores Norte. Amancay, de forma obsesiva, escuchaba el tema La Isla bonita de Madonna, una canción en inglés con algunas palabras en castellano. Era como una adicción.
Su comportamiento era inestable. Reía, a veces sin motivo, y abruptamente parecía hundirse en recuerdos angustiantes, en abismos sombríos de su alma, de los cuales emergía desorientada e indefensa.
Patricio buscaba desesperadamente rescatarla de esas profundidades. Inventaba chistes, le contaba historias de Tunuyán, no se detenía hasta arrancarle una tenue sonrisa.
Una de esas noches se largaron la deriva. Las calles se extraviaban en misteriosas brumas. Amancay parecía brillar. Miraba a Patricio a los ojos, y en sus pupilas de niña resplandecían incandescentes centellas.
La Avenida Juan B. Justo los condujo viboreante hacia el este.
-¡Qué noche tan hermosa! ¡Qué feliz me siento a tu lado! -Amancay lo miró fascinada, como por primera vez.
Patricio recordó una frase que había leído alguna vez, una frase que siempre llevaba en su mente:
de pronto la ciudad se volvió tan hermosa, que daba ganas de llorar de reír y de llorar otra vez.
Finalmente experimentaba esa dulce congoja. Esa melancolía inexplicable que provoca la felicidad más intensa.
En una esquina encontraron una parrillita, había mesas afuera. Se sentaron bajo el amparo de las ambaradas luces de la avenida.
-Comamos chorizo, sándwich de chorizo –Amancay parecía aún más niña.
-Y tomemos vino tinto.
Los autos se deslizaban por la avenida como cometas bulliciosos, en el interior de la parrillita la gente reía y hablaba. Por momentos los sonidos se acallaban y podía oírse el zumbido de las luces reptando el asfalto. Maravillados escucharon el relato del mozo acerca del arroyo que circulaba bajo la avenida. Brindaron. Cuando Patricio llevó la copa hacia su boca, en el reflejo espejado del vino encontró el resplandor de la noche, las doradas luces de la avenida. Se las bebió de un trago.
Después de cenar, emprendieron el regreso. El alcohol, burbujeándoles la sangre, agudizaba la alegría, la incontenible belleza de ese mundo nocturno y enigmático.
En el hotel durmieron juntos. La joven se acurrucó en sus brazos. Patricio la deseaba con desesperación, pero no quiso forzar su piel tibia, dejando fluir cada instante. Amancay era como una niña.
Amancay era un milagro.
Al otro día improvisaron un picnic en una apacible plaza cercana al hotel. Una iglesia se erigía solitaria en uno de sus vértices. La muchacha fijó sus ojos en las puertas enormes del templo.
-Urbano siempre nos atemoriza con las tres puertas del destino.
-¿Las tres puertas del destino?
-Sí, están a una cuadra de donde nosotras vivimos, en la casa del pasaje Vieyra, sobre la calle 15 de noviembre, viste dónde está el paredón del tren, bueno ahicito nomás. Hay un túnel que va desde la casa hasta allí. Él dice que cuando una de nosotras atraviese el umbral de alguna de esas tres puertas, nuestros destinos cambiarán para siempre. Nosotras le tenemos terror a las puertas del destino.
-Pero Amancay, eso es mentira.
-No, no es mentira -afirmó seria. Rápidamente volvió a sonreírle.- Vos sabés que yo tengo un librito de historias de amor guardado, en secreto. Yo las leía y no podía imaginar esas escenas, pero ahora que estoy con vos, es como si las estuviera viviendo.
Patricio la abrazó. Esa dulce muchacha era más de lo que hubiese soñado tener aun en sus sueños más desenfrenados. Se quedaron en silencio. Una nube atenuó los rayos del sol, opacando los colores vivos de la plaza. Ella lo miró y en sus ojos negros el amor se manifestó en una vertiginosa centella atravesando el firmamento de sus pupilas.
-Te quiero Patricio, yo no soy buena, no soy... Vos tenés que ayudarme..., pero no te asustes, no te asustes de ...

Azulejos blancos

Amancay palideció. Sus ojos se blanquearon y pesadamente se desplomó hacia atrás. Patricio, aterrorizado, buscó reanimarla, pero no reaccionaba. Parecía muerta. La cargó en brazos y buscó un taxi con desesperación. En pocos minutos arribaron a la guardia del Hospital Álvarez. Entre gritos dos médicos la llevaron a una sala para intentar reanimarla. Patricio estaba fuera de sí. El pánico paralizaba su sangre. Nadie le comunicaba nada, la gente en la guardia no tenía rostro, el blanco de las paredes agobiaba sus ojos. Finalmente, tras de una larga y angustiosa espera, un médico salió en su búsqueda.
-¿Vos acompañabas a la chica? ¿a la morochita?
-Sí –dijo Patricio presintiendo lo peor. Lo que de ninguna manera podría soportar.
-Mirá, tu amiga está muy delicada. Después de muchos esfuerzos logramos reanimarla. Prácticamente estuvo muerta. Es muy extraño. Si bien ahora está estable, no recupera el conocimiento. La vamos a pasar a terapia, por precaución. Tendríamos que avisar a los familiares. ¿Vos tenés forma?.
-No, ella es de Jujuy, vive sola en Buenos Aires.
-Bueno..., ya vamos a ver.
El médico se alejó. Las horas pasaban y nada se sabía sobre Amancay. Sus ojos se nublaban, y a pesar de sus denodados esfuerzos por no caer en las garras del sueño, finalmente se quedó dormido en uno de los largos asientos bancos del pasillo.
Sintió voces lejanas. Abrió los ojos y encontró el rostro del médico con el que había hablado por la tarde.
-Hey muchacho, no viste a tu amiga, no la viste salir.
-No, no la vi. ¿Pero qué pasó?
-Se escapó. Hasta hace una hora estaba inconsciente, pero se escapó y nadie vio nada. Todo esto es un gran misterio.
Patricio experimentó un fulminante escozor. El médico le indicó a una enfermera que llamara a la policía. Allí fue cuando él también decidió huir. En un momento de distracción se escapó. Corriendo llegó hasta el hotel. Pero Amancay no estaba, y tampoco había indicios de que hubiese pasado por allí. Echó mano al dinero del cajón de la mesa de luz y retornó a la calle.

El rumbo

Caminó como si fuera lo único que supiera hacer. El vértigo de sus pensamientos le impedía detenerse. Se desplomó sobre el fantasma de Amancay pasando delante de él mientras dormía. Era un pensamiento tortuoso. ¿Qué hubo de pensar al abandonarlo allí? ¿Qué goce perverso le debió haber provocado observarlo tan indefenso en aquel sórdido hospital? Se consolaba, y era como el horror dentro del horror, imaginando que Urbano y las otras chicas hubieran ejercido sobre ella un tenebroso llamado mental, doblegando absolutamente su débil voluntad.
Las desoladas calles de Flores lo extraviaban en un laberinto de espejos en el que las sombras parecían multiplicarse infinitamente. Al cabo de unas cuadras se topó con una avenida solitaria, en un letrero leyó su nombre: Directorio. Como si fuera un sendero luminoso, se dejó guiar por el destino incierto de sus luces.
Avanzaba. La noche le invadía los ojos, la ciudad era una realidad indefinida. Detrás de cada una de esas ventanas, imaginaba almas neblinosas recorriendo habitaciones profundas. Almas en vigilia, televisores tiñendo sombras en el espacio.
Las luces parecían reunirse a lo lejos, un punto donde el resplandor calcinaba el cielo.
Un destino de la noche.
Amancay y su ausencia se convertían en el temido infierno, que reavivaba sus brasas en el continuo recuerdo, ese mecanismo simple y perverso de la evocación, invisible punzón que talla sobre las heridas en carne viva. Ese lugar cercano e inalcanzable.
Las luces engañosas nunca se juntaban, y siempre había más ciudad por delante.
Una ciudad tal vez sea sólo eso: una interminable sucesión de espejismos.

Las puertas del destino

La Avenida Entre Ríos detuvo sus cavilaciones. Eran lugares conocidos. Mecánicamente desvió su rumbo hacia el sur. Su vehemente marcha lo empujó hasta la esquina de 15 de noviembre de 1889 y el pasaje Vieyra.
Entre las sombras tomaron forma los contornos de la casa del cartel con la leyenda Pajarito, tal cual Amancay se la había descrito. Allí se detuvo. La proximidad la volvió aún más lúgubre y abandonada. Buscó la entrada sobre la calle 15 de noviembre. Con decisión empujó una maciza y oxidada puerta de metal, la cual cedió fácilmente. Avanzó como un ciego en la profunda oscuridad. Presentía la presencia de Amancay.
Repentinamente se encendieron las luces y ante sus ojos dilatados por la fuerte claridad apareció la espectral imagen de Wendy. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Wendy se echó a reír aparatosamente. Una voz caricaturesca se sobrepuso a la risotada de la joven y se afirmó en su abrupto silencio.
-Solito te metiste en la boca del lobo, ratoncito.
Era un hombre vestido con ropas de mujer, en su mano portaba un revólver. Lo apuntaba.
-Así que el galancito quería robarme a la dulce Amancay.
Patricio observó la aparición de Amancay y de Mariel. Los ojos de Amancay parecían muertos. El brillo evaporado de sus retinas, era aún más aterrador que el revólver que lo apuntaba. No pudo contener sus palabras.
-¿Por qué Amancay? ¿Por qué?
-Porque ella es mía. Ella es sólo de Urbano.
El hombre la abrazó con fuerza y ella le sonrió con un empalagoso rictus de agradecimiento.
Esa imagen absurda lo inmunizó del miedo, un cuchillazo feroz que atravesaba su corazón. Ya nada tenía sentido. Empujó al hombre, que cayó aparatosamente en el piso, lanzando histéricos quejidos. Tomó a Amancay del brazo y salió corriendo hacia un cuarto contiguo. Se dio cuenta de que se estaba encerrando. Cerró la puerta, y echó el pasador.
-Por favor Amancay, ayudame, tenemos que escapar de este lugar.
Al otro lado, inmediatamente dio comienzo un brutal y tenebroso golpetear. La desesperación le llevó a buscar con vehemencia una salida. Milagrosamente la encontró: una pequeñísima puerta, como para un enano. La abrió, pese a los gritos de resistencia de Amancay, y se internaron en un oscuro pasillo que descendía abruptamente hacia las entrañas de la tierra.
-No Patricio, este pasillo va hacia las tres puertas del destino, no por favor, dejame acá, no quiero ir, no me lleves.
-Pero Amancay, tenemos que escaparnos, me van a matar, no te das cuenta que ese hijo de mil putas me va a matar. ¡No te importa que me maten!
Inesperadamente, la mano de Amancay se aferró a la de él. En ese pequeño roce de su piel toda esa pesadilla encontraba un sentido, activando en su sangre un motor potentísimo, que lo volvía inmune al temor.
Debía encontrar la salida. Estrechó con fuerza la mano de Amancay y avanzó abriéndose paso en las tinieblas.
El túnel describió una pronunciada subida y se abortó en una pequeña puertecita, idéntica a la de ingreso. Al transponerla ingresaron en una extraña y resplandeciente sala. Las paredes eran de un purísimo color blanco, en las que se engarzaban tres puertas de disímiles tamaños. A la derecha una color ocre, angosta y no muy alta; en el medio una de la misma altura, pero más ancha de color gris-verdoso y sobre la izquierda una puerta verde, altísima y delgada, de dos hojas. Al costado derecho de cada una pendía una llave dorada y reluciente. Deben ser las tres puertas del destino, pensó Patricio. Amancay se había desmayado; la cargó en sus brazos. Desde el túnel emergían murmullos.
Salió de su indecisión y tomó la llave de la puerta del medio, por la que le resultaría más fácil salir con Amancay en brazos. La insertó en la cerradura y manoteó desesperado el picaporte de metal. Éste emitió un crujido y la puerta se abrió.
Un colectivo se cruzó ante sus ojos como un rayo. Cerró la puerta. Habían salido a sólo una cuadra de la entrada de la casa del pasaje.
Amancay abrió los ojos y se incorporó. Patricio detuvo un taxi y lo abordaron rápidamente. El auto arrancó. A través del vidrio pudo comprobar que las tres puertas continuaban cerradas. En apariencia se habían dado por vencidos.
Le indicó al taxista que los lleve hasta la terminal de ómnibus de Retiro.

Remota Amancay

El incoloro sol de la mañana le dañaba los ojos. Amancay seguía semiinconsciente, pero tenerla a su lado era todo lo que le importaba. Al cabo de unos minutos, la radiante luminosidad solar la despertó.
-¿Adónde estamos?
El taxista observó por el espejo retrovisor con curiosidad, pero permaneció en silencio.
-Vamos para Retiro, (y al oído le susurró), nos escapamos de todo ese infierno.
La joven se acurrucó bajo su brazo. Patricio sintió que la felicidad era la esencia maravillosa que animaba esa mañana.
En la terminal Amancay continuaba ausente. Si bien caminaba junto a Patricio, permanecía aún inmersa en un profundo estado de inconciencia. Sacó dos pasajes a Tunuyán. El micro de Expreso Uspallata partía en una hora. Se sentaron afuera, en el sector de plataformas.
La Ciudad de Buenos Aires recortaba el cielo como una maqueta absurda y desproporcionada. Como si fuera el juguete de un ser gigantesco y travieso, que se divertía observando a sus pequeñas criaturas caminar por ella, esperando aburrirse para aplastarlas.
Buscaba entre la gente a Urbano y a las otras chicas. Pero no aparecían. Amancay volvió a adormecerse. Trabajosamente la subió al micro ante las miradas curiosas de los otros pasajeros.
Durante el viaje, los dolores de cabeza la agobiaron. Su frente se empapaba de sudor, se quejaba de una insoportable puntada en su sien. Hasta que abruptamente abrió sus ojos, una fulminante descarga ardió sus retinas. Sus facciones se suavizaron, como si la insoportable jaqueca hubiera desaparecido.
Desde ese instante, comenzó lo que los médicos nunca pudieron explicar, pero que llamaron daño cerebral irreversible. Desde ese instante, Patricio nunca volvió a separarse de Amancay. De su remota y amada Amancay.
Para siempre, jamás.

Friday Night

1

Las luces son más ámbar que mercurio: la
noche es una sucesión desorientada de sensaciones
que se abortan en la charla, en la sonrisa; en el gran
rostro de todos en la mesa redonda,
en el vaho del bar sucio y moderno.

2

Pienso en la película y en Verónica, ella tiene
la sonrisa de las que dicen no y embellecen.
La primavera en las voces que se destiñen
en las charlas de teléfono celular; que se consumen
bajo el ojo voyeur de las estrellas.
Arranco el auto y me detengo, sus piernas habitando
pantalones en algún lugar remoto. Su piel.

3

Las púas de los alambres. En el cine Verónica sigue intermitente,
y la película la ausenta, por momentos.

4

Las librerías cerradas. Botella. Cinco pesos con 50 centavos.

5

Escribir con letra alcohólica.
Vomitar tinta.

6
Morir un puñado de horas

Verde


Yo sé cómo funciona la dínamo del crepúsculo.
El mágico imán ámbar de las luces nocturnas
los rumbos inesperados de tu pelo
la geometría diabólica
de los diamantes de tus ojos.


Infinitos y profundos campos verdes
se forman sobre las luces débiles de tu ausencia.
En lo siniestro
de cada objeto cotidiano.

Verde,
mi color favorito.
Verde.

Hija de Mil Madres



Pocha observó un Renault 12 verde pasar por segunda vez y con ansiedad buscó los ojos del conductor; pero las libidinosas pupilas del hombre apuntaban directamente hacia Vanesa. Pendeja de mierda, se dijo, pero le pasó el dato.
-Che, dejá de hablar boludeces y carpeteá a un chabón de un 12 verde que está meta marcarte.
-¿A mí?
-Sí a vos, parece que es de los que les gusta que todavía tengan talco entre las patas.
-Andate a la mierda.
-Cheee, qué boquita –Perla le arrojó un sobre de azúcar.
Vanesa estrenaba sus dieciocho años. Llevaba su largo pelo negro brillando al vaivén del viento, y su cuerpo era una sucesión de formas armónicas y apetecibles. Perla, indefinida en su edad, era exuberante y fuerte, tanto como para darle pelea al desgaste que aflojaba los elásticos que todavía sostenían la firmeza de su cuerpo. A Pocha, en cambio, sus músculos se le habían vencido con el paso de cada uno de sus cuarenta y tres años. En su boca, la ausencia de varios dientes le daban un aspecto de irreversible abandono. Casi no quedaba nada de aquella jovencita de diecisiete años que llena de ilusiones había llegado desde Montevideo. A ellas tres se le sumaban: Yésica, de caderones veintiséis años, dos hijos y un marido que la esperaba todas las noches y Érika, veintitrés años, morocha, delgada y fácilmente olvidable.
Allí, tras la vidriera del bar de Artigas y Bacacay, se juntaban todas las tardes a la espera de sus clientes fijos y para tentar a automovilistas y transeúntes que se obnubilaran con la posibilidad de acceder al paraíso de sus profesionales encantos.
Sólo ellas cinco, las otras eran repelidas. Ellas cinco se tenían confianza. Eran un círculo cerrado. Una familia.
-Si no vas vos, voy yo –Yésica necesitaba dinero pero los clientes no la necesitaban a ella.
-Che Yesi, explicale a tu fiolo que la calle está dura –Perla, la más veterana en la zona, ejercía un liderazgo casi maternal sobre las demás. Le enervaba que mantuviera a ese gusano.
-No es mi fiolo, es mi marido –le retrucó Yésica enojada.
Todas se echaron a reír.
-¿Entonces por qué no va a trabajar y te saca de la calle? ¿No es celoso tu maridito? –Preguntó Perla irónicamente.
Vanesa fue al encuentro del tipo del Renault 12. Rápidamente acordaron y se fueron al hotel.
-¡Cómo labura la pendeja! –Pocha escupía envidia.
-Dejala que labure o ¿vos a la edad de ella no te apilabas a todos los tipos en fila? -Érika salió a defender a Vanesa.
-Yo, queridita, a su edad, estaba casada como Dios manda. Yo soy puta por necesidad, no como ustedes, por vocación.
-De polvo somos y al polvo vamos -Perla buscó abortar la discusión con una humorada.
El barrio de Flores ejecutaba su sinfonía cotidiana e infernal. Cada vez que se abría la barrera de Artigas, reventaba una disonante melodía de bocinazos, de frenadas bruscas, de acelerada desesperación por pasar primero, como si los que circulaban por Artigas fueran acérrimos enemigos de los que venían por Bacacay. Como si atravesar primero ese cruce trastocara sus destinos para siempre en venturosos.
Vanesa volvió al rato. El tipo era un pesado y la había puesto de mal humor.
-Estos pelotudos creen que por 20 pesos, tenés que hacerle lo que ni la jermu le hizo la noche de bodas.
Mientras Vanesa mascullaba su bronca, ingresó al bar sigilosamente una niña de no más de doce años. Sus pies se deslizaban por el piso. Se detuvo en el borde de la mesa. Las cinco mujeres concentraron sus ojos sobre ella. Tenía el encantado aspecto de una princesita; su pelo rubio resplandecía un brillo que se amalgamaba con sus ojos de inocencia. Les sonrió levemente y soltó la dulce melodía de su voz:
-Yo soy hija de todas ustedes.
Pocha estalló en una aparatosa carcajada.
-Y yo soy la madre de San Martín y Belgrano –replicó aún entre risotadas burlonas.
La carcajada fue general. Pero la niña, imponiéndose a la mofa, continuó adelante.
-Vanesa fue la última en darme un poco más de vida. Recién –dijo gravemente.
-Qué boludés estás diciendo pibita, por qué no pirás de acá, a ver si viene la yuta y nos levanta a todas por corrupción de menores –le replicó Yésica fastidiada. Todo parecía confabularse para que no pudiera trabajar.
-Mirá flaquita, yo vengo del telo, pero de ahí a alargarte la vida... –Vanesa a su manera buscó tratarla con ternura.
La niña, inmutable, retomó la palabra.
-Por eso mismo, cada vez que están con un hombre, me dan más vida. Yo soy hija de ustedes y de todos los hombres que hacen el amor con ustedes, yo soy hija de mil madres que son como ustedes.
-¿Putas? –dedujo Yésica, definitivamente fastidiada.
La niña rechazó esa palabra con un gesto agrio. Prosiguió.
-Ustedes sólo son cinco de mis mil madres. De a poquito las voy conociendo a todas.
-Pibita largá el pegamento –Yésica volvía al ataque.
-Pará un poquito chiquita, ¿quién te dijo eso? –Perla buscó asumir la conducción del absurdo.
-Nadie, nadie me lo dijo. Yo lo siento aquí, en mi corazón (se llevó las manos hacia el pecho), nadie me lo dijo. Pero yo sé que es así, yo sé todo de ustedes porque soy parte de ustedes. Yo conozco lo bueno y lo malo de sus corazones, los secretos que a nadie contaron nunca y que les duelen.
-Bueno, se terminó la clase de jardín –anunció Yésica desbordada.
La niña descargó sobre ella la fulminante potencia de sus ojos y con ternura le dijo:
-Vos vendiste a tu hija, no te la robaron.
Yésica palideció. Todas voltearon hacia ella con la curiosidad de observar su reacción.
-¿Quién te contó esa locura? –replicó Yésica con inocultable nerviosismo.
-Nadie, yo lo sé. Yo sé todo de vos, porque soy parte de vos. La señora se llamaba Nélida y te encontraste con ella en una casa de Budge. Hace siete años fue. La vendiste porque no era de tu novio, era de un cliente.
Yésica zozobró. Desesperada buscó esquivar las inquisidoras miradas de sus amigas. De ninguna manera podía disimular sus nervios. Amagó a desmentir a la niña, pero un rictus nervioso deformó su rostro.
Sus ojos se enturbiaron.
-No llores, yo te quiero igual –la niña se le acercó y tímidamente le acarició el brazo.
-Escuchame dulce, ¿quién te mandó acá? –Perla retomó la conducción mientras Yésica intentaba ocultar sus lágrimas.
-Nadie.
-Yesi, ¿es verdad lo que dice?
Yésica se sonrojó; de haberlo querido negar, sus pómulos súbitamente enrojecidos la hubieran delatado.
-Sí Perla..., es la verdad (entre sollozos). Yo no sé quién se lo dijo, pero es la verdad. No entiendo, nadie lo sabía. Yo en esa época laburaba en el puerto de Bahía Blanca y salía con un pibe que no sabía que yo laburaba. Pero cuando quedé embarazada, me fui de Bahía y la tuve aquí en Buenos Aires y después...
Su voz se rompió en un llanto desgarrado.
-Decime nena, ¿cómo te llamás? –Perla comenzó el interrogatorio.
-Aymará.
-¿Y donde vivís?
-En ustedes.
Perla pareció perder control sobre sí misma, pero se detuvo un instante sobre los ojos de la niña.
-Está bien, está bien. Pero ¿en qué lugar vivís?, vivir, dormir, ¿me entendés?
-En las plazas -dijo vacilante.
-¿Y tu mamá?.
-Son todas ustedes.
Perla bufó abatida. La niña retomó la palabra con decisión.
-Si ustedes no hiciesen más lo que hacen, yo moriría. De las mil madres que tengo, sólo me quedan novecientas doce. Muchas murieron y otras se casaron y dejaron de trabajar. Mi vida no es como la de todos. Mi vida se sostiene en la pulsión sexual que ustedes generan en mis padres astrales. Yo soy hija de ustedes, pero soy una hija astral, hija de las relaciones sexuales ocasionales, del deseo efímero. Eso es lo que me anima. Yo soy fruto del desamor, del placer, de la compulsión. Soy el producto de todo eso.
Perla la miró vencida. Aymará le devolvió la mirada con ojos iluminados.
-Cacho nunca te quiso. Debiste denunciarlo cuando la manoseó a la Daniela.
Perla se quedó en silencio. Su frialdad ante el secreto revelado no le impedía comprender que la niña era algo irreal. Que la animaban sustancias mágicas. Y ese vislumbre se impuso sobre el sentimiento de vergüenza ante sus amigas. Lo de su hija Daniela era su secreto más guardado. Le dolía y avergonzaba. Sólo lo sabían ella y Cacho, a quien echó de su casa inmediatamente. Cacho había sido la posibilidad de otra vida, pero la Daniela era lo único que nunca permitiría que le dañasen.
Aymará, continuó con sus mágicas revelaciones, echando luz en los rincones más penumbrosos del pasado de las otras mujeres.
-Yo sólo quiero estar con ustedes, ayudarlas. Sólo quiéranme.
Perla, instintivamente, la abrazó con cariño. Todas juntas salieron del bar. Por Artigas fueron hasta la Plaza Flores. Compraron panchos y latas de Coca Cola. Sobre el césped improvisaron un picnic.
Un policía, al divisarlas, presuroso se encaminó hacia ellas. Aymará alejó el pancho de su boca y le dirigió una fulminante mirada. El uniformado se detuvo abruptamente y salió corriendo.
-¿Qué le hiciste? –Perla le preguntó asombrada.
-Ganas de ir al baño, incontenibles ganas de ir al baño –le contestó con ojos pícaros e hizo estallar a todas en una espontánea carcajada.
Así lo tuvo cada vez que intentó acercárseles.
Desde esa tarde, Aymará se convirtió en la niña mimada de ese puñado de prostitutas. Sus poderes sobrenaturales, los que activaba de forma natural, no terminaban nunca de asombrarlas. Sus arteras intuiciones hicieron que comenzaran a ganar más dinero. Con infalible certeza les indicaba los días favorables de cada una, los lugares donde más hombres las solicitarían. Su maravillosa influencia hizo que no descuidaran a sus hijos, que Yésica se reencontrara con la niña que había abandonado (Aymará la guió hacia el lugar exacto donde encontrarla).
La incandescente luz que avivaba su pequeña figura, entibiaba sus corazones a la intemperie. Al cabo de un mes les resultaba inadmisible imaginar sus vidas sin el maravilloso influjo de esa niña mágica.
Pero una tarde, bruscamente, la desgracia se derramó sobre sus destinos. Ese segundo fatal que genera una abrupta transmutación de la realidad, violentas amputaciones que el absurdo desfile de los años hubiera arrancado imperceptiblemente, en el pasmoso silencio de la resignación.
Aquella tarde, mientras el sol moribundo comenzaba a opacar la ciudad, Aymará, ansiosa detrás de la ventana del bar, descubría a Vanesa descendiendo de un auto. La joven había prometido comprarle un hermoso vestido en los negocios de Avellaneda. El impulso de esa ilusión la empujó a salir corriendo a su encuentro.
Una vieja camioneta, que venía acelerando por Bacacay, aturdió la tarde con el chirrido horroroso de sus frenos desesperados, sin poder evitar el impacto feroz.
La niña se elevó en el aire como una muñeca de trapo hasta derrumbarse pesadamente en el suelo.
El mundo ancló en ese instante infinito.
Las otras mujeres, tras la vidriera del bar, se largaron a la calle atropelladas por el espanto de esa escena horrorosa.
Aymará yacía sobre el asfalto, inconsciente. Su cuerpo inerte se derramaba sobre el cemento gris y frío. Una hilito de sangre huía de su boca, recorriendo sus pómulos como una viborita maliciosa.
Perla, atravesando las miradas absortas de la gente, se arrodilló ante ella tratando de reanimarla, pero una oscura certeza paralizó su desesperado intento: alguien se le había adelantado en los primeros auxilios.
Una ambulancia de sirenas mudas la trasladó hasta el Hospital Álvarez.
Pocha, Érika, Perla, Yésica y Vanesa lloraban sin consuelo. Se abrazaban tratando de amortiguar el duro puntazo que les acertaba el dolor.
Una hora después llegó una mujer de unos veintipico de años, que se presentó ante el médico como la madre de Aymará Hernández. Fumaba con violencia, un inocultable gesto de fastidio torcía el rumbo de sus rasgos. La acompañaba un hombre bastante mayor, que permanentemente hablaba por un celular. Se acercaron a ella. Perla se arrancó las lágrimas de los ojos y la interrogó sin preámbulos.
-¿Vos sos la madre de Aymará?
La mujer la miró con desgano.
-Sí, ¿por qué? -sus ojos se tornaron desafiantes.
-Mirá, nosotras la queríamos mucho a la Aymará...
La mujer la interrumpió con violencia.
-Sí, sí está bien, pero yo me voy a ocupar de todo, ok.
-Hubiera sido mejor que te hubieras ocupado antes –Perla, de reflejos rápidos, devolvió sarcasmo por desdén.
La mujer la escrutó con dureza.
-¿Y vos quién carajo sos? No me vas a venir también con el cuentito ése de que sos una de sus mil madres. ¡Estoy harta de pajarracos como vos que dicen ser madres de Aymará!
-Sí, yo soy una de sus mil madres, ¿y qué? –le retrucó Perla con desenfado.
El hombre del celular intervino alejando a la madre de Aymará, que gritaba como una gallina a punto de ser degollada. Vanesa contuvo a Perla, que, brotada en cólera, pretendía ir tras ella.
-Dejala Perla, no ves que es una forra -le decía, mientras trataba de calmarla.
Salieron del hospital unidas por una invisible cadena de dolor. Una sensación de orfandad les apretaba el corazón, bombeando los fríos borbotones de la cruda realidad de no ver nunca más a Aymará. La muerte les enrostraba su caprichoso poderío. Su imponente patrimonio de injusticia y desolación.
Su regocijo de adiós.
Afuera observaron mucha gente, muchísimo más de lo habitual. Un patrullero con sus sirenas enardecidas se detuvo frente a ellas. Por precaución se ocultaron detrás del quiosco de diarios de la entrada.
-Qué hija de puta, es una rata, una rata inmunda –Perla seguía escupiendo su rabia.
-Ya veo porque Aymará andaba como paria por la calle –vomitó Pocha enfurecida.
-Nunca sentí una tristeza así, así tan fuerte en mi corazón –susurró Vanesa, ausente y desencajada.
-Es como si hubiéramos quedado huérfanas –agregó Perla con ojos vacíos.
-Ni siquiera sabemos donde la van a enterrar –protestó Érika.
-No te preocupes, yo averiguo después en el hospital –Perla se colocó anteojos ahumados.
-Y si laburamos mucho, ¿no la podremos revivir? –exclamó Vanesa, repentinamente ilusionada -. Ella era mágica, ella todo lo podía.
-Y quién no te dice petisa, quién no te dice –Perla la acarició con la mirada.
-Yo me voltearía a los tipos gratis si eso la resucitara a la Aymará.
Mientras Yésica ofrecía su corazón en una frase, Perla, atenta a la extraña aglomeración de gente frente a la puerta del hospital, organizaba su bronca.
-Ellas también son putas. Las que son como esta roñosa, también son putas. También transan por guita. Ellas también la hacen valer a la que te dije. O por qué te crees que anda con ese viejo verde. Pero a ellas nadie les dice nada. A nosotras todos el mundo nos desprecia.
-Sí, pero Aymará nos eligió a nosotras. Ella no nos despreció –dijo Vanesa orgullosa.
-Sí, nos eligió a nosotras. Pobrecita. Ella vino y nos dijo que tenía mil madres, pero en realidad tenía una sola: esa hija de mil putas –sentenció Perla y le pegó una violenta pitada a su cigarrillo. El humo, despedido con bronca desde su boca, permaneció un segundo suspendido en el aire y rápidamente se hizo noche de Flores Norte.
-Che chicas, miren a esos tipos, son clientes nuestros – gritó Érika al ver los rostros que se iban acercando hasta la puerta del hospital.
-Pero, ¿qué está pasando? -Yésica se incorporó para poder observar mejor la escena.
A unos cincuenta metros, por la calle Condarco, que desemboca en la puerta del hospital, una muchedumbre se acercaba lentamente. Eran en su mayoría hombres. Marchaban en silencio, como un batallón de almas vencidas. Al llegar, se detenían naturalmente.
Acorraladas por la multitud, continuaron reconociendo a muchos de sus clientes entre sus filas. Pero los ojos de esos hombres, que tantas veces las habían salpicado con el vivaz brillo del deseo urgente, lucían ahora enturbiados de tristeza. Algunas mujeres, en menor cantidad, también se acercaban con esa bruma en sus retinas. Eran colegas del barrio. Perla emergió bruscamente de su pesadumbre, conmovida.
-¡Vienen por la Aymará, no se dan cuenta, vienen por la Aymará!
La policía intentó dispersarlos, pero sus esfuerzos rápidamente fueron aplastados por la turba. Desde todos los rumbos se acercaba gente. Avanzaban hacia el hospital, impulsados por una misteriosa inercia. Finalmente, como si obedecieran una orden de sus espíritus, ingresaron en el nosocomio. Perla y sus compañeras se les unieron.
Como una manga de langostas arrasaron con todo lo que se les interpuso, y al llegar a la morgue, tomaron el cuerpo de Aymará, al que sacaron del hospital sosteniéndolo con sus manos, asemejando una carroza humana.
En la calle, los que no habían logrado entrar, observaron con tristeza a la niña muerta exhibida en lo alto. El patético silencio amplificó el zumbido de la tristeza.
Inesperadamente, el cielo altísimo de Flores Norte se sacudió con un potentísimo estruendo. Un rayo atravesó el cuerpo de la niña, iluminando la penumbra de esos corazones fatalmente a la deriva.
La radiación avivó en sus entrañas una cegadora incandescencia y estalló en intensísimas luces de colores.
En el aire, esas graciosas lentejuelas, repentinamente se transformaron en miles y miles de mariposas, tantas, como los que aún con sus ojos nublados de lágrimas, pudieron observarlas aletear en círculos, unirse y echarse a volar hasta perderse en el infinito.

Para Olvidar a Eliana

Para olvidar a Eliana
confeccioné un manual de procedimientos
y compuse una canción
que canto hasta astillar mi garganta
cuando el viento tiene acordes de su voz.

Para olvidar a Eliana
me inventé mil mujeres de piel áspera
y programé una excursión
por el placer tortuoso
de comprender que ninguna mujer es igual a otra.

Y almidoné los cuellos de mis camisas
y ejercité con dedicación
los mecanismos que desatan en cualquier boca:
una sonrisa.

Para olvidar a Eliana
me subí a un colectivo cualquiera
hasta extraviarme en el conurbano
y me llamé por teléfono desde una esquina remota
y me escuché atender, desesperado,
deseando que fuera ella.

Luminosidades Extrañas

Pienso
en tu universo amarillo
en tu Dios de ojos rotos.
Nunca supiste, que de noche, a oscuras,
mientras dormías en mi cama,
las babosas se arrastraban por la cocina.

Decís:
“Es éste el mundo equivocado;
soy
la Madre de todas las noches
sin destino.”

Parecían dormidos
pero estaban todos muertos.

Cuando era la conciencia de una bolsa de agua
desde el ojo púrpura del vientre,
veía mi corazón estallar algún día
en mil pedazos,
imaginaba tu camisón de pesadillas
y seda
evaporándose en el azul de la locura.

Parecían dormidos
pero estaban todos muertos.

Tu Dios de los ojos astillados,
tu mano fría y distante
ese ningún lugar al que llego siempre
puntualmente.

Pero estaban todos muertos.

No incendies tus lágrimas,
al fin y al cabo
todos nos volveremos luminosidades extrañas
esta noche.


A S.O’C

sábado, 17 de noviembre de 2007

Vestido de Flores Marchitas



a la memoria de D.E.R.A

Cuando ella, después de que lo hiciera su marido, pronunció su nombre mientras tomaba asiento en mi escritorio del banco, la sonrisa que inaugura mi estratagema de engaños, preámbulo obligado a las primeras palabras, se me congeló en la boca. Enriqueta Dabrowski, era un nombre de mi infancia, de esos que caprichosamente permanecen vivos en los laberintos de la memoria, a pesar de ser insignificantes ante otros de mayor relevancia o significación. Y ése, el de Enriqueta, era el recuerdo de una sola tarde, de un puñado de horas que habían quedado como estrellitas brillantes, siempre visibles al asomarme a mi pasado.
En su rostro, aquel nudo entre su nariz y su boca continuaba allí, intacto. Seguía siendo fea, tan fea como aquella tarde en que Damián y yo nos enamoramos perdidamente de ella. Sólo le faltaba el vestido de flores rojas, ese vestido que hasta el día de hoy sigo viendo en el pasillo de Arnoldi, a la vuelta de la esquina de la casa de mis viejos.
Intentado reponerme, y de que ella no percibiera mi obnubilación, y después que su marido me solicitara los requisitos para un préstamo personal, me largué a repetir mi discurso, el que podía ejecutar de memoria y volví hacia aquella tarde, mientras mi voz se deslizaba sobre los antipáticos números de la tasa de interés anual.
Enriqueta había concurrido a ese cumpleaños de Lorena, casualmente, acompañando a una amiga. Ella no era amiga directa de Lorena y ese azar quiso que se cruzara entre Damián y yo. Apenas la vimos, tal vez por su radiante vestido o vaya a saber por qué enigmático motivo, enloquecimos por ella. En nuestros ojos se declaró la guerra. Durante todo el cumpleaños competimos a muerte por lograr su atención. Su vestido estampado de flores rojas sobre un inmaculado fondo blanco, enfundaba su cuerpo de niña de diez años (nosotros teníamos nueve), y arrastraba con él nuestros ojos hacia el rumbo que fuera.
Damián y yo éramos amigos de todo el día. De ese soleado día eterno que es la infancia. Y competíamos todo el tiempo. Sólo éramos equipo con el carrito de rulemanes. Yo los construía y él era mi piloto. Competíamos a muerte con Ferny (a quien hoy llamamos el Tío y que con los años devino en mi mejor amigo, casi mi hermano) y un grupo de extraños muchachos a los que tiempo después bautizaríamos “Los Who”. Mis carritos eran joyas de diseño con madera, en cambio el de ellos era un cajón de manzanas sobre una patineta. Hasta el día de hoy la barranca España susurra sobre mis derrotas en manos de estos forajidos.
Pero esa tarde de Enriqueta, la pugna se planteó con la desmesurada violencia que genera lo desconocido. Jamás les habíamos prestado atención a las niñas, eran tan sólo las amigas de nuestras hermanas, las que no servían para jugar a la pelota y que se largaban a llorar enseguida y por cualquier cosa. E inesperadamente, esa niña maravillosa y fea, dentro de ese mágico vestido, activó una necesidad impostergable de estar con ella, de que ella se fijara en nosotros. Urgente deseo que desató la sangrienta batalla.
En la mancha congelada, Damián, como lo hacía siempre, me sacó rápidamente ventaja. Él fue quien la descongeló, previo a que ella le dedicara un cariñoso ruego que me enfureció de impotencia. Yo también estaba congelado y eso me impedía descongelarla. Luego, para confirmar mi estrepitosa derrota, ella lo eligió de pareja para jugar a la rayuela. Nunca en mi vida me sentí tan lejos del cielo. Jamás habíamos jugado a la rayuela, pero de ninguna manera íbamos a desperdiciar un segundo de Enriqueta. La diversión del cumpleaños se me desdibujaba en un infierno de insatisfacción. La tarde se tiznaba de frutillas maduras y de sombras tímidas detrás de los contornos, que se volvían feroces tinieblas mi corazón. Sin embargo, a la hora de apagar las velitas eludió el asedio de Damián y se mezcló entre las niñas. Eso, más allá de no configurar un avance para mis aspiraciones, significaba un retroceso en las de mi enemigo. En la guerra todo es válido. Y esa contienda se había desatado y continuó durante muchas tardes posteriores en el análisis teórico-especulativo acerca de las posibles preferencias de Enriqueta.
Algún tiempo después olvidamos la reyerta.
Sin embargo, yo me acordé de ella cuando murió Damián. Frente a su cuerpo sin vida, mirando ese rictus inmóvil que parecía una burla grotesca a sus acostumbradas gesticulaciones, más cuando me dedicaba algún gesto de bronca o sonreía sin rumbo, rememoré esa tarde en la que nos la disputamos como dos enemigos irreconciliables. Damián se brotaba de furia cuando yo le contaba que durante la escondida, Enriqueta se había escondido conmigo en el pasillo de Arnoldi y que ella me había dado un beso. Era una mentira, pero yo la ostentaba cínicamente como la bandera de mi victoria. Era una traición. En realidad, ella se había escondido allí y yo, que la había seguido, me metí detrás de ella. Y cuando lo vimos pasar a Damián, que buscaba con desesperación a los que estábamos escondidos, yo le pedí que no se vaya, que no se vaya a tocar la pica, que se quedara conmigo. Y ella me miró con una mirada inconclusa, con sus ojos desbordando una sustancia que en ese momento no comprendí, pero que presentí trágica y definitiva. Era simplemente compasión. Sí, me miró como dándose cuenta que yo estaba perdidamente enamorado de ella, y evitando herirme, me dijo que debíamos ir a tocar la pica y salió de nuestro escondite sin darme tiempo a retenerla.
Cuando terminé de informarles todo lo relativo al préstamo, el marido de Enriqueta se levantó y le dijo que para ganar tiempo, iba a buscar el auto, mientras ella anotaba los teléfonos del banco para contactarme en caso de resolver la toma del mismo.
En ese instante en que nos quedamos a solas, la miré profundamente a los ojos y le dije sin vacilar:
-¿Te acordás de mí? De un cumpleaños, de ...
Ella me sonrió con picardía. Yo retomé la palabra al darme cuenta de que me había reconocido.
-Lástima que Damián no nos esté buscando. El pobre murió, hace diez años murió.
Enriqueta hizo un gesto de desazón, de remota tristeza.
-Ahora ya no tenés motivo para irte –le dije como si no hubiera un banco alrededor y un marido afuera esperándola.
El bocinazo del auto de su marido se interpuso entre nuestras miradas. Sin embargo, ella me perforó sus unos ojos inolvidables.
-Casi..., cómo qué no... –me dijo ruborizada y salió del banco como huyendo de algún peligro.
Mientras la observaba subir al auto, disfruté un segundo de mi victoria, como si tuviera otra vez nueve años y Damián estuviera a mi lado muerto de rabia. El recuerdo de aquella tarde se volvió más nítido que nunca a mi mente. Jamás antes había sentido tan renovado en mi corazón su perfumado aroma de urgencias.
Pero rápidamente su paisaje se ensombreció. El vestido de Enriqueta volaba sin rumbo como un pájaro tenebroso por la tarde, sin contenerla, y con sus flores rojas grotescamente marchitas. Desesperado busqué a Damián a mi alrededor. Pero me di cuenta que encontraba en el interior del banco y que Damián ya no estaba a mi lado, ni siquiera muerto.

Milagro en Icaño

La noticia corrió vertiginosa por lo áridos senderos de tierra. Carros, carretillas, bicicletas, cualquier cosa con ruedas fue útil para llegar hasta el camión de La Serenísima volcado al borde de la ruta nacional 34, a la altura de la pronunciada curva que antecede al pueblo.
El alboroto deformaba la mañana de Icaño, un pequeño poblado al sur de Santiago del Estero, y la palabra milagro emergía desde las bocas sonrientes, iluminando los rostros curtidos y secos, del color de la misma tierra que como una mujer que con crueldad se niega, más se ama.
Según el relato de escasos testigos, el accidente se produjo apenas clareaba: el conductor se había quedado dormido y la curva se encargó de lo demás. Un golpe contra el parante le destrozó la mollera y una ambulancia lo retiró sin prisa, embalado en un plástico negro.
-¡Un milagro, un milagro de Jesucristo! -alardeaba doña Elida a quien quisiera escucharla, mientras dirigía el tránsito de las carretas atiborradas de leche, manteca, yogurt y derivados.
-¡Los postres a la escuela! -y levantaba sus brazos hacia el cielo agradeciendo a Dios, ya que sus niños (todos los de Icaño), iban a tener el día que los homenajeaba más inolvidable en sus vidas.
Doña Elida había organizado, como lo hacía todos los años, el día del niño en la escuela del pueblo. Pero imprevistamente, una invasión láctea y esas pequeñas y desdentadas sonrisas se volvieron enormes, del incalculable tamaño de la abundancia.
-¡El Señor Jesucristo se acordó de nosotros, de Icaño, tanto pedir…, tanto pedir…!
Doña Elida era una institución en Icaño. Había visto nacer a todos sus habitantes y exceptuando la muerte, todos eran amigos en el cementerio. Noventa y tres años trajinando ese inhóspito lugar que siempre creyó olvidado por Dios, donde la pobreza era tan despiadada como los rayos de su sol, santiagueño y asesino.
Sin embargo, aquella mañana después de multiplicar los panes y los peces, Jesucristo había decidido morir en Icaño. Y el milagro era sonrisas y carretas que iban y venían y ruedas chirriando de felicidad.
Hacia el mediodía, el interior del enorme furgón térmico del camión lucía vacío. Una grúa lo acarreó con precaución. Sólo quedó la marca de la brusca frenada y los yuyos aplastados al costado de la cinta asfáltica.

Algunas horas después, muy lejos de allí, casi en el borde sur de la Capital Federal, una joven mujer lloraba frente a su marido muerto, recriminándole a Dios por su desgracia. Dos empleados funerarios colocaron una pomposa corona de Mastellone Hnos. y la gente reunida comentaba que la empresa había corrido con todos los gastos, el pobrecito de Miguel llevaba muchos años trabajando en la firma.
El sábado lo enterraron ante el dolor de todos. El domingo, continuó enterrado.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Superhéroe


El pequeño Brian mira la tele, le encanta mirar la tele, todo el día mira la tele y todo el día está solo. El control remoto lo vuelve poderoso, siempre lo tiene en la mano, aun cuando se queda magnetizado con algún dibujito animado que lo cautiva. Allí frente al televisor lo deja su mamá cuando se va a trabajar y allí lo encuentra cuando regresa, frente al televisor.
A las dos de la tarde su papá se levanta de dormir y mientras se sacude la modorra le promete que le va a traer un disfraz de Batman. Siempre busca a Batman en los canales. Después mira los noticieros. Todo lo que observa dentro esa pantalla multicolor sucede en un mundo lejano, en otro mundo, distinto y remoto al que observa cuando lo mandan al almacén y recorre el barrial de los angostos pasillos de la villa del Bajo Flores.
En un flash del noticiero observa la imagen movediza de un hombre al que la policía saca de un negocio con un pulóver en la cabeza. Un montón de gente rodea la escena. Parecen enojados. La imagen posterior lo deja sorprendido, una mano como una serpiente emerge de la multitud y le quita el pulóver de la cabeza al hombre y el hombre es su papá. La gente ahora grita su enojo y lo suben a un camión azul. Luego la pantalla se salpica de rojo sangre y de palabras que no entiende porque no sabe leer:

ASALTO FRUSTRADO EN NAZCA Y AVELLANEDA
HAMPON DETENIDO

Vuelven a mostrar la imagen de su papá mientras le arrancan el pulóver de la cabeza, sus rasgos se perciben nítidos y siente que ahora su papá también es maravilloso, por estar del otro lado, del lado de los superhéroes.

Alfredo Maggi



Después de que dobló un 60 observamos el tumulto en la esquina del almacén del Chino. Diego y yo, que estábamos jugando a la pelota, rápidamente corrimos para ver qué sucedía. Era una pelea, y contra la pared, arrinconado, lo vimos a Maggi y el desproporcionado físico del Toto, el carnicero del barrio, avanzando salvajemente sobre su humanidad.

Alfredo Maggi es un personaje irremplazable de mi infancia cada vez más lejana en las mansas calles de San Isidro. “Primero de Mayo” lo llamaban, porque su vida había sido una sucesión ininterrumpida de descansos. Se pasaba las tardes impasiblemente sentado en la puerta de su casa (justo frente a la mía), con su boina color caramelo, mirando el mundo correr. Si bien cuando yo era chico, él ya era viejo, la leyenda contaba que durante toda su vida había gambeteado astutamente la convocatoria laboral. Su única actividad conocida fue la de “levantador” de quiniela en el Club Social y Deportivo (naipes, escolaso, billar, ginebra) Ribereño, la que abandonó por riesgosa, después de haber tenido que comerse los papelitos de las apuestas ante una inesperada irrupción policial.
Diego, mi amigo inseparable de aquellos días, que vivía con su abuela en la casa lindante con la de Maggi, (y que) por esas casualidades de la vida era medio pariente, ya que su mamá era hermana de mi tía Ana María, quien a su vez era esposa de mi tío Bruno, el único hermano varón de mi vieja. Por lo cual éramos amigos, pero con la particularidad de tener primos en común, que vivían en la lejana y bucólica localidad de Matheu.
Con Diego jugábamos todo el día a la pelota sobre la calle Acassuso. Eran partidos infinitos. El arco, que cubría en su perímetro casi la totalidad de la casa de doña Carmen, la abuela de Diego, y una pequeña parte de la de Maggi, lo delimitaban un árbol de naranjas amargas y el poste de madera de los cables de la luz. Ambas eran casas viejas, de principio de siglo. Las puertas y las ventanas eran desproporcionadas, como si alguna vez hubieran sido habitadas por extinguidos gigantes, de los cuales se ha perdido todo registro. Nuestro único espectador era Maggi, siempre quejándose de los pelotazos. Y cuando se aburría de protestar, nos sugería que le pegáramos como Gottardi o como otros cracks del Racing de aquellos tiempos que se extravían en mi memoria. Maggi era hincha fanático del Racing Club de Avellaneda. Diego, en cambio, era hincha de River Plate y siempre jugaba con camisetas de los millonarios y yo con la de San Lorenzo, con el número 5 de Telch casi como una marca de mi espalda de piqué. Diego tenía la obsesiva costumbre de agarrar la pelota y relatar sus jugadas, decía: la toma Balbuena, la lleva Balbuena, la pisa Balbuena. Balbuena era un jugador de Independiente de la época. Nunca supe por qué estaba fascinado con Balbuena, y no con algún ídolo de River Plate. Hoy sería prácticamente imposible hacer un solo pase en la calle Acassuso, ya que el tránsito es ininterrumpido y vertiginoso. Pero en aquella época, mediados de los 70, los autos pasaban de vez en cuando. La gente no iba a tantos lugares y parecía gozar del parsimonioso ritmo en el que el mundo daba vueltas. Y teníamos la fortuna de que el 60 del bajo, en su afán de encontrar la Avenida del Libertador para rumbear hacia el Tigre, doblaba como un cometa amarillo en la esquina, con lo cual el mayor peligro no configuraba una amenaza para nuestros partidos.
Mi vieja me cuenta que cuando Neil Armstrong posó por primera vez un callo humano sobre suelo lunar, Maggi siguió aquellas trascendentales instancias en mi casa, ya que su cuñado Tavella (esposo de su hermana Fina), lo despreciaba por vago y le negaba ver “su” televisor. Tavella era famoso por su avaricia crónica y la anécdota de los billetitos que alguna devaluación le había dejado sin valor dentro de un mullido colchón, era de las favoritas en el barrio a la hora de los recuerdos cómico-dramáticos. Según mi vieja, aquella noche en que la única “estrella” fue la luna, Maggi se la pasó protestando porque yo, que tenía un año, jugaba ruidosamente con ollas y cacerolas. Siempre protestando, quejándose de todo. Y para mayor contraste de su vagancia, su hermano Héctor era una máquina de trabajar. Se iba cuando despuntaba el alba y volvía erosionado por el cansancio cuando el sol moribundo estiraba las casas sobre el asfalto de la calle Acassuso.
Una de sus historias más célebres fue la que protagonizó con un perro vagabundo que con vehemencia instintiva insistió por su cariño. Maggi, de todas las maneras posibles, aun las más violentas y crueles, intentó espantarlo; pero el can, persistente en la pugna por su afecto, logró conquistar su corazón hasta el límite de volverse inseparables. Mucho tiempo después, enemistado definitivamente con su cuñado Tavella, abandonó la casa de la calle Acassuso 945 y se mudó con su hermano Héctor, casualmente a Matheu. Durante una visita a mis primos, fui a visitarlo y el perro todavía vivía con él. Lo de Matheu fue una casualidad, de esas que de niños nos hacían tener la certeza de que el mundo era sólo la gente conocida y los demás, extras recorriendo las calles en una actuación eterna.

Maggi continuaba arrinconado contra la pared de ladrillos gastados del almacén del Chino, a merced de las impiadosas garras del Toto. Instintivamente nos replegamos hasta la puerta de casa, tal vez porque no pudimos soportar que el Toto lo humillara ante todo el barrio. Maggi era nuestro ídolo bizarro, un antihéroe asimilado al paisaje. Pero era tan nuestro como aquellos partidos que nos abortaban los gritos de mi vieja o de su abuela.
Sentados en los tapialcitos de mi casa, como en la angustia de un rincón perdedor, lo esperamos en el silencio lúgubre de los que en realidad no esperan nada.
Al cabo de unos minutos de finalizada la riña (los vecinos los separaron), observamos que Maggi retornaba a su casa por la vereda de enfrente. No queríamos verlo, no queríamos que nos viera, pero él cruzó la calle y se acercó a nosotros. Parecía un desconocido: la boina en la mano, la pelada transpirada, la humillación desordenando sus rasgos.
Carraspeó sin ganas, como ensayando las palabras y sentí que con desesperada dignidad sacudía su orgullo herido. Sus ojos estaban aún inyectados de pánico, inquietos. Forzó una sonrisa nerviosa y desafiante y nos dijo:
-Si no me lo sacaban, lo mataba.
Diego y yo lo alentamos, festejando sus palabras.
Esa tarde comprendí que algunas mentiras son mucho más justas que la verdad.